jueves, 24 de julio de 2014

PEDRO SÁNCHEZ: ”POR AHORA, BIEN”

Francisco José Martínez - El Faro Crítico

Había un chiste que decía: alguien se acerca a una ventana en un rascacielos de Nueva York y ve pasar cayendo a un irlandés y le pregunta ¿qué tal? Y el irlandés contesta: por ahora, bien. Esta metáfora me sirve para enjuiciar los primeros pasos del flamante nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, sobre el cual hablaba yo hace poco con un buen amigo mío, dirigente histórico de Izquierda Socialista, al que decía que aunque es evidente que el ganador era el hombre del aparato y, más aún del sistema, entendiendo por sistema ese conglomerado político, económico y mediático que en algún momento denominamos felipismo y que sigue muy presente en la toma de decisiones importantes de este país, quizás se viera obligado por los imperativos de la situación a hacer cosas no previstas y contrarias, al menos en parte, a dicho sistema. Los primeros movimientos de PS nos han dado la razón. El obligar al grupo parlamentario europeo a no apoyar al candidato conservador , el ofrecer la integración en la dirección del partido a sus oponentes, el haber apostado por la apertura de un proceso constituyente en línea federalista, y el aludir a una posible salida más solidaria e igualitaria de la crisis, se pueden entender como meros brindis al sol en un intento de maquillar una imagen del PSOE muy deteriorada, debido a la política de los últimos gobiernos de Zapatero y a la tibia oposición de Rubalcaba al gobierno del PP. Pero también se pueden interpretar como signos de la toma de conciencia de que sólo con una neto desmarcarse de las políticas conservadoras pueden tener los partidos socialistas europeos una oportunidad de mantenerse como alternativa política real.

Como he dicho en repetidas ocasiones el problema en Europa no es tanto la izquierda real que se va construyendo poco a poco pero de forma sostenida, sino el de la crisis de los partidos socialistas cuya sumisión a los imperativos del sistema los está llevando a situaciones sin salida.  La importancia del centro izquierda es decisiva ya que sin este amplio espectro de votantes es imposible construir una alternativa de gobierno mayoritaria, ni en Europa en su conjunto ni en los diversos países por separado. El predominio en la izquierda de la izquierda transformadora no asegura por si solo que sea posible una alternativa real a la actual situación. La experiencia del PCI durante los años setenta lo demuestra y, más cercano en el tiempo, lo hace también la experiencia griega.

Los primeros pasos de PS recuerdan a los de Zapatero, a pesar de ser esta experiencia algo que el sistema quiere olvidar y denigrar todo lo posible. Pero precisamente dicha experiencia presenta el problema del chiste, que lo que empieza bien tiene un futuro negro, como no suceda un milagro. Los amagos reformistas de Zapatero fueron ahogados cuando la situación empeoró y los últimos meses de su gobierno fueron nefastos: aplicó el plan de austeridad más intenso que nunca se había aplicado en España, tuvo que volver al núcleo duro felipista, Rubalcaba, Jáuregui, pactó con nocturnidad un cambio de la constitución con el PP, aceptó la utilización de Rota por los Estados Unidos en el marco del despliegue del escudo antimisiles y un largo etc. que hizo que hoy nadie lo recuerde bien. El sistema por sus veleidades iniciales y la izquierda por sus medidas últimas.

Para que el experimento de PS no se malogre hace falta cosas casi imposibles de obtener, primero ser capaz de imponerse al sistema dentro de su propio partido, segundo, ser capaz de convencer al resto de los partidos socialistas europeos de la necesidad de un cambio de rumbo, y tercero, establecer un giro a la izquierda en su programa que le permita gobernar con el apoyo de la izquierda real que se va articulando en torno a IU, Podemos y otros. Las tres tareas son prácticamente imposibles de llevar a cabo, por lo que hay que estar atentos para detectar el momento en el que el empuje inicial comience a perder fuelle, se estanque y al final entre en recesión.

Esta conclusión puede parecer pesimista, pero hay que tener en cuenta que la deriva entreguista de los partidos socialistas europeos a nivel político y a nivel personal, es decir, por la aceptación del dogma de que sólo hay una política económica posible, la austeridad y el desmantelamiento del estado de bienestar con los recortes democráticos que eso comporta, así como la idea de Europa como un mero mercado sin ninguna unión política seria, unido al hecho de que las élite socialistas ,gracias al mecanismo de la puerta giratoria que les permite rotar entre puestos políticos y puestos económicos en las grandes empresas , aquellas que precisamente como políticos tenían que controlar, hace muy difícil que se adopten políticas que pongan en peligro esa salida dorada de la política hacia los consejos de administración y viceversa.

El cambio radical en los partidos socialistas es tan imprescindible como imposible y eso da una tonalidad trágica a las posibilidades de cambio real en nuestro país y en el resto de los países europeos. Sin descartar que los meros cambios cosméticos que no son suficientes para un giro real de la política si pueden ser , en cambio, ocasión para que una parte considerable de voto desencantado que fue hacia una izquierda más radical vuelva al redil del centro izquierda, como el reciente documento de Podemos reconoce y nosotros mismos habíamos teorizado en artículos recientes.

Por ello creo que hay que tener la finura suficiente en el análisis para ser capaces de captar los sutiles cambios de gestos y de medidas reales que la elección de PS está introduciendo en la política del PSOE sin engañarse respecto al alcance real de los mismo por la conciencia del poder que el sistema tiene sobre estos partidos y el miedo que tienen a cualquier cambio que altere el inestable equilibrio en el que se sujeta la actual política española y europea.

El reforzamiento del centro bipartidista frente a la crítica que desde la derecha nacionalista y xenófoba y desde la izquierda real se está realizando de los grandes déficit democráticos que aquejan al actual proceso de construcción europea que no quiere ser política sino solo económica tiene como objetivo blindar un procedimiento de gobierno  y de gestión de la crisis que sustrae las decisiones esenciales a los ámbitos representativos y los entrega a comités de ‘expertos’ que representan los intereses del capital financiero en detrimento no solo del conjunto de los asalariados sino también de gran parte del capital productivo en una lucha de clases gigantesca que no solo enfrenta al capitalismo con el conjunto de la clases populares sino también a su capa más parasitara y especulativa con el resto de la clase capitalista más productiva y emprendedora. En ese sentido se produce la paradoja de que se une en el mismo saco a los que queremos una Europa integrada a nivel político y social y no meramente económico con los llamados euroescépticos, nacionalistas y xenófobos, que sin embargo, tienen razón en denunciar, como hace la izquierda consecuente, ese secuestro de soberanía de las naciones en beneficio de unas élites tecnocráticas no elegidas democráticamente que imponen sus políticas de austeridad al conjunto de las poblaciones europeas.

Mientras que los partidos socialistas europeos piensen que es mejor apoyar a los partidos conservadores en una gran coalición que blinde la política de austeridad y de recortes que explorar con el apoyo de la izquierda transformadora y de parte de los partidos verdes una salida solidaria y sostenible de la crisis no habrá salida para la izquierda pero tampoco para los partidos socialistas que irán perdiendo influencia paulatinamente fagocitados por la derecha y abandonados por sus votantes de izquierda. Esas son las cuentas que tienen que echar y elegir entre las dos alternativas. Cuando están en la oposición la tentación reformista es fuerte, pero al volver al poder las veleidades izquierdistas se olvidan y se vuelve al redil del pensamiento único. Por ello hay que aprovechar este interregno en el que la necesidad de desmarcarse de la derecha y de sus pasados errores les lleva a insuflar un poco de aire fresco en sus propuestas porque desgraciadamente muy pronto la cruda realidad les hará olvidar estas buenas intenciones y volver a su lugar natural seguidista de la derecha.

domingo, 13 de julio de 2014

CUESTIONES EN TORNO A LA LUCHA POR LO PÚBLICO Y LO COMÚN

Pablo Batto - El Faro Crítico

Que estamos atravesando un punto de inflexión, y vivimos un momento de colapso civilizatorio. No sólo vivimos una profunda crisis económica con las consecuencias que ello conlleva, sino que la economía capitalista ha chocado ya contra los límites físicos del planeta.

Que el pico del petróleo convencional se atravesó en 2008, que ya no hay tiempo ni viabilidad para una transición energética. Que numerosos minerales han llegado a sus respectivos picos de extracción, y los del carbón y el gas natural se prevén para 2030 aproximadamente.

Que la desaparición de especies se ha acelerado hasta el punto de que hasta en los libros de texto se habla ya de una sexta gran extinción, y se ha bautizado al nuevo período como Antropoceno.

Que la pérdida de fertilidad de las tierras, de agua potable, contaminación de acuíferos, desertificación, así como la contaminación del aire, la radiactividad, los químicos no estudiados, etc., ya se hacen notar y profundizarán sus efectos en el futuro cercano.

Que hasta la ONU reconoce que el cambio climático, sin tener en cuenta todos los demás factores, va a conllevar un colapso civilizatorio “que no estamos preparados para afrontar” y que pone en riesgo a la especie humana.

Que es más que previsible, por propia imposibilidad material, la quiebra de la sociedad industrial globalizada.

Que no está en juego sólo el futuro de nuestras hijas y nietas: mi generación va a vivir esta quiebra.

Que si hacemos retrospectiva y vemos los pasos que nos han llevado hasta aquí, nos damos cuenta de que el problema no ha sido sólo el mal llamado libre mercado, sino que prácticamente todos los Estados, incluso los gobernados por izquierda reformista o revolucionaria, han seguido o han intentado seguir el mismo camino y han aceptado los mismos pilares de la sociedad industrial-mercantil, a saber: la industrialización, el modelo urbano, la militarización, el Espectáculo, el culto a la técnica, el trabajo asalariado y la relación mercantil o indirecta entre producción y consumo.

Que no debemos caer en el error del neoliberalismo, que cree que el Estado es enemigo del capital, en vez de entender que el Estado tiene la capacidad de regular las ansias autodestructivas de éste. El Estado puede aflojar la presión de la olla social y hacer una cierta redistribución de riqueza, pero no para acabar con el capital, sino para perpetuarlo a largo plazo aunque le cause molestias, algo así como una fiebre en el organismo humano.

Que lo público no es de todas, es del Estado, y por lo tanto, de quien controla el Estado. No obstante, no existe ni ha existido un Estado que no sea controlado por una élite o una burocracia separada de la población y con unos intereses propios. Qué mejor ejemplo que esos países donde todo es público pero nada es común, y la población ni pincha ni corta.

Que el Estado, propietario de lo público, no es neutral. No es una herramienta que puede ser despótica o emancipadora según quién la maneje, pues como estructura mastodóntica tiene una serie de necesidades que no sólo son incompatibles con la emancipación humana, sino que pueden ir incluso en contra de determinados “derechos” básicos: propaganda, leyes, ejército y policía, burocracia, gran división social del trabajo, urbanismo e infraestructuras de transporte; además de alianzas geoestratégicas y económicas de dudosa legitimidad.

Que el sueño de un Estado democrático participativo, relativamente horizontal, no es menos utópico que su abolición directa e inmediata pregonada por el anarquismo clásico. Que una estructura nacida históricamente de la concentración de poder y recursos y de la división en clases difícilmente puede funcionar de forma no despótica.

Que existe una cuestión fundamental de escala: las macroestructuras de millones y millones de habitantes son ingobernables de forma democrática y libre. La humanidad no es un sujeto político, y es dudoso que el pueblo o la nación sí lo sean. Que la ausencia de una comunidad directa real en el conglomerado humano industrial lleva a la invención de comunidades imaginadas que, puesto que sus miembros ni se conocen ni tienen una relación afectiva entre ellas, requieren ser mediatizadas por algún tipo de mito o simbología.

Que la comunidad real es pequeña, a escala humana, y es en ella donde el trabajo político, productivo y reproductivo puede realizarse realmente de forma colectiva y solidaria, y es aquí donde diferencias éticas o políticas pueden llegar a ponerse por detrás de lo puramente humano.

Que cuando hablamos de bienes comunes hablamos de una forma de propiedad, aunque no necesariamente sancionada por la ley. Que es imposible que toda la población de un país sea propietaria de todos los medios de producción y tierras de ese país, y que esta imposibilidad evidente es lo que lleva a lo público, es decir: a que un Estado que se autodenomina “representante de toda la sociedad” sea el propietario de dichos bienes.

Que quien gestiona el Estado maneja lo público desde fuera, es decir: es un grupo de personas ajena al bien que gestiona y lo hace en función a una serie de intereses o estrategias, etc. Sin embargo, quien gestiona lo comunal lo hace desde dentro, su propia vida está ligada material y emocionalmente a dicho bien.

Que aun suponiendo que podamos poner a toda la humanidad de acuerdo para la gestión supraestatal de la crisis económica y ecológica, éste no es un proyecto políticamente viable a corto plazo. Es más que probable que la quiebra de la sociedad industrial se de mucho antes de que esto esté cerca de ser posible.

Que el ritmo esquizofrénico y suicida de la economía capitalista en sus últimos actos escapa a nuestro control efectivo, y es en lo local en lo único en lo que tenemos capacidad relativa de incidir.

Que, ciertamente, al rechazar el Estado en determinados aspectos nos tiramos piedras sobre nuestro propio tejado. Esto es por la relación de dependencia que ha generado. Pero no olvidemos que esto no sucede sólo con el Estado o con “lo público”, sino con toda la economía capitalista: comemos del sistema agroindustrial, nos “””sanamos””” con grandes farmacéuticas y nos movemos con combustible fósil extraído manu militari. ¿Vamos, por ello, a defender el sistema económico en que vivimos?.

Que, desde luego, no debemos olvidarnos de las necesidades y urgencias del momento presente, pero tampoco por ello practicar una política de “pan para hoy y hambre para mañana”, en un pragmatismo que ha sido tristemente común y ha contribuido a que estemos como estamos.

Que esto no es, a pesar de que se nos acuse frecuentemente de ello, un intento de desmoralizar, ni de dividir, ni de fragmentar las luchas sociales, sino una aportación a un debate necesario, y una propuesta para abrir un frente de batalla acorde a lo que hoy sabemos y al nuevo contexto en el que nos encontramos.

Que frente a la lucha por defender el anterior estado de cosas, o por democratizar estructuras indemocratizables, o por defender lo “público” (que no común), o por aspirar a modelos de gestión materialmente inviables, se plantea desde hace tiempo la vía de la creación de espacios relativamente libres, comunes, autogestionados, a escala humana, autónomos pero coordinados entre ellos, que creen tejido social y una nueva forma de funcionar en el seno de la economía capitalista. No es un planteamiento nuevo, pero sí minoritario, y hay quien le ha dado el nombre de Revolución Integral.

Que es necesario que este debate sea llevado a las asambleas y grupos donde aún no se haya llevado a cabo, para invitar a reflexionar e investigar otros puntos de vista y formas de acción, y más ahora en que tantas esperanzas y esfuerzos hay puestos en nuevos partidos y en la lucha instititucional.

jueves, 10 de julio de 2014

¿“PODEMOS “O “DEBEMOS”?


Francisco José Martínez -El Faro Crítico

Es indudable que la gran revelación de las pasadas elecciones europeas, y no sólo en España, ha sido la fulgurante aparición de Podemos que ha conseguido más de 1.200.000 votos y cinco europarlamentarios.  Este resultado, completamente inesperado, es un síntoma claro de las graves enfermedades que aquejan a la izquierda (IU) y al centro izquierda (PSOE) en nuestro país. Los primeros análisis de la procedencia de ese voto no detectado expresan su heterogeneidad lo que podría ser síntoma de inestabilidad. La mayoría relativa de  ese voto proviene de votantes desencantados del PSOE (entre un 30 y un 35 %), al que sigue (entre un 20 y un 25 %) de votantes de IU. A esto habría que añadir, y es lo más importante desde el punto de vista de la dinamización del sistema político, un porcentaje indeterminado que vendría de la abstención y que se podría considerar la plasmación institucional del 15M. Por último habría que añadir algunos miles de votos procedentes de grupos de izquierda como Izquierda Anticapitalista que aunque han sido los promotores y los sostenedores institucionales del movimiento no tienen gran relevancia electoral. Otro síntoma preocupante es que más del 60% del voto de Podemos se decidió sólo al final lo que impidió que fuera detectado en las encuestas y que además es un voto dubitativo y no firmemente asumido. (Por cierto en el caso de IU este porcentaje fue del 56 % lo que es igualmente muy preocupante ya que muestra también la labilidad del voto a esta formación.)

La consolidación de este éxito pasa necesariamente porque los dos grandes partidos de la izquierda, especialmente el PSOE, mantengan su inmovilismo actual, que los que han dado el paso institucional no vuelvan desencantados a la abstención y que la izquierda anticapitalista aumente sus exiguos apoyos. Pero ninguna de esas hipótesis es plausible.  El PSOE se debate en un marasmo político e ideológico pero se supone que tendrá que salir pronto del mismo y cualquier giro a la izquierda, por minúsculo que sea, puede suponer la vuelta al redil de gran parte de votantes de Podemos. Por su parte, IU tiene pendiente también una profunda renovación generacional y programática que la irrupción de Podemos no ha hecho más que evidenciar. El mensaje ya estaba dado y la respuesta, aunque no existiera Podemos, tiene que ser rápida y valiente. Por su parte, la llegada al poder y la lucha política diaria, la larga marcha a través de las instituciones en una larga y gris lucha de trincheras, nada heroica ni épica, puede llevar a que los movilizados del 15M vuelvan a la abstención cambiando el Podemos por el Debemos de la pureza ideología y la inanidad política. Por última, no es previsible un gran aumento de voto anticapitalista directo. Por todo ello, el heterogéneo y abigarrado conjunto de los votantes de Podemos tendrá que hace grandes esfuerzos para mantener su apoyo de forma duradera y sostenida.

De lo anterior no se debe extraer la conclusión, que sería errónea, de que Podemos es un fenómeno efímero que desaparecerá por sí solo. Como muchas veces en el amor, hay relaciones imposibles que se mantienen largos años y hay relaciones muy plausibles que no se logran consolidar y, a veces, ni siquiera son capaces de nacer. El surgimiento de Podemos plantea una serie de tareas ya ineludibles para las partidos clásicos de la izquierda. El PSOE debe reorganizar su ideología no hacia la derecha como claman con todas sus fuerzas los defensores del bipartidismo, ya que precisamente su derrota se ha producido por el abandono de gran parte de sus votantes de izquierda, sino hacia una propuesta de salida de la crisis de centro izquierda que intente paliar el brutal ascenso de la desigualdad en España y en Europa. Esto es imprescindible pero se ve cada vez más imposible ya que este giro tendría que ser a nivel europeo y ya vemos que el concubinato entre conservadores y socialistas en las instituciones europeas va a reeditarse de nuevo. De todas formas en España es probable que se produzca un cierto giro a nivel cosmético que permita a parte del voto desencantado socialista volver a votarles.

Por parte de IU el renovarse o morir es cada vez más perentorio. Sin Podemos ya era imprescindible, ahora es inexorable. Si no se produce un giro capaz de impulsar un gran frente que cubra el espectro de la izquierda y se abra incluso hacia el centro, IU como tal puede desaparecer. Si no logra ilusionar a esa gran cantidad de gente golpeada por la crisis y que llega mucho más allá del voto tradicional de la izquierda en una gran frente ciudadano y democrático que sea capaz de instaurar un proceso constituyente capaz de romper los actuales intentos de consolidación del régimen en todos sus niveles, su derrota será histórica.

La estela del 15M tiene que mantener su apoyo institucional y no desilusionarse demasiado pronto cuando haya que entrar en las inevitables componendas y pactos que toda misión de gobierno entraña. No debe encastillarse en una pureza inane que vuelva a dejar en manos de la derecha el poder y las instituciones. Hay que hacer que las instituciones sí nos representen y para ello hay que ocuparlas y no dejar que la apatía y la desilusión, las grandes bazas de la derecha, vuelvan a dominar el panorama político. Hay que conjugar las acciones y los discursos  de tal manera que los discursos no queden en palabrería vana y hueca y las acciones no sean pasos al acto incontrolados e irracionales. Hay que estar a la escucha atenta y respetuosa de las numerosas voces, murmullos, gritos y silencios que inundan la esfera pública, pero el discurso de la izquierda transformadora tiene también una dimensión pedagógica, fruto de su historia ya dos veces centenaria, que ha de  entrar en diálogo respetuoso pero también crítico con las demandas que se presentan en la sociedad ya que éstas  tienen que pasar filtros de racionalidad, justicia y eficacia para poder ser asumidas como propuestas políticas.

La ilusión  que ha supuesto la irrupción de Podemos tiene que mantenerse y para que ese movimiento sea verdaderamente mayoritario los partidos clásicos tienen que modificarse profundamente y unirse a ese gran movimiento. Si volvemos a llegar tarde a esa gran cita con la mayoría de la población las posibilidades de una alternativa real se disolverán por un tiempo muy largo. A las citas históricas no se puede faltar pero a ellas hay que ir decididos y con ilusión, de frente  y sin artimañas, porque, como la ocasión y al contrario que el cartero, no suelen pasar a nuestro lado dos veces.

martes, 10 de junio de 2014

Centro menguante

Francisco José Martínez - El Faro Crítico

Si algo ha quedado claro en las últimas elecciones al parlamento europeo ha sido la grave erosión que el centrismo, en sus tres versiones, conservador, liberal y (mal llamada) socialdemócrata, ha sufrido. El también mal llamado euroescepticismo, que en su inmensa mayoría es la denuncia del déficit democrático que aqueja a la UE desde su fundación unida a una crítica de la política de recortes del estado de bienestar que ha sido la base del consenso social que ha reinado en Europa desde la postguerra, ha crecido también en todas sus versiones, de izquierda y de derechas.

Lo que parece estarse agotando es una noción simplemente mercantil y además neoliberal de Europa. Los avances hacia una mayor integración política y social están estancados y el poder real lo detentan unos tecnócratas no elegidos que se pliegan a las exigencias de los mercados vaciando de contenido la política y la democracia. Los gobiernos elegidos democráticamente obedecen a imperativos exteriores que les hacen ir contra su propia ciudadanía.

Mientras que Europa era una madre nutricia que con sus fondos generosos cubría las deficiencias de los estados miembros el déficit democrático era sentido solo por los politólogos y algunos partidos de izquierda. Pero cuando de Europa no vienen ya fondos sino imperativos de austeridad forzada y selectiva y de recortes sin tasa, el déficit democrático se ha hecho palpable e insoportable  para toda la población europea.
Dada que la redistribución se sitúa en el nivel de los Estados miembros y que el margen de maniobra de estos cada vez es más estrecho, se hace visible de manera creciente la pérdida de poder de los gobiernos, Por ello, hay que entender a los euroescépticos de derechas, no tanto por sus  rasgos xenófobos a pesar de la importancia de esto sino como intentos de resistir a ese abandono paulatino de la soberanía nacional en manos de tecnócratas no elegidos e incontrolables. Tanto los votantes de Le Pen como los euroescépticos ingleses y alemanes lo que rechazan fundamentalmente es la pérdida de soberanía que se delega en poderes externos.

Si no se puede calificar simplemente de euroescépticos a los críticos de derechas del actual proceso de estructuración económica que no política de la UE menos se puede aplicar este calificativo a los que desde la izquierda no queremos menos sino más Europa, pero una Europa cohesionada políticamente , con una política social , fiscal y económica común, así como con una política exterior y de defensa coordinada de forma independiente y liberada de las constricciones derivadas del atlantismo y de la pertenencia a la OTAN. Una potencia europea con un protagonismo en la esfera exterior en colaboración con todos los países , una defensa de los derechos humanos  y una colaboración no subordinada con los Estados Unidos en el mantenimiento de la paz y la cooperación internacionales.

De todas formas este deterioro del centro sólo será beneficioso si la izquierda es capaz de atraerse no tanto a los partidos socialistas como a sus votantes buscando ampliar el frente de izquierdas en dirección a un frente ciudadano y democrático que pueda integrar a personas incluso del centro político. Los cambios que se hacen imprescindibles en España y en Europa no se pueden llevar a cabo sólo por la izquierda transformadora, sino que es precisa una apertura al centro izquierda de los partidos socialistas y verdes e incluso hacia el centro político propiamente dicho. La trasformación será de mayorías amplias o no será.  Y además esa amplia alianza tiene que tener una dimensión europea porque igual que no fue posible el socialismo en un  solo país, ahora tampoco es posible la socialdemocracia en un solo país, entendiendo por socialdemocracia el control político del desarrollo económico con un amplio sector público, unos servicios sociales potentes, una política fiscal radicalmente redistributiva y una política de paz y cooperación en la esfera internacional.


Los cambios recientes relacionados con la erosión del centro y del bipartidismo que lo encarna son una buena noticia, pero queda una tarea muy grande por hacer y esa tarea hay que afrontarla sin triunfalismo pero también sin pesimismo. Algo ha comenzado a moverse, se trata de impulsar el movimiento, de no detenerlo y de evitar que gire en el vacío.

martes, 22 de abril de 2014

Activamente escuchando, la presencia de la ausencia.

Amanda Nuñez - El Faro Crítico

Proferir
Expresarse
Hacer
Rápido
Ya
Otra vez
No nos oyen
¿Quién?

¿Cuánto tiempo hace que no escuchas?, ¿cuánto tiempo hace que al leer te abstienes de realizar un movimiento de asentimiento con la cabeza cada vez que estás de acuerdo o de negación o reprobación cuando no lo estás?, ¿cuándo presentaste una incertidumbre y quedaste callada?

¿Cuándo, con un esfuerzo enorme, titánico, acallaste y recibiste…y no te inclinaste…salvo para oír mejor?

La actualidad está plena de debates: hay debatólogos, en las asambleas, las calles, los trabajos, los grupos de amigues. Alguien siempre tiene algo que decir, se entrecortan las conversaciones, se acaban las frases de los otres, se escribe más aprisa para que no se roben las ideas propias, se sale a la calle a gritar, que no nos quiten la voz, hay que dar la voz, con banderas, presentes todes en todo, expresar los amores, los disgustos, las injusticias.

Presencia continua
Hacerse presente
Hablar

Nos obligaron a estar informadas y a expresarnos, sin que nadie oiga…porque nadie oye.

Un debate muy interesante recorre estos últimos días: representación/presentación. Ausencia/presencia, ¿cuál es la verdadera democracia?

Falta lo que siempre falta, lo más difícil: ¿Escuchar es estar presente o ausente…o quizá peor: representada?

Si pensamos despacio notamos que para escuchar se requiere presencia, a veces hasta muy cercana…para oír mejor; pero el tiempo nos dicta que hay que hablar, si no, te representan y ¡eso es inconcebible! Luego, presencia es “hacerse presente en actividad mostratoria de tu presencia” o, mejor dicho, representar tu presencia.

La ausencia, otro tanto: hay que participar, hay que estar; cómo mostrar que se está: mostrando. ¿Se podrá estar por carta?, ¿están los autores de los textos?, ¿estamos todes?, ¿quién falta?, ¿quién tiene la lista del 99% para poner esa falta?, ¿la tierra está?: parece que la tierra no habla en las asambleas, hablemos por ella, mejor, démosle voz; el ¿porvenir está?, no, parece que tampoco: llevemos a las niñas, decidamos en su nombre, no abortemos para llevar la vida atrapada con nosotras (por su bien, para que tengan voz y visibilidad)

Pero, ¿quién hacía eso? Parece que eso lo hacen quienes no queremos ser…pero, ¿somos quien queremos ser? Si hay presencia representada de nuestra presencia y presencia representada del porvenir ni siquiera sabremos qué queremos, pues estaremos contándolo a la vez todes sin escucharnos en el mismo lugar. Y ¿podrá haber algo diferente (no nuevo, ni viejo) si no escuchamos?

Escuchar no sólo es oír, es hacer el esfuerzo tremendo de poder escuchar, de filtrar, de callar, de no sólo reaccionar…en definitiva, de que se pueda hablar.

 ¿Desde cuándo hablar y producir son activos y escuchar y recibir son pasivos?

Cómo hacer esto ahora, ya, con la urgencia, vertiginosa, tras tantos años calladas sin escuchar o hablando y haciendo sin escuchar.

No lo sé.

Estoy escuchando, a ver si se oye el silencio y, en el silencio, escucharemos.

Esto no significa que haya que dejar de hacer, ni de hablar, ni de salir…pero ¿cómo discernir el salir a la calle de no hacerlo si no hemos dejado de estar en ella?, ¿cómo se diferencia una manifestación de ir de compras?, ¿por las banderas como las bolsas de marca?, ¿por la diferencia de cada grupo como cada marca libremente escogible en nuestros supermercados ideológicos de izquierdas autistas porque no supieron escuchar?, ¿por la intención inefable de quien va para no quedarse atrás en la aparición estelar de no dejar de estar donde hay que estar?...pero ¿esos van auténticamente?, ¿están auténtica y presentemente representados en su presentación?

Vamos más allá de la presencia; a la representación de la autenticidad de la presencia. Que es eficaz, lo sabemos, que basta con ello…sabemos que no. Todo el mundo habla de articulación pero nadie la escucha.


No se trata de dejar de hablar, de hacer o de salir; es darnos la oportunidad de poder hacerlo.

¿Cómo se puede hablar, hacer y salir y, a la vez callar, escuchar y ausentarse para que les otres puedan también hablar, hacer y salir y no colapsar el lugar?

¿Podremos dejar hablar sin cortar esa conversación?

Y la parte que viene es la más interesante del texto. Léela, por favor, con atención. El tiempo que requieras es inversamente proporcional a tu preparación: si tardas más, lo haces mejor.


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Y si esto parecen juegos de palabras o tomaduras de pelo, quizá lo son…párate a pensar por qué.

viernes, 11 de abril de 2014

La fortuna y la muerte llaman a nuestra puerta…


Amanda Núñez García - El Faro Crítico
Ciclo15M Tercer Aniversario

La cueva y la muerte
Hay algo ahí fuera, íntimo para nosotrxs pero absolutamente indisponible que siempre se ha llamado phýsis, naturaleza, exterior, espacios, paisajes, mar, tierra, etc. Incluso, si nos fijamos bien, algo como nuestro cuerpo, el inconsciente, la salud, la enfermedad que nos atraviesan, los acontecimientos, la fortuna o la muerte también son de esta “naturaleza”. Con-vivimos con ellos y ellos nos con-viven.
De esta con-vivencia han salido muchos de los términos que manejamos en nuestra cotidianidad. Resuena debajo de ellos algo que no nos pertenece y que, por ello, nuestro afán de control ha eliminado u ocultado de entre sus connotaciones. Esa huída de las connotaciones lingüísticas de muchos términos de la lengua que muestran aquello que no podemos controlar es paralela y sincrónica al intento de deshacernos de la misma muerte, del dolor, de la enfermedad, de la fortuna…de la naturaleza.
Si pensamos en términos como “economía” y “ecología”, como nos hace notar Jean-François Lyotard[1], ambos refieren a “oikos”, es decir, término griego que nombra casa, lugar, espacio donde habitar, donde con-viven nuestras vidas y las de todo lo otro: los animales, las plantas, lo divino que hay en toda vida, las montañas, los mares. Si pensamos en “ética” y “etología”, comprendemos que hay un “ethos” debajo, es decir, otra vez un hogar, una cueva, un espacio que se construye y que, tal como trata  la “etología”, ese espacio no es otra cosa que un conjunto de relaciones, de ritmos, de baile de unxs con otrxs, también con las montañas cuya tierra nos da las cuevas de las cuáles el “ethos” mismo es parte, como apunta Gilles Deleuze con Aristóteles[2]. Si pensamos en “comunidad” frente a “inmunidad”, como hace notar Roberto Espósito[3], nos referimos a un “don”, a algo que siempre viene de fuera o, por el contrario, de la inmunización a ese don …es decir, como el cuerpo se inmuniza de algo externo que lo ataca, la co-munitas puede hacerse in-munitas y no aceptar ese exterior que tan pronto puede matar como alimentar…Quizá el miedo a la muerte y la lógica de la supervivencia nos ha llevado a no querer (distinto que desear) cualquier extranjero; llámese a eso inmigrante, tierra, agua, fuego o aire hasta el punto de que moriremos en un ataque de supervivencia, del mismo modo que la asepsia de nuestro tiempo produce más alergias y enfermedades que la mezcla con lo otro no teledirigido. Y si mencionamos la “política” o las sociedades “cosmopolitas”, hablamos de ciudad, otra vez de un espacio de con-vivencia con todo lo otro, llegando a extender esa convivencia al cosmos mismo como bien hacían saber los estoicos.
En todos los lenguajes resuena siempre aquello a lo que acompañamos y que no nos pertenece aunque nos dice y nos hace: el lenguaje, la gravedad, la muerte, el lugar, los tiempos, los ritmos de las placas tectónicas, las mareas, la luna, el sol.
Si atendiéramos a nuestra propia lengua, sabríamos, oiríamos, escucharíamos que siempre se establece una suerte de equilibrio desequilibrado. De ese mismo modo, Michel Serres nos hace notar que lo local y lo global siempre han mantenido ese extraño equilibrio[4]. Aquí o allá podía ocurrir una catástrofe, un imperio…no duraría siempre porque tendría que morir y, a la vez que esa muerte, en otra localidad, ya habría surgido algo nuevo. No cerrar el sistema, dejarlo abierto a su afuera nos otorgaba el equilibrio desequilibrante que daba posibilidad a la vida y a la com-munitas o, mejor dicho, a un verdadero cosmopolitismo.
El problema de nuestra contemporaneidad es que el poder y el control, es decir, la “immunnitas” o inmunidad que tanto se busca y se predica en inmunidad diplomática, asepsia, limpieza, etc. intenta cerrar el sistema de la tierra misma, el sistema de los lugares. Intenta cerrar la cueva para que no entren agentes patógenos, in-migrantes, agua, torbellinos, radicales libres, etc. La idea de la “Aldea global” es esta cuestión y sólo ésta[5]. El problema no era, entonces, tanto la globalidad como que ésta   –que, en cierto modo el cosmopolitismo– se convirtiera en una misma aldea con su policía, en una misma ciudad cerrada a una velocidad cada vez más acelerada…Y ya sabemos que si a una cueva se le cierra todo lo que da al afuera por miedo a lo exterior  –siempre malo– que pueda venir, también la dejamos sin aire y morimos de asfixia solos en nuestro interior voluntarista, eso sí, muy velozmente intercomunicado.
Así pues, el problema de la globalización es convertir en una sola ciudad el mundo entero. Es decir, extender lo local y su paletismo miedoso a toda la faz de la tierra. Extender el localismo que sólo piensa en la muerte y en el control a todo lo que se le escapa en aras a una supervivencia (vivir más allá o por encima de…la muerte). Esto es lo que ha ocurrido de manera muy lenta desde la década de los 60.
Ello tiene muchas consecuencias, las más terribles son: Por un lado que, al utilizar tres cuartas partes del planeta en zonas suburbiales de esa ciudad grande, extensa e higiénica, hemos cerrado el sistema de tal manera que, justo de allí donde se traían los materiales como “materias primas” –pobre materia viva, reducida a material inerte; pobres gentes reducidas a material; pobres aguas, reducidas a material; pobres cuerpos, reducidos a material modelable quirúrgicamente, pobre inconsciente, reducido a material de creatividad, pobre fortuna, reducida a material de aventuras–, se comenzaron a expulsar los residuos de su consumo en esos lugares mismos de donde provenía el material. Material con material en un equilibrio alocado. Cagar donde se come. Cerrar la cueva. Cerrar los espacios. Eliminar las plazas y el espacio de lo político o del vivir-con. Por otro lado, y al hilo de la anterior, sólo se puede mantener un sistema cerrado con una policía deslocalizada que “ponga orden” (el idéntico orden siempre) en todos los lugares. Se necesita entonces, una policía interior, la más trascendente e inasible que haya, a la que no se pueda insultar y que nos pueda golpear sin que la veamos, que pueda generar guerras deslocalizadas y hambrunas, que pueda establecer castigos, que realice ataques preventivos, incluso que pueda rescatar…Dos caras de esta misma policía: el invisible capitalismo de consumo y su faceta visible y salvadora, el FMI. El poli bueno y el poli malo.
¡Por fin encontramos el equilibrio! ¡Por fin fuimos higiénicos y asépticos! ¡Por fin controlamos lo incontrolable! ¡Por fin sólo vivimos con lo humano y sólo con ello, sin irracionalidad, con todos los animales domesticados y con el cielo por controlar! ¡Por fin acabamos con la ecología o el vivir-con sustituyéndola por una economía que ya no es tal sino sólo crematística! ¡Por fin nos comemos nuestros residuos en una autodeterminación radical de nosotros con nosotros mismos! ¡Ya somos dueños del azar o la fortuna! La fortuna ya sólo es una cuestión monetaria.
Pero, la muerte acecha, y al atenderla tanto en cuanto enemiga, como lo que hay que expulsar, pensando como supervivientes, lo que hemos hecho es invitarla al interior de nuestros hogares sin darle posibilidad para que esté en otros sitios y que nos venga a visitar de vez en cuando, al igual que la fortuna o un golpe de aire fresco. Hemos vivido para la muerte en nuestra inmunidad, ¿cómo sería vivir para la vida y, con ello, aceptar la visita serena de la muerte o aquella de la fortuna?

La puerta y la fortuna
Si algo nos han enseñado los desastres marítimos es que el choque de un barco, su ruptura, afecta a lo local tanto como a lo global. El Prestige o Fukushima no sólo fue un drama para aquellos que lo vivieron, para las costas gallegas o las poblaciones japonesas, sino, como siempre ocurre en los ámbitos acuáticos o aéreos donde lo local y lo global están íntimamente unidos, afectó a los mares, a los cielos, a la tierra, a todxs nosotrxs.
Como sabemos, en un sistema fluido, una onda en un lugar local afecta de diversos modos a todos los lugares extendiéndose, a la globalidad del fluido, como cuando en la esquina de un vaso se echa sal, todo el agua se vuelve salada. Antes teníamos la fortuna de que el sistema fuera abierto: lo local era local y lo global, global, interconectados pero diferentes. Había muerte y catástrofes pero se medían por proporciones razonables. Podía matarnos un animal, una ventisca, una hambruna no controlada…incluso un accidente de automóvil o un cáncer de pulmón antes de que nos protegieran tanto de nuestro cuerpo y del inconsciente. Ahora, con la “gran aldea de la humanidad y su policía”, no podemos salir de la localidad global y el Prestige o Fukushima son muestras de ello.
La difícil salida del sistema de capitalismo de consumo que pone y quita dictadores a su antojo y regula la población y la circulación monetaria a base de guerras también lo es. Las materias que hemos convertido en materiales para tapar nuestra cueva y no dejar que nada llame a nuestra puerta por miedo a la muerte han devenido nuestra peor fortuna. Estamos ante pestes mundiales, crematísticas mundiales, en un solo mundo y sin salida.
Pero no todo son malas noticias. Que lo local y lo global se hayan fundido posee sólo un matiz de afuera. Quizá tan sólo es un desajuste, pero esa es nuestra oportunidad. Parece que la fortuna, tímidamente, y ya que la muerte vivía en nuestra cueva, llama a la puerta a través de pequeñas fisuras del sistema…curiosamente, para liberar a la muerte y que pueda ir de aquí para allá sin estar atada al miedo que la tiene secuestrada.
Sabemos que, al igual que las ondas acuáticas o las aéreas, incluso las ondas de la tierra o del fuego se extienden de lo local a lo global…en nuestro caso, de lo local a lo local-global por ser un local mundial. Y en ese punto podemos incidir, realizando acciones locales que puedan aumentar sus ondas a lo local-global y no sea sólo de un modo nocivo-policial. Si ya no nos puede salvar el afuera y su régimen global, al menos romper la Gran localidad o la aldea global pueda ser un modo de abrir la puerta. Y ello parece que sólo puede ser de un modo local concreto, haciendo fisuras de localidad en lo global cerrado para que puedan afectar a la tierra entera. Gran responsabilidad la que nos corresponde en esta época.
Es en este punto donde entran todos los movimientos sociales en los que trabajamos desde hace ya largo tiempo. Movimientos políticos que no sólo se reducen a la representación política de partidos o sindicatos (la peor faceta de esos movimientos por tener que jugar al juego de los poderes), sino que son político-sociales, que trabajan con capas desfavorecidas, con otros países, interfiriendo en los sistemas, movimientos ecológicos, poéticos, okupas, artísticos, filosóficos, movimientos obreros, etc. La constitución de movimientos ha intentado desde hace años –desde la ocupación de la tierra por una aldea paleta global– establecer esas ondas que puedan extenderse hacia una apertura y no una cerrazón policial-capitalista. Esas hendiduras han abierto múltiples puertas para llamar a que un acontecimiento no preparado –al contrario de lo que fue el 11S que derrumbó los escombros en la puerta para que ya no hubiera entradas ni salidas– pueda acaecer y por fin abrir algún espacio. Porque espacio y aire es lo que nos falta. Los Foros sociales han intentado una articulación de los diversos movimientos en orden a que existiera una onda expansiva que hiciera circular los flujos hacia un trabajo común de apertura y no se disolvieran en contrariedades que sólo son consecuencias de un individualismo y una pelea por el liderazgo paleto del barrio dentro de la gran aldea.
Todo este trabajo de base, que no ha sido otra cosa que preparar  y clamar a un acontecimiento desde diversos puntos, parece haber tenido sus frutos. Pero, como ocurre en los acontecimientos, los frutos no son nuestros como la fortuna tampoco lo es. Considerar a la fortuna como una posesión es una cuestión crematística que sólo le ocurre a Bill Gates y a algunas otras mafias. El lenguaje tampoco nos pertenece, ni nuestros cuerpos ni nuestro inconsciente nos pertenece. ¿Por qué necesitaríamos que nos perteneciera el acontecimiento? Si la fortuna llama a nuestras puertas, sólo podemos abrir. Sólo podemos trabajar y seguir trabajando para, entre los escombros, hacer fisuras, dejarla entrar.
Sería entonces difícil pensar en algo como el 15M a la manera de un movimiento. Si un movimiento tiene un origen, un fin, unos objetivos y una trayectoria, como sabemos de todos los movimientos de los cuáles hemos hablado; sin embargo, un acontecimiento es sólo una tímida llamada a una puerta de la fortuna; un lapsus donde el inconsciente y/o la naturaleza o como llamemos en cada caso a lo indisponible que está más acá de todas nuestras palabras, acciones y sucesos vitales, aflora cambiando el tablero de juego y dando una oportunidad.
Si atendemos a F. Nietzsche y G. Deleuze, sabremos que un acontecimiento no es histórico[6]. Los movimientos lo son porque los podemos seguir, los acontecimientos no. Podremos leer y releer los libros de historia buscando por qué una guerra y una hambruna desencadenaron revoluciones y por qué en tantos lugares de esta actual aldea global peores guerras y hambrunas no provocan ni tan siquiera un mínimo cambio en el sistema policial y cerrado de la circulación del capital rodando al infinito, tan sólo lo alimentan. El acontecimiento, como las revoluciones y los lapsus no tienen origen, sólo poseen atmósferas desencadenantes y lugares. Algo como el llamado 15M se da como un lugar de apertura: una plaza; donde los movimientos confluyen dando lugar a un espacio de palabra y acción, de visualización y esperemos que de otros modos de subjetualidad. Un espacio donde, al menos por un tiempo, no hay grupos-sujetos peleando por el domino –ya sea mandatario, ya sea de la palabra, de la conciencia, de la verdad, o del lugar mismo–. Un lugar donde las fronteras todavía no están fijadas porque no se desean ni proyectos ni contornos dados de antemano. Un lugar por fin abierto, una ventana abierta para poder respirar. Esperemos que, a pesar de la cerrazón de sujetos y partidos, siga abierta un tiempo más, al menos para poder tomar aire y volver a trabajar en las profundidades de un sistema asfixiante a escala planetaria o para agrandar la fisura y poder retornar a una di-stancia entre lo local y lo global.
Pero no sólo eso. Si buscamos las causas del 15M no las encontraremos porque no tiene causa, tan sólo, como hemos visto, un ambiente; un medio que se abre a otros tiempos históricos, a otros lugares y que recibe ideas de otros pensamientos, tan antiguos como Grecia, tan nuevos como Grecia.
Cuando algo nos sobrevuela sin trayectoria, sin programa dado de antemano y donde todo el mundo se mira preguntándose ¿Quién inició esto? O, lo que es peor, cuando muchxs reclaman que ellxs lo iniciaron (resquicios de poder), no podemos darle el nombre de “movimiento”, se trata más bien de un acontecimiento[7]. De un abierto que se nos ofrece en medio de una crisis, en las ruinas de una crisis planetaria ¿económica? y ecológica que nos grita que tenemos una oportunidad, que surge algo que es un cuestionar, un abrir, un golpe de la fortuna y un reto…y que es tan frágil que, como no le podamos dar un lugar, muchos lugares, se irá tan rápido como vino, como se van los aplausos una vez pasó la emoción del espectáculo o como se nos escapa la ocasión a la cual pintan calva porque no se la puede agarrar por los pelos y volver a traerla[8].
Como no sabemos de dónde vino este acontecimiento ni tiene dirección establecida de antemano, sólo podemos guiarnos por las luces intermitentes de los faros que encontramos por el camino; de pensamientos, de acciones, de lecturas, de palabras, de estudios, de tesón, de alegría…no podemos repetir idénticamente ninguna revolución, ni siquiera sabemos si esto es una revolución. Aquí un pequeño faro indica algunas sendas y algunos límites para poder pensarlos.
Parece que no podemos caer en programas dados de antemano sin saber siquiera qué está ocurriendo, sabemos que las situaciones son tan complejas que no puede tratarse de una cuestión de adhesión sin más a unos ideales ya dados a modo de productos idénticos en el supermercado ya que a lo que nos llama este abierto de una plaza es a pensar alternativas, no a ser epígonos dogmáticos de no se sabe qué escuelas o comprar el mismo jabón ya sea de una marca que preferimos o de otra más barata quizá. Parece que no podemos intentar quedarnos con lo que no nos pertenece pues este acontecimiento es de todxs y, por lo tanto, nadie es su dueñx.
Pensamos desde aquí que tampoco puede tratarse de tan sólo una indignación, de un movimiento reactivo, pues las reacciones cesan pronto, los movimientos pueden cambiar de dirección, las indignaciones se sofocan, se perdonan o no…pero no permiten construir[9]. Pensamos que tenemos que estar preparadxs para construir, para la gran labor pequeña de hacer lugares, de contar con el largo plazo y con cierta continuidad, aunque este evento cese de ser mediático; pues si no es así, sabemos que cesará cuando las cámaras apaguen sus focos y esta oportunidad o fortuna en el quicio de una crisis se habrá convertido en un espectáculo más entre el fútbol, los escaparates y los fuegos artificiales de fin de año; se habrá consumido y asfixiado entre las paredes de la cueva global[10].

No sabemos si se podrá conseguir hacer explotar este sistema en esta crisis la cual, como todas, es una explicitación clara de lo que hay detrás; pero nos sirve de mucho atender a ella y poder actuar en ella. En primer lugar para poder salir de la Gran Guerra Mundial (de 30 años como dice Hobsbawm[11]) y sus dominios ideológicos y geográficos cerrados y fijos. Para descubrir los tejemanejes del Capital asociado a la perversión de los Estados-Nación los cuales, como las mafias, procuran la defensa de los que se constituyen como tales, pero sólo les dejan constituirse como tales si tienen “crédito”, es decir, confianza para lxs inversores o especuladores, crédito para tener crédito, para tener deuda y, por lo tanto en el mundo al revés, una ficción abstracta que les haga reales, pues en su realidad sólo pueden morir exterminados como en los casos de Palestina, Somaliland, el Sahara Occidental, y muchos otros ni siquiera conocidos ni mediáticos, meros suburbios de la aldea global o zonas oscuras.

Las dos caras de la fortuna
No sabemos nada, sólo sabemos ahora, que no lo sabemos y que sólo nos queda construir, habitar y pensar. Y si no sabemos nada, no podemos decir muchas cosas, sólo podemos plantear problemas y deseos. Deseamos un afuera, un lugar para el deseo, para la alegría, para nosotrxs mismxs, para las relaciones, para la tierra, para el cielo, para las aguas, para la vida con sus tiempos diversos, sus espacios, para las culturas, para los animadxs e inanimadxs. Deseamos poder pensar y cuestionar y poder con-mover a que cambien los vientos con las sacudidas de los movimientos. Deseamos no morir en vida. Deseamos poder hablar y leer a nuestros muertos. Deseamos que no estén teledirigidos nuestros deseos, nuestros recuerdos, nuestros futuros. Deseamos respirar. Deseamos que la vida siga. Deseamos que nada quede como un mero número que sea y no sea en una velocidad vertiginosa. Deseamos la lugares de acontecimientos locales a otros lugares y tiempos y, sobre todo, que pueda haber un afuera y una proporción razonable entre la vida y la muerte. No deseamos la policía metida en nuestras camas ni deseamos comer nuestro detritus por muy brillante que sea el envase.
Pero estos deseos no son nuevos, si algo han hecho las ciencias no del poder, las artes, las filosofías, las vidas cotidianas, los animales, las plantas, etc. es desear siempre poner límites a aquello que se autoconsume en una ilusión de infinitud cerrada que arrasa todo a su paso. No por otro asunto podemos hablar, podemos y debemos hablar y actuar todxs; y la filosofía (el terreno de la que escribe) ha incidido tanto en las ontologías estéticas y políticas por estas cuestiones: porque lo que nos jugamos es el tiempo y el espacio, nos jugamos volver a encontrar lo local y lo global diferenciados, nos jugamos vivir-con (sobre todo con lo otro no humano, con lo etológico) y no a-costa-de inmunizarnos. Porque nos jugamos los aires, las relaciones, el deseo y, como no, la propia vida. Porque no podemos cambiar un juego si jugamos maquinalmente con las piezas que nos venden en la cueva cerrada, porque así no podremos combinarlas con otras mil y una piezas, sueños, deseos, organizaciones, amores, amistades, plantas, cielos, arenas, aguas, olores...
Este acontecimiento con ya más de una decena de nombres no sabemos a qué llevará, no sabemos si será una revolución, si cambiará grandes cosas, pequeñas, diminutas. Pero podemos luchar contra la desilusión, sólo ello nos dará fuerzas para continuar ya que el camino es largo y difícilmente se construyen lugares aniquilados y con graves medidas de seguridad y prevención para que no surjan de nuevo, para que no haya otros nuevos, diversos, o antiguos, o inmemoriales….muerte o fortuna. Y podemos luchar contra esa desilusión sabiendo que ésta es inyectada por los medios, por nuestro mismo torpe deseo de inmediatez, consumo de experiencias rápidas y pasajeras o efectividad (a imagen y semejanza de lo que no deseábamos), por el intento de saltarle los límites, los cuerpos, el inconsciente, los deseos; esto es, por el intento de ser voluntades férreas y tecnológicas que consiguen lo que quieren sin dilación, sin espera, sin lugar, sin fallos, sin cansancio; por los intentos de autenticidad y autoespectáculo de nuestros sujetos, por llevarnos de manos de la reactividad en lugar de escuchar lo activo que trabaja siempre fuera de los escaparates y las grandes catástrofes o guerras.
La buena noticia es que los acontecimientos nunca mueren, una vez que se dan, que aparecen y, debido a que no están en el curso de la historia, sólo se quedan esperando el lugar donde puedan aposentarse y abrir. La fortuna llama a nuestra puerta y estos libros y estas obras del 15M no morirán, cambiarán de lugar, se irán, volverán, llamarán a otros, resonarán con otros. Sol ya es un acontecimiento.
La noticia a la que nos lleva la anterior es que tenemos que construir lugares de apertura para esos acontecimientos. Que no podemos parar, que una vez la fortuna ha llamado a la puerta, lo peor que puede ocurrir es que la muerte en forma de policía de la deuda o de los hábitos de consumo (sostenible o no) cierre esa puerta. Hay mucho que hacer y no nos faltan ganas, sólo que hay que unir fuerzas en una sola dirección, hacer un movimiento de movimientos que dure, que sea tan terco como la cerrazón inmunitaria que nos secuestra desde hace siglos. Un movimiento articulado, dejando los sujetos íntimos (ya sean individuales, grupales o mundiales) aparte, que cuente con las diferencias en diversos ámbitos (desde la vida privada y los hábitos más supuestamente banales hasta los bancos y el capital), que sepa contar con lo no disponible, lo que nos mata y da vida, con lo otro de lo humano y su diferencia radical.
Este libro sólo es un libro. Sólo desea ser leído, que haya lugar para ser leído y que haya tiempo no efectivo, ni calculado, ni dirigido, para poder ser leído. Por ello este libro, como tantas cosas, como el acontecimiento y la vida mismas necesitan un cambio y esta es una oportunidad que se nos brinda. Llama la fortuna. Seamos dignos de nuestra oportunidad y de nuestro acontecimiento en lugar de vivir y morir indignados…nos va la vida en ello y queda poco tiempo terrestre para poder hacerlo antes de la asfixia global.




[1]Vid. J-F. Lyotard. “Notas sobre sistema y ecología” en G. VATTIMO (Comp.): La secularización de la filosofía. Hermenéutica y postmodernidad. Gedisa, Barcelona, 1992.
[2] Vid. G. DELEUZE: En medio de Spinoza. Cactus, Buenos Aires, 2003. p. 46. Y ARISTÓTELES: Ética a Nicómaco  y Ética Eudemia. Gredos, Madrid, 1985.
[3] Vid. R. ESPÓSITO: Communitas. Origen y destino de la comunidad, Amorrortu, Buenos Aires, 2003. E Immunitas. Protección y negación de la vida. Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
[4] Vid. M. SERRES: El nacimiento de la física en el texto de Lucrecio. Caudales y turbulencias. Pretextos, Valencia, 1994. y Atlas, Cátedra, Madrid, 1994.
[5] Vid. M. McLuhan y Q. FIORE: Guerra y paz en la Aldea Global. Eds. Martínez Roca, Barcelona, 1971. Sería interesante compararlo esta utopía desastrosa con las consecuencias que vislumbra tanto P. VIRILIO en su obra, por ejemplo en: El Cibermundo. La política de lo peor. Cátedra, Madrid, 1999 o F. GUATTARI en obras tales como: Las tres ecologías. Pretextos, Valencia, 2000; o la recopilación de textos: Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares. Traficantes de sueños, Madrid, 2004.
[6] Vid. G. DELEUZE: Nietzsche y la filosofía. Anagrama, Barcelona, 1986. también G. DELEUZE y F. GUATTARI: ¿Qué es la filosofía?, Anagrama, Barcelona, 1999.
[7] Vid. las nociones de “acontecer” y “acontecimiento” en M. Heidegger, por ejemplo en Caminos de bosque , Alianza Editorial, Madrid, 1997; o Tiempo y ser, Tecnos, Madrid 2000; y en G. Deleuze, sobre todo en Lógica del sentido. Paidós, Barcelona, 1989. También en T. OÑATE en sus libros de recopilación de escritos: Materiales de ontología estética. Los hijos de Nietzsche I y El retorno teológico-político de la inocencia. Los hijos de Nietzsche II. Dykinson, Madrid, 2009. O bien los trabajos que hemos realizado en conjunto. Vid. el artículo de T. OÑATE en este mismo volumen.
[8] Vid. A. NÚÑEZ: “Los pliegues del tiempo. Kronos, Aión y Kairós” en Paperback. Publicación electrónica sobre arte, diseño y educación. Abril de 2007, nº. 04.
 http://www.paperback.es/articulos/nunhez/nunhez04.htm
[9] «Las noticias positivas son ilegibles, mientras que el espectáculo, para aparentar mejor, exige lo negativo. Cuando prepara el saber y la paz, el dinamismo engendrador de los preceptores no se ve […] y esto quiere decir simplemente, que la sangre y las lágrimas garantizan el espectáculo. […] la construcción real de un nuevo universo, aunque sea virtual, exige el pudor tácito de los trabajos  preventivos. […] Para no resignarnos a convertir a nuestros hijos en asesinos, levantamos casas y trazamos caminos. » M. Serres. Atlas, Op. Cit. “Leyenda para leer fácilmente este atlas”
[10] Vid. G. DEBORD: La sociedad del espectáculo. Pretextos, Valencia, 2002.
[11] Vid. E. Hobsbawm: Historia del siglo XX. 1914-1991. Crítica, Barcelona, 2010.

martes, 8 de abril de 2014

Democracia posmoderna y subjetualidades insostenibles

Andrés Martínez Díaz - El Faro Crítico
Ciclo15M Tercer Aniversario

Como todo sistema de cuentas, el de los siglos es una convención arbitraria. Si nos fiamos demasiado de la cronología en base cien corremos el riesgo de perder completamente la perspectiva de los acontecimientos. El siglo pasado fue, a decir de Hobsbawn, un siglo corto, de 77 años, los que median entre la Primera Guerra Mundial y el hundimiento de la URSS. Hacia 1992 las democracias occidentales celebraban la caída del comunismo real como el ‘Fin de la Historia’. Se in-auguraba una nueva época en la que descartada la alternativa del socialismo real, el mundo disfrutaría de paz y prosperidad bajo la ecuación democracia-liberalismo. Sólo era cuestión de tiempo. Cuando todos los países del mundo aplicasen la fórmula ganadora del combate ideológico que había sido el siglo XX, llegaría el reino de la felicidad universal. No es necesario abundar en el tema, tópico por otro lado... por mucho que se haya hablado de una “huelga de los acontecimientos”, el curso de los tiempos se ha encargado de arrumbar tan halagüeñas perspectivas.
 El historiador busca el acontecimiento simbólico que permita trazar fronteras en el confuso mixto de sucesos que traman la historia de los hombres. Sin embargo, a poco que se reflexione, resulta evidente que no hay un único proceso histórico –algo así como una historia universal– sino varios que se solapan, entrelazan sus interacciones, ocurren sin relacionarse, concurren en direcciones opuestas, permanecen latentes o amenazan con invadirlo todo. Por este motivo, el oficio de aislar periodos –o definir movimientos característicos de las diversas agrupaciones humanas en el tiempo– está sometido a decisiones siempre arriesgadas en las que confluyen prejuicios, intereses, esperanzas y miedos. Al historiador siempre se le escapa algo. Cuando el encargado de hablar del pasado hace su trabajo, tiene presente el futuro y al hacerlo se inviste de profeta o de ideólogo publicista. O bien pone el foco de atención en un aspecto concreto dejando en segundo plano los demás. En algún defecto incurrirá. Dada la positiva imposibilidad de alcanzar el hecho cierto, aquel que quiera afrontar la tarea de entender los sucesos humanos, únicamente puede ser consciente de que el error, o mejor la incapacidad de comprehenderlo todo, es inevitable. A una interpretación siempre podremos oponerle otra... y aunque las haya que no se pueden tomar en serio, no se puede evitar la necesidad de poner orden en el flujo continuo y sin dirección final del devenir de los hombres, de hacer el esfuerzo de conceptualizar las épocas, aunque no se pueda evitar del todo cierta arbitrariedad. Esta dimensión polémica de la historicidad no es rebasable y respecto a ella lo único que cabe hacer es posicionarse. Eso haré: lo que sigue son algunos razonamientos en torno al 15M al cual me adhiero como la única opción política en estos momentos en los que parecía que nuestro horizonte iba a ser un largo vía crucis de renuncias por miedo al miedo. El temor constante a perderlo todo nos lleva a perderlo de todas formas aunque sea por partes. Al menos la reacción de Sol es poner el pie en el freno.
Así, el comienzo de nuestro momento, este que desemboca en la actual oleada de protestas que atraviesa el planeta de uno a otro extremo, debemos buscarlo en la resaca que se produjo después de los acontecimientos de mayo del 68. Estos fueron una secuencia política extraña si se compara con el ciclo de revoluciones burguesas del XIX o con la revolución soviética. Sincrónicos a la pregunta y tensión que lanza la Revolución Cultural China proyectan en el apogeo del Estado del Bienestar una inquietud que podría denominarse ‘espiritual’. Cuando Europa disfruta, después del trauma de dos conflagraciones mundiales, de una prosperidad, ciertamente envidiable desde nuestra presente situación de crisis, se da un movimiento para reivindicar formas-de-vida más plenas que colmen un deseo que no se contenta con una nevera o un coche nuevo. El fuego prendió a lo largo y ancho del mundo... como pone de relieve Ernesto Laclau, las cadenas de significantes vacíos remueven toda sutura[1] política –inercia estática de un Estado de cosas instituido a permanecer- trastocando el panorama fijo que los poderes dominantes del momento aspiraban a mantener. Desde la insatisfacción con la burda abundancia material hacia formas de convivencia en las que los hombres liberen sus deseos y dejen de ser elementos dentro de las funciones determinadas para la producción industrial -por benevolente que fuese el sometimiento al maquinismo en aquellos tiempos- mayo del 68 se nos aparece como un claro antecedente de las movilizaciones que conmueven nuestro presente.
En efecto, de las cenizas del conato libertario sesentaiochista surge nuestro periodo, cuyas contradicciones desembocan en la encrucijada que se intenta resolver en la Puerta del Sol, en Chile o en Libia. Cualquiera que tenga propensiones paranoicas podría hacer una lectura en clave conspirativa de lo que sucedió a partir de los años 70’s. Mayo del 68 marca un cenit, al menos para los países occidentales, que fue abruptamente cortado por una tendencia reactiva de signo contrario. Por lo que se refiere a la coyuntura económica, la crisis del petróleo, abandono del patrón oro y un nuevo fenómeno, la estanflación generalizada, paro e inflación, –fenómeno que supone un auténtico desafío a la ‘Teoría de la oferta y la demanda’– invierten la situación de los 60’s: en un contexto en que el paro no se daba había sido posible pensar en un ‘plus’ vital más allá de la mera supervivencia, por ello las demandas políticas se encaminan a proyectos de una felicidad integral. Desde ahora la tónica dominante será de amenaza al Estado del Bienestar y la necesidad de su reforma-recorte en nombre de su salvación. En ese entorno mucho menos acogedor que el de los años anteriores la que había sido vanguardia europea de la izquierda derivará hacia la socialdemocracia moderada por un sano principio de realismo político que se combina con una cierta sensibilidad medioambiental –los movimientos ecologistas tienen su origen por aquellos años– , el extremismo terrorista –las Brigadas Rojas, la Baader-Meinhoff– y una salida menos visible, la fuga sentimental hacia la vida personal. Esta última dirección es fundamental en lo que se refiere a la constitución del sujeto de la posmodernidad: aislado de sus prójimos, vive abismado en su propia existencia sin posibilidad de una relación política con su entorno y sin interés por reentablar algún modo-de-vida explícitamente político.
Una puntualización, con lo anterior no querría parecer, en modo alguno, nostálgico de un Estado del Bienestar. Esta formación política debería ser considerada algo así como una reserva natural…. una especie de resort donde se dan ciertas cantidades de confort material y de cumplimiento de unos derechos mínimos al precio de transferir costes –trasladar residuos– a la periferia. Su viabilidad siempre dependió de la existencia del Tercer Mundo. Debería tenerse en cuenta que la actual fase de demolición de dicha formación política coincide con la desaparición de los imperios forjados en el siglo XIX. La independencia de las antiguas colonias supondrá la necesidad de nuevos equilibrios. En buena medida la situación histórica que estamos viviendo está asociada directamente con las recientes relaciones internacionales en las que los nuevos actores hacen uso de una mayor independencia.
Por entonces, aparece la Escuela de Chicago, con Milton Friedman como figura señera, que propugna el retorno a las formulas económicas de un liberalismo puro no sometido a ninguna regulación. La tesis básica de esta tendencia económica es que el mercado es el medio regulador natural al sistema capitalista por lo que cualquier intento de moderar sus desequilibrios tiene un efecto adverso. Es decir, en menos palabras, las políticas que llevaron al Estado del Bienestar son declaradas obsoletas. Tras la crisis del 29, que presenta numerosas analogías con la nuestra, J. M. Keynes ante la inoperatividad de las teorías económicas vigentes y con la intención de salvar el capitalismo, propone un cierto intervencionismo de los gobiernos para corregir los desequilibrios que produce cíclicamente la caída tendencial de la tasa de ganancias[2]. Un auténtico giro copernicano frente a la ortodoxia tradicional de la economía clásica que Foucault resume en la fórmula “autolimitación de la razón gubernamental"[3], el tradicional ‘laissez-faire’ que pide la eliminación de cualquier traba a las actividades del dinero. Pues bien, los años 70’s suponen un retorno a las posiciones clásicas del liberalismo económico. Un poco más avanzada la década los mandatos de M. Thatcher y R. Reagan supondrán la consagración del principio de desregulación. Desde entonces los principios del economicismo neoclásico han quedado recogidos como reglas neutras, naturales, indiscutibles y no discutidas de la gobernanza de cualquier Estado que aspire a ser considerado ‘serio’ en el panorama internacional. Se debe enfatizar este aspecto: antes se ha tolerado un régimen irrespetuoso con los derechos humanos que una excepción a esta doctrina, la de la búsqueda de la integración del mercado mundial.
Mientras, en otra institución no tan conocida como la anterior, la ‘Escuela de las Américas’, se entrena al modo de Westpoint a las elites militares que frenarán el avance de gobiernos democráticos de sesgo socialista en América Latina. El laboratorio privilegiado donde confluyen las prácticas de ambas instituciones será Chile. El país del Cono Sur pudo beneficiarse de las primicias de la receta neoliberal aplicada con puño de hierro... Su historia reciente muestra cómo un país, supuestamente saneado, con macroindicadores aceptables según la ortodoxia económica se ha convertido en donante neto de emigración: los disturbios estudiantiles de estos días en dicho país son otra muestra del callejón sin salida al que conducen las políticas de destrucción de lo social que marcan el dogma indiscutible que guía la política actual.
El fin del imperialismo y el desarrollo de las tecnologías de la comunicación, en un entorno de desregulación han favorecido la deslocalización de la producción hacia áreas antes marginales o periféricas y la liberación del movimiento de los capitales a una velocidad creciente. El capital busca condiciones de máxima movilidad donde pueda operar con máxima velocidad y sin restricciones. Esta evolución, que percibimos en los países tradicionalmente desarrollados como un retroceso propio, está poniendo en el horizonte a nuevos actores internacionales que se perfilan como futuras primeras potencias de previsibles (des)órdenes en los que cada vez pese menos la hegemonía europea.
Estos párrafos tan sólo quieren ilustrar cómo el comienzo de la secuencia histórica que nos toca vivir tiene comienzo tras Mayo del 68 y puede ser interpretada como un movimiento de reacción frente a la eventual amenaza para el orden imperante de que, en una situación de seguridad vital para la ciudadanía, ésta pudiese dirigir sus aspiraciones políticas –o vitales en última instancia, puesto que somos formas-de-vida necesariamente sociales– hacia reivindicaciones de autodeterminación de nuestros proyectos vitales, incompatibles con el capitalismo. En unas circunstancias de crisis con un paro creciente, el impulso revolucionario e incluso simplemente político se verá frenado y forzado a situarse en una posición defensiva. Si a ello le sumamos la debacle de los regímenes comunistas, se hace evidente la dificultad de oponerse a la corriente ideológica dominante. Tan sólo queda defenderse de un clima de miedo enfermizo y de las consecuentes perspectivas de un repliegue ilimitado.
Sentadas estas premisas relativas a nuestras circunstancias procedo a exponer las tesis que este artículo quiere defender:

1. Tenemos, por una parte, un Capitalismo que ha conseguido liberarse de las restricciones a su libre actuación que supuso el Keynesianismo tras la Gran Depresión. El intervencionismo estatal no ha desaparecido, sino que más bien ha cambiado su dirección para facilitar la fluidez del intercambio –y, de paso, la concentración de las rentas–. Con ello, y con la consiguiente aceleración de los movimientos económicos, la propensión a las crisis cíclicas que aquejan al Capitalismo –más bien a quienes lo sufrimos– desde el periodo de su formación se ha visto reforzada.

2. Se da la fabricación de una cultura ‘ad hoc’, afín al sistema económico dominante con la subsiguiente fabricación de un sujeto hambriento de distracciones, cuyas relaciones se pretenden –y se consiguen– mediar totalmente a través de los dispositivos de la sociedad de consumo. Hay una desaparición del ciudadano –por galopante irrelevancia de la participación política en la democracia posmoderna– reemplazado por el consumidor egotista preocupado por su autorepresentación que solamente puede ser realizada dentro de los códigos del consumismo. El imperativo de goce vigente tiene por resultado un frágil sujeto narcisista que paradójicamente vive pendiente del juicio de sus congéneres. La obligación de personalizarse da lugar a una fuga por cultivar la propia originalidad… hay una apariencia de pluralidad más o menos pintoresca que adolece de una profunda falta de originalidad. En todo caso, se trata de generar una general e íntima insatisfacción que nunca pueda ser satisfecha del todo.

3. En paralelo a la constitución de las subjetualidades posmodernas se da la desaparición de la izquierda tradicional organizada en torno a la forma de partido –por la que no se debería sentir especial querencia– y la atomización de la militancia de izquierdas en movimientos sociales dirigidos hacia demandas particulares. En esa parcialidad, mayor aún que la del partido, se trasluce el abandono de la noción de común como objeto de sus demandas políticas, las cuales en sintonía con la melodía ambiente, son orientadas hacia la visibilidad o a la demanda de indemnizaciones con la aceptación implícita del estado de la situación como orden natural de las cosas. Sujeta a una lógica del victimismo o a aspirantes a una mayor notoriedad hay una floración de grupos aparentemente plurales cuyo común denominador es el cierre en la reivindicación propia, de forma análoga al paradigma vigente de sujeto.

4. Se da una evidente contradicción entre una sociedad de individuos que sólo saben realizarse consumiendo y la dinámica entrópica de una economía que no puede proporcionar el consumo prometido, aunque necesite a toda costa la prevalencia de la ideología consumista para su, de todas maneras insostenible, pervivencia. Tal incoherencia puede ser rastreada en todos los ámbitos: el personal, el económico, el social, cultural, ecológico, el político… El cortocircuito se extiende a todas las esferas de nuestra existencia.

5. Lo sucedido en la Puerta del Sol podría parecer, y lo es aunque sólo en cierto modo, la consecuencia lógica de las contradicciones enumeradas más arriba, pero lo cierto es que podría perfectamente no haber ocurrido. Hay algo de milagroso en el acontecimiento que desbloquea cierres y abre oportunidades: surge la plaza como espacio natural de una verdadera praxis política. No da una solución, pues no puede haberla, sino indica un camino, una dirección para una acción colectiva donde cabe que la comunidad resurja.

Cada uno de estos puntos sería materia de un tratamiento mucho más extenso del que me es posible dar en el reducido espacio del que dispongo, por lo que me limitaré a trazar algunas líneas generales que señalen las conexiones entre las tesis ya enumeradas.
Que la crisis es la sombra inseparable del Capitalismo es algo evidente desde sus fases más tempranas. La Burbuja de los tulipanes[4] en Holanda durante el primer tercio del XVII muestra como la perversa interacción entre crédito abundante –con el desarrollo de un instrumental financiero sorprendentemente sofisticado– y oportunidades de negocio en una promisoria espiral ascendente dieron lugar a un clima de euforia en el que parecía que el precio de los bulbos de dicha flor crecería exponencialmente ad infinitum. Se podía comprar a un valor demencialmente alto sabiendo que se podría vender a otro todavía mayor. Un solo tulipán llego a venderse por el salario que cobraría un artesano acomodado durante 15 años. El prodigio parecía posible: un dinero que produce dinero sin pasar por el proceso de producción realiza, desligado de cualquier otra esfera, un milagro de autofecundación y genera, en el vacío, beneficios. Un único inconveniente: naturalmente cuando uno de los inversores quiso recoger sus ganancias la pirámide de Ponzi se vino abajo. No hubo más remedio que reconocer la naturaleza alucinatoria del fenómeno alcista y hacer tabula rasa… la economía holandesa sufrió una depresión de la que tardó décadas en recuperarse. La Historia aquí se revela como un depósito de inquietantes recuerdos que anuncian sistemáticos tropiezos futuros. Como el neurótico condenado a la recurrente repetición de los mismos gestos que le conducirán a familiares callejones sin salida, se podría interpretar la teoría económica ortodoxa como un esfuerzo por olvidar el pasado para poder seguir repitiéndolo. Como la borrachera de un alcohólico o cuando el ludópata se dispone a jugar, el espejismo del capital portador de interés desligado del sector productivo, se extiende a través del dulce rumor de beneficios fáciles, dando pie a una dinámica recurrente que puede rastrearse desde los orígenes de nuestro modo de producción. En el siglo XVIII se producirán similares episodios de euforia ciclotímica vinculados a las compañías comerciales de ultramar[5], o en el XIX Madrid asistirá en 3 años a la duplicación del precio del metro cuadrado edificable[6], todos ellos finalizados por una coda catastrófica. Otra invariante, desde el temprano incidente de los tulipanes será la imprescindible intervención de las autoridades para restablecer el descabalado equilibrio: la cuaresma que llega tras las saturnales. Si se rastrea la historia de las crisis se hace evidente bajo la aparente capa de racionalismo funcional, con la que pretende legitimarse el Capital, cómo hay un sistema del tropiezo y, en paralelo, se ha desarrollado una práctica teórica que lo justifica y lo alienta.
No puedo desarrollar el tema de la crisis como un elemento inherente al Capitalismo, ni las diferentes interpretaciones que las diversas escuelas económicas le han dado. Dejo igualmente sin mencionar las crisis de sobreproducción –tipología realmente característica de este modo de producción–. Sin embargo la notoria incapacidad de la ciencia económica vigente, con su supersticiosa fe en las virtudes de la mano invisible, para dar cuenta, evitar o incluso manejar las consecuencias adversas de esta sempiterna lacra muestra un punto ciego que la supuesta ciencia económica es incapaz de manejar. Y cuando nuestros conocimientos se revelan prejuicios y no son capaces de dar cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor, es un buen momento para ponerlos en tela de juicio a no ser que se actúe de mala fe o se trate de un recuerdo reprimido. En todo caso surge aquí la notable operatividad de la crítica de la economía política que el denostado Marx nos legó. Fascinado por la crisis de 1857 y su rápida difusión mundial es capaz de señalar cómo existe una tendencia incontrolable –si no media una intervención política– a que el valor de uso y el valor de cambio, los dos aspectos constituyentes de la mercancía, cobren autonomía mutua para llegar a ser completamente disfuncionales. No se puede hablar de un hecho anecdótico: la deriva hacia el desorden es propia de la naturaleza del Capitalismo y la supuesta virtud comunicativa del mercado, medio privilegiado para armonizar los desajustes de oferta y demanda, sirve más bien como coartada o pretexto para otras operaciones especulativas que se pretenden justificar.
El crash del año 29 marca una inflexión en el desarrollo del Capitalismo. Por un lado, es la crisis de la “emergencia estadounidense"[7]. por otro sus efectos fueron tan devastadores que forzaron un cambio de paradigma económico[8] –el llamado Keynesianismo, origen del Estado del Bienestar como única salida para la salvación del Capitalismo– e hicieron necesaria una guerra mundial para reintroducir el equilibrio dentro del sistema. Los años de posguerra asistirán a un avance de las conquistas sociales, en buena medida para afrontar la alternativa ideológica del Comunismo. Después de 1973, la incapacidad de las políticas keynesianas para relanzar la actividad productiva deja el campo abierto a una sorprendente contra-revolución conservadora; la que nos ha conducido como si fuese un tobogán a la situación que nos toca vivir en estos días. Cabe preguntarse por qué ni siquiera la social-democracia se plantea la recuperación de las medidas que permitieron la prosperidad… puede ser que se espere un reequilibrio por vía bélica o quizás algo más siniestro.
La incorporación de los individuos al régimen del Capitalismo tiene lugar en la esfera de la necesidad. Que la mercancía sea la forma básica de riqueza supone la obligación de efectuar el valor dinerario del producto resultante del trabajo de cada cual antes de poder acceder a valores de uso. O de otra forma: en una sociedad cuya producción está fragmentada en especialidades es inevitable pasar por el intercambio para satisfacer las necesidades que uno mismo se ve imposibilitado de cubrir individualmente y, puesto que los intercambios requieren de dinero para poder realizarse, la capacidad de trabajo deberá entregarse por adelantado para la consecución del medio de pago. Por ello la única posibilidad para alguien que rechace ser una bestia o un dios, es decir que quiera vivir en una sociedad de mercado, es aceptar sus reglas de juego. De acuerdo con esta lógica de la necesidad –contingente pues es histórica– los individuos adoptan comportamientos adecuados a la existencia de mercados para poder asegurar su propia supervivencia. De aquí se sigue la tendencia a la universalización de esta medición de todo a través del tiempo de trabajo abstracto que ha pasado a ser, como anunciaba Marx en los Manuscritos de 1857, una forma “miserable” de medir las relaciones sociales. Tal sistema métrico determina una experiencia subjetiva darwinista: las condiciones de existencia están reguladas por el imperativo de la mera subsistencia dentro de una mecánica casi geométrica en la que todos los elementos del sistema compiten entre sí… en tales condiciones cualquier lujo superfluo se convierte en un error. Y así será durante buena parte de su desarrollo histórico.
En efecto, hasta la segunda década del siglo XX predominan, en los países donde se halla más desarrollado el modo de producción capitalista, costumbres austeras en lo que se refiere al consumo, enraizadas en la tradición protestante. Sin embargo estos comportamientos estaban llamados a cambiar… Durante la década de los 20’s, se sufre en los Estados Unidos una crisis de sobreproducción industrial que produjo un dramático descenso de las ventas. La tasa decreciente de ganancias resultante de la propia competencia intercapitalista fuerza a un aumento de la productividad industrial mediante la introducción de maquinaria más eficaz con el consiguiente aumento del paro tecnológico. Un parado no consume así que, en una coyuntura de crecimiento de la producción, el stock de las empresas se iba acumulando en las estanterías de sus almacenes. Se llegó al cómico punto de que la prensa llegó a hablar de una ‘huelga de consumo'[9]. Y en este preciso instante la comunidad empresarial estadounidense dió con una solución que iba a marcar el rumbo de la vida humana en el planeta hasta nuestros días. Hablo, evidentemente, de la invención del consumidor y por extensión de la ideología de consumo. “En Nueva York los hombres de empresa organizaron el Prosperity Boureau y urgieron a los consumidores a ‘comprar ahora’ y a ‘poner su dinero a trabajar’ "[10]. La puesta en práctica de este plan maestro encontró menos resistencia por parte de la tradición de lo que cabía esperar y en menos de una década se había implantado en Estados Unidos una nueva cultura consumista que en poco tiempo pasó a exportarse al resto del mundo. Su triunfo ha sido tal que puede ser considerada la primera cultura cuyo alcance llega a un ámbito universal.
En esta ocasión la función crea el órgano: aparece una nueva especialización empresarial, el sector publicitario, dirigida a la formación de un tipo de subjetualidad que estará subordinada a las necesidades del mercado. El ámbito económico de la producción pasa a generar la necesidad en vez de simplemente satisfacerla. Desde ahora surge una industria encargada de producir un tipo de sujeto con miras al objeto. A diferencia de la imposibilidad de sobrevivir al margen de los mercados –el refuerzo negativo de las conductas-  que podría entenderse como un condicionamiento externo de tipo físico, la lógica imperial del capitalismo conquista el corazón de los hombres para borrar las diferencia entre dentro/fuera, ocio/negocio, productor/producto. La publicidad pone el deseo humano al servicio de la maquinaria productiva que supuestamente le debería servir a él.
Uno de los impulsores fundamentales de esta corriente, Edward Bernays, quien fue sobrino de Freud y es considerado el creador de las relaciones públicas, utilizó con notable éxito los descubrimientos de su tío para conseguir influir en la opinión pública dando lugar al más gigantesco mecanismo disperso de persuasión retórica que se haya conocido. Si en la obra del psiquiatra vienés se pone de relieve la importancia de los contenidos emotivos y su carácter irracional inconsciente, Bernays vio la posibilidad de crear "una ciencia aplicada social" para manejar científicamente y manipular el pensamiento y el comportamiento de un público irracional masivo “y parecido a una manada (sic).”. Según cita en su libro Propaganda[11]: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y las opiniones de las masas como un elemento importante en la sociedad democrática”Aquellos que manipulan este mecanismo invisible de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el poder verdadero dirigente de nuestro país”. En paralelo, Goebels, estricto coetáneo de Bernays, comienza a hacer uso, igualmente sistemático y no con menor desparpajo, de los mass media para propulsar el aquelarre al que los nazis consiguieron conducir a toda la nación alemana. No creo necesario incidir más sobre la influencia política de esta forma hipertrófica de retórica que, gracias a la ingente potencia amplificadora de los medios, ha dominado el curso del siglo XX.
Desde entonces, la industria cultural ha ido adueñándose de todo espacio vacío. Su triunfante invasión se ha manifestado como un verdadero fetichismo de los media con una progresiva densificación de la llamada iconosfera[12] hasta llegar a una saturación que ha cambiado nuestras condiciones de existencia con respecto a cualquier otro momento pasado de la humanidad: Hoy somos objeto de una exposición a cantidades de información superiores a las que somos capaces de admitir. En tiempos menos ruidosos aquellos que se veían en situaciones de exceso de estimulación perceptiva sufrían el denominado síndrome de Stendahl, un colapso nervioso por saturación de los sentidos. Hoy nuestra capacidad de admisión de datos ha mutado para llegar a crecer exponencialmente en proporción a la continua corriente de signos e imágenes con la que se nos bombardea a diario. De este modo la contaminación informativa, un proceso inflacionario concomitante al Capitalismo contemporáneo, ha transformado nuestra noción de lo real… las imágenes dejan de estar sometidas a la función de mímesis para crear realidad: si “una mentira repetida mil veces… se transforma en verdad” pensemos en el efecto de la reiteración de un millón de imágenes. El espectacular resultado de estas operaciones es un mundo invertido en el que “lo verdadero es un momento de lo falso"[13].
Llega el momento de hablar del habitante de semejante mundo continuamente reconstruido como decorado, aquel del que se querría sustraer cualquier acontecimiento, el sujeto de la posmodernidad, cualquiera de nosotros. El comunismo de la incomunicación, que es la Sociedad del Espectáculo, ha formado una red de entidades separadas que sólo pueden socializar a través de lo que les separa. La alienación crece en intensidad y aparece la figura crepuscular del Bloom[14], como una potencia que desligada de toda acción real –e incluso de su posibilidad- profundiza en la mera potencia. Así se produce una debilitación progresiva de los sujetos que “soportamos dosis de verdad cada vez más reducidas"[15] y vivimos en una continua fuga en busca de narcosis. Figurante de un gigantesco parque temático tan sólo espera que el carrusel del espectáculo nunca pare. La autorrepresentación bajo el imperativo del goce le obliga a mantener ante sí mismo y ante los demás la ficción de ser. El mundo se configura como una comedia sin gracia de sirvientes voluntarios, atentos a los gestos del vecino para impostar una normalidad que se pretende realidad. Bajo el mandato de la “ostentación negativa"[16] –no ser menos que nadie– se trata de proveerse de atributos para camuflar su radical inautenticidad. Así llegamos a la picaresca generalizada como la única vía de relación entre los farsantes.
Otra aproximación a nuestro personaje es el ‘homo sacer'[17]. Sería el humano resultado final de los procedimientos de control de la biopólitica un complejo de técnicas de gobierno blando que gestionan las masas velando por su felicidad. Este benévolo poder ganadero fomenta con su pastoreo a un animal de granja, antiguo depredador, que ha sido artificialmente convertido en herbívoro… mientras sea útil dicho herbívoro será mantenido, pero en el momento en que deje de ser necesario, la granja tornará lager. Sin embargo, bajo este paradigma, la violencia deja de ejercerse positivamente para ser aplicada por defecto. La proliferación de campos de refugiados o la progresiva incapacidad de los gobiernos para hacerse cargo, en términos de bienestar, de aéreas cada vez mayores de su territorio son jirones de una realidad emergente que amenaza con adueñarse del planeta.
En relación con estos modos de subjetivación querría señalar cómo la izquierda política se ha configurado tras el 68 en formas que son profundamente solidarias con el régimen neoliberal dominante y que han demostrado ser profundamente ineficaces en frenar su avance. De los sindicatos, agentes que históricamente canalizaron la lucha política y lograron buena parte de las conquistas sociales que se están esfumando a ojos vista, sólo cabe levantar acta de defunción. Son zombis que se saben muertos: la despotenciación de 30 o 40 años retrocediendo les desacredita ante sus propios ojos. Incluso, ante sus propios ojos, les falta credibilidad para oponerse a la sistemática demolición de la sociedad con un mínimo de convicción. En cuanto a la social-democracia, si alguna vez fue un proyecto factible, naufraga en su mar de contradicciones. Es absolutamente incapaz de mantener sus tibios programas en un entorno totalmente opuesto a sus principios. Las perspectivas para los movimientos sociales, forma subjetiva más característica de esta época, tampoco resultan mejores.
Tras la Revolución Cultural China el partido político como fórmula de organización de la lucha política entra en crisis[18] y la militancia se fracciona en lo que se ha conocido como movimientos sociales. Básicamente han sido y son grupos que actúan a escala local con agendas referidas a uno o dos puntos concretos, perdiendo de vista actuaciones con una proyección social amplia o con transformaciones profundas de la realidad social. Estas formas organizativas, típicamente posmodernas, se configuran como representantes de minorías y colectivos marginados que reclaman reconocimiento, subsidios o indemnizaciones. En primer lugar, la vía reformista, su aceptación del orden imperante implica quitar filo a sus posibilidades como alternativa al Capitalismo. Su acento en la representación identitaria, cuyo contenido fundamental es la condición de víctima en busca de integración, rima con los leitmotiv de la sociedad actual: sostener “el nombre de uno”, pegarse al atributo por el que nos distinguimos-separamos de los demás, en un modo perfectamente asumible por la Sociedad del Espectáculo en la que prima la obligación de autorrepresentación –forma fundamental de participación en la misma–. Estos grupos de consumidores agraviados se constituyen como marcas comerciales cuya imagen debe ser administrada de forma similar a cualquier otro producto de mercado. Marcas rivales pierden de vista lo común, núcleo de toda política, para concentrarse en demandas parciales. Cada uno la suya. Su característica fragmentación es una proyección del individualismo dominante en el mundo de la izquierda y ha demostrado ser políticamente de una eficacia bastante limitada: se ha conseguido cierta visibilidad para algunas minorías pero en realidad únicamente ha supuesto poner en circulación otros estilos de vida para que el comercio pueda proveerles de complementos. Lo sucedido en Sol puede ser leído como una superación de esta deriva: la plaza vacía como lugar de encuentro para defender lo común superando las barreras que impone el culto a la propia etiqueta para defender la posibilidad de un lugar desde donde hacer política.
Sobre la insostenibilidad de nuestro estilo de vida en las presentes circunstancias poco es necesario decir. Nuestro mundo, un complejo residencial, lujo algo cochambroso nunca verdaderamente acogedor, tenía puesta la fecha de caducidad. La omnipotente economía ha incurrido en un cortocircuito generalizado que impide su propio funcionamiento y, para mantener una apariencia de movimiento y funcionalidad, es necesario sacrificarlo todo en el altar de los negocios –por mor de los negocios-. Los gestos de los brujos de la tribu son elocuentes: su magia no llega a la mínima eficacia y su vacua gesticulación no logra contener el pánico. Su orden, causante de tantos problemas, es un problema para sí mismo. El decorado que ha sido el Estado del Bienestar se cae y los extras de esta película estamos temiendo ver qué se oculta tras las cortinas… y sin embargo hay nostalgia de una vida protegida por padres postizos que tomen decisiones por nosotros. Si el signo del Capital es la velocidad extrema para escapar de la sombra que el mismo arroja, hemos llegado a la disyuntiva en que detenemos la maquinaria o su velocidad nos convertirá en residuos de su cada vez más disfuncional metabolismo.
La ciudadanía vuelve a recordar que es habitante de la ciudad, su hogar común. De repente al término “economía” se le restituye su verdadero sentido etimológico: ciencia de la casa. Sólo que la nuestra es una casa abierta, una plaza. Quizás la historia desde que el hombre se hizo sedentario pueda resumirse en un simple tensión entre quien quiere ocupar el espacio para detener el libre fluir y aquellos que llevados por una u otra circunstancia se ven obligados a recuperar las posibilidades de convivencia. Si el poder instituido siempre quiere ofrecerse como la única alternativa al diluvio, debemos tener en cuenta que cuando se le repite a la gente que esto o aquello es imposible, se hace siempre para lograr su sumisión"[19].


[1] Vid. e.g. LACLAU, E: “Por qué los significantes vacíos son importantes para la política” en Emancipación y diferencia. Ariel, Argentina, 1996. Vid. asimismo, para el concepto “sutura”, la obra de A. BADIOU, e.g. Manifiesto por la filosofía. Madrid: Cátedra. 1989.
[2] Vid. K. MARX, El Capital, Vol. III: 213-263; México, FCE, 2ª ed. 1959,.
[3] Vid. M. FOUCAULT, El nacimiento de la biopólitica. Bs. As., FCE, 2007.
[4] Vid. Ch. MACKAY, Memoirs of Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds, London : Routledge & Co., 1856.
[5] Ibid.

[6] Vid. A. BAHAMONDE et al. , Historia de España siglo XX : 1875-1939, Madrid, Cátedra, 2000.

[7] Vid. D. BENSAID, “La crisis capitalista: Apenas un comienzo”, Revista Memoria, No. 236, Revista de Política y Cultura, Centro de Estudios del Movimiento Obre-ro y Socialista (CEMOS), México D.F., junio-julio del 2009.
[8] No estará de más señalar cómo la supuestamente neutra separación científica de economía y política en disciplinas diferenciadas escamotea su profunda imbricación mutua hasta el punto de poderse decir que casi son lo mismo. La denominación primitiva “Economía-política” responde mucho mejor a esta realidad.
[9] Vid. R. SÁNCHEZ FERLOSIO, Non olet. Barcelona: Destino, 2003.
[10] Ibid.
[11] Vid. E. BERNAYS, Propaganda. Barcelona: Melusina, 2008.
[12] Vid. R. GUBERN, Del bisonte a la realidad virtual. La escena y el laberinto. Anagrama, Barcelona, 1999.
[13] Vid. G. DEBORD, La sociedad transparente. Valencia, Pretextos, 2002.
[14] Vid. TIQQUN, Teoría del Bloom. Ed. Melusina, Barcelona, 2005.
[15] Vid. TIQQUN, Introducción a la guerra civil,  Ed. Melusina, Barcelona, 2008. p. 5
[16] Vid. R. SÁNCHEZ FERLOSIO, Non olet. Op. Cit.
[17] Vid. G. AGAMBEN, Estado de excepción. Homo sacer II, 1, Pre-Textos, Valencia, 2004.
[18] Vid. Badiou, A. y Hounie, A. (Comp) La idea de comunismo. Paidós, Buenos Aires, 2010.
[19] BADIOU, A., Condiciones, Siglo XXI, Bs. Aires, 2002. pág.52.