martes, 28 de junio de 2016

Lo animal en Georges Bataille


José Vidal Calatayud, 2016 - Miradas Animales

Los animales (¿“Lo animal”, “El animal”?), como otras realidades que encarnan “lo Otro” -más dudosamente “los otros”- ante el sujeto moderno, han sido “marcados” como inferiores casi siempre en la historia de la filosofía (lo hemos visto en Descartes, Kant, Hegel; incluso se sostiene, aunque sobre esto cabría una larga discusión, que Heidegger es, también en esto, “culpable”).
Pero no siempre ha sido de ese modo; a veces los animales han parecido el paradigma de un mundo “superior” por libre, feliz o no prostituido. Así, G. Bataille los señala -prudentemente, “agnósticamente”- en el texto que comentaremos a continuación como la utopía no alcanzable ya, el “paraíso perdido” al que toda rebelión aspiraría.
Queda entonces por dirimir si con ello los coloca en una posición expuesta a iguales o peores abusos o si, por el contrario, en esta nueva reconciliación con algo que también somos, puede aparecer una más responsable empatía con sus sufrimientos, en su mayor parte causados por los hombres.
(En todo caso, sostener, como hace alguien tan conservador como Jacques Derrida, que este tipo diferente de “inscripción” suponga en todos los casos la misma relación destructiva o excluyente con la realidad así destacada, es algo muy discutible y nunca bien demostrado por él -riesgos de la Metafísica, aunque sea la “de la Diferancia”-; seguramente está ahí la gran debilidad filosófica y política -¿falsedad malintencionada?- de uno de los grandes reformadores-salvadores del capitalismo occidental).
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1. En primer lugar, veamos lo expuesto en el capítulo "L'animalité", primero de la primera parte de Théorie de la religion de Bataille[i], además de algunas ideas sacadas del capítulo segundo, "La humanidad y la elaboración del mundo profano".
Comienza el autor con una afirmación “central”: la animalidad sería “la inmediatez” o “la inmanencia[ii] -y esto se nos da empíricamente, p.ej., en la situación precisa en la que un animal se come a otro; pues es siempre algo semejante a él lo que se come. Ese sentido tiene aquí “inmanencia”: que aunque la víctima no sea “conocida”, percibida, como tal semejante, en ese acto no hay trascendencia del depredador hacia la presa. Ya que, si ciertamente parecería que la distinción entre ambos exija la “posición” de un objeto -si no se postula un objeto no hay diferencia captable-, sin embargo la presa comida no estaría todavía -en ese “mundo”- “dada” como objeto. Pues para nosotros es la duración del objeto lo captable, pero en el mundo animal, piensa Bataille, la presa está “más acá” de la duración: desaparece o es destruida en un espacio donde nada está puesto más allá del momento presente.
De manera que no se podría hablar respecto al mundo animal de “autonomía vs. dependencia”, esto es, de “señores” y “siervos”: aunque haya desigualdad de fuerzas, esa es sólo una diferencia cuantitativa. Y nuestro autor repite el moto clasico de que “el animal está en el mundo como el agua en el interior del agua”. Sería sólo la interpretación humana la que puede ver este proceso de caza y alimentación como la separación entre un sujeto y un objeto; parece obvio que el animal, que no tiene metalenguaje, no puede mirarse a sí mismo de ese modo[iii].
Y por ello el animal no tendría “autonomía” respecto al resto del mundo. Pero también porque su entorno está lleno de cosas que le son necesarias. Si busca elementos inmanentes y relaciones de inmanencia, si está en el mundo como el agua dentro del agua, es a condición de alimentarse para mantener ese flujo de fuera adentro y de dentro afuera que es la vida orgánica, y así cada organismo está, en sus fines, también separado de los otros. De manera que además de inmerso en el mundo estaría “retirado del mundo”.
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2. ¿Qué tendrá lo anterior que ver con la existencia para nuestro autor de una “mentira política de la animalidad”?[iv].
No habría para nosotros nada que nos esté más “cerrado” que está vida animal de la que hemos salido, nada más extraño a nuestro pensar que una Tierra imaginable “en el seno del universo silencioso”, sin el sentido que el hombre da a las cosas -y además, inevitablemente, sin el sinsentido en que imaginaríamos las cosas no reflejadas por una conciencia-. “Reflejar”, “imaginar-nos”, implican nuestra conciencia; si desaparece -la nuestra y cualquier otra- no hay aparición de las cosas. Para el hombre sólo es posible la visión “antropocéntrica” -entendamos bien esto: “desde aquí”- de cualquier realidad.
 Aunque para Bataille la vida animal estaría “a medio camino” de nuestra conciencia, lo que nos plantea un enigma muy incómodo: si tratamos de imaginar la “visión” que el animal tiene “del mundo” [?] no vemos nada salvo un instante en medio de “un deslizamiento de largo recorrido”; así que sólo podemos hablar de esto en lenguaje poético -en la medida en que la poesía sólo describiría realidades “que se deslizan en lo incognoscible”-. Solamente de manera poética podríamos hablar de “animales prehistóricos”, de plantas, rocas y aguas nunca vistas; pero en ningún caso podemos conocer el paisaje en que “se encuentran” [!], ya que “entonces” no había ojos para ver esos paisajes -no había ojos que los constituyeran-. Pero tampoco podemos limitar ese “mundo” a un sinsentido de “terror o ebriedad vacía”, de sufrimiento y muerte, pues estaríamos abusando del “poder poético”, cayendo en esa fulguración (lueur) indistinta, confusa, de las palabras -que es, sin embargo, un signo de la soberanía del lenguaje, pero que sólo lleva a la inevitable dislocación final de los sentidos, de todo sentido.
De manera que no nos quedaría más que el reduccionismo de las Ciencias “naturales” -¿habrá algo menos natural?-, en las cuales -y esto es un dato esencial- el hombre pretende no estar presente, pretende no influir, adoptando la llamada “posición de Dios”, es decir, el mirarlo todo desde fuera, desde arriba. Posición que sabemos suficientemente que es inalcanzable para nadie, que es un absurdo que ha llevado a los más terribles excesos de violencia contra lo vivo-otro.
(La Metafísica se apropiaría de esa “mirada de Dios”, “objetiva”, pera además “asegurada” desde un punto que es el de una falsedad completa, asumida e impostada).
Y sin embargo, sostiene Bataille, el animal no sería totalmente cerrado e impenetrable para nosotros, abriría ante nosotros “una profundidad que nos atañe” y que es la nuestra propia, aunque nos es sustraída lo más lejos posible. Pues, desde la nietzscheana “insignificancia del origen”, “profundo” es solamente aquello que se me escapa[v], y eso ciertamente está también en la poesía. Desde luego, podemos convertir al animal en una “cosa” -en el sentido de “objeto”- cuando lo comemos, lo domesticamos o lo estudiamos científicamente, pero no podemos ocultar que en esas acciones aparece “un absurdo inevitable”. En sí el animal no es reductible del todo a esta realidad inferior de la cosa, pues precisamente “lo que tiene de secreto y doloroso” trasladaría una intimidad y un fulgor que hay en nosotros a la animalidad -no lo sabemos porque la conciencia cartesiana “clara y distinta” nos alejó al máximo de esta “verdad incognoscible” que nos huye-.
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3. Señalemos entonces las implicaciones de esta Ontología del lenguaje. Hemos dicho que no podemos distinguir[vi] en el mundo animal un poder de trascenderse a sí mismo, lo que relacionábamos con el poseer o no un metalenguaje. Pero esta es una verdad negativa, por lo que no puede ser afirmada de modo absoluto. Aunque si tratáramos de establecer “un embrión de trascendencia” en el animal estaríamos cerca de perspectivas que anulan la inmanencia, realidad que no debemos olvidar si deseamos nuestra liberación. Sólo en los límites de lo humano aparece la trascendencia del objeto respecto a la conciencia o de la conciencia respecto al objeto. De manera que, inexistente esa posición de absoluta y endiosada “neutralidad”, “tenemos que limitarnos a mirar la animalidad desde fuera”, antropocéntricamente, y es desde ahí como nos aparece estando “como el agua dentro del agua”. (Cierto que en diversos cambios de las condiciones o las situaciones en la que el animal lleva a cabo su vida podría darse una conducta que nos haga sospechar posiciones de trascendencia, pero nunca podríamos llevarlas a términos tan “absolutamente humanos” como lo sería el decir que cuando un animal, por extrema necesidad, come del cuerpo de uno de su misma especie “está violando una ley”. Sólo podremos decir que en esa situación “la ley no se da”, de manera que el animal estará siempre en esa inmanencia y continuidad del mundo con él mismo).
Dicho de otra manera, tales hechos sólo tienen sentido como signo de otra cosa -pero esto existe únicamente para nosotros-. Incluso el temor, el olfato de la muerte de animales semejantes no puede ser entendido como conocimiente de la muerte antes de la muerte misma. El animal no captaría la muerte de otro dentro de un “sentido”, como lo hace el hombre que ha vencido en una lucha y así ha restablecido una continuidad que había perdido antes. -Bataille fue lector de Heidegger: no habría en el animal un relato de la muerte, al menos no uno que llamaríamos “interpretado” y “orientado”, uno que se inserte en el sentido “trascendente” de un proyecto-. Y esto se mostraría en la apatía[vii] que traduce la mirada del animal después del combate: sería la apatía de alguien que sigue de una manera natural inmerso en el mundo, no añadiéndole interpretaciones.
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4. Podría pensarse que la Teoría de la Evolución nos incitaba a negar toda diferencia esencial entre animales humanos y no humanos. Pero -Deleuze lo muestra en Diferencia y repetición- la posición “especialista” es desde el siglo XX tan válida como su opuesta (más aún cuando la Filosofía no depende, en absoluto, de las ciencias, aunque la Metafísica sí). De manera que debemos conjugarlas.
 Así que podemos preguntarnos cuál es la “diferencia específica” de lo humano en este punto. Bataille cuenta[viii] cómo el hombre “pone” los objetos, especialmente los “útiles”, llevando elementos inmanentes a ese plano “trascendente” -esto es, no entregado al instante presente, sino a la imaginación de un porvenir-. Somete a la utilidad futura elementos que no lo estaban -y a la vez “compensa” esta “profanación” estableciendo algunas “cosas” como sujetos, atribuyéndoles pensamiento y voluntad-. Esta reducción a lo objetivo ha empobrecido aquella continuidad de lo divino y lo animal con el mundo -recordemos el dictum aristotélico de que “sólo una bestia o un dios” podrían vivir fuera de lo político-.
Dice el filósofo francés que los primeros hombres, seguramente, estaban más cercanos a los animales de lo que lo estamos nosotros: aunque los distinguieran de ellos mismos, quedaba “una duda mezclada de terror y nostalgia”[ix], y un sentimiento de continuidad se imponía al espíritu -pero no sólo a éste-. Si la continuidad era para el animal “la única modalidad posible del ser”, ésta remitía en el hombre a la fascinación del mundo de “lo sagrado”. Pero este ámbito sagrado no supone ninguna vuelta atrás; pues aparece como tal cuando es “distinguido”, en un lenguaje más allá de las posibilidades del animal -cuando el mundo de la inmanencia nos aparece como algo opaco-. Y es que cuando el hombre está inmerso en lo sagrado lo hace con “un horror impotente”, tan distinto de la naturalidad indiferente con la que el animal se sumergía en el mundo; pues además de “enormemente valioso” lo sagrado aparece como “vertiginosamente peligroso”[x] para el mundo del pensamiento claro, distinto, y por tanto profano, donde el hombre ejerce su dominio.
Volvamos al hecho de que el hombre ha llevado el cuerpo al terreno de los objetos, con lo que él mismo puede convertirse en objeto, en cosa que puede ser “devorada”. En ese proceso el animal ha perdido la dignidad de “semejante” al hombre -¿quizá porque el hombre ha perdido la semejanza con Dios?-, de manera que desde hace mucho de-preciamos la animalidad que hay en nosotros, la vemos como una tara -de nuevo, especialmente en el “discurso metafísico”-. Y aun así no es tan fácil convertir al animal en una cosa; para ello debe estar muerto o domesticado. Pues el hombre -sólo él- no come nada antes de haber hecho de ello un objeto -por eso está prohibido que el hombre devore a otros hombres: estaríamos aquí en el campo de la ética kantiana más pura, que nos ordena tratar como un fin y no como un medio a todo igual-. Esta utilización del animal habría necesitado definirlo de antemano como cosa, como hicieron Descartes, Kant o Hegel, esto es, utilizar la justificación de que “no hemos matado nada que no fuera ya una cosa desde el principio”, y en definitiva, que no estamos profanando algo del mundo de lo sagrado -de lo inmanente-, cosa que en realidad sí sucede.
Queda dicho que el hombre, que ha hecho del cuerpo una cosa, considera como “pobreza” (misère) propia el tener un cuerpo animal, porque ello lo sitúa cerca de ser una cosa y de ser utilizado como cosa por otros; y este  resultado del odio hacia el “cuerpo-cosa” que somos nosotros mismos muestra en qué gran medida el espíritu lo es también -odiado, cosificado-. Por eso el cadáver, muy en la línea de la literatura batailleana, sería la más perfecta afirmación del espíritu; pero afirmación que “traiciona” al espíritu más que lo sirve -sería un “grito del espíritu” semejante al grito de aquel a quien se mata y que en ese último sonido está afirmando supremamente la vida. Y en definitiva, al reducir al estado de cosa el cuerpo del animal vivo, estaríamos situándolo tan cerca, excesivamente cerca, de la realidad de lo que será nuestro cadáver.
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5. Dejemos aquí la posición de Bataille -sin “abandonarla”- y tratemos, aun de pasada, la confusión en que esencialmente solemos estar en esta cuestión, y que habría que intentar deshacer.   Realmente se ha avanzado a lo largo de la historia de la filosofía, y por tanto de la historia de la ética y de la política, desde aquellos momentos cumbre de la metafísica moderna en que se determinaba al animal no sólo como lo totalmente otro, sino como lo insensible sin pensamiento, una máquina, casi una piedra -lo que algún autor relaciona con la tan discutida negación de la “mortalidad” con sentido -humano, claro- en el animal y por ello también con su “pobreza de mundo”, Heidegger dixit; o su “carencia de rostro” en Levinàs-. Este “progreso” nos empujaría a afirmar lo que política y éticamente es hoy “correcto” -¿creyéndolo una popperiana aproximación a “la Verdad”?-: afirmamos la enorme proximidad, el parentesco cercano del animal con el hombre, derribando “el muro” -¿una cita de los Pink Floyd?- que nos había servido para “excluirlo” -pero no, por lo visto, para excluirlo de nuestra doble falta de arraigo y de libertad, o de nuestra capacidad de producir horrores, sino de nuestra “dignidad” [!!!???]; para explotarlo y/o destruirlo-. Y ese prejuicio “político” de lo correcto nos “autorizaría” a mezclar a Adorno con Derrida, y a éste con el veganismo, en un “final feliz” en que todo es “precioso” (¡pero qué poco preciso!).
Y, aun reconociendo el interés que en el terreno científico y ético tiene todo esto, no podemos admitir el embrollo que permite a algunos situarse en la posición del Dios Infinitamente Bueno y afirmar desde esa neutralidad la absoluta igualdad de cualquier animal con el ser humano (lo cual puede llevar a ocurrencias como la que afirma que cada bacteria tiene “su biografía” o a adjudicarle a los protozoos el disponer de un “sistema nervioso”). No olvidemos que Derrida toma del pensamiento de Bataille todo aquello que le es aprovechable, como señalan algunos especialistas en deconstrucción -y a veces incluso lo reconoce-.
Y no confundamos el poner al animal al servicio del capitalismo con ponerlo “al servicio de la humanidad”. El capitalismo -¿por qué será “buenrollista” por definición?- es hoy el enemigo fundamental de la humanidad, y el problema es que Derrida no es capaz de distinguir demasiado entre estas dos realidades colectivas, al ser un miembro emblemático de esa “militancia”[xi] sionista que defiende al occidente capitalista con una radicalidad realmente difícil de digerir[xii].
Pero fijémonos en que posiciones como la de atribuirle a las bacterias o a los insectos el mismo rango de “derechos” que a nosotros -pero ¿tenemos tal cosa?- sólo puede llevar a las ideas extincionistas, es decir, a postular la desaparición de la especie humana y de todas sus creaciones -curiosamente, ésta es una posición que obviamente no es posible para un animal-.
Señalemos por tanto, con claridad, que una posición falsamente darwiniana, que en realidad llama al Juicio Final, tendrá que vérselas, mientras haya pensamiento, con otras que cuando menos valoren las inmensas creaciones diferentes y los distintos mundos posibles, por muy “artificiales” que sean. Y ante las tentaciones de reduccionismo “cientifista” -nada menos científico que éste- diremos que el dominio de la ciencia sobre la filosofía[xiii] es pura y llanamente metafísica fascista, hoy fascismo de lo banal en el espacio vacío (“en la oquedad...”, dijo Machado) de los tópicos de moda -con afirmaciones tan simples como que “somos lo que comemos”, de manera que no sabemos si la postulación de no alimentarse más que de vegetales pretendería llevar finalmente al hombre a la identidad con las lechugas. La realidad parece mostrar totalmente lo contrario: no comemos aquello que somos-.

            Y es que no se elimina la Metafísica -es decir, el pensamiento violento que siempre excluye a lo otro- invirtiéndola; sino que ese ha sido tradicionalmente el modo en que esa violencia se perpetuaba, como ejemplifican tan bien los positivismos y al menos algunas revoluciones. Sólo podemos, como dice el amigo Gianni, dejarla declinar. (Osea, que a Heidegger, en vez de culparlo, hay que leerlo).
  
            Y en definitiva queda en pie la cuestión de qué significa comprender al animal, en qué sentido usamos esa palabra, y si no se usa con frecuencia, en este y en otros asuntos, como idéntica a moralizar;
            ...pero moralizar la Ontología es algo absolutamente imposible -la destruye, como mostraron Nietzsche o Heidegger-
            ...y no sólo porque es inaceptable la prohibición de seguir pensando, problematizando todo dogma, incluso los que son, ahora, éticamente laudables...

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[i]Publicado por separado en Gallimard, 1973. (vid. pp. 23-35). Luego en Obras completas VII de la Ed. Gallimard, 1976.
[ii]Recordemos que para este autor la inmanencia o el presente son la condición de la liberación y lo paradisíaco.
[iii]El animal puede decir «Se acerca un depredador» o «En esa dirección hay alimento», pero no puede decir «En la alimentación nosotros somos el sujeto y ellos son el objeto»; no tiene un lenguaje de segundo nivel con el que pueda hablar de los signos y las ideas.
[iv] Pp. 27 - 31.
[v] P. 31.
[vi]Observese la constante prudencia, casi agnosticismo, de Bataille sobre lo animal.
[vii] P. 35.
[viii]En el capítulo, II, "La humanidad y la elaboración del mundo profano".
[ix]p. 47.
[x] P. 48.
[xi]Que viene de militar.
[xii]¿Conocemos su defensa de los sistemas “occidentales”? Sería clarificador para nosotros.
[xiii]Esa ciencia cuyas teorías sabemos que siempre serán sustituidas por otras y que son, por tanto, siempre falsas, al menos en potencia.

viernes, 24 de junio de 2016

Bailando con ganado

por Batto – Miradas Animales

Pese a ser invierno, un sol más cálido de lo normal cae suavemente sobre el prado, derritiendo la escarcha y obligándonos a quitar alguna capa de abrigo. Sobre la mesa están los cuchillos y un pequeño hacha, y de mano en mano viajan ya las primeras botellas de vino y de cerveza. Se lían cigarros, se come bizcocho. Aún es pronto.

La cerda da vueltas en la pocilga, completamente ajena al ambiente cordial y festivo que celebra su última hora. Cuando llega el momento nos remangamos los jerséis y nos ponemos las botas de agua, y entramos en el corral que nos cubre de mierda hasta las pantorrillas. Los chillidos cortan el aire cuando la lazada se engancha en el hocico de la cerda, tras los colmillos, y entre cuatro personas conseguimos empujar fuera al animal de más de ciento cincuenta kilos. Se sacan fotos. Se graba algún vídeo.

La pistola aturdidora se apoya suavemente en la frente del animal, entre los ojos, y en el chasquido del disparo un hierro atraviesa el cráneo, causándole una muerte cerebral. Se desploma al instante, y entre varias la levantamos hasta la mesa, donde un compañero le atraviesa la arteria con un cuchillo perfectamente afilado y otro recoge la sangre en una olla con sal, sin parar de remover, mientras las demás sujetamos las piernas resistiendo los últimos espasmos de vida. Los dos cerdos que quedan en la cuadra gritan, se ponen nerviosos. Saben lo que está pasando.

La embriaguez va aumentando con cada paso de la matanza, con el olor a torrezno mientras se quema el cuerpo para arrancar los pelos y las pezuñas, o cuando se abre la panceta, patas arriba, para ir sacando las entrañas y apartándolas en cubos y baldes. El gran momento llega cuando alguien se pone la tráquea en la boca y sopla, y podemos ver los enormes pulmones abrirse y cuadruplicar su tamaño. “Verás qué gracia como tenga triquina, y nosotros con la boca manchada de sangre”.

* * *

Convivir con animales es convivir con la vida y la muerte en su estado más puro. Es ver partos en mitad del monte, la cabra avisando de que va a parir, el chivo saliendo del útero y cayendo como un peso muerto, pero en seguida moviéndose, en poco tiempo poniéndose en pie y buscando ya una ubre, la madre vigilante y limpiando a su hijo, lamiendo y comiéndose la membrana que le envuelve, siempre pendiente instintivamente de que esté a su lado, llamándole en cuanto le pierde de vista. Pero es también ver a madres que rechazan al chivo, que se van lejos mientras este grita hambriento, que le apartan, que le dejan morir. (Y entonces el biberón, tratar de ahijar con otra madre o, simplemente, resignarse a que en la Naturaleza los individuos débiles mueren y los fuertes sobreviven, es la Ley).

Cuando eres pastor pasas muchas, muchas, muchas horas en soledad sin más compañía que tus animales, tus ovejas o cabras, tu perra de carea, los mastines. Tienen nombre, las conoces, sabes qué “personalidad” tiene cada una (porque sí, porque unas son más despistadas, otras más rebeldes, otras más agresivas, y sabes cuál está esperando para meterte en problemas cuando menos te lo esperes). Las acompañas, las ayudas, las curas, las pegas si no te queda más remedio, las observas en su primitiva espontaneidad. Porque son eso, la vida sin el filtro de la conciencia: comer, dormir, jugar, pegarse, tumbarse a rumiar al sol, correr a esa cima para tratar de comer la flor más inaccesible, saltarse todos los muros que delimitan la propiedad de los prados, cagar, follar si están en celo y hay algún macho, comer más, pegarse de nuevo, refugiarse del diluvio entre gritos de protesta. Las entiendes. Empatizas. Las quieres. Ellas ignoran todo de ti, tu nombre, dónde vives. Les es absolutamente indiferente que mueras, no volverte a ver, cualquier cosa que pueda pasarte, mientras tú dedicas tu vida a ellas.

A ellas, pero para terminar matándolas. Porque sabes que es su función, y porque también tienes que sobrevivir. Siendo urbanita, la primera vez que matas a una animal remueve, remueve mucho. Después es rutinario, se hace como cualquier otra cosa, hablando de cualquier otra cosa. Te inmunizas a la muerte, la muerte del chivito que tienes que destripar y pelar y vender o la de la cabra que tuvo problemas en el parto y no sobrevivió, la muerte de los ratones que cazan tus gatos, o la de tu gato que mata otro cazador, esta vez canino.

Aprendes a amar a los animales, pero no a amarlos en abstracto, idealizados, sino a amarlos con la dureza y la profundidad del día a día, de lo cotidiano, de las alegrías y momentos amargos de la vida, relacionándote con ellos como uno más. Puedes reír viéndolos correr o asustarse u observarte, y después abrirte paso a puro golpe y patada para llevar el pienso a los comederos.

“Te vas al campo porque eres una persona con ideales y sueñas con crear una comuna utópica, y terminas matando a animalillos inocentes e indefensos”. Pues sí, porque así es la Vida, la Vida con mayúsculas, a la que no le importa que los individuos sobrevivan, sino que sobreviva el conjunto, el equilibrio de los ecosistemas. Y ése es también nuestro objetivo, recuperar una forma de vida en la que somos parte de ese equilibrio, y eso tiene que ver con el pastoreo o la caza o la pesca, según la región, pero en cualquier caso adaptadas a lo que el entorno nos ofrece.

La mayoría de discursos tanto especistas como antiespecistas parten de un error fundamental, que consiste en ver al ser humano como una cosa separada del resto de la Naturaleza, un ente con derecho a decidir que los animales son instrumentos para su beneficio o, por el contrario, que debemos tener reparos morales que ellos no tendrían. El pastor de los montes de León o la tribu indígena del Amazonas no se plantean si comer animales está bien o mal, porque son tan esclavas de estos como al revés, en la medida en que está en juego su propia supervivencia. Porque su cuerpo y su vida es tan frágil como el de las cabras, afectado por accidentes, parásitos, enfermedades o, incluso, depredadores mayores. Es un animal más dentro del ecosistema.

El ser humano urbanita se siente en un lugar desde el que puede observar y juzgar una Naturaleza que siente ajena y en la que parece estar convencido de que no influye. Por eso tanta gente que consume carne, carne de explotaciones industriales con instalaciones de pesadilla, se escandaliza cuando le cuentas que eres capaz de matar a un animal con tus manos. Como si ellas no fuesen cómplices, parte de una industria mayor y más despiadada.

Por eso la salida fácil para la ecologista conservacionista que vive en una ciudad o en una urbanización es acusar al ganadero desesperado que mata a un lobo de la extinción de estos, en vez de preguntarse cómo influye su estilo de vida, sus autopistas, su internet, en los ecosistemas en general. ¿Matan más lobos los ganaderos que los chalets y las ciudades y las piscinas y los polideportivos y los campings y las estaciones de esquí? Permítanme que lo dude.

Porque unas tratamos de afrontar las consecuencias más sangrantes de nuestras formas de vida, en vez de delegarlas y disfrazarlas bajo discursos moralistas. Y eso es, al final, uno de los mayores males de la sociedad industrial: llevar las consecuencias de nuestros actos tan lejos que pensamos que no existen, en una burbuja de pacificación social y corrección política que oculta la violencia y el desastre generalizado de nuestros tiempos.

La civilización que más ímpetu pone en salvar la vida de un individuo aislado es la que más muerte genera, la que más reparos muestra ante el maltrato animal en las fiestas populares es la que está provocando la Sexta Extinción de especies, en una hermosa y terrible metáfora del liberalismo que en nombre de la libertad individual ha llenado el mundo de Estados, control policial y dictaduras militares.

* * *

Nos sentamos a la mesa en compañía, escuchando algo en la radio, y abriendo unas cervezas caseras o un vino blanco para celebrar la visita. Servimos unas aceitunas, cortamos una hogaza de pan, y ponemos en la tabla un pedazo de queso y un chorizo de los que cuelgan de una vara en el techo, y comemos entre todas. Un queso de cabra, de esas cabras que cuidamos, a las que ordeñamos. Un queso que hemos elaborado y curado durante dos meses, con una bonita y fina capa de moho azulado. Un chorizo propio, de la cerda que hemos despiezado, mezclado según la receta ancestral de una vieja pastora del pueblo, y embutido en las tripas que limpiamos a mano hasta que el olor a entrañas queda impregnado para siempre en el cerebelo.

Y así, compartiendo y hablando, sabemos que estamos creando espacios de libertad y autonomía, y que la muerte de los animales que tenemos en la mesa es una herramienta para la recuperación de la Vida, del mismo modo que nosotras moriremos y los buitres se alimentarán de nuestros cuerpos.