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sábado, 7 de mayo de 2016

Común. Salir de la pospolítica.

Jose Luis Manchón - Común


Voy a hablar de secuestros políticos. Del secuestro de las palabras, del secuestro de los deseos, del secuestro de la conciencia, del secuestro del producto de nuestro trabajo, del secuestro de la actividad política, del secuestro de lo comùn, del secuestro de la democracia. Y de cómo los vacíos en el cuerpo social que han ido dejando estas desposesiones, han provocado la mayor crisis a la que se pueden enfrentar los pueblos. La crisis de Sentido.

También voy a hablar de las luchas que están en marcha y de lo que nos jugamos en ellas.

Resignificar las luchas

La pospolitica es el campo yermo y estéril que nos ha dejado de herencia el viaje al centro de la socialdemocracia.Una situación donde la gente ha perdido las referencias para detectar de forma precisa cuales son las relaciones de poder actuales, y cómo esas relaciones estructuran y separan la sociedad entre clases dominantes y clases dominadas.  El abandono de la socialdemocracia de sus originarias posiciones anticapitalistas ha provocado la eliminación de un debate agonista muy necesario, pero imposible sin antagonismo. Este hecho es la principal causa del auge de los populismos de extrema derecha, que sí han sabido rescatar esa lógica que constituye un “Nosotros” y un “Ellos”, aunque en clave xenófoba. En los países donde es más difícil distinguir en la práctica a la derecha de la izquierda cuando gobierna, es donde más están creciendo.

Para resignificar las luchas, para cargarlas de significado y de potencialidad, es imprescindible abandonar el consenso de centro en el que están posicionadas la inmensa mayoría de las izquierdas. Volver a un discurso donde el relato conflictual sea central. para que así pueda ser constituyente.

Cuando hablo de secuestros colectivos, estoy referenciando a una víctima, un “Nosotros” y un agresor, “Ellos”. ¿Quienes somos nosotros? Nosotros somos el 99%. Un sujeto político colectivo y plural que no puede ser representado. Un SE indeterminado. Los cualquiera, la gente trabajadora, los precarizados, los excluidos del sistema de reparto de los grandes beneficios. En definitiva, los desheredados, obligados a vender nuestro tiempo y esfuerzo para sobrevivir. Multitud sin cohesión interna, ni proyecto compartido. Objetivamente, esos somos nosotros.

“Ellos” son el 1%. Nuestros parásitos. Los que no están preocupados por llegar a fin de mes. Los que si trabajan, lo hacen por avaricia, por placer o porque no saben delegar. Los que especulan con nuestras necesidades básicas. Los que no saben cuánto dinero tienen en el banco. Los rentistas. Los que nos impiden el acceso al Común. Los que acumulan la mayor parte de la riqueza disponible.

Os preguntareis porqué escindir el tablero político utilizando un criterio económico,y no cualquier otro. La razón tiene que ver con que eso que llamamos “Sistema” no es otra cosa que el Capitalismo. Porque vivimos en sociedades Capitalistas donde el sistema económico es el que condiciona absolutamente la organización de nuestra sociedades. Porque es necesario tener clara cuál es la estructura socio-económica en la que nos movemos, para que su invisibilización por el sistema, no nos impida hacer análisis políticos certeros.

En este escenario de desposesión, sobrevive aún el “Mito de la Democracia”. En realidad, la palabra Democracia se ha convertido en un significante vacío. Una de esas palabras que ya no nos dicen casi nada. Que carece de un significado concreto, y sirve para legitimar casi cualquier cosa. Apelando a la democracia se invaden países, se rescata a los bancos, se aprueban leyes contra la libertad de expresión, se desahucia a las personas de sus casas, se prioriza el pago de la deuda sobre cualquier gasto social, se privatiza el mundo.

Muchas veces los secuestros empiezan con un engaño. Para muchos, la palabra Democracia significa básicamente tres cosas. El gobierno de la Ley, la defensa de los Derechos Humanos y el respeto a la Libertad Individual. Están equivocados, y han sido engañados. Esos tres pilares, que tampoco son respetados donde están vigentes, son los del liberalismo. Todos aquellos que se identifican y luchan de forma fuerte por estos tres pilares, cuando dicen defender la democracia, estarán defendiendo en realidad, sabiéndolo o no, la ideología que mejor permite operar al Capitalismo. Si les ha sonado raro todo esto, comentar algo que muy pocas personas tienen presente. La sacro-santa declaración universal de los Derechos Humanos en su artículo 17 reconoce la Propiedad, base necesaria del Capitalismo y la desigualdad, como uno de los derechos fundamentales. Igualmente incluido este derecho de abuso, como fundamental en las constituciones nacionales de las democracias liberales.

Un Estado de Derecho siempre será la cristalización de un sistema de imposición de un Derecho, utilizando la violencia si fuera necesario, sobre todos los demás. Estamos en un Estado de Derecho burgués, y por lo tanto, no se equivoquen, es un sistema que protege estructuralmente y prioritariamente el derecho a  la propiedad. Significa que el derecho a la Existencia, como vemos todos los días en los desahucios, no es una prioridad en nuestro sistema de derechos. Ontológicamente,de base, nuestro sistema jurídico se funda sobre el principio de la desigualdad.

Entonces. ¿Que es una democracia Real? La tradición democrática se asienta claramente en otros tres pilares muy distintos a los del liberalismo. Igualdad, Identidad entre gobernantes y gobernados, y Soberanía Popular. Si vivimos en el Capitalismo, no vivimos ni en un sistema igualitario, ni de auto-gobierno, ni de soberanía de las clases populares. Vivimos en realidad en una dictadura encubierta. La dictadura de eso que ha venido a denominarse “Los Mercados”. Regulación de la vida social orientada a la producción, respeto absoluto a la propiedad y eso sí, libertad total para que el individuo consuma lo que quiera, siempre y cuando pueda pagarlo, claro. Es fundamental entender que Democracia y Capitalismo no riman. Un sistema económico de concentración de riqueza y poder, como es el Capitalismo no puede convivir con un sistema político basado en la igualdad, como la democracia. Sin igualdad económica, la igualdad política es un fraude.

Como podemos comprobar, cada vez de forma más descarnada, los cercamientos capitalistas impiden el ejercicio de la soberanía popular, que no es más que la capacidad que siempre han tenido los pueblos para decidir su destino. Impotencia, ansiedad, extrañamiento y confusión son emociones políticas colectivas muy presentes en la actual coyuntura. Hoy, el horizonte de expectativa para los que ansían cambios drásticos de justicia social es muy extrecho.

Otro de los mitos que ha caído estrepitosamente en esta época de barbarie neoliberal es el mito del “Progresismo social”.  Esa idea ilustrada según la cual nos dirigíamos inexorablemente al ingreso de las civilizaciones occidentales en la mayoría de edad gracias al avance científico, al cual le seguiría necesariamente un avance económico, moral y político sin precedentes. Lo que vemos hoy es que la brecha de desigualdad aumenta a medida que los avances científicos permiten una mayor concentración de riqueza en las oligarquías económicas y cada vez expulsan, a más y más gente de los centros de trabajo. Como consecuencia, el Comunismo y el Socialismo, esos grandes Meta-Relatos políticos hijos del progresismo ilustrado, también han caído por su contrastada inoperancia. Secularizaciones de los sistemas religiosos de salvación, buscando el cielo en la tierra, han sido grandes diluidores de cultura, y han desplazado a los paradigmas culturales cíclicos tradicionales y sus mitos religiosos. Remataron a Dios, y ahora también mueren, dejándonos huérfanos de alguna racionalidad que pudiera hacerse cargo de nuestra epocalidad. Actualmente no tenemos un marco lingüístico compartido que nos permita plantear una resistencia que no sea mera protesta reactiva a los golpes. En la ausencia de proyecto colectivo, lo único que se hace presente es la soledad impotente de cada individuo desnudo arrojado al mundo en medio de la lógica extractiva del beneficio capitalista, basada en la producción, circulación y consumo de mercancías. Y como consecuencia, un profundo malestar social que va en aumento, asentado por una parte, sobre la propia insatisfacción inherente al propio ejercicio del consumo, a la falta de sociabilidad y también, por esa angustia derivada de esa idea según la cual parece más probable el fin de la vida en el planeta a que algún acontecimiento político ponga fin al Capitalismo.

La destrucción de Europa

Este análisis que dibuja una ruina, tiene su concreción en Europa. El momento fordista del Capitalismo tardío unido a la amenaza comunista de la Unión Soviética, permitió en esta parte del mundo un gran pacto entre Capital y Trabajo que el movimiento socialista europeo supo aprovechar para fundar los “Estados del Bienestar”. Las clases trabajadoras, convertidas a esa no-clase llamada clase media, se olvidaron por unas décadas de su condición objetiva, y vivieron en la ficción del ascenso social y del consumo ilimitado a crédito. Secuestrados sus deseos y borradas sus conciencias a través de la publicidad, quedaron incapacitados para la intervención crítica en política.

La caída del muro de Berlín y la globalización económica han hecho saltar por los aires el equilibrio de fuerzas que permitía las cesiones del Capitalismo al Socialismo en Europa. Hoy la socialdemocracia, en su viaje al centro, se ha quedado sin espacio político. En su empeño por sobrevivir, colabora con el Capitalismo en sus reformas laborales, facilita sus burbujas económicas y no impide el expolio de lo Común a través de las privatizaciones. Es la única forma que tienen para en el corto plazo, quedarse con algunas migajas del botín para garantizar de forma muy forzada unas políticas redistributivas siempre en retroceso, y sobrevivir electoralmente.

Los movimientos de ruptura democrática. Ellos o nosotros.

Todos los movimientos de ocupación de las plazas, desde Tahir, pasando por Occupy Wall Street, la Puerta del Sol ó la Plaza de la República de París, son movimientos en esencia no reivindicativos; no confían en un sistema institucional podrido hasta las entrañas que les niega sistemáticamente la realización de sus demandas. Son propositivos. No demandan a instancias superiores la solución de sus problemas, sino que plantean la construcción de una nueva institucionalidad desde la indiferencia a las actuales. Son movimientos que buscan la reapropiación de lo Común que les ha sido usurpado por los procesos de desposesión neoliberales. Practican la democracia y el criterio de adhesión al movimiento es la participación, en una apuesta radical por el presentismo como rechazo a la representación y a la mediación. Es por ello que la sobreactuación del sistema ante estos movimientos haya sido desproporcionada y represiva pese a que se hayan presentado como no violentos. Pacifistas.

La novedad, es que pretenden pasar a la ofensiva con prácticas de ocupación espacio-temporales que cuestionan absolutamente el campo de juego planteado por las dicotomías Izquierda - Derecha, Público - Privado, Estado - Mercado en el que se han movido las luchas sociales hasta el momento.Pretenden hacer saltar por los aires esa racionalidad política en la que saben que en términos dialécticos, no pueden ganar, ya que en la actual relación de fuerzas, la posición a adoptar ante la brutal ofensiva neoliberal sería únicamente defensiva, aceptando las reglas del juego y pasando a defender lo Común en la forma Público-Estatal. La tan manida defensa de lo público, que no implica su reapropiación popular. Aquella forma que se defiende y ya está en venta, que ya es mercancía y que por lo tanto, pertenece a la realidad Capitalista y les será usurpada en cualquier momento por un proceso de privatización. Resistencia radical a aceptar la predicción de Fukuyama en el libro “El fin de la historia y el último hombre” donde el Estado moderno liberal y su representatividad en lo político unido a una economía de mercado global sería la culminación definitiva de la evolución de definición histórica de estructuras políticas e ideológicas. No admiten el cierre.El cercamiento Capitalista total, sin afuera, que está en proceso de culminación, es lo que está intentando ser conjurado por estas propuestas rupturistas, democráticas y populares, que pretenden simultáneamente, patear el tablero de juego, e ir instituyendo Común a través de sus prácticas colectivas..

En los próximos años, el grado de retroceso del neoliberalismo dependerá de la eficacia de las luchas que están en marcha y que vaticino, no pararán de recrudecerse. El aumento exponencial de la contención policial en forma de leyes y represión directa, para poder imponer sus medidas, es el síntoma de que están perdiendo la batalla cultural. El imaginario de “Clase Media”, cada vez más difícil de sostener, pierde adeptos. Y las aspiraciones democráticas de los pueblos vuelven a emerger con fuerza. La pérdida constante de la función protectora y redistributiva del Estado, desdibujandose a cada paso, unido a su nueva función, ya no disimulada, colaboracionista en la facilitación del expolio de lo Común, coloca a las clases populares en una situación de confrontación directa con las corporaciones. La fractura destituyente no cesa en profundizar y ampliar la brecha entre gobernantes y gobernados.

Tormenta perfecta.

martes, 10 de junio de 2014

Centro menguante

Francisco José Martínez - El Faro Crítico

Si algo ha quedado claro en las últimas elecciones al parlamento europeo ha sido la grave erosión que el centrismo, en sus tres versiones, conservador, liberal y (mal llamada) socialdemócrata, ha sufrido. El también mal llamado euroescepticismo, que en su inmensa mayoría es la denuncia del déficit democrático que aqueja a la UE desde su fundación unida a una crítica de la política de recortes del estado de bienestar que ha sido la base del consenso social que ha reinado en Europa desde la postguerra, ha crecido también en todas sus versiones, de izquierda y de derechas.

Lo que parece estarse agotando es una noción simplemente mercantil y además neoliberal de Europa. Los avances hacia una mayor integración política y social están estancados y el poder real lo detentan unos tecnócratas no elegidos que se pliegan a las exigencias de los mercados vaciando de contenido la política y la democracia. Los gobiernos elegidos democráticamente obedecen a imperativos exteriores que les hacen ir contra su propia ciudadanía.

Mientras que Europa era una madre nutricia que con sus fondos generosos cubría las deficiencias de los estados miembros el déficit democrático era sentido solo por los politólogos y algunos partidos de izquierda. Pero cuando de Europa no vienen ya fondos sino imperativos de austeridad forzada y selectiva y de recortes sin tasa, el déficit democrático se ha hecho palpable e insoportable  para toda la población europea.
Dada que la redistribución se sitúa en el nivel de los Estados miembros y que el margen de maniobra de estos cada vez es más estrecho, se hace visible de manera creciente la pérdida de poder de los gobiernos, Por ello, hay que entender a los euroescépticos de derechas, no tanto por sus  rasgos xenófobos a pesar de la importancia de esto sino como intentos de resistir a ese abandono paulatino de la soberanía nacional en manos de tecnócratas no elegidos e incontrolables. Tanto los votantes de Le Pen como los euroescépticos ingleses y alemanes lo que rechazan fundamentalmente es la pérdida de soberanía que se delega en poderes externos.

Si no se puede calificar simplemente de euroescépticos a los críticos de derechas del actual proceso de estructuración económica que no política de la UE menos se puede aplicar este calificativo a los que desde la izquierda no queremos menos sino más Europa, pero una Europa cohesionada políticamente , con una política social , fiscal y económica común, así como con una política exterior y de defensa coordinada de forma independiente y liberada de las constricciones derivadas del atlantismo y de la pertenencia a la OTAN. Una potencia europea con un protagonismo en la esfera exterior en colaboración con todos los países , una defensa de los derechos humanos  y una colaboración no subordinada con los Estados Unidos en el mantenimiento de la paz y la cooperación internacionales.

De todas formas este deterioro del centro sólo será beneficioso si la izquierda es capaz de atraerse no tanto a los partidos socialistas como a sus votantes buscando ampliar el frente de izquierdas en dirección a un frente ciudadano y democrático que pueda integrar a personas incluso del centro político. Los cambios que se hacen imprescindibles en España y en Europa no se pueden llevar a cabo sólo por la izquierda transformadora, sino que es precisa una apertura al centro izquierda de los partidos socialistas y verdes e incluso hacia el centro político propiamente dicho. La trasformación será de mayorías amplias o no será.  Y además esa amplia alianza tiene que tener una dimensión europea porque igual que no fue posible el socialismo en un  solo país, ahora tampoco es posible la socialdemocracia en un solo país, entendiendo por socialdemocracia el control político del desarrollo económico con un amplio sector público, unos servicios sociales potentes, una política fiscal radicalmente redistributiva y una política de paz y cooperación en la esfera internacional.


Los cambios recientes relacionados con la erosión del centro y del bipartidismo que lo encarna son una buena noticia, pero queda una tarea muy grande por hacer y esa tarea hay que afrontarla sin triunfalismo pero también sin pesimismo. Algo ha comenzado a moverse, se trata de impulsar el movimiento, de no detenerlo y de evitar que gire en el vacío.

martes, 8 de abril de 2014

Democracia posmoderna y subjetualidades insostenibles

Andrés Martínez Díaz - El Faro Crítico
Ciclo15M Tercer Aniversario

Como todo sistema de cuentas, el de los siglos es una convención arbitraria. Si nos fiamos demasiado de la cronología en base cien corremos el riesgo de perder completamente la perspectiva de los acontecimientos. El siglo pasado fue, a decir de Hobsbawn, un siglo corto, de 77 años, los que median entre la Primera Guerra Mundial y el hundimiento de la URSS. Hacia 1992 las democracias occidentales celebraban la caída del comunismo real como el ‘Fin de la Historia’. Se in-auguraba una nueva época en la que descartada la alternativa del socialismo real, el mundo disfrutaría de paz y prosperidad bajo la ecuación democracia-liberalismo. Sólo era cuestión de tiempo. Cuando todos los países del mundo aplicasen la fórmula ganadora del combate ideológico que había sido el siglo XX, llegaría el reino de la felicidad universal. No es necesario abundar en el tema, tópico por otro lado... por mucho que se haya hablado de una “huelga de los acontecimientos”, el curso de los tiempos se ha encargado de arrumbar tan halagüeñas perspectivas.
 El historiador busca el acontecimiento simbólico que permita trazar fronteras en el confuso mixto de sucesos que traman la historia de los hombres. Sin embargo, a poco que se reflexione, resulta evidente que no hay un único proceso histórico –algo así como una historia universal– sino varios que se solapan, entrelazan sus interacciones, ocurren sin relacionarse, concurren en direcciones opuestas, permanecen latentes o amenazan con invadirlo todo. Por este motivo, el oficio de aislar periodos –o definir movimientos característicos de las diversas agrupaciones humanas en el tiempo– está sometido a decisiones siempre arriesgadas en las que confluyen prejuicios, intereses, esperanzas y miedos. Al historiador siempre se le escapa algo. Cuando el encargado de hablar del pasado hace su trabajo, tiene presente el futuro y al hacerlo se inviste de profeta o de ideólogo publicista. O bien pone el foco de atención en un aspecto concreto dejando en segundo plano los demás. En algún defecto incurrirá. Dada la positiva imposibilidad de alcanzar el hecho cierto, aquel que quiera afrontar la tarea de entender los sucesos humanos, únicamente puede ser consciente de que el error, o mejor la incapacidad de comprehenderlo todo, es inevitable. A una interpretación siempre podremos oponerle otra... y aunque las haya que no se pueden tomar en serio, no se puede evitar la necesidad de poner orden en el flujo continuo y sin dirección final del devenir de los hombres, de hacer el esfuerzo de conceptualizar las épocas, aunque no se pueda evitar del todo cierta arbitrariedad. Esta dimensión polémica de la historicidad no es rebasable y respecto a ella lo único que cabe hacer es posicionarse. Eso haré: lo que sigue son algunos razonamientos en torno al 15M al cual me adhiero como la única opción política en estos momentos en los que parecía que nuestro horizonte iba a ser un largo vía crucis de renuncias por miedo al miedo. El temor constante a perderlo todo nos lleva a perderlo de todas formas aunque sea por partes. Al menos la reacción de Sol es poner el pie en el freno.
Así, el comienzo de nuestro momento, este que desemboca en la actual oleada de protestas que atraviesa el planeta de uno a otro extremo, debemos buscarlo en la resaca que se produjo después de los acontecimientos de mayo del 68. Estos fueron una secuencia política extraña si se compara con el ciclo de revoluciones burguesas del XIX o con la revolución soviética. Sincrónicos a la pregunta y tensión que lanza la Revolución Cultural China proyectan en el apogeo del Estado del Bienestar una inquietud que podría denominarse ‘espiritual’. Cuando Europa disfruta, después del trauma de dos conflagraciones mundiales, de una prosperidad, ciertamente envidiable desde nuestra presente situación de crisis, se da un movimiento para reivindicar formas-de-vida más plenas que colmen un deseo que no se contenta con una nevera o un coche nuevo. El fuego prendió a lo largo y ancho del mundo... como pone de relieve Ernesto Laclau, las cadenas de significantes vacíos remueven toda sutura[1] política –inercia estática de un Estado de cosas instituido a permanecer- trastocando el panorama fijo que los poderes dominantes del momento aspiraban a mantener. Desde la insatisfacción con la burda abundancia material hacia formas de convivencia en las que los hombres liberen sus deseos y dejen de ser elementos dentro de las funciones determinadas para la producción industrial -por benevolente que fuese el sometimiento al maquinismo en aquellos tiempos- mayo del 68 se nos aparece como un claro antecedente de las movilizaciones que conmueven nuestro presente.
En efecto, de las cenizas del conato libertario sesentaiochista surge nuestro periodo, cuyas contradicciones desembocan en la encrucijada que se intenta resolver en la Puerta del Sol, en Chile o en Libia. Cualquiera que tenga propensiones paranoicas podría hacer una lectura en clave conspirativa de lo que sucedió a partir de los años 70’s. Mayo del 68 marca un cenit, al menos para los países occidentales, que fue abruptamente cortado por una tendencia reactiva de signo contrario. Por lo que se refiere a la coyuntura económica, la crisis del petróleo, abandono del patrón oro y un nuevo fenómeno, la estanflación generalizada, paro e inflación, –fenómeno que supone un auténtico desafío a la ‘Teoría de la oferta y la demanda’– invierten la situación de los 60’s: en un contexto en que el paro no se daba había sido posible pensar en un ‘plus’ vital más allá de la mera supervivencia, por ello las demandas políticas se encaminan a proyectos de una felicidad integral. Desde ahora la tónica dominante será de amenaza al Estado del Bienestar y la necesidad de su reforma-recorte en nombre de su salvación. En ese entorno mucho menos acogedor que el de los años anteriores la que había sido vanguardia europea de la izquierda derivará hacia la socialdemocracia moderada por un sano principio de realismo político que se combina con una cierta sensibilidad medioambiental –los movimientos ecologistas tienen su origen por aquellos años– , el extremismo terrorista –las Brigadas Rojas, la Baader-Meinhoff– y una salida menos visible, la fuga sentimental hacia la vida personal. Esta última dirección es fundamental en lo que se refiere a la constitución del sujeto de la posmodernidad: aislado de sus prójimos, vive abismado en su propia existencia sin posibilidad de una relación política con su entorno y sin interés por reentablar algún modo-de-vida explícitamente político.
Una puntualización, con lo anterior no querría parecer, en modo alguno, nostálgico de un Estado del Bienestar. Esta formación política debería ser considerada algo así como una reserva natural…. una especie de resort donde se dan ciertas cantidades de confort material y de cumplimiento de unos derechos mínimos al precio de transferir costes –trasladar residuos– a la periferia. Su viabilidad siempre dependió de la existencia del Tercer Mundo. Debería tenerse en cuenta que la actual fase de demolición de dicha formación política coincide con la desaparición de los imperios forjados en el siglo XIX. La independencia de las antiguas colonias supondrá la necesidad de nuevos equilibrios. En buena medida la situación histórica que estamos viviendo está asociada directamente con las recientes relaciones internacionales en las que los nuevos actores hacen uso de una mayor independencia.
Por entonces, aparece la Escuela de Chicago, con Milton Friedman como figura señera, que propugna el retorno a las formulas económicas de un liberalismo puro no sometido a ninguna regulación. La tesis básica de esta tendencia económica es que el mercado es el medio regulador natural al sistema capitalista por lo que cualquier intento de moderar sus desequilibrios tiene un efecto adverso. Es decir, en menos palabras, las políticas que llevaron al Estado del Bienestar son declaradas obsoletas. Tras la crisis del 29, que presenta numerosas analogías con la nuestra, J. M. Keynes ante la inoperatividad de las teorías económicas vigentes y con la intención de salvar el capitalismo, propone un cierto intervencionismo de los gobiernos para corregir los desequilibrios que produce cíclicamente la caída tendencial de la tasa de ganancias[2]. Un auténtico giro copernicano frente a la ortodoxia tradicional de la economía clásica que Foucault resume en la fórmula “autolimitación de la razón gubernamental"[3], el tradicional ‘laissez-faire’ que pide la eliminación de cualquier traba a las actividades del dinero. Pues bien, los años 70’s suponen un retorno a las posiciones clásicas del liberalismo económico. Un poco más avanzada la década los mandatos de M. Thatcher y R. Reagan supondrán la consagración del principio de desregulación. Desde entonces los principios del economicismo neoclásico han quedado recogidos como reglas neutras, naturales, indiscutibles y no discutidas de la gobernanza de cualquier Estado que aspire a ser considerado ‘serio’ en el panorama internacional. Se debe enfatizar este aspecto: antes se ha tolerado un régimen irrespetuoso con los derechos humanos que una excepción a esta doctrina, la de la búsqueda de la integración del mercado mundial.
Mientras, en otra institución no tan conocida como la anterior, la ‘Escuela de las Américas’, se entrena al modo de Westpoint a las elites militares que frenarán el avance de gobiernos democráticos de sesgo socialista en América Latina. El laboratorio privilegiado donde confluyen las prácticas de ambas instituciones será Chile. El país del Cono Sur pudo beneficiarse de las primicias de la receta neoliberal aplicada con puño de hierro... Su historia reciente muestra cómo un país, supuestamente saneado, con macroindicadores aceptables según la ortodoxia económica se ha convertido en donante neto de emigración: los disturbios estudiantiles de estos días en dicho país son otra muestra del callejón sin salida al que conducen las políticas de destrucción de lo social que marcan el dogma indiscutible que guía la política actual.
El fin del imperialismo y el desarrollo de las tecnologías de la comunicación, en un entorno de desregulación han favorecido la deslocalización de la producción hacia áreas antes marginales o periféricas y la liberación del movimiento de los capitales a una velocidad creciente. El capital busca condiciones de máxima movilidad donde pueda operar con máxima velocidad y sin restricciones. Esta evolución, que percibimos en los países tradicionalmente desarrollados como un retroceso propio, está poniendo en el horizonte a nuevos actores internacionales que se perfilan como futuras primeras potencias de previsibles (des)órdenes en los que cada vez pese menos la hegemonía europea.
Estos párrafos tan sólo quieren ilustrar cómo el comienzo de la secuencia histórica que nos toca vivir tiene comienzo tras Mayo del 68 y puede ser interpretada como un movimiento de reacción frente a la eventual amenaza para el orden imperante de que, en una situación de seguridad vital para la ciudadanía, ésta pudiese dirigir sus aspiraciones políticas –o vitales en última instancia, puesto que somos formas-de-vida necesariamente sociales– hacia reivindicaciones de autodeterminación de nuestros proyectos vitales, incompatibles con el capitalismo. En unas circunstancias de crisis con un paro creciente, el impulso revolucionario e incluso simplemente político se verá frenado y forzado a situarse en una posición defensiva. Si a ello le sumamos la debacle de los regímenes comunistas, se hace evidente la dificultad de oponerse a la corriente ideológica dominante. Tan sólo queda defenderse de un clima de miedo enfermizo y de las consecuentes perspectivas de un repliegue ilimitado.
Sentadas estas premisas relativas a nuestras circunstancias procedo a exponer las tesis que este artículo quiere defender:

1. Tenemos, por una parte, un Capitalismo que ha conseguido liberarse de las restricciones a su libre actuación que supuso el Keynesianismo tras la Gran Depresión. El intervencionismo estatal no ha desaparecido, sino que más bien ha cambiado su dirección para facilitar la fluidez del intercambio –y, de paso, la concentración de las rentas–. Con ello, y con la consiguiente aceleración de los movimientos económicos, la propensión a las crisis cíclicas que aquejan al Capitalismo –más bien a quienes lo sufrimos– desde el periodo de su formación se ha visto reforzada.

2. Se da la fabricación de una cultura ‘ad hoc’, afín al sistema económico dominante con la subsiguiente fabricación de un sujeto hambriento de distracciones, cuyas relaciones se pretenden –y se consiguen– mediar totalmente a través de los dispositivos de la sociedad de consumo. Hay una desaparición del ciudadano –por galopante irrelevancia de la participación política en la democracia posmoderna– reemplazado por el consumidor egotista preocupado por su autorepresentación que solamente puede ser realizada dentro de los códigos del consumismo. El imperativo de goce vigente tiene por resultado un frágil sujeto narcisista que paradójicamente vive pendiente del juicio de sus congéneres. La obligación de personalizarse da lugar a una fuga por cultivar la propia originalidad… hay una apariencia de pluralidad más o menos pintoresca que adolece de una profunda falta de originalidad. En todo caso, se trata de generar una general e íntima insatisfacción que nunca pueda ser satisfecha del todo.

3. En paralelo a la constitución de las subjetualidades posmodernas se da la desaparición de la izquierda tradicional organizada en torno a la forma de partido –por la que no se debería sentir especial querencia– y la atomización de la militancia de izquierdas en movimientos sociales dirigidos hacia demandas particulares. En esa parcialidad, mayor aún que la del partido, se trasluce el abandono de la noción de común como objeto de sus demandas políticas, las cuales en sintonía con la melodía ambiente, son orientadas hacia la visibilidad o a la demanda de indemnizaciones con la aceptación implícita del estado de la situación como orden natural de las cosas. Sujeta a una lógica del victimismo o a aspirantes a una mayor notoriedad hay una floración de grupos aparentemente plurales cuyo común denominador es el cierre en la reivindicación propia, de forma análoga al paradigma vigente de sujeto.

4. Se da una evidente contradicción entre una sociedad de individuos que sólo saben realizarse consumiendo y la dinámica entrópica de una economía que no puede proporcionar el consumo prometido, aunque necesite a toda costa la prevalencia de la ideología consumista para su, de todas maneras insostenible, pervivencia. Tal incoherencia puede ser rastreada en todos los ámbitos: el personal, el económico, el social, cultural, ecológico, el político… El cortocircuito se extiende a todas las esferas de nuestra existencia.

5. Lo sucedido en la Puerta del Sol podría parecer, y lo es aunque sólo en cierto modo, la consecuencia lógica de las contradicciones enumeradas más arriba, pero lo cierto es que podría perfectamente no haber ocurrido. Hay algo de milagroso en el acontecimiento que desbloquea cierres y abre oportunidades: surge la plaza como espacio natural de una verdadera praxis política. No da una solución, pues no puede haberla, sino indica un camino, una dirección para una acción colectiva donde cabe que la comunidad resurja.

Cada uno de estos puntos sería materia de un tratamiento mucho más extenso del que me es posible dar en el reducido espacio del que dispongo, por lo que me limitaré a trazar algunas líneas generales que señalen las conexiones entre las tesis ya enumeradas.
Que la crisis es la sombra inseparable del Capitalismo es algo evidente desde sus fases más tempranas. La Burbuja de los tulipanes[4] en Holanda durante el primer tercio del XVII muestra como la perversa interacción entre crédito abundante –con el desarrollo de un instrumental financiero sorprendentemente sofisticado– y oportunidades de negocio en una promisoria espiral ascendente dieron lugar a un clima de euforia en el que parecía que el precio de los bulbos de dicha flor crecería exponencialmente ad infinitum. Se podía comprar a un valor demencialmente alto sabiendo que se podría vender a otro todavía mayor. Un solo tulipán llego a venderse por el salario que cobraría un artesano acomodado durante 15 años. El prodigio parecía posible: un dinero que produce dinero sin pasar por el proceso de producción realiza, desligado de cualquier otra esfera, un milagro de autofecundación y genera, en el vacío, beneficios. Un único inconveniente: naturalmente cuando uno de los inversores quiso recoger sus ganancias la pirámide de Ponzi se vino abajo. No hubo más remedio que reconocer la naturaleza alucinatoria del fenómeno alcista y hacer tabula rasa… la economía holandesa sufrió una depresión de la que tardó décadas en recuperarse. La Historia aquí se revela como un depósito de inquietantes recuerdos que anuncian sistemáticos tropiezos futuros. Como el neurótico condenado a la recurrente repetición de los mismos gestos que le conducirán a familiares callejones sin salida, se podría interpretar la teoría económica ortodoxa como un esfuerzo por olvidar el pasado para poder seguir repitiéndolo. Como la borrachera de un alcohólico o cuando el ludópata se dispone a jugar, el espejismo del capital portador de interés desligado del sector productivo, se extiende a través del dulce rumor de beneficios fáciles, dando pie a una dinámica recurrente que puede rastrearse desde los orígenes de nuestro modo de producción. En el siglo XVIII se producirán similares episodios de euforia ciclotímica vinculados a las compañías comerciales de ultramar[5], o en el XIX Madrid asistirá en 3 años a la duplicación del precio del metro cuadrado edificable[6], todos ellos finalizados por una coda catastrófica. Otra invariante, desde el temprano incidente de los tulipanes será la imprescindible intervención de las autoridades para restablecer el descabalado equilibrio: la cuaresma que llega tras las saturnales. Si se rastrea la historia de las crisis se hace evidente bajo la aparente capa de racionalismo funcional, con la que pretende legitimarse el Capital, cómo hay un sistema del tropiezo y, en paralelo, se ha desarrollado una práctica teórica que lo justifica y lo alienta.
No puedo desarrollar el tema de la crisis como un elemento inherente al Capitalismo, ni las diferentes interpretaciones que las diversas escuelas económicas le han dado. Dejo igualmente sin mencionar las crisis de sobreproducción –tipología realmente característica de este modo de producción–. Sin embargo la notoria incapacidad de la ciencia económica vigente, con su supersticiosa fe en las virtudes de la mano invisible, para dar cuenta, evitar o incluso manejar las consecuencias adversas de esta sempiterna lacra muestra un punto ciego que la supuesta ciencia económica es incapaz de manejar. Y cuando nuestros conocimientos se revelan prejuicios y no son capaces de dar cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor, es un buen momento para ponerlos en tela de juicio a no ser que se actúe de mala fe o se trate de un recuerdo reprimido. En todo caso surge aquí la notable operatividad de la crítica de la economía política que el denostado Marx nos legó. Fascinado por la crisis de 1857 y su rápida difusión mundial es capaz de señalar cómo existe una tendencia incontrolable –si no media una intervención política– a que el valor de uso y el valor de cambio, los dos aspectos constituyentes de la mercancía, cobren autonomía mutua para llegar a ser completamente disfuncionales. No se puede hablar de un hecho anecdótico: la deriva hacia el desorden es propia de la naturaleza del Capitalismo y la supuesta virtud comunicativa del mercado, medio privilegiado para armonizar los desajustes de oferta y demanda, sirve más bien como coartada o pretexto para otras operaciones especulativas que se pretenden justificar.
El crash del año 29 marca una inflexión en el desarrollo del Capitalismo. Por un lado, es la crisis de la “emergencia estadounidense"[7]. por otro sus efectos fueron tan devastadores que forzaron un cambio de paradigma económico[8] –el llamado Keynesianismo, origen del Estado del Bienestar como única salida para la salvación del Capitalismo– e hicieron necesaria una guerra mundial para reintroducir el equilibrio dentro del sistema. Los años de posguerra asistirán a un avance de las conquistas sociales, en buena medida para afrontar la alternativa ideológica del Comunismo. Después de 1973, la incapacidad de las políticas keynesianas para relanzar la actividad productiva deja el campo abierto a una sorprendente contra-revolución conservadora; la que nos ha conducido como si fuese un tobogán a la situación que nos toca vivir en estos días. Cabe preguntarse por qué ni siquiera la social-democracia se plantea la recuperación de las medidas que permitieron la prosperidad… puede ser que se espere un reequilibrio por vía bélica o quizás algo más siniestro.
La incorporación de los individuos al régimen del Capitalismo tiene lugar en la esfera de la necesidad. Que la mercancía sea la forma básica de riqueza supone la obligación de efectuar el valor dinerario del producto resultante del trabajo de cada cual antes de poder acceder a valores de uso. O de otra forma: en una sociedad cuya producción está fragmentada en especialidades es inevitable pasar por el intercambio para satisfacer las necesidades que uno mismo se ve imposibilitado de cubrir individualmente y, puesto que los intercambios requieren de dinero para poder realizarse, la capacidad de trabajo deberá entregarse por adelantado para la consecución del medio de pago. Por ello la única posibilidad para alguien que rechace ser una bestia o un dios, es decir que quiera vivir en una sociedad de mercado, es aceptar sus reglas de juego. De acuerdo con esta lógica de la necesidad –contingente pues es histórica– los individuos adoptan comportamientos adecuados a la existencia de mercados para poder asegurar su propia supervivencia. De aquí se sigue la tendencia a la universalización de esta medición de todo a través del tiempo de trabajo abstracto que ha pasado a ser, como anunciaba Marx en los Manuscritos de 1857, una forma “miserable” de medir las relaciones sociales. Tal sistema métrico determina una experiencia subjetiva darwinista: las condiciones de existencia están reguladas por el imperativo de la mera subsistencia dentro de una mecánica casi geométrica en la que todos los elementos del sistema compiten entre sí… en tales condiciones cualquier lujo superfluo se convierte en un error. Y así será durante buena parte de su desarrollo histórico.
En efecto, hasta la segunda década del siglo XX predominan, en los países donde se halla más desarrollado el modo de producción capitalista, costumbres austeras en lo que se refiere al consumo, enraizadas en la tradición protestante. Sin embargo estos comportamientos estaban llamados a cambiar… Durante la década de los 20’s, se sufre en los Estados Unidos una crisis de sobreproducción industrial que produjo un dramático descenso de las ventas. La tasa decreciente de ganancias resultante de la propia competencia intercapitalista fuerza a un aumento de la productividad industrial mediante la introducción de maquinaria más eficaz con el consiguiente aumento del paro tecnológico. Un parado no consume así que, en una coyuntura de crecimiento de la producción, el stock de las empresas se iba acumulando en las estanterías de sus almacenes. Se llegó al cómico punto de que la prensa llegó a hablar de una ‘huelga de consumo'[9]. Y en este preciso instante la comunidad empresarial estadounidense dió con una solución que iba a marcar el rumbo de la vida humana en el planeta hasta nuestros días. Hablo, evidentemente, de la invención del consumidor y por extensión de la ideología de consumo. “En Nueva York los hombres de empresa organizaron el Prosperity Boureau y urgieron a los consumidores a ‘comprar ahora’ y a ‘poner su dinero a trabajar’ "[10]. La puesta en práctica de este plan maestro encontró menos resistencia por parte de la tradición de lo que cabía esperar y en menos de una década se había implantado en Estados Unidos una nueva cultura consumista que en poco tiempo pasó a exportarse al resto del mundo. Su triunfo ha sido tal que puede ser considerada la primera cultura cuyo alcance llega a un ámbito universal.
En esta ocasión la función crea el órgano: aparece una nueva especialización empresarial, el sector publicitario, dirigida a la formación de un tipo de subjetualidad que estará subordinada a las necesidades del mercado. El ámbito económico de la producción pasa a generar la necesidad en vez de simplemente satisfacerla. Desde ahora surge una industria encargada de producir un tipo de sujeto con miras al objeto. A diferencia de la imposibilidad de sobrevivir al margen de los mercados –el refuerzo negativo de las conductas-  que podría entenderse como un condicionamiento externo de tipo físico, la lógica imperial del capitalismo conquista el corazón de los hombres para borrar las diferencia entre dentro/fuera, ocio/negocio, productor/producto. La publicidad pone el deseo humano al servicio de la maquinaria productiva que supuestamente le debería servir a él.
Uno de los impulsores fundamentales de esta corriente, Edward Bernays, quien fue sobrino de Freud y es considerado el creador de las relaciones públicas, utilizó con notable éxito los descubrimientos de su tío para conseguir influir en la opinión pública dando lugar al más gigantesco mecanismo disperso de persuasión retórica que se haya conocido. Si en la obra del psiquiatra vienés se pone de relieve la importancia de los contenidos emotivos y su carácter irracional inconsciente, Bernays vio la posibilidad de crear "una ciencia aplicada social" para manejar científicamente y manipular el pensamiento y el comportamiento de un público irracional masivo “y parecido a una manada (sic).”. Según cita en su libro Propaganda[11]: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y las opiniones de las masas como un elemento importante en la sociedad democrática”Aquellos que manipulan este mecanismo invisible de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el poder verdadero dirigente de nuestro país”. En paralelo, Goebels, estricto coetáneo de Bernays, comienza a hacer uso, igualmente sistemático y no con menor desparpajo, de los mass media para propulsar el aquelarre al que los nazis consiguieron conducir a toda la nación alemana. No creo necesario incidir más sobre la influencia política de esta forma hipertrófica de retórica que, gracias a la ingente potencia amplificadora de los medios, ha dominado el curso del siglo XX.
Desde entonces, la industria cultural ha ido adueñándose de todo espacio vacío. Su triunfante invasión se ha manifestado como un verdadero fetichismo de los media con una progresiva densificación de la llamada iconosfera[12] hasta llegar a una saturación que ha cambiado nuestras condiciones de existencia con respecto a cualquier otro momento pasado de la humanidad: Hoy somos objeto de una exposición a cantidades de información superiores a las que somos capaces de admitir. En tiempos menos ruidosos aquellos que se veían en situaciones de exceso de estimulación perceptiva sufrían el denominado síndrome de Stendahl, un colapso nervioso por saturación de los sentidos. Hoy nuestra capacidad de admisión de datos ha mutado para llegar a crecer exponencialmente en proporción a la continua corriente de signos e imágenes con la que se nos bombardea a diario. De este modo la contaminación informativa, un proceso inflacionario concomitante al Capitalismo contemporáneo, ha transformado nuestra noción de lo real… las imágenes dejan de estar sometidas a la función de mímesis para crear realidad: si “una mentira repetida mil veces… se transforma en verdad” pensemos en el efecto de la reiteración de un millón de imágenes. El espectacular resultado de estas operaciones es un mundo invertido en el que “lo verdadero es un momento de lo falso"[13].
Llega el momento de hablar del habitante de semejante mundo continuamente reconstruido como decorado, aquel del que se querría sustraer cualquier acontecimiento, el sujeto de la posmodernidad, cualquiera de nosotros. El comunismo de la incomunicación, que es la Sociedad del Espectáculo, ha formado una red de entidades separadas que sólo pueden socializar a través de lo que les separa. La alienación crece en intensidad y aparece la figura crepuscular del Bloom[14], como una potencia que desligada de toda acción real –e incluso de su posibilidad- profundiza en la mera potencia. Así se produce una debilitación progresiva de los sujetos que “soportamos dosis de verdad cada vez más reducidas"[15] y vivimos en una continua fuga en busca de narcosis. Figurante de un gigantesco parque temático tan sólo espera que el carrusel del espectáculo nunca pare. La autorrepresentación bajo el imperativo del goce le obliga a mantener ante sí mismo y ante los demás la ficción de ser. El mundo se configura como una comedia sin gracia de sirvientes voluntarios, atentos a los gestos del vecino para impostar una normalidad que se pretende realidad. Bajo el mandato de la “ostentación negativa"[16] –no ser menos que nadie– se trata de proveerse de atributos para camuflar su radical inautenticidad. Así llegamos a la picaresca generalizada como la única vía de relación entre los farsantes.
Otra aproximación a nuestro personaje es el ‘homo sacer'[17]. Sería el humano resultado final de los procedimientos de control de la biopólitica un complejo de técnicas de gobierno blando que gestionan las masas velando por su felicidad. Este benévolo poder ganadero fomenta con su pastoreo a un animal de granja, antiguo depredador, que ha sido artificialmente convertido en herbívoro… mientras sea útil dicho herbívoro será mantenido, pero en el momento en que deje de ser necesario, la granja tornará lager. Sin embargo, bajo este paradigma, la violencia deja de ejercerse positivamente para ser aplicada por defecto. La proliferación de campos de refugiados o la progresiva incapacidad de los gobiernos para hacerse cargo, en términos de bienestar, de aéreas cada vez mayores de su territorio son jirones de una realidad emergente que amenaza con adueñarse del planeta.
En relación con estos modos de subjetivación querría señalar cómo la izquierda política se ha configurado tras el 68 en formas que son profundamente solidarias con el régimen neoliberal dominante y que han demostrado ser profundamente ineficaces en frenar su avance. De los sindicatos, agentes que históricamente canalizaron la lucha política y lograron buena parte de las conquistas sociales que se están esfumando a ojos vista, sólo cabe levantar acta de defunción. Son zombis que se saben muertos: la despotenciación de 30 o 40 años retrocediendo les desacredita ante sus propios ojos. Incluso, ante sus propios ojos, les falta credibilidad para oponerse a la sistemática demolición de la sociedad con un mínimo de convicción. En cuanto a la social-democracia, si alguna vez fue un proyecto factible, naufraga en su mar de contradicciones. Es absolutamente incapaz de mantener sus tibios programas en un entorno totalmente opuesto a sus principios. Las perspectivas para los movimientos sociales, forma subjetiva más característica de esta época, tampoco resultan mejores.
Tras la Revolución Cultural China el partido político como fórmula de organización de la lucha política entra en crisis[18] y la militancia se fracciona en lo que se ha conocido como movimientos sociales. Básicamente han sido y son grupos que actúan a escala local con agendas referidas a uno o dos puntos concretos, perdiendo de vista actuaciones con una proyección social amplia o con transformaciones profundas de la realidad social. Estas formas organizativas, típicamente posmodernas, se configuran como representantes de minorías y colectivos marginados que reclaman reconocimiento, subsidios o indemnizaciones. En primer lugar, la vía reformista, su aceptación del orden imperante implica quitar filo a sus posibilidades como alternativa al Capitalismo. Su acento en la representación identitaria, cuyo contenido fundamental es la condición de víctima en busca de integración, rima con los leitmotiv de la sociedad actual: sostener “el nombre de uno”, pegarse al atributo por el que nos distinguimos-separamos de los demás, en un modo perfectamente asumible por la Sociedad del Espectáculo en la que prima la obligación de autorrepresentación –forma fundamental de participación en la misma–. Estos grupos de consumidores agraviados se constituyen como marcas comerciales cuya imagen debe ser administrada de forma similar a cualquier otro producto de mercado. Marcas rivales pierden de vista lo común, núcleo de toda política, para concentrarse en demandas parciales. Cada uno la suya. Su característica fragmentación es una proyección del individualismo dominante en el mundo de la izquierda y ha demostrado ser políticamente de una eficacia bastante limitada: se ha conseguido cierta visibilidad para algunas minorías pero en realidad únicamente ha supuesto poner en circulación otros estilos de vida para que el comercio pueda proveerles de complementos. Lo sucedido en Sol puede ser leído como una superación de esta deriva: la plaza vacía como lugar de encuentro para defender lo común superando las barreras que impone el culto a la propia etiqueta para defender la posibilidad de un lugar desde donde hacer política.
Sobre la insostenibilidad de nuestro estilo de vida en las presentes circunstancias poco es necesario decir. Nuestro mundo, un complejo residencial, lujo algo cochambroso nunca verdaderamente acogedor, tenía puesta la fecha de caducidad. La omnipotente economía ha incurrido en un cortocircuito generalizado que impide su propio funcionamiento y, para mantener una apariencia de movimiento y funcionalidad, es necesario sacrificarlo todo en el altar de los negocios –por mor de los negocios-. Los gestos de los brujos de la tribu son elocuentes: su magia no llega a la mínima eficacia y su vacua gesticulación no logra contener el pánico. Su orden, causante de tantos problemas, es un problema para sí mismo. El decorado que ha sido el Estado del Bienestar se cae y los extras de esta película estamos temiendo ver qué se oculta tras las cortinas… y sin embargo hay nostalgia de una vida protegida por padres postizos que tomen decisiones por nosotros. Si el signo del Capital es la velocidad extrema para escapar de la sombra que el mismo arroja, hemos llegado a la disyuntiva en que detenemos la maquinaria o su velocidad nos convertirá en residuos de su cada vez más disfuncional metabolismo.
La ciudadanía vuelve a recordar que es habitante de la ciudad, su hogar común. De repente al término “economía” se le restituye su verdadero sentido etimológico: ciencia de la casa. Sólo que la nuestra es una casa abierta, una plaza. Quizás la historia desde que el hombre se hizo sedentario pueda resumirse en un simple tensión entre quien quiere ocupar el espacio para detener el libre fluir y aquellos que llevados por una u otra circunstancia se ven obligados a recuperar las posibilidades de convivencia. Si el poder instituido siempre quiere ofrecerse como la única alternativa al diluvio, debemos tener en cuenta que cuando se le repite a la gente que esto o aquello es imposible, se hace siempre para lograr su sumisión"[19].


[1] Vid. e.g. LACLAU, E: “Por qué los significantes vacíos son importantes para la política” en Emancipación y diferencia. Ariel, Argentina, 1996. Vid. asimismo, para el concepto “sutura”, la obra de A. BADIOU, e.g. Manifiesto por la filosofía. Madrid: Cátedra. 1989.
[2] Vid. K. MARX, El Capital, Vol. III: 213-263; México, FCE, 2ª ed. 1959,.
[3] Vid. M. FOUCAULT, El nacimiento de la biopólitica. Bs. As., FCE, 2007.
[4] Vid. Ch. MACKAY, Memoirs of Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds, London : Routledge & Co., 1856.
[5] Ibid.

[6] Vid. A. BAHAMONDE et al. , Historia de España siglo XX : 1875-1939, Madrid, Cátedra, 2000.

[7] Vid. D. BENSAID, “La crisis capitalista: Apenas un comienzo”, Revista Memoria, No. 236, Revista de Política y Cultura, Centro de Estudios del Movimiento Obre-ro y Socialista (CEMOS), México D.F., junio-julio del 2009.
[8] No estará de más señalar cómo la supuestamente neutra separación científica de economía y política en disciplinas diferenciadas escamotea su profunda imbricación mutua hasta el punto de poderse decir que casi son lo mismo. La denominación primitiva “Economía-política” responde mucho mejor a esta realidad.
[9] Vid. R. SÁNCHEZ FERLOSIO, Non olet. Barcelona: Destino, 2003.
[10] Ibid.
[11] Vid. E. BERNAYS, Propaganda. Barcelona: Melusina, 2008.
[12] Vid. R. GUBERN, Del bisonte a la realidad virtual. La escena y el laberinto. Anagrama, Barcelona, 1999.
[13] Vid. G. DEBORD, La sociedad transparente. Valencia, Pretextos, 2002.
[14] Vid. TIQQUN, Teoría del Bloom. Ed. Melusina, Barcelona, 2005.
[15] Vid. TIQQUN, Introducción a la guerra civil,  Ed. Melusina, Barcelona, 2008. p. 5
[16] Vid. R. SÁNCHEZ FERLOSIO, Non olet. Op. Cit.
[17] Vid. G. AGAMBEN, Estado de excepción. Homo sacer II, 1, Pre-Textos, Valencia, 2004.
[18] Vid. Badiou, A. y Hounie, A. (Comp) La idea de comunismo. Paidós, Buenos Aires, 2010.
[19] BADIOU, A., Condiciones, Siglo XXI, Bs. Aires, 2002. pág.52.

jueves, 23 de enero de 2014

Democracia, Número y “Crasis”

por Antonio Fernández Balsells - El Faro Crítico
 
Cuando se habla de Democracia, independientemente de los avatares que esta noción haya podido sufrir en el decurso histórico –si en verdad la hubo alguna vez o no, si es el mejor de los sistemas políticos posibles o no, si hoy en día carecemos de una «democracia real» pues está en manos de plutócratas, etc... – es el estrecho vínculo que guarda, subrepticiamente, con dos nociones netamente pitagóricas y de las que, ni tan siquiera el mismísimo Aristóteles pudo prescindir en sus investigaciones sobre Política: me refiero al número y la “crasis”, también llamado orden pitagórico. Frecuentemente oímos decir que la Democracia es “el mejor de los sistemas posibles”, como si lo que hoy en día vivimos fuera un insuperable y exquisito límite –noción nuevamente extraída del análisis matemático– que no pudiéramos transgredir... Pero a simple vista, se intuyen ya de partida ciertos elementos estructurales en la democracia que con frecuencia pueden atentar contra toda suerte de vida diferencial –también muy necesarias– incapaces de sobrevivir de encontrarse supeditadas o sojuzgadas a la voluntad de una mayoría: la historia nos ha legado numerosos ejemplos en los que la voluntad de esas mismas mayorías, han arrasado con todo aquello pequeño con lo que no se sienten identificadas o han considerado prescindible, omisible o inútil.
En mi opinión, el primer engaño subrepticio que encontramos en la democracia, es la suposición de que el voto es libre. Esta suposición, ya desde un prisma helenista –sobre todo aristotélico o estoico– sería por completo cuestionable: pues siempre hay infinidad de condicionantes que influyen en cada una de las distintas y plurales voluntades de voto. Tras el voto de cada ciudadano/a se oculta una voluntad, un deseo, una esperanza; pero estos mismos ciudadanos y ciudadanas se hallan sujetos/as a necesidades vitales básicas; razón por la que las decisiones por las que opten, en muchos casos, no son las que en mayor medida podrían convenir al conjunto, sino que reflejan un desespero por solucionar los problemas, en vaivén pendular, sujetos al dolor social provocado, en muchas ocasiones, por la propia corrupción patente en las distintas instituciones, tanto públicas como privadas. También se ven condicionadas por inercias familiares de voto, así como por el laberinto de dimes y diretes que hay en la escena política: en un verdadero laberinto del Minotauro. Actualmente, la ausencia de libertad de voto, ya no se deriva directamente de un caciquismo primario, cuando el terrateniente o el empresario compraba el voto de sus jornaleros o trabajadores. Ese mismo fenómeno, se repite, hoy por hoy, siendo más efectivo a la hora de condicionar el voto, mediante un sistema más sofisticado: el de los “mass media”; pues éstos mismos son los encargados de sembrar los terrores en el inconsciente/consciente colectivo. En verdad, el verdadero terrorismo de masas se instaura en esos mismos órganos de comunicación: al tiempo que homogeneizan la mirada y el pensar común, dictaminan de qué hay que hablar, formando ese algo que podríamos coincidir en llamar un sentir común, y que, está en estrecha relación con eso otro que llamamos: sentido común. Es decir: de todo lo anterior se extrae que que hay plurales condicionantes del voto; pero si antes el condicionamiento resultaba más explícito o evidente, ahora se oculta tras el escenario político, de un modo mucho más sofisticado: si no votas “X” no tendrás trabajo y tus posibilidades de subsistir serán difíciles, al tiempo que te verás netamente desplazado de lo social. En definitiva: el condicionamiento del voto perdura, pues sigue habiendo miedos que se utilizan por tal de que los resultados electorales sean aquéllos que desean esas fuertes plutocracias que están en la cúspide de la pirámide social.
Pero volvamos a la relación entre aritmética y política... Pues también nos puede ofrecer elementos de interés (de momento hemos visto que esa supuesta «libertad» que tanto se vocifera, no es tal; pues el miedo se encarga de coartarla: luego hay un determinismo: sea éste ontológico o no, aquí no vamos a decir nada sobre ello... si acaso lo pensaremos en otra ocasión. Lo que sí que podemos decir es que ese miedo es premeditado y originado por intereses humanos, mediante la ingeniería social; y que éstos, sin embargo, son contingentes). Dentro del sistema democrático cada ciudadano tiene un voto. En principio, cada voto debiera valer lo mismo, pero no es el caso, al menos en nuestro país o en comunidades autónomas como la mía (Cataluña) donde el voto de las zonas rurales pesa más que el de las urbanas, de tal suerte que todos y todas los/las desheredados del siglo XIX y comienzos del XX, que tuvieron que emigrar a las grandes ciudades (como Barcelona o Madrid), por tal de engrosar las masas proletarias que necesitaba la creciente industria textil u otras –me refiero sobre todo al caso de Barcelona, que es el que mejor conozco– vieron cómo su voto proletario valía una determinada fracción del voto de los habitantes de otras regiones rurales. Esto es lo que ocurre si comparamos el peso del voto de un barcelonés/a con el de un leridano/a: si en Lérida la población es de 436.002 hab., para obtener un escaño sólo precisan de 109.000 votos; mientras que en Barcelona, con una población de 5.487.935 hab., para obtener un mismo escaño se precisan 177.030 votos. Lo que nos lleva a que el voto de un barcelonés/a sea de 0,6157116... el de un leridano/a. En definitiva: ese voto unitario de partida, se convierte en un número irracional, en el más puro y pleno sentido matemático o «pitagórico». Antes de empezar el proceso electoral, ya hemos dejado de hablar de números enteros, para pasar a hablar de números irracionales, en función del lugar de procedencia del voto. Esto, sin dudas, se enfatiza aún más en las elecciones autonómicas.  Así pues, estas supuestas unidades individuales que expresan “libremente” su voluntad mediante el voto, en absoluto llegan a ser ni tan siquiera unidades, sino fracciones de la misma. Es decir: números irracionales inferiores a uno. Nada en contra de los números irracionales menores que uno, pero ya hemos corrompido hasta el propio pitagorismo y su pulcra entereza a priori, al prescindir de la igualdad numérico-matemática de la unidad-mónada-individual leibniziana de almas “libres e iguales” que son los/las votantes.
Pero hay más: la “crasis” o el “orden” pitagórico se halla ya embebido en el propio sistema democrático. Por otra parte, siguiendo ciegamente los principios que sustentan estas democracias, en principio, no sería uno o una el/la que manda absolutamente. Tampoco ninguna oligarquía, ninguna timocracia, etc... no: ahora, supuestamente, manda el «pueblo» que escoge libremente a sus representantes mediante las urnas gracias al sistema democrático. Vayamos a por el “orden” pitagórico, porque nos resultará más peligroso que la propia aritmética distorsionada... En sí, lo que antes hemos visto era cómo ese “orden” o “crasis” ya estaba influyendo subrepticiamente en lo aritmético: la decisión de los individuos, el voto, no vale lo mismo según la región, no siendo lo mismo vivir en una zona obrera que en un núcleo rural. Así, supuestamente, se corregía una injusticia para con esas regiones tan despobladas. La precariedad, sin embargo, está tan instaurada en las áreas urbanas como las rurales, pero parece no haber tanta concienciación en unas y en otras, pues los resultados electorales siempre muestran una tendencia mayor hacia la izquierda o las «pseudo-izquierdas» –del tipo que sean, no entro... – en las zonas urbanas que no las rurales: quizás por cierto componente caciquista en las zonas rurales. Pero dejemos este tema abierto y sigamos con la matemática... La “crasis” o el “orden”, sin duda son, desde el prisma de la Naturaleza u Ontológico, tan sumamente necesarios como peligrosos; e intentemos ver qué opera detrás de ese orden. Ya habíamos visto cómo esa crasis, había distorsionado por completo la igualdad de enteros aritmética, en vistas a corregir un supuesto “desorden” derivado de la máxima: “las personas son iguales en voto” (principio aritmético). En mi opinión, en el orden o “crasis” opera en sí lo que Nietzsche coincidiría en llamar “humano demasiado humano”. Ese algo es un motor invisible que se halla escondido tras todo aquello que coincidimos en llamar tradición, leyes, costumbres… todas ellas heredadas –y escribo “here”, en cursiva, precisamente porque nos trae a la mente la diosa griega Hera, la celosa esposa de Zeus, custodiadora de las leyes y costumbres de la polis; pero también, en nuestra epocalidad, y siguiendo a Nietzsche, detrás de ese «orden» opera una detestable “voluntad de voluntad” o “voluntad de poder”. De momento no entremos en el terreno de las intenciones del poder, y permanezcamos en el plano pitagórico: una cosa es la aritmética y sus números; y otra, la geometría y sus formas. En sí, la geometría analiza las formas; de modo que es una herramienta conceptual matemática, netamente neutra que analiza las figuras que se dan en lo extenso. La geometría, en sí, no impone una forma determinada, simplemente la analiza por tal de establecer equivalencias en un plano matemático más profundo, que es el algebraico, y que subyace a las distintas ramas de la matemática. Pero la «voluntad de poder» y de dominio, no pertenece al terreno de lo matemático; ésta pertenece al ámbito de lo «humano demasiado humano»; lo que hace que el sistema de herramientas numérico-geométrico-algebraicas de la matemática, no sean detestables por sí mismas o por su aplicación específica, sino por aquello que las mueve y distorsiona en base a unos intereses, éstos sí: movidos por la «voluntad de la voluntad». Encontramos ahí el interés que mueve a la matemática; pero no podemos confundir una cosa con la otra, pues la Naturaleza nos da la capacidad de numerar y calcular matemáticamente; y esto, en sí, en principio es completamente neutral. Toda estructura tendrá una forma que será susceptible de análisis formal, pero el análisis formal no impone ninguna forma en concreto: para la matemática éstas, en principio, son infinitas (aunque tal infinitud tropiece con la Ontología del Límite).
En sí, la inercia costumbrista, el «statu quo», guarda una estrechísima relación con esta divinidad del panteón griego: Hera: la misma que hizo matar a todos/as y cada uno/a de los/las amantes de Zeus, por celos. De modo que detrás de ese orden, que es estructural, opera la costumbre, lo previamente establecido, el statu quo, el establishment, los intereses formados o la voluntad de poder. Y es cierto que desde las izquierdas postmodernas, permanentemente, se hace crítica del pitagorismo; pero lo que no vemos es que, éste, en sí, no es más que una herramienta neutral del conocimiento que analiza lo estructural, pero que la forma concreta que adopte la estructura –entre las muchas posibles–, en tanto que determinada, no es más que reflejo de su alma específica. Y ésta viene determinada, hoy por hoy, por un violento núcleo “humano demasiado humano”; que es el responsable de que la estructura o forma sea la que es y no otra. Volviendo al paralelismo con la mitología griega, Hera es polimórfica, y en la actualidad se manifiesta mediante una forma concreta, que es epifanía directa de los intereses de los grupos de poder. Pero el sabio mito griego nos dirá que no siempre Hera es así; que incluso, a veces, se torna dulce y permisiva; que incluso un buen día llegará a permitir, que aquél hijo que nada más darle a luz despreció por lisiado y cojo, Hefesto (el Vulcano de los romanos y dios de la Técnica), más adelante le concederá que se case con la mismísima Afrodita (no sin antes haberle planteado infinidad de reticencias y haberse convencido de su imprescindibilidad ontológica). Hera representa, pues, cómo esos intereses, costumbristas y de poder, son inerciales. Desde el prisma de la física-mecánica newtoniana veremos cómo éstos, en el ámbito de lo humano, son el reflejo de las leyes ciegas de la Naturaleza: tales como la gravedad, el electromagnetismo o los principios de la termodinámica, entre otros... Para lo sociopolítico esto mismo se traduce en las costumbres, la jurisprudencia, los modelos sociopolíticos, etc... Hera, pues, está llamada a alterar su «modo de ser». Y según el Mito lo hará… Pero su eterno «ser ahí» es incuestionable: de ahí que de lo culturalmente heredado no podamos decir que carezca de vida, sino que es contingente: son inercias heredadasPero lo inercial sabemos que viene de inerte y significa que carece de «cabeza», «inteligencia» o «principio rector», que lo lleve a buen puerto por tal de no caer por el precipicio..El modo en que Hera se da a la presencia es fenoménico; y, por tanto, tiene forma. Siempre es susceptible de transformación y rearticulación; algo que nos señala con claridad meridiana de nuevo el mito griego a través del matrimonio de Hera (la tradición) con Zeus (el Logos). En ese matrimonio es dónde se disputa el hacia dónde de lo político; el hacia dónde queremos ir o no queremos ir... Y el hacia dónde precisa de un télos. Y el télos ha de tener sentido; pues en todo momento evita –como decía Aristóteles– que nos dejemos llevar por la inercia de la línea recta –ciega–  evitando caer así por el precipicio: pues el «No-Ser», la «Nada» o la «Muerte», sólo se pueden esquivar –hasta cierto punto– actuando inteligentemente. Pero no de un modo ciego o inercial. Ahora bien: al optar por un determinado télos, en tanto que mortales, no podemos más que visualizarlo de un modo estructural o mediante una forma. Es decir: precisamos de un programa claro y bien contorneado; no puede ser por completo apofático. Pues el matrimonio de Hera y Zeus es indisociable para nosotros/as; y, en tanto que mortales, no podemos pretender usurpar el lugar de los mismísimos «Principios ontológicos» o Divinidades que rigen el todo fenoménico y carecen de forma. En tanto que mortales, ineludiblemente nos las hemos de ver con las formas: con la crasis. Ciertamente es un cruel imperativo ontológico, pero es así... Y es que la tan denostada por la postmodernidad imaginación –que nos es dada por Naturaleza– no es en absoluto en vano: si la Naturaleza nos la ha dado es por algo, pues ésta nada hace en vano... De modo que no podemos escapar o eludir por completo a la responsabilidad de asumir un programa (crasis); si bien sería deseable, que, habida cuenta de lo aprendido hasta ahora, éste estableciera una serie de télos-límites inviolables que coinciden –perfectamente– con las divinidades del Panteón griego: Deseable sería que, desde tal «crasis», no se atentara ni contra las necesidades básicas del conjunto de la población (que también son «Principios ontológicos» o Divinidades: recordemos la bruja haraposa Ananké“Necesidad”, madre de Eros y responsable de nuestras cíclicas «hambre» y «sed»; así como Morfeo, tan responsable de nuestro sueño como de nuestra necesidad de cobijo...); así como tampoco se atentara contra las distintas Ciencias, Artes, Técnicas, Saberes y otros aspectos Lúdicos, pues en su justa medida todos endulzan nuestras Vidas, al tiempo que, también, son manifestación de la Naturaleza divina –como lo son Apolo, Hefesto, Atenea, Dioniso...; y, por tanto, también son necesarias desde el punto de vista del Ser. Al tiempo que, tampoco –y con esto seguimos la doctrina del “Háma” o el «a la vez» aristotélico– se atentara contra la pluralidad de especies animales, vegetales y otros organismos presentes en el Planeta –Poseidón, Deméter, Perséfone, Artemisa...–, pues también éstos/as son divinos/as.

Y es que, como decía Tales: todo está lleno de lo divino... También el número… y para hacer política, no hay que olvidarlo...