viernes, 30 de octubre de 2015

Otros campos, otras chimeneas

Elvira Bobo - El Faro Crítico

¿Que si se puede hacer poesía después de Auschwitz? Algo así preguntaba sinceramente Adorno, respondiendo que tal cosa sería una barbarie... Pues quizá no se puede hacer poesía, se debe. Quizá hemos de discutir si la barbarie sería no hacerla. porque quizá sea la única manera de decir algo, de afirmar, de seguir vivos después de aquel horror.
           
            Desde luego que no es cuestión de hacer poesía bucólica y pastoril. Es cuestión de que, quizá también, sea el único modo del lenguaje que pueda hacerse cargo del grito mudo que necesitamos proferir justo antes de pensar otros mundos posibles.

            Sin duda lo peor de Auswitzch es que ha sucedido. Que ocurrió esa condensación extrema del mal. Pero una vez que ha pasado, creemos que nada puede ser peor. Que tenemos la suerte de no ser conducidos otra vez a los campos de la muerte en aquellos trenes. Tenemos esa suerte y no nos han tatuado un numerito en el brazo como membrete de la infamia.

            Pero es que la destrucción organizada, la industria del terror, aquella pulcra y elegante conferencia de Wannsee de 1942, se repite. La banalización del mal que diagnosticaba, certera, Hannah Arendt, sigue sucediendo hoy. Las formas en que el mal se cuela en nuestras vidas son igualmente frías y calculadas y las centenas de miles de muertos vagan hoy por las calles con la apariencia de los zombies. Quizá no pasan hambre, incluso estén sobrealimentados, hasta obesos. No están incomunicados de los suyos, tienen decenas de redes sociales, apps y demás métodos de pseudocomunicación. No están condenados a trabajos forzados y tienen la suerte de tener un trabajo de 8 a 8 en Andersen Consulting -o como dios quiera que se llame ahora- e intercambian tarjetas de visita esmeriladas en reuniones encorbatadas como en American Pshyco.

            Puede ser que esté de más la comparación con los campos de exterminio. Al fin y al cabo, en el ranking de dolor, Auschwitz gana por goleada, porque en la foto, los ciudadanos del primer mundo no aparecemos con pijamas de rayas, ni con el torso atravesado de costillas salientes -dantescos códigos de barras-. Ni apilados en montañas de cadáveres. Pero en esa foto de familia de la rolliza aldea global, con demasiada frecuencia aparecen sombras, espectros, sonámbulos. Personas pseudovivientes que ni siquiera saben cuál es su dolor.
           
            Es verdad que de Auschwitz no se podía salir con vida. Pero del líquido amniótico tóxico en el que nos encontramos, tampoco se puede salir, ni se puede vivir. Nuestro compañero Rafael respondía el otro día a la canción de las políticas inclusivas que nos bendicen: son tan benévolamente inclusivas, que uno no se puede excluir... Pues bien, aparentemente libres, aparentemente ricos, aparentemente sostenibles, aparentemente amparados por las leyes. Y, sin embargo, la sensación de muerte se cuela sorda, como la peste, invisible. En forma de hastío, de miedo, de máscaras.

            Y como en el top ten del dolor, decíamos, gana Auschwitz por goleada, como no se puede imaginar nada más terrible, corremos el riesgo de pensar que nuestro mundo no es tan malo. Y el show de Truman se emite diariamente para recordarnos que de nuestras "little boxes" higiénicas, de nuestros dúplex y adosados no hay que querer huir, para que olvidemos que nuestras "cámaras de gas" no nos fumigan de golpe, sino que van soltando el tóxico lentamente. Los efluvios no matan inmediatamente. Pero cuando llega la muerte, cuando un espejo nos devuelve la imagen del zombie, del sonámbulo desorientado e inconsciente, podemos descubrir que nos estaban envenenando. Y si los alemanes biempensantes y cómplices veían aquel peculiar humo salir de las chimeneas de los hornos crematorios y notaban un hedor extraño y mareante, nosotros también sentimos un aire irrespirable, una opresión sorda, una dolencia insidiosa pero inespecífica a la que no logramos poner nombre. Así que preferimos, como ellos, ignorarla. Ponernos de perfil, olvidar su pertinaz permanencia.

            Por eso, el lenguaje, nosotros, hemos de retorcernos para poner en palabras, para decir "Auschwitz" con horror. La poesía debe gritar el horror de aquellos lugares. Y nosotros hemos de usar esa poesía para que se haga cargo del dolor de aquellos barracones. Y también, ahora, del nuestro. Porque el mal que se condensaba en aquellos lugares (no se me rasguen las vestiduras) no es tan diferente. El radical desprecio por la vida, por el otro, que llevó a aquel exterminio concentrado y monstruoso no está tan lejos del nuestro. La racionalidad de Auschwitz, que la tiene, no nos es ¿aún? ajena.
           
            Ahí está el peligro de Auschwitz en todo su esplendor. Fue tan horrible, que a su lado todas las demás formas del mal palidecen. Así que, por un perverso mecanismo, nos convertimos en seres más o menos agradecidos porque aquellos campos de exterminio ya no son para nosotros, ni en calidad de víctimas, ni en calidad de verdugos. Por eso se convierten los viejos barracones en un parque temático, como todos sabemos; para poderlo consumir con la naturalidad con la que consumimos un escaparate de Nike. Y así creemos haber exorcizado el holocausto. Necesitábamos hacerlo.
           
            Pero ese proceso tiene un peliagudo revés. ¿Sin querer? lo alejamos, lo recluimos en los anales de un horror que no nos pertenece y, si nos hacemos cargo de él, lo hacemos con las gafas de mirar al pasado, a una historia superada. Y aunque es verdad que a Arendt se le helaba la sangre cuando encontró en los criminales nazis unos tipos medianamente normales, y hasta "presentables", sin cuernos, ni tridentes, necesitamos pensar que algo les separa, que algo les diferencia esencial y radicalmente de nosotros. La sociedad, hemos dicho mil veces, aleja el dolor y la muerte, los evacua de inmediato para negarlos. Y cuando no se pueden negar, se cubren de una pátina consumible. A saber: el dolor cotidiano se coloca en las secciones de sucesos de nuestros informativos, perfectamente aisladitos de los acontecimientos de la sociedad, en un apartado que no contagie nuestra realidad para que sigamos confortablemente pensando que estamos seguros, que podemos seguir en paz con nuestra cerveza en una mano y la hipoteca recién firmada en la otra. Y así el mal extremo pertenece a los otros, lo ejecutan los otros y lo padecen también los otros. Pero en nuestras vidas cotidianas, en nuestros acolchados mundos, volvemos a escuchar que vivimos en el mejor de los mundos posibles y, para regocijo y tranquilidad general, no somos ni la mitad de malos que los nazis.
           
            Nos ofrecen estadísticas impecables de power point para que no rechistemos. Finalmente son "hechos", "datos" irrevocables: somos más ricos que ayer, hasta los pobres son más ricos que ayer. Hay menos dolor, nos cuentan en Ávila, porque sacan la báscula de calcular el dolor y les sale un "arrojante" total con menos ceros. ¡Yupi! Así que no se quejen, o mejor, ni lo piensen. Pero si podría ser peor..., ¿no lo recuerdan? Y como la trampa del pensar está preciosamente construida (¿quién no va a firmar que nada hay peor que aquel genocidio? ¿O es usted un insensible?) Pues eso, lo dicho, disfruten de sus derechos (humanos y de los otros), de sus parlamentos (pero no se acerquen a ellos que sacamos a los geos), de sus centros comerciales y de sus televisores de plasma. Y disfruten también, y aquí está la gracia que más terroríficamente nos concierne, de sus pesados juicios, de sus intolerancias cotidianas, de sus faltas de amor, de sus agresividades punzantes, de sus pequeños terrorismos de alcoba y mesa camilla porque sus chimeneas del pensar y del vivir llevan años sin deshollinar, pero...peccata minuta al lado de las cámaras de gas. ¿Cierto? Mmmm...

            Y su democracia es buena, créanlo...¿o es que acaso prefieren la dictadura? Y claro, el fantasma de Franco -&Cia- está ahí disponible para sacarlo a pasear para asustar a los niños que somos, eficaz como el coco. Bienvenidos al síndrome de Estocolmo.

            Pero ocurre que no hay mal común sin mal individual y viceversa. En el curso de Ávila se nos ha proporcionado estos días inventarios de las posibles formas de relación con el otro. De lo necesaria e insoportable que resulta la mirada del otro, la irremediable soledad de nuestro cógito y de nuestra piel, la imposible apropiación total de ese que me mira y lo insoportable de su grito callado. Nos cuentan cómo Camus pintó al extranjero, cínico absoluto por ser poco cómplice del silencio orquestado. El extranjero se escapa, escurridizo. No se compromete con nada ni con nadie. Es el más terroríficamente lúcido, inhumano.
           
            ¿Y qué nos queda? Se preguntaba Chema, quizá todos. Porque los repertorios del mal parecen infinitos. Y lo siguen siendo porque hasta cuando pensamos el mal, o el dolor, pintamos a la perfección sus líneas de fuerza, sus estrategias, sus personajes...y otra vez los alejamos. No exploramos nuestras cuotas de dolor porque las depositamos en los otros. Si algo sobra son chivos expiatorios. Y, por si fuera poco, somos incapaces de unir nuestras fuerzas y construir para nosotros una racionalidad que nos aleje, mínimamente, de esa complicidad mortal.

             Los inventarios del mal están correctísimamente trazados desde su lógica interna, desde la dialéctica más perversa, desde el modo del juicio diagnóstico que renueva la lucha verdadero/falso, yo/el otro, como nos recordaba el miércoles Rafael. Suena a perogrullo, o quizá a sermón de la montaña, pero el olvido del ser que diagnosticaba Heidegger, es un olvido de consecuencias crueles. El dolor de los campos de concentración está siendo perpetuado incluso desde la filosofía. Porque hoy también tenemos víctimas a las que mirar a los ojos y no lo soportamos porque están demasiado cercanas. Con una mano describimos los repertorios del dolor, los dispositivos de su exorcismo en la tragedia ática, sus causas, sus agentes, las historias de los indios cristianizados, y con la otra se aparta al otro -que está vivo a nuestro lado- pero que, maldito, no se ha dejado deglutir. Ni cesamos en nuestro deseo caníbal de hacerlo.

            Pero podría ser peor. Y nos vamos a dormir tranquilos: Auswitzch (y otros miles de lugares del dolor petrificado) nos escandaliza y además nos proporciona el personaje conceptual del mal en estado puro. Está acotado. Narra a la perfección el peor de los escenarios de relación con el otro. Y cuando acabamos de decirlo, de diagnosticarlo, de diseccionar la infamia, olvidamos que no podemos mirarnos al espejo. Olvidamos que desde nuestra atalaya de cabezas pensantes, con frecuencia ni nos hacemos cargo del dolor del otro ni generamos nuevos modos que lo hagan imposible. Y es que somos lúcidos, a veces hasta brillantes en nuestro razonar pero cobardes, complacientes y arrogantes, recién duchados y oliendo a Nenuco, rara vez nos atrevemos a mirar en nuestras alcantarillas, en nuestras víctimas.

            Pero, es verdad, todavía no estamos muertos. Todavía podemos intentar huir, pensar, vivir. Reconocer el síndrome de Estocolmo y hacerlo saltar en pedazos. Acallar el discurso de los que oprimen sutilmente, silenciando con sus armas políticas, filosóficas y vitales cualquier otra posibilidad de aire respirable y susceptible de ser compartido. Todavía podemos hacer poesía con el agua al cuello para poder bailar, ligeros, aunque sólo sea una vez más, el vals de las flores, el de las olas o el de las mariposas. ¿No?


jueves, 24 de septiembre de 2015

Sesión de Amanda Núñez “Cuerpo, anomal y escritura” (Cuerpo/escritura/lectura a partir de Mil Mesetas) en la Casa del lector.

Un cuerpo junto a otro, un cuerpo frente a otro, un cuerpo sobre otro y para otro, un cuerpo en otro, un cuerpo de otro, no podrían asumirse sin confusión como cuerpos que leen, son leídos y también, en ocasiones, manifiestan su propia e irreductible ilegibilidad, si la apertura del intervalo de legibilidad/ilegibilidad de las configuraciones corporales de confrontación y apropiación posicionadas en el borde de las unidades relacionales del uno y el otro de los cuerpos, es decir, la corporalidad, no deviniese abierta creativamente en lo anomal.

Devenir animal, devenir mujer, devenir. Dar lugar al modo de relación en pluralidad de la banda y la manada. Y no dejar de ser minoría no-cuantitativa. ¿Posicionarse en la arruga y el pliegue?, ¿ansiar el corte, lo áspero y el desgarro? No. ¿Ampliar entonces el espectro base de de-cisión?, ¿incluir más? Desde luego tampoco. Ni converger, ni diverger, ni unirse, ni separarse, sino, más bien, respectivizar la diferencia soberana desde la transformación diferencial. Crear en la linde de la de-cisión ético-política. Conservar exponenciando los lenguajes creativos-artísticos.

Pero despacio, primero miremos cara a cara a los paradigmas míticos que realizan nuestras culturas en torno al cuerpo. Situémoslos tal y como son para que no vuelvan a ser tal. Comencemos con la rostridad y sus paisajes. No faltan herramientas, estrategias ni dispositivos comprensivos. Sólo es necesario leer pues pertenecemos ya a una tradición que desea pensar de otro modo.


Pues si un cuerpo no es mercancía, ¿qué es un cuerpo?, ¿cómo son los cuerpos?, ¿en qué medida aquello no reducible a cuerpo sin embargo sí se conecta de algún modo con ellos? Vayamos viéndolo...

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jueves, 19 de marzo de 2015

Grabación sesión sobre Ecofeminismos. Febrero de 2015 con Yayo Herrero

Tuvimos el placer de contar con Yayo Herrero en una de nuestras sesiones sobre Ecofeminismo en febrero de 2015. Aquí tienes disponible la grabación de las intervenciones.  Sube el volumen de tus altavoces!!

Parte 1:



Parte 2:


Parte 3:



domingo, 15 de febrero de 2015

Calibán y la bruja | Lectura colectiva - Viernes #27F 18:00 Lavapiés

El viernes, 27 de febrero, a las 18:00, en el centro dela UNED en C\Argumosa, nº3, Aula B en Lavapiés, vamos a leer y comentar colectivamente el libro "Calibán y la Bruja" de Silvia Federici. Puedes bajarlo en el siguiente link: http://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Caliban%20y%20la%20bruja-TdS.pdf



Nos vamos a centrar en los siguiente capítulos:
 
1- El mundo entero necesita una sacudida. Los movimientos sociales y la crisis política en la Europa medieval.
a) Introducción. 33-35
b) Las mujeres y la herejía. 64-68
c) La política sexual, el surgimiento del Estado y la contrarrevolución. 78-83

2- La acumulación de trabajo y la degradación de las mujeres. La construcción de la «diferencia» en la «transición al capitalismo»
a) Introducción. 85-90
b) La privatización de la tierra en Europa, producción de escasez y separación de la producción respecto de la reproducción. 110-113 (no entero)
c) La devaluación del trabajo femenino. 141-147
d) Las mujeres como nuevos bienes comunes y como sustituto de las tierras perdidas. 147-148.
e) El patriarcado del salario. 148-152
f) La domesticación de las mujeres y la redefinición de la feminidad y la masculinidad: las mujeres como los salvajes de Europa. 152-157.
g) El capitalismo y la división sexual del trabajo. 176-177.

3- El Gran Calibán. La lucha contra el cuerpo rebelde. 179-218

4- La gran caza de brujas en Europa.
a) Introducción. 219-223.
b) Las épocas de la quema de brujas y la iniciativa estatal. 223-231
c) La caza de brujas, la caza de mujeres y la acumulación del trabajo. 246-257.
d) La caza de brujas y la supremacía masculina: la domesticación de las mujeres. 257-264
e) La bruja, la curandera y el nacimiento de la ciencia moderna. 275-284.

5- Colonización y cristianización. Calibán y las brujas en el nuevo mundo.
a) Mujeres y brujas en América. 304-308.
b) La caza de brujas y la globalización. 314-317.

Te esperamos!!

lunes, 2 de febrero de 2015

Convocatoria: Ecofeminismos - Viernes, #6F en Lavapiés | Jornadas Feministas

EcoFeminismos: Viernes, 6 de Febrero 18:00 en C/ Argumosa nº 3, Aula B
Ponente: Yayo Herrero                                    
Organiza: Faro Crítico

Acude y difunde!!


miércoles, 21 de enero de 2015

Capítulo vigésimo de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Díaz Arroyo - El Faro Crítico

I
A Rodrigo, que estaba, pero no hablaba, en casa, y hablaba, pero no estaba, en la calle, se le planteó que el único modo de sacar la basura de su hogar era cambiarse de casa de vez en cuando. La calle, las palabras, la casa y el estar. También Rodrigo, que no podía dejar de sostener el entramado imaginativo, a pesar de ya barruntar que el paso a un nuevo hogar pasaba por aprender nuevos modos de cultivar la planta de la menta, circulaba entre debilísimas marismas contrapuestas. “A esta alturas de otoño ya no quedan hojas, sólo unos pocos tallos y las raíces que no se ven…”, se decía sin enunciar Rodrigo, pero como el batido de vainilla con una pizca de menta era su preferido y no quería para nada cambiar de sabor continuaba con el automatismo que le conducía a rebuscar alternativas para la conservación de la preciada hierba. “Congelada, seca, o…” e inmediatamente el ruidillo del microondas colaboraba en la desanimada conversación “…en aceite esencial…”. Un pitido avisaba entonces del final del ruido de fondo y por fin la boca se abría (daba igual, seguía sin haber palabras), estuviese ya el almuerzo caliente o no.
Al menos Rodrigo tenía bien claras algunas cosas. El nuevo idiolecto a aprender, el nuevo modo de cultivar, pensaría ante todo en y con los codos. Insensibles y con grietas, perfectos para rascarse los ojos y comprobar si aquello que se veía era cierto o no, geniales para quitarse el pesado sudor de la frente. Un idioma, en definitiva, que sólo podía ser escrito si ya se leía con otros en la escritura, eso sí, independientemente de que uno escribiera con la mano, con los pies o con los codos mismos.
Rodrigo, que pretendía evitar ante todo quemarse en la punta de los dedos (el que más le importaba era el dedo "corazón"), tomó definitivamente el plato con los codos. No estaba demasiado caliente pero sopló un par de veces. A esa distancia la comida, un poco de arroz con puerros y pollo, empezaba a parecer casi cualquier cosa. Con tanta cercanía la vista fallaba. Y por ahí había que empezar. Si bien el hecho de que la pérdida de la hegemonía visual que exigía esa distancia no permitiera distinguir el puerro del pedazo de pollo era muy diferente a tratar de deshegemonizar la visión como apertura, uso y redistribución del resto de sentidos, cada uno con sus diferenciaciones propias. "No, puré, no..." se repitió y dejó el plato sobre la mesita de la cocina. Finalmente llevado por el hambre tomó cubiertos en mano y empezó a comer. Aunque, eso sí, mientras tanto, continuó practicando el nuevo idioma. Gimnasia para los ojos.
De todos los trazados que sus ojos recorrieron (cruz, gran X, una espiral y un cuadrado) mientras comía, el único que no pudo recorrer porque ya estaba en ello, es decir, el único trazado que no recorrió en aquella ocasión porque exclusivamente lo podía recorrer él solo (sus ojos como "parte" de él, su cuerpo) y ya lo estaba recorriendo hiciera el trazado que hiciera (pues el círculo y el punto se confundían mutuamente en círculo-punto impensable/absurdo en cuanto se trataba, a la vez, del círculo máximamente pequeño (mínimamente grande) y del punto máximamente grande (mínimamente pequeño), componible entonces al absurdo con cualquier figura "extensa"), era el círculo. "Donde van los ojos, va el cuerpo...", se dijo y continuó abriendo ventanas-de su cuerpo. Al menos con el tiempo que eso requería para alguien poco acostumbrado, y desde luego Rodrigo no lo estaba mucho, el resto de tareas parecían demasiado ligeras. Sobre todo las que tenían que ver con la gestión de los antiguos lenguajes de otros. Por ponerse algún ejemplo de lo difícil que era deshacerse de ellos ante la enorme extrañeza que suponía todo aquello para él, tomó un folio en blanco y comenzó a hacer balance de ingresos y gastos. Mes a mes, con los cuatro últimos, no tardó demasiado en concluir que necesitaba ingresos extras para llevar a cabo la mudanza.
La carta de Juana estaba también sobre la mesa, cerca del folio lleno de números enormes y tachones que terminó arrojando con desgana. Un papel junto a otro. No se rechazaban en absoluto, pero Juana y Rodrigo sí. Hacía tiempo que no se veían ni se sabían, desde su despedida en la calle Donoso. Y ahora, por qué no pues había recordado su libertad con la carta cerrada de Juana, podía volver a saber de ella sin demasiada pena. Saber, querer, pensar, desear de o sobre Juana, no era algo que motivara a Rodrigo a abrir la carta, pero tal vez sí aquello le podría entretener lo suficiente para alejarse del problema de la financiación y, tras ese entretén, poder volver a él con alguna nueva solución que permitiera la mudanza. "Querido mío, dentro de poco moriré, mi proteonoma no da para más, nada que hacer..." era la primera línea que Rodrigo leyó en el escueto texto de la carta, y lo siguiente que venía dejaba bien a las claras que la unificación de los problemas y las soluciones de Rodrigo pasaba por allí. Su amiga, en principio ya difunta, legaba su vivienda de Donoso a Rodrigo. Aunque el hecho de que los problemas y las soluciones se unificaran no los eliminaba, sólo hacía que de un golpe, en la misma raíz visible y de nuevo circular, residieran ambos. El círculo hacía tres recorridos distintos aunque siempre pasara por un mismo punto monetario: pedir un préstamo bancario para, con ese dinero, atracar un banco y así, finalmente, obtener fondos para la mudanza a la casa de Juana.
Sin demasiada preparación, poco más que lavarse la cara y los dientes, Rodrigo se dirigió a la corporación nacional bancaria que gestionaba sus ingresos. No estaba lejos. Únicamente tuvo que cruzar la esquina de su calle y se topó con una esfera de números entretejida con zarzas que, anclada en el suelo y justo delante de la puerta de entrada, andamiaba la fachada del banco. No esperó demasiada cola. Enseguida un interventor le recibió en su despacho.
- Buenos días, Rodrigo Jiménez del Corral, ¿verdad?
- Así es, buenos días.
- Veo en su informe que desea pedir un préstamo personal.
- Sí.
- Lo que no especifica su informe es qué hará usted con el dinero que le dejaremos...
- No, bueno...
- Además, sus ingresos son muy escasos, si nos tuviera que devolver el préstamo únicamente en base a sus ingresos tardaría años... y eso si usted no gastara nada más, si no comiera en ese tiempo, necesitase ropa, o vivienda... por cierto dígame, ¿tiene alguna vivienda en propiedad?
- No, justamente dentro de poco pretendo mudarme a una vivienda familiar.
- En su informe no dice nada de eso. Pero tranquilo, no tiene que darme explicaciones.
- ...
- Dígame, ¿tiene otra fuente de ingresos a parte de los declarados?
- No.
- Es decir, que la garantía efectiva de devolución del préstamo giraría en torno al éxito de la empresa que usted comenzaría con el préstamo. Exclusivamente de eso, ¿me confundo?
- No se confunde, es así.
- Bueno, esto es lo que siempre hemos llamado un préstamo de altísimo riesgo, vieja receta... mire, actualmente la corporación de gobierno está facilitando de nuevo estos préstamos a bajísimo interés sobre todo para nuevos emprendedores, quizá no tanto para gastos directos en consumo. Es una prueba, pero usted ha llegado en el momento justo.
- Ah, vaya...
- Ya sabe, movilizar el movimiento de la pequeña economía… es como dar otro giro de tuerca a las estructuras intermedias… son las mismas empresas… empresas comprometidas con la gente porque hay gente detrás que vive en, por y para la empresa... gente que cuida de la gente, ¡no hay mayor garantía!, y nuestra labor, como banca nacionalizada, ya no es requerir como aval viviendas o propiedades privadas. El único aval que nos sirve es su vida... o lo que quede de ella… el que usted quiera compartir su vida con nosotros, con la corporación... flexi-emprendedores totales... sí, "flexi-emprendedores radicales por el bien de todos, si usted quiere" creo que será el lema de la campaña publicitaria que comenzará el ministerio en breve. Una vuelta a los pequeños préstamos de confianza, como en familia...
- Claro... bueno si quiere le puedo detallar en qué emplearé el préstamo...
- No, no, tranquilo, nos encantan las sorpresas. Lo único que necesitamos saber es lo siguiente: con el dinero que le dejaremos, ¿usted llevará a cabo una actividad que le permitirá devolver el dinero que le prestemos?
- Sí, claro.
- Perfecto, ya está, no necesitamos saber más. Las condiciones del préstamo se explicitan en este documento. Lea usted mientras yo cumplimento este formulario, y si está de acuerdo firme abajo, en poco más de dos horas tendrá la cantidad acordada en su cuenta.
Y no una hora sino cuarenta y cinco minutos fue el tiempo que tardó el móvil de Rodrigo en avisarle de la transferencia. Para entonces Rodrigo ya había escogido una pistola de agua de gran calibre y una máscara (de batman) de gran calidad que, ya de paso, también fuese aprovechable para carnavales. Lo siguiente fue llenar la despensa (con el estómago lleno se atraca mejor) y elegir qué corporación bancaria sería la protagonista del hurto.


II
Cuando Rodrigo y Juana se separaron frente al creciente rubor del hombrecillo del semáforo que marcaba el pulso de la calle Donoso, ninguno de ellos se preocupó porque el hombrecillo no tuviera cuerpo ni figura definidas, sólo sonido y color. Muchas lágrimas habían sido vertidas en la cercanía (ay pobre mí, pobre de tí, pobre de nosotros y pobre del mundo, pobre mundo) como entrante exquisito que ambos hubieran reservado para esa ocasión de tintineos. El sonido de fondo de la escena era una grabación del "pío-pío" de un pájaro sin pico que únicamente se podía encontrar en esa casa-cuartel de alambres fundidos y coloreados de campaña, y el color (con mínima forma) era la composición en una cambiante figura cada veinte segundos (el semáforo se encontraba en el tramo de la calle de mayor amplitud) de particiones regulares básicas ya no descomponibles en otras.
Como a pesar de que el cambio era triple (de canto/silencio, de colores y de movimiento de la figura no definida), el único cambio con movimiento pero sin tránsito era el cambio que acompañaba estrictamente al cambio de color del semáforo, es decir, la torna de la posición relativa de una de las figuras inferiores y otra de las superiores del hombrecillo siempre sobre fondo negro (color de gala, pajarillo de noche); el extraño pajarillo alado se ponía a cantar y los andantes pajareaban como el que más. De manera que la relatividad del cambio sin tránsito era tanto entre las partes componibles del hombrecillo de colores y sin figura como entre esas mismas partes y el fondo negro. Reciprotividad simultánea y fondo negro. El fondo negro también se movía y marcaba el paso. Acompañaba y suponía a los viandantes de al lado, no ya visibles sobre él sino más bien insensibles a cambiar de dirección mientras cruzaban la calle.
En aquella remota ocasión Rodrigo se quedó quieto mientras veía alejarse lentamente a Juana. Su paso decidido y lento hizo que la despedida visual durase cinco minutos: un minuto fue lo que tardó el semáforo en ponerse de nuevo en verde, otro lo que tardó Juana en cruzar la calle y otros tres ocupó perderla de vista tras el muro empedrado de su bloque. "Ya está, se acabó..." se decía Rodrigo, "...ella será feliz y yo... y yo..., ya sé lo que pasaría si sigo con ella... después de todo fue ella la que quiso que nos dejásemos de ver...". E inmediatamente, pero sólo porque ello ya regía, se sintió libre. Presintió cada parte de su cuerpo así: podía tener y tenía impresiones de cualquier rincón corporal antes de saber qué rincón era o dónde se encontraba. Conocía su cuerpo perfectamente porque lo sentía ("lo", como algo ahí) y no podía sentirlo sin que algo de fuera entrara en contacto con él. Cinco dedos eran una mano. Mano, muñeca, antebrazo, contrabrazo, codo y hombro, una extremidad. Y de allí no pasaba, del extremo de un brazo (hasta donde alcanzara la mano, eso sí, todo envuelto para regalo en piel). Así tenía la seguridad de conocer perfectamente todo lo de alrededor. Poco le sorprendía. Y eso que el asunto ocurría sólo porque conocía su cuerpo sobre el fondo negro y el fondo negro confundía a favor de la confusión su propio cuerpo con lo que se le aproximaba. Si probaba el sofrito que estaba preparando y se había pasado ligeramente de sal, él, entre otras cosas, era sofrito, él, sobre otras cosas, era sal. Lo similar pasaba con los rayos de sol. Con ciertas diferencias de grado entre días y estaciones, Rodrigo presentía que el calor del sol de un día de sol le calentaría. No predecía, ni calculaba, ni vaticinaba. Sentía frío y sin más el calor venía mediante los rayos del sol antes de darse cuenta de que el día era soleado.
Por otro lado, aquello atrapado por el toque de su mano (luz, sofrito, etc) tampoco se superyugaba sin más. Quería y no quería ser tocado por sus dedos. Sin contradicción, ¿cómo podría ser de otro modo si ni tan siquiera había tránsito alguno del fondo negro a lo interpuesto en ello? Así, sin voluntad predeterminada propia ni ajena, ni deseo de ningún tipo (deseable) su cuerpo se situaba en una concatenación de hechos aislados y encontrados concatenadamente ya por el fondo negro repetitivo en el cual estaba. El fondo negro era libertad, el libre encuentro y la llamada siempre dispuesta a toparse con el acople perfecto (es decir, no con cualquiera, sino con aquel acople ya condicionado por la repetición dada del "lo") de su cuerpo y el de afuera.
Bella amalgama de recortes conjuntados en la que sus palabras se esparcían in-discriminadamente por aquí y por allá. De nuevo, tan bello como estúpido. Barra libre de memoria personal en la que en muy pocas ocasiones, como recuerdo primigenio y matriz de su libertad, se emboscaba a sí mismo en la vuelta al día en que conoció a Juana.
En esas ocasiones el relato que guiaba su recuerdo se fijaba como diálogo en el que uno de los dos que dialogaban, Juana, no intervenía pues se hallaba en un segundo plano lejano, pero en una lejanía suficientemente visible (no lejana) como para esperar en todo momento su participación y acercamiento e incluso (tan alto era su lejano pedestal), para constar que sin esa participación nunca completa del todo no hubiese habido ni tan siquiera diálogo como recuerdo del relato de ambos. A esa media distancia equilibradamente externa al diálogo, Juana se convertía en un espectador cautivo de la historia, siempre se la esperaba y nunca podía llegar. Siempre su paso atrás se dibujaba como disipación atmosférica (de nuevo fondo negro). Paisaje ornamental en que Rodrigo podía recrear libre y cómodamente el primer momento en que probó el batido de vainilla con menta.


III
Un grupo de cebras salvajes había tomado parte del centro de la ciudad. Eran salvajes pero recatadas. No ocupaban demasiado y mugían moderadamente canciones protesta. Sólo cuando los agentes de la ordenacion estatal rodearon a los animales para que no ocuparan el cercano acceso a una calle peatonal y muy comercial, comenzaron a gritar como si una tropa de leones les emboscara en un desfiladero en el que sólo pudieran pasar de una en una. Todo muy pacífico. Al menos lo suficiente para que Rodrigo pudiera pasar cerca, escucharlas, rozar sus cuerpos (los cuerpos de una de ellas) y continuar su camino a la panadería.
Primero Rodrigo había pensado ir a la harinera de Pedro, pero vista la hora y ya que necesitaba sí, sí o sí pan, decidió ir a la tienda de "Pichi", aunque estuviese bastante más lejos. Andaba rumiando justamente el camino más corto para llegar cuando una pequeña cebra huida del cerco policial chocó con él (ocico con pierna derecha). Lo poco que cruzaron antes de que la cebra saliera pintado fue un pasquín y en un único sentido, de la cebra a Rodrigo. Sin vuelta. En los papeles, muy en grande, se presentaban unos caracteres que venían a decir algo así: " SÍ Y NO ES NO. NO A LA CLONACIÓN DE ÓRGANOS EXCLUSIVAMENTE PARA TRASPLANTES DE MASCOTAS. LOS ANIMALES SALVAJES TAMBIÉN TENEMOS DERECHOS, SI TODOS SOMOS ANIMALES, ¿QUIÉN CUIDA DE MI CORAZÓN?, SI COMO, CORRO Y PUEDO DAR CARIÑO COMO EL PERRO DE TU VECINA, ¿POR QUÉ MIS PRÓTESIS NO SE AUTOREGENERAN...?". Y aunque Rodrigo guardó los papeles en un bolsillo continuó encaminado sin mucha turbación hacia la panadería.
En la panadería, sin Pichi, el personal comentaba el frío que hacía en la calle. Tal vez porque Rodrigo estaba también muy congelado, apenas dijo nada, lo mínimo para comprar un kilo de harina y un poco de levadura. O tal vez no se detuvo mucho tiempo en la tienda pues ya estaba bien seguro de que los comentarios sobre el clima apenas hacen que la temperatura y la metereología cambien. Como fuese, no tuvo que ir muy lejos para enfriarse por dentro y así asumir conservando el frío de fuera. Junto a la tienda de "Pichi" había una heladería y Rodrigo, tras comprobar con buena alegría el horario, entró de inmediato. "Qué suerte, no falta mucho para que echen el cierre..." afirmó con un golpe a la puerta y no esperó a que la muchedumbre que esperaba para elegir sabor se decidiera. Simplemente se abrió paso hasta el mostrador. "Mmmm... no sé bien qué tomar..." masculló y empleó mucho menos tiempo en echar un vistazo al abanico tremendamente colorido de helados y batidos de sabores ofrecidos por el mostrador que a las mesas sin ocupar en las que podría degustar su opción.
Con el vaso de tubo lleno hasta casi rebosar de mezcla de leche semidesnatada, helado de vainilla y un poco de menta, se sentó en un taburete orientado hacia el exterior, muy cerca del interior del escaparate. La acera y las zonas de paso estaban bastantes desiertas. Rodrigo, sin embargo, se fijó bien en la única persona que deambulaba por la calle. Aunque enseguida un toque por la espalda le obligó a volver a su batido. "Disculpe usted, ¿puedo sentarme?", fue lo que una voz audiblemente anciana masculló justo a la vez del toque. El aspecto de la señora acompañaba su sonido. Una mujer alta, aunque ya curvada, de piel limpia, pero aparentemente muy arrugada, fue lo que en un primer momento la mirada de Rodrigo sondeó. "Tendrá unos ciento cincuenta años..." pensó y su atención terminó de recorrer el rostro orientándose a su pelo blanco, para nada prístino, que se mezclaba con mechones de colores más cálidos.
Para cuando su curiosidad visual quedó saciada la anciana ya se encontraba sentada a su lado con una buena cucharada de helado de chocolate en la boca.
- Mmmm... me encanta esta heladería, hacen los helados como en ningún sitio.
- Sí, los batidos también están riquísimos.
- Vengo todos los martes desde hace más de cincuenta años, ¡y siguen sabiendo igual que el primer día! Tú... tú no vienes mucho por aquí, ¿verdad? tu cara me quiere sonar pero creo que no te había visto antes... siento no poder enfocarte mejor, esta lente intraocular multifocal no termina de funcionar bien...
- No, no, creo que es la tercera vez que vengo.
- Claro, ya decía yo... creo que he visto a otros como tú por aquí pero no eras tú.
- ¿Otros como yo?
- Sí, sois tantos... me refiero a jovenzuelos solitarios con ese aire de despreocupación por el mundo... parece que la depresión constante está de moda y para nada reñido con la algaravía grupal y la actividad más visceral, no paráis...
- Bueno...
- Por favor, disculpa mis prejuicios... sólo quería decir que se suele llamar descanso a la desconexión depresiva de la actividad frenética en la que estamos sumidos... hacer, hacer y hacer... y por supuesto no pretendía decir que a ti te ocurriese... no te pretendía ofender, pero la edad en ocasiones permite hacer juicios un poco ligeros...
- Nada, nada, tranquila, seguro que algo de razón tiene... disculpe, ¿y cómo es su nombre?
- Juana... por favor tutéame, no me llames señora Juana ni doña Juana, me pones años y ya me los pongo yo solita...
- Perfecto Juana..., ¿entonces sí que vienes mucho por aquí?
- Sí, cada vez más... mis rutinas cada vez se aferran más a este sitio... es curioso...
- ¿Mmmm?
- Me refiero a todo lo que vengo aquí...
- Bueno, todos tenemos nuestras pequeñas manías y obsesiones, ¿sabes que cuando me ducho siempre primero me enjabono la cabeza y luego el cuerpo...?
- Guau... vaya, lo tuyo no tiene nombre, pobre cuerpo el tuyo... y esa cabeza separada... uy... bueno, verás, es que los martes vengo aquí, pero no por costumbre. No es como cuando nos acostumbramos a algo, integramos situaciones a nuestra rutina para formar hábito...
- Tengamos la edad que tengamos, si algo nos va bien...
- Qué gracioso, eso dice mi médico... verás es que últimamente, los últimos veinte o treinta años... desde que cumplí los ciento veinte, creo... las rutinas dejan de estar formándose en(e)migo por repetición de actos encontrados... resulta que es mi rutina la que busca otras rutinas, soy buscadora de costumbres, una rutina que busca otras, la parte que no pongo yo de los actos trans-individuales a incluir ya no está por ahí esperando mi acercamiento ciego u orientado por placer individual mío (puro respeto), ya no soy una burbuja de espuma estallada que no quiere volver al mar tras chocarse con un acantilado rugoso y percibir que nunca se alejó de él (de la mar). Fíjate... dudo incluso que un martes que no pudiera venir aquí, no sé... porque fuese temporada de recogida o algo así... dudo que ese martes este lugar tan siquiera estuviera aquí.
- Bueno, si tienes dudas podemos preguntar los horarios de la heladería...
- Je, ji (la risa de Juana sonaba como se escribía)... ¡cómo eres!, dime... tú nombre es...
- Rodrigo.
- ¡Qué bonito!, y dime Rodrigo, ¿te has enamorado últimamente?
- ¿Perdón?
- No fingas, me has escuchado…
- No, bueno, no sé, entonces supongo que no…
- Que no te has enamorado, dices…
- Juana, la pregunta es un poco pastelosa, ¿no?
- Por supuesto, estamos en una heladería, ¿qué esperabas?
- Ah, clar…
- ...
- ...ro...
- ¿Qué ocurre?
- … disculpa, me he despitado, ¿no te huele raro...?
- Uy, perdona, creo que tengo que ir al baño… es increíble lo que ha cambiado la neurociencia y la genética en los últimos 50 años, ¡¡y la ciencia del aparto digestivo sigue en el mismo punto que a finales del siglo pasado!!
La anciana se levantó y con un paso extraño, como con pasitos cortos pero en rica cadencia, caminó hasta el baño. Rodrigo bebió un poco más de su batido, ahora directamente del vaso. Echó una oída al murmullo del local y como ninguna conversación ajena le parecía interesante volvió a la acera y su vista. Enseguida llegó Juana. Rodrigo tardó en darse cuenta de su vuelta.
- Te has ido de nuevo y hace frío en la calle, ¿verdad?
- Sí... hace tanto frío fuera y mi cuerpo está caliente, por dentro y en la superficie. Es como si ese contraste enorme de temperaturas generase el vacío... sí, miraba a ese transehunte solitario, era yo mismo...
- Siempre uno cualquiera es yo mismo, así no se falla... pero tú eres mucho más hermoso que ese que ya no está...
- ¿Tú crees?
- Pues claro, si el vacío es el contraste, y siempre hay cuerpo y cuerpos... ¿puede haber algo más contrario a la soledad? A no ser que lo que te moleste es que haya demasiada distancia entre cuerpos, demasiado contraste de temperaturas...
- Ya, ya, la temperatura en el vacío absoluto es imposible...
- Claro... así que no queda otra que recibir el vacío de cuerpos, pero sin abarrotarlo, cada cuales con sus contrastes, diferentes temperaturas de contraste y vacío...
- ....eh...
- ¿mm...?
- ...perdona, pero estaba pensando lo que decías, da que pensar... eres muy sabia, eso lo da...
- ... ¿la edad?
- Sí, pero no quería ofender...
- No ofendes, todo lo contrario... a mis ciento cuarenta y siete años pocas cosas ofenden... es casi inversamente proporcional a lo de los prejuicios... pero sí que llama la atención la pena que suele levantar entre la gente eso de que uno muera cuando se llega al estado de plenitud de saber que se supone a la vejez...
- Y eso quien llegue...
- Mira, en los últimos treinta años se ha multiplicado por dos la esperaza de vida de los seritos humanos, ¿te parece que haya más sabiduría?, ¿más saber hacer por ahí?
- Desde luego que no.
- ¡Qué gran problema! Algo no va en la educación si tenemos que esperar en un tortuoso proceso acumulativo de conocimiento para tocar con los dedos las claves de la buena vida... toda una vida en su búsqueda, si hay suerte, con un hacer y hacer ciego que pretende buscarlo, poseerlo, conseguirlo y finalmente no hacerlo, ¡porque ya se es demasiado viejo o se está demasiado hastiado!
- Sí, en eso anda la transimisión creativa de conocimiento, el hacer intermedio no es ciego, ¿no?, tenemos las referencias de los que ya han pasado por ahí y nosotros las abrimos a los que vendrán...
- Ese es el cuento que se relata a los niños antes de apagar la luz para que participen del proceso sin rechistar... lo que no se cuenta es que el narra el cuento, el que decide si se pone o se quita la luz y añade temor a uno u otro caso, es justamente el mismo que no permite que el anciano pueda llegar a la senectud con vitalidad y fuerza de seguir viviendo, agotados... y además, ¿no te parece que si el saber es creativo-transmisivo y no sólo reproductivo esas referencias difícilmente podrían estar anudadas de antemano?
- Claro, ¡no sabes qué difícil es encontrar alguien al que el ensayo y error teledirigido también le agote!
- Yo también me emociono hablando y haciendo estas cosas... eres demasiado hermoso...
- ...
- Lo ves, incluso te sonrojas... pero no te quiero hacer sentir incómodo... sólo digo que es curioso que esto ocurra con más fuerza que nunca... el fracaso de la educación, de la gente más lista... el que en lugar de dar/recibir modos de anudar enseñemos tipos o tipologías de nudos en una cuerda ya tensada de principio a fin... y que esto ocurra justamente cuando la sanidad obtiene las más abrumadoras cotas de éxito...

Juana y Rodrigo terminaron pronto la conversación. También el batido y el helado. Uno de los camareros les recordó que el local estaba a punto de cerrar y se apresuraron a no dejar ni gota de sus consumiciones. Ni gota fuera, todo en la lengua, en el paladar y en los dientes. Pero que permaneciera allí, sin prisa para escaparse al estómago. Ambos se despidieron con una sonrisa fea, llena de manchas, y un "...a mí también me encantaría volver a verte... pronto... aunque ya sabemos que el tiempo es mucho más que una (UNA) vida...".
De vuelta a casa Rodrigo, entusiasmado como estaba, se detuvo frente a la estación norte de tren. La descuidada fachada de ladrillo visto y cemento llamaron su atención. "Con lo que suelo pasar por aquí y nunca me había fijado...", se decía y su atención saltó ahora a la cola de animales que esperaba frente a una de las taquillas. Había algunos perros (tal vez lobos), dos conejos, un gato, una rana y un pato que con bastante buen orden se enfilaban hacia la taquilla. Sólo una paloma y unos gorriones, que no paraban de revolotear a lo alto del hall de la estación, parecían pasar simplemente por allí. Un relámpago y un trueno simultáneos, incluso más que las primeras gotas sobre su cabeza, le invitaron definitivamente a entrar. Corrió para cruzar el umbral de la puerta que soportaba el letrero de "SALIDA", y sin más se puso en el último lugar de la cola. Inmediatamente alguien se colocó tras él.
Cuando Rodrigo se sacudió las pocas gotas de lluvia de su abrigo, el pato y la rana, que habían recibo la mayoría, gritaron de júbilo y salieron a la calle, hacia la lluvia. Pero alguien se quejó. "¿Quién habrá sido el damnificado?" pensó Rodrigo antes de darse la vuelta. Y enseguida comprobó que una chica con un abrigo muy largo y marrón (ligeramente moteado por gotas de lluvia ajenas) se avalanzó sobre él. "Rodrigo, ¡eres tú!, no te veía desde el instituto...", a lo que él sólo pudo contestar "...muy bien, ¿y tú?...", a pesar de que, ciertamente, no pudo reconocer a la joven. Tampoco, en lo que siguió de conversación, entendió ni una palabra. Sobretodo porque uno de los lobos discutía a voces con el gato en torno a si el billete reducido de familia numerosa era a partir de cuatro o cinco miembros en el núcleo familiar. Pero también porque la joven hablaba un idioma raro. Había palabras, aisladas y arbitrarias, que de repente Rodrigo entendía, pero enseguida perdía el hilo. Aunque la aguja del hilo, sí enhebrada aún sin costura continua, eran los gestos y movimientos de la chica. Ahí la ausencia de sentido en sus palabras se llenaba. Y Rodrigo continuó un ratito respondiendo de cuando en cuando con cabeza y muchos hombros. Casi hasta que el tren llegó.
A pesar de que el pitido de la locomotora rebosó toda conversación hasta secarla, Rodrigo tenía más o menos claro que la joven, esa supuesta amiga de su hermana en el instituto, colaboraba con los animales presentes en alguna tarea extremadamente vital. La protesta de las cebras se había extendido, y algunos animales humanizados (doblemente humanizados, triplemente estupidizados) habían abandonado a sus dueños para ir al frente y unirse a las concentraciones. La joven acompañaba a los animales para facilitar el que no ocurriera que por ejemplo alguno, suficientemente no familiarizado con los códigos alfanuméricos humanos, quisiera entrar en el baño de señoras siendo macho y viceversa.
Antes de que el tren partiera de nuevo y tras cerciorarse de dónde sería la concentración principal, Rodrigo buscó una cabina en la estación e hizo algunas videollamadas a amigos para comprobar si se unirían a las protestas. Todavía tuvo tiempo para montar en el tren antes de que partiera. No llevaba billete y el revisor, un señor algo cheposo, le invitó a bajarse en la próxima estación. Lo mismo ocurrió con el pato.


IV
Sí estaba. Al menos desde que nació. La floración regía la vida en el bloque de Emilio. Una vida organizada en diferentes registros de asentamiento y despliegue. El bloque era un ser vivo. La vida no-interna eran ruidos de fondo (para nada negro) y gemidos en la noche, también voces animales que se colaban por las débiles paredes entre los apartamentos no sólo a la hora de cocinar y notar que faltaba un poco de sal o aceite para el almuerzo y la comida (en la cena nunca faltaba nada). Y es que las paredes eran claves para que la comunicación visual se conjurase como insuficiente, para que la imagen de la figura todavía abierta del dibujo de un rostro no dijera más que la vibración compartida del oír/decir un susurro de muchos.
También la vida no-externa de los componentes del bloque se mantenía como si hubiera contornos sombreados fuera, tras las paredes. Aunque en ese caso los extranjeros no eran vecinos y solían formar parte del servicio de recogida de basuras o algún otro servicio municipal. Ahí, el ser vivo que componía y ocupaba el primero A, B y D, el segundo A, B y C y el tercero A, B y C, convertía el registro de salida en función metabólica. Excrecencia de la producción interna que obligaba a la salida hacia fuera de sí. No es que los forasteros al bloque fuesen basura, sino que la basura recién producida, es decir, todavía no abandonada como inútil (todavía no olía mal) era el único proceso en el que la ruta metabólica no-externa se abría sobre sí misma. Sin tiempo para decidir si aquello servía todavía o no para algo, la basura ya era requerida por la necesidad de algo externo que demandaba cabida en los ciclos del bloque porque el bloque ya modulaba sus ciclos de acuerdo a esa recogida largo tiempo cuidada por el hábito compartido. Por eso si una semana no había recogida de basuras el organismo no se envenenaba sin más. La costumbre nunca puede atentar contra la vida creativa. Y los residuos derivados del día a día de cada uno de los hogares saltaban de hogar en hogar, de pared entre pared, a suelo compartido. En consecuencia, las gentes que habitaban el bloque de Emilio hacían todavía mucha más vida en las zonas comunes, en el hall de entrada y en el patio central a todas las casas, cuando no funcionaba el sistema externo de recogida basuras. En esas circunstancias el ser vivo residía en un estar de conservación y crecimiento pleno, en su máximo esplendor en los atardeceres y mañanas de lluvia en las que el agua tocaba el suelo sin techo del patio central del bloque. Y si había algo que lo evitaba, al ser vivo le salía una cana y la basura empezaba a oler mal, se respirase como se respirase.
Pero un día ocurrió que alguien nuevo se mudó al bloque. Lo que no era raro es que con esa mudanza tuviera que mudar el bloque entero. Eso lo vivían y sabían cada soberano órgano del ser vivo. También Emilio. Lo extraño de esa mudanza fue que el cambio inducido no fuese proclamado únicamente desde dentro sin cerrarse a los afueras posibles sino que hubiera una solicitud interna y formal por carta tanto a los habitantes del bloque como a los habitantes del bloque que estaban por venir. La señora Gutierrez Rivera (Juana), viuda desde casi su nacimiento, en sus últimos días y sabedora de que eran sus últimos días, escribió una carta abierta a sus vecinos en los que anunciaba que en unos pocos días dejaría de vivir. La carta empezaba con un solemne "Queridos amigos y vecinos del 27 de la Calle Cuesta de la Picota..." pero como la anciana (tan anciana era, unos doscientos años, que ya no tenían mucho sentido las distinciones de género) últimamente era un apéndice anclado a una estructura ósea fijada a su vez ya sí a partes móviles vivientes, sólo pudo dar a conocer la carta a través del correo ordinario. Sin poder ya participar demasiado en la vida del bloque, metió como pudo la carta en el buzón de sus vecinos y envió otra copia a su amigo Rodrigo. Todas las cartas terminaban anunciando que Rodrigo comenzaría a vivir en el bloque tras su muerte. Tal era su legado.
Y Rodrigo se mudó justamente a una pequeña casa en torno al hogar de Emilio. Aunque no obtuvo el permiso de cambio de residencia fácilmente. En ciudad Sony de Madrid la movilidad en la residencia estaba muy muy garantizada. Pero el permiso estatal sólo soportaba el cambio si estaba justificado por la necesaria flexibilidad laboral o mercantil en general (ahí podía entrar la continua formación o el alejamiento de las estructuras familiares de dependencia). Si uno se movía y cultivaba con buen (y bello) interés, el permiso y todas sus garantías venían solas. Pero si las mudanzas ya estaban preparadas antes de moverse, si la exigencia de cambio de lugar ya estaba allí y sin empaquetar previamente a todo desplazamiento del dormitorio de las unidades de movimiento, el asunto se entorpecía y en ocasiones el permiso nunca llegaba. Jugó a favor de Rodrigo que su desagradable tendencia a hablar indicriminadamente en público casaba perfectamente con la clasificación municipal del bloque de Emilio como "bloque de aislamiento" para "individuos no muy diferenciados". Ambiguo era tanto no estar profesionalizado como estar profesionalizado en un empleo indefinido, estar, en definitiva, fijado demasiado tiempo a un espacio y un tiempo acotados. Dos veces tiempo. Y aunque los habitantes del bloque no entraban en ninguna de esas tipologías, el permiso llegó pronto junto a la invitación informativa del concejo a que Rodrigo participase en unos cursos de diálogo interior y cuidado del espacio público mediante sonrisa exterior.

Para sí, para si
parasiteas de tí
ante todo parasiteas
y desescombro la algaravía
limpio
desinfecto
acicalo
escudriño
un vía ancha de cabida
un eslogan envolvente para asumir
con muchas vocales
ese estribillo básico
no másico

Cinco vocales
juegos vocálicos
sin diptóngos
Una luz
a
Dos bocas que advierten
ee
Tres yuxtaposiciones
iii
Cuatro nexos no excluyentes
oooo
Mucho miedo
uuuuu
para sí, para si
parasiteas de tí

Emilio terminó con la puesta de sol de rebocar la pared del baño. "Por aquí no entrará más lluvia" se dijo, y salió de su casa para echar un vistazo a la pared desde fuera. "Un poco de cal por aquí y ya está..." repensaba cuando, entre las sombras que formaban el juego de velas que alumbraba el pasillo del tercero y la luna casi llena entre las nubes, una se movió más rápida que las demás. En realidad eran tres sombras, tres bultos oscuros en el suelo, que se apoyaban en la puerta cerrada de la casa del nuevo vecino. Emilio se acercó y dio varios golpes a la puerta. No hubo respuesta. Insistió y finalmente un finísimo hilo de luz se abrió paso entre la superficie que daba cobijo a puerta y pared. Detrás, empujando la estrechez de la hendidura lumínica para que ensanchara, apareció el nuevo vecino.
Que cada uno estuviera en el mejor lugar de los posibles cuando ambos se encontraron no dice sino que los dos, en tal momento, estaban en casa. Sin importar nada el que uno de ellos estuviera bajo el umbral de una puerta de madera y el otro rozando el quicio de un mundo compuesto esencialmente de agua, fuego, tierra y aire. Incluso daba igual el que uno se mantuviese de puertas para dentro y el otro de puertas para fuera. El pasillo a oscuras que llevaba al timbre de la puerta, a este, aquel o al otro (tanto una puerta podía tener múltiples timbres, diferentes modos de hacerse sonar a la escucha, como que los recorridos del pasillo podían llevar a diferentes puertas con timbre, no a cualquiera), era, desde luego, mucho más casa que la tabla de madera que marcaba el umbral de aislamiento compartimental. Y Emilio, tras presentarse de nuevo, invitó a Rodrigo a que el próximo día, con la salida del sol, estuviera en el reparto de tareas semanal. "Veremos tus capacidades y necesidades, a ver qué te apetece hacer... ah, y no dejes estas bolsas de basura aquí en el pasillo, si llueve enseguida apesta todo... bájatelas también mañana y haremos compost..." . No sin razón el que Emilio diera un paso adelante, ocupando el pasillo, y Rodrigo no se moviera de donde estaba, obligó a que el pie izquierdo de uno, descalzo, pisara al del otro, descalzo también. "No puedo esperar a mañana para enseñarte los talleres, la balsa de agua...", enseguida añadió Emilio y ambos subieron para echar un vistazo a los niveles de agua acumulada por la lluvia.
"Buen año de aguas..." se respondieron intercambiando miradas silentes, y bajaron a oscuras hasta el huerto siguiendo unos canales que, a favor de gravedad, llevaban el agua hasta la planta baja. Rodrigo soltó las bolsas de basura que llevaba arrastrando todo el tiempo y escupió a la tierra. Las bolsas cayeron y una se abrió dejando entrever lo que había dentro. "Esta máscara de bat-man es puro plástico, difícil de aprovechar aquí, quizá en los talleres de teatro... pero todas estas cáscaras de patata son oro, irán genial a..." y Emilio se encaminó hacia una esquina angosta del huerto, la zona que en los últimos años había trabajado Juana. "En los últimos meses dedicó todo su trabajo a esto..., ¿te suena Rodrigo?". Allí, únicamente y de forma incondicional, había plantas de menta y muchas otras hierbas sin nombre fijo. Los rayos de luna que conseguían vencer la ligera opacidad de las nubes apenas permitieron a Rodrigo notar sus tonos verdes. Sin embargo la tierra era inconfundible.
A la mañana siguiente, tras el reparto de tareas, los vecinos festejaron y bailaron durante toda la mañana la bienvenida de Rodrigo. En la tarde, tras comer, otros amigos de un "bloque de aislamiento" cercano visitaron a Emilio y Rodrigo, y les aconsejaron, entre otras cosas, sobre el momento pleno de recogida de la planta de menta.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

El retorno de Pueblo como categoría política

Jose Luis Manchón – El Faro Crítico
            Pueblo ha sido un término esquivado hasta hace muy poco por los discursos de izquierda. La situación ha cambiado. La emergencia de nuevos paradigmas anticapitalistas que ya no referencian exclusivamente al movimiento obrero (ecologismos, feminismos, pacifismos) ha sido fundamental para su rescate del baúl de los trastos viejos y su conversión en central para pensar el panorama político actual. Los nuevos movimientos sociales lo han recepcionado como un desatascador y revitalizador necesario. No es casual. La disfunción histórica del paradigma revolucionario de clase, había introducido a las luchas sociales en un callejón sin salida. Concluir que la clase obrera no está en proceso de articulación, sino todo lo contrario, es una realidad dolorosa que es necesario asimilar cuanto antes para reorientar las luchas anticapitalistas e implica reconocer algo novedoso invisibilizado por las ideologías de base dialéctica y materialista; el conflicto político entre grupos se da principalmente entre identidades, entre formas de vida, y no tanto entre intereses. El apoyo que obtienen los grupos conservadores y neoliberales por los sectores más populares y humildes de la población en muchos países, sostiene en buena medida esta tesis. El marco cultural, el imaginario colectivo, las representaciones de éxito en el que se ubica subjetivamente el individuo, son más determinantes a la hora de optar por una u otra solución política, que la condición económica objetiva. En las sociedades de consumo, los deseos están secuestrados por la publicidad. La lucha de clases atraviesa a cada individuo.

            En este contexto, emergen las opciones populistas, tanto de izquierdas como conservadoras. Ernesto Laclau, en La razón populista, explica el proceso de construcción de un pueblo a gran escala. Su origen  es negativo. Para que se constituya un pueblo, tiene que existir un conjunto de demandas diferenciales insatisfechas. Es decir, tiene que existir una institucionalidad incapaz de hacerse cargo de esas problemáticas ó resuelta a negarlas. La frustración genera el caldo de cultivo para que esas demandas diferenciales y aisladas, que proyectan sus esfuerzos en vertical, empiecen a  conjugarse horizontalmente provocando así la emergencia de una serie equivalencial de demandas. Ese estado de hermandad, de articulación entre demandas equivalentes, escinde el espacio político en dos. La serie equivalencial de demandas, enfrentándose unitariamente y de forma antagónica a una institucionalidad, es el pueblo para Laclau. En su teoría, es necesario que una o varias de las demandas, se postulen como significantes vacíos para que puedan canalizar el malestar del pueblo de forma positiva en lo que debería derivar en la conquista del poder constituido. El acceso desde posiciones populistas al poder de gobierno, inagura un nuevo ciclo político donde previsiblemente el pueblo populista se irá diluyendo en la medida que sean satisfechas por las instituciones, de forma diferencial, la mayoría de las demandas. Pero no existe cierre. La  contradicción entre demandas pertenecientes a la misma serie equivalencial,  e incluso la imposibilidad real de realización de algunas de ellas, dejará en evidencia al gobierno populista. Son estas demandas no atendidas, las que volverán a reiniciar un nuevo ciclo de luchas.

            Es sorprendente como el análisis de Laclau explica perfectamente fenómenos históricos revolucionarios en muchos de los países donde se han producido procesos de empoderamiento popular que han llevado al derrocamiento de regímenes e instauración de nuevos órdenes sociales representativos. En el caso español, permite comprender la posible función populista de los sectores más reformistas del 15m en la emergencia posterior de Podemos, con la apelación al desalojo de la casta política y la personalidad de Pablo Iglesias como significantes vacíos. En el caso francés y a la derecha, tenemos el Populismo conservador de Le Pen, que también apela al desalojo de los corruptos de las instituciones.

El análisis del Populismo en Laclau, es lo suficientemente certero como para permitir entender perfectamente las lógicas de resistencias ultra-democráticas que se están dando actualmente en algunos Estados nacionales y también, sus limitaciones en el alcance de sus consecuencias políticas. La lógica populista, consigue intermitentemente en cada ciclo de empoderamiento popular, forzar una relación siempre contingente y débil entre la concepción democrática de la política y la concepción liberal[1] para después, acabar siempre por reconstituir y legitimar las estructuras liberales de dominación en la resolución final de los conflictos. En los procesos populistas, mientras el pueblo se constituye y se diluye en cada ciclo, la estructura liberal siempre permanece, convirtiéndose así en un elemento inmanente a la lógica populista. Un planteamiento problemático si lo que se está intentando articular son luchas anticapitalistas, que son en definitiva, luchas contra pilares fundamentales del liberalismo, como la propiedad.

El Populismo se hace cargo y resuelve el problema de la escala, en la articulación de las luchas en sociedades de masas, pero es precisamente esa escala la que impide cambios radicalmente democráticos. El pueblo populista en las sociedades de masas, debido a su magnitud, tiene que ser necesariamente representado. La democracia representativa, aristocracia en su traducción aristotélica, es lo máximo a lo que puede aspirar. Cuando se constituye, el pueblo populista evoca una fraternidad imaginaria sin realidad efectiva. Su configuración es multitudinaria, colección de individuos sin cohesión interna y por lo tanto, tendente a su disolución. Sus movimientos son por demandas, es decir, piden ser atendidos por instancias separadas. El pueblo, en clave populista, no tiene potencia para realizar transformaciones por si mismo. Necesita ser asistido y es el objeto de las instituciones liberales.

            Entender que la vía populista como tal, no puede ser revolucionaria en clave anticapitalista, no significa que no pueda ser un punto de referencia a tener muy en cuenta. Puede ser interesante aprender del análisis de Laclau para desde ahí, intentar derivar otras vías[2].  El planteamiento de desviación del Populismo que empezamos a explorar, está sustentado en base a determinados planteamientos que consideramos ineludibles para la acción política en la coyuntura actual:

  • El tandem Liberal-Capitalista tiende hacia un totalitarismo global de sesgo imperial-policial donde la política trata de las corporaciones transnacionales y sus intereses.
  • Debido a la globalización de los modos de producción desarrollistas y extractivistas del Capitalismo, empezamos a estar en un momento de difícil retorno respecto a la degradación medioambiental y el agotamiento de muchos recursos naturales a nivel planetario. En concreto, el agotamiento de los recursos energéticos amenaza con convertir la crisis energética en un colapso civilizatorio.  
  • La escala social masiva en las sociedades humanas opera como una trampa de progreso. Hace inviable, aparentemente, cualquier solución política que no asuma la implementación de un grado mayor de complejidad para el sostenimiento de esta realidad. 
  • La concentración masiva de población en mega-urbes hace dependiente a buena parte de la población mundial del abastecimiento energético y mercantil. Esta concentración poblacional es paralela a la concentración de poder en las instituciones liberales y transnacionales, y es proporcional al expolio a las clases populares y los países del sur.
  • Las resistencias democráticas a los cercamientos de los comunes, son necesariamente zonales y concretas. No coinciden ni en el espacio, ni en el tiempo. Un cambio global es necesario, pero la revolución no se dará en todos los territorios a la vez, como imaginaban las utopías clásicas de izquierdas de raíz ilustrada.
Romper el círculo virtuoso del Populismo es crucial[3]. Estamos hablando de analizar la posibilidad de una salida rupturista respecto a la articulación populista entre liberalismo y democracia.  Si las demandas populistas nacen dentro del marco político liberal. ¿Cómo impedimos desde dentro de la dinámica populista de masas que estas sean finalmente resueltas en las instituciones liberales? Las instituciones liberales, asociadas desde su nacimiento al desarrollo del capitalismo, no son neutras y en las lógicas populistas se convierten en un principio necesario de resolución que nunca se pone en cuestión. La razón populista se desenvuelve en el marco descrito por Fukuyama, en El fin de la historía y el último hombre, que pronosticó un fin de la historia donde el Estado moderno liberal[4] y su democracia representativa sería la culminación definitiva de la evolución de definición histórica de estructuras políticas e ideológicas. Salir de este marco implica canalizar la frustración no a través del significantes como “Hay que echarlos”, que conceden cierta neutralidad a las instituciones liberales, y focalizan la resolución de los problemas en la sustitución de los malos gestores o garbanzos negros por gente honesta y eficiente que atienda las problemáticas, sino a través de significantes vacíos que identifiquen a la propia sociedad de masas, a las instituciones liberales y al capitalismo como ángulos de un mismo triángulo que es necesario desarticular para restaurar la posibilidad de la política de base y por lo tanto, la auto-resolución de las demandas por los propios demandantes. La contradicción entre demandas de una misma serie equivalencial extensa, y que por lo tanto, no pueden ser resueltas a la vez y de forma unitaria por una entidad centralizada de poder,  introduce la posibilidad de bifurcaciones en la serie equivalencial que podrían permitir que el entramado institucional se hiciera plural. Si en cada ciclo populista no hubiera una reconstitución y relegitimación del aparato institucional en decadencia, sino un reconocimiento desde el cuerpo social, de la incapacidad política por pura contradicción del aparato liberal para resolver todas las cuestiones, podría darse la fragmentación de las series equivalenciales en series afines no contradictorias y más pequeñas que se dieran a si mismas legitimidad para resolver sus demandas. Estaríamos pasando de una concepción de Pueblo como multitud a una concepción plural y micropolítica de los diferentes Pueblos. Donde Pueblo dejaría de ser un abstracto para pasar a dividirse y multiplicarse a través de una red de concreciones diferenciales cohesionadas internamente por la política del bien común. Distintas formas de vida, diversidad de mundos y restauración del conflicto político. Comunidades humanas constituidas en torno a la tradición democrática[5], es decir, al margen de la configuración liberal moderna de las macroestructuras políticas del Capital.  Opondremos a Populismo,  el término Pueblismo. Si la razón populista vehicula la construcción del pueblo en base a demandas insatisfechas que pide en último término una nueva institucionalidad más hegemónica, el Pueblismo es la articulación del cuerpo social, de forma orgánica, no para exigir a un ente separado su satisfacción, sino para satisfacer sus necesidades de forma directa. No hablamos de masas, nos referimos a la emergencia de nodos de autogestión y apoyo mutuo, autónomos, que se otorgan a si mismos el derecho que se les niega desde la institución. Reivindicamos el término pueblar como un actuar político continúo que teje redes de solidaridad y vecindad, constituyendo al pueblo no de forma antagónica o negativa, en base a la frustración por las demandas insatisfechas, sino de forma positiva, en base a la construcción política en común para la satisfacción de esas demandas y su defensa. No de forma abstracta, sino concreta. En esta apuesta política, la figura del significante vacío pierde todo el sentido. La representación popular del significante vacío no es necesaria en la democracia directa. Las demandas nacen ya  dentro de una serie equivalencial. El análisis holístico, no separado, de las demandas o necesidades, permiten su priorización utilizando criterios directamente relacionados con el bien común por parte del propio colectivo. El paradigma de los Comunes, que pide hacer saltar por los aires la falsa dialéctica entre privado y público,  y reivindica la comunidad política a escala humana, articula esta propuesta.

Estamos convencidos que el escenario descrito, tendrá que ser tenido en cuenta a partir de la toma de conciencia general del desastre. El desmontaje del modelo socio-económico vigente a través de la descomplejización de las sociedades humanas y en definitiva, la fragmentación política en una nueva ruralización allí donde sea posible, es quizás, la única alternativa viable ante el suicido que implica esperar al colapso de la sociedad industrial capitalista.




[1] Por un lado, tenemos la tradición liberal constituida por el gobierno de la ley, la defensa de los derechos humanos y el respeto a la libertad individual; por el otro, la tradición democrática, cuyas ideas principales son las de la igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular. No hay una relación necesaria entre esas dos tradiciones diferentes, sino sólo una articulación histórica contingente. (Chantal Mouffe)
[2] Existe cierto determinismo en Laclau, que en mi opinión tiene que ver con un decisionismo político muy vigente en la actualidad, que desestima las alternativas libertarias en un proceso revolucionario. La acción directa no forma parte de la posibilidad de acción política de los demandantes. La autogestión no forma parte de la posible alternativa institucional. No se contempla. Siempre se obvia la posibilidad real de una solución descentralizada, democrática y atomizada.
[3] No olvidemos que el Estado liberal es esencial para la supervivencia y el desarrollo de un Capitalismo que nos está matando. Todos los Estados liberales del planeta son Capitalistas, los populistas de izquierdas también. Consideramos la lucha contra el Capitalismo como esencial. Preferimos los populismos de izquierda a la nada, pero no es una alternativa al neoliberalismo implementar estados sociales en base a la circulación capitalista y el crecimiento económico.
[4] El estado liberal. El imperio de la ley y el orden que clausura la política. Que cristaliza en una estructura institucional máximamente representativa una relación de fuerzas concreta. Una práctica que sacrifica la vía comunitaria por una supuesta seguridad y armonía entre individuos libres, en pos de evitar la rapiña de todos contra todos si no se impusieran ciertos límites. Que no concibe la política más allá de la administración y sus trámites burocráticos. Que produce individuos aislados e impide por todos los medios posibles su agrupación.
[5] La democracia radical, o democracia a secas, tolera bajas cotas de representación política. Considera que el auto-gobierno colectivo es la vía, no elude la política como conflicto y sus riesgos. No tolera la desigualdad. Concibe la práctica política como algo vivo y evita en lo posible, fundamentarla y convertirla en una cuestión papelesca. Le preocupa más la modalidad del proceso que la eficacia en la consecución de objetivos.  No es esencialista.