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viernes, 30 de octubre de 2015

Otros campos, otras chimeneas

Elvira Bobo - El Faro Crítico

¿Que si se puede hacer poesía después de Auschwitz? Algo así preguntaba sinceramente Adorno, respondiendo que tal cosa sería una barbarie... Pues quizá no se puede hacer poesía, se debe. Quizá hemos de discutir si la barbarie sería no hacerla. porque quizá sea la única manera de decir algo, de afirmar, de seguir vivos después de aquel horror.
           
            Desde luego que no es cuestión de hacer poesía bucólica y pastoril. Es cuestión de que, quizá también, sea el único modo del lenguaje que pueda hacerse cargo del grito mudo que necesitamos proferir justo antes de pensar otros mundos posibles.

            Sin duda lo peor de Auswitzch es que ha sucedido. Que ocurrió esa condensación extrema del mal. Pero una vez que ha pasado, creemos que nada puede ser peor. Que tenemos la suerte de no ser conducidos otra vez a los campos de la muerte en aquellos trenes. Tenemos esa suerte y no nos han tatuado un numerito en el brazo como membrete de la infamia.

            Pero es que la destrucción organizada, la industria del terror, aquella pulcra y elegante conferencia de Wannsee de 1942, se repite. La banalización del mal que diagnosticaba, certera, Hannah Arendt, sigue sucediendo hoy. Las formas en que el mal se cuela en nuestras vidas son igualmente frías y calculadas y las centenas de miles de muertos vagan hoy por las calles con la apariencia de los zombies. Quizá no pasan hambre, incluso estén sobrealimentados, hasta obesos. No están incomunicados de los suyos, tienen decenas de redes sociales, apps y demás métodos de pseudocomunicación. No están condenados a trabajos forzados y tienen la suerte de tener un trabajo de 8 a 8 en Andersen Consulting -o como dios quiera que se llame ahora- e intercambian tarjetas de visita esmeriladas en reuniones encorbatadas como en American Pshyco.

            Puede ser que esté de más la comparación con los campos de exterminio. Al fin y al cabo, en el ranking de dolor, Auschwitz gana por goleada, porque en la foto, los ciudadanos del primer mundo no aparecemos con pijamas de rayas, ni con el torso atravesado de costillas salientes -dantescos códigos de barras-. Ni apilados en montañas de cadáveres. Pero en esa foto de familia de la rolliza aldea global, con demasiada frecuencia aparecen sombras, espectros, sonámbulos. Personas pseudovivientes que ni siquiera saben cuál es su dolor.
           
            Es verdad que de Auschwitz no se podía salir con vida. Pero del líquido amniótico tóxico en el que nos encontramos, tampoco se puede salir, ni se puede vivir. Nuestro compañero Rafael respondía el otro día a la canción de las políticas inclusivas que nos bendicen: son tan benévolamente inclusivas, que uno no se puede excluir... Pues bien, aparentemente libres, aparentemente ricos, aparentemente sostenibles, aparentemente amparados por las leyes. Y, sin embargo, la sensación de muerte se cuela sorda, como la peste, invisible. En forma de hastío, de miedo, de máscaras.

            Y como en el top ten del dolor, decíamos, gana Auschwitz por goleada, como no se puede imaginar nada más terrible, corremos el riesgo de pensar que nuestro mundo no es tan malo. Y el show de Truman se emite diariamente para recordarnos que de nuestras "little boxes" higiénicas, de nuestros dúplex y adosados no hay que querer huir, para que olvidemos que nuestras "cámaras de gas" no nos fumigan de golpe, sino que van soltando el tóxico lentamente. Los efluvios no matan inmediatamente. Pero cuando llega la muerte, cuando un espejo nos devuelve la imagen del zombie, del sonámbulo desorientado e inconsciente, podemos descubrir que nos estaban envenenando. Y si los alemanes biempensantes y cómplices veían aquel peculiar humo salir de las chimeneas de los hornos crematorios y notaban un hedor extraño y mareante, nosotros también sentimos un aire irrespirable, una opresión sorda, una dolencia insidiosa pero inespecífica a la que no logramos poner nombre. Así que preferimos, como ellos, ignorarla. Ponernos de perfil, olvidar su pertinaz permanencia.

            Por eso, el lenguaje, nosotros, hemos de retorcernos para poner en palabras, para decir "Auschwitz" con horror. La poesía debe gritar el horror de aquellos lugares. Y nosotros hemos de usar esa poesía para que se haga cargo del dolor de aquellos barracones. Y también, ahora, del nuestro. Porque el mal que se condensaba en aquellos lugares (no se me rasguen las vestiduras) no es tan diferente. El radical desprecio por la vida, por el otro, que llevó a aquel exterminio concentrado y monstruoso no está tan lejos del nuestro. La racionalidad de Auschwitz, que la tiene, no nos es ¿aún? ajena.
           
            Ahí está el peligro de Auschwitz en todo su esplendor. Fue tan horrible, que a su lado todas las demás formas del mal palidecen. Así que, por un perverso mecanismo, nos convertimos en seres más o menos agradecidos porque aquellos campos de exterminio ya no son para nosotros, ni en calidad de víctimas, ni en calidad de verdugos. Por eso se convierten los viejos barracones en un parque temático, como todos sabemos; para poderlo consumir con la naturalidad con la que consumimos un escaparate de Nike. Y así creemos haber exorcizado el holocausto. Necesitábamos hacerlo.
           
            Pero ese proceso tiene un peliagudo revés. ¿Sin querer? lo alejamos, lo recluimos en los anales de un horror que no nos pertenece y, si nos hacemos cargo de él, lo hacemos con las gafas de mirar al pasado, a una historia superada. Y aunque es verdad que a Arendt se le helaba la sangre cuando encontró en los criminales nazis unos tipos medianamente normales, y hasta "presentables", sin cuernos, ni tridentes, necesitamos pensar que algo les separa, que algo les diferencia esencial y radicalmente de nosotros. La sociedad, hemos dicho mil veces, aleja el dolor y la muerte, los evacua de inmediato para negarlos. Y cuando no se pueden negar, se cubren de una pátina consumible. A saber: el dolor cotidiano se coloca en las secciones de sucesos de nuestros informativos, perfectamente aisladitos de los acontecimientos de la sociedad, en un apartado que no contagie nuestra realidad para que sigamos confortablemente pensando que estamos seguros, que podemos seguir en paz con nuestra cerveza en una mano y la hipoteca recién firmada en la otra. Y así el mal extremo pertenece a los otros, lo ejecutan los otros y lo padecen también los otros. Pero en nuestras vidas cotidianas, en nuestros acolchados mundos, volvemos a escuchar que vivimos en el mejor de los mundos posibles y, para regocijo y tranquilidad general, no somos ni la mitad de malos que los nazis.
           
            Nos ofrecen estadísticas impecables de power point para que no rechistemos. Finalmente son "hechos", "datos" irrevocables: somos más ricos que ayer, hasta los pobres son más ricos que ayer. Hay menos dolor, nos cuentan en Ávila, porque sacan la báscula de calcular el dolor y les sale un "arrojante" total con menos ceros. ¡Yupi! Así que no se quejen, o mejor, ni lo piensen. Pero si podría ser peor..., ¿no lo recuerdan? Y como la trampa del pensar está preciosamente construida (¿quién no va a firmar que nada hay peor que aquel genocidio? ¿O es usted un insensible?) Pues eso, lo dicho, disfruten de sus derechos (humanos y de los otros), de sus parlamentos (pero no se acerquen a ellos que sacamos a los geos), de sus centros comerciales y de sus televisores de plasma. Y disfruten también, y aquí está la gracia que más terroríficamente nos concierne, de sus pesados juicios, de sus intolerancias cotidianas, de sus faltas de amor, de sus agresividades punzantes, de sus pequeños terrorismos de alcoba y mesa camilla porque sus chimeneas del pensar y del vivir llevan años sin deshollinar, pero...peccata minuta al lado de las cámaras de gas. ¿Cierto? Mmmm...

            Y su democracia es buena, créanlo...¿o es que acaso prefieren la dictadura? Y claro, el fantasma de Franco -&Cia- está ahí disponible para sacarlo a pasear para asustar a los niños que somos, eficaz como el coco. Bienvenidos al síndrome de Estocolmo.

            Pero ocurre que no hay mal común sin mal individual y viceversa. En el curso de Ávila se nos ha proporcionado estos días inventarios de las posibles formas de relación con el otro. De lo necesaria e insoportable que resulta la mirada del otro, la irremediable soledad de nuestro cógito y de nuestra piel, la imposible apropiación total de ese que me mira y lo insoportable de su grito callado. Nos cuentan cómo Camus pintó al extranjero, cínico absoluto por ser poco cómplice del silencio orquestado. El extranjero se escapa, escurridizo. No se compromete con nada ni con nadie. Es el más terroríficamente lúcido, inhumano.
           
            ¿Y qué nos queda? Se preguntaba Chema, quizá todos. Porque los repertorios del mal parecen infinitos. Y lo siguen siendo porque hasta cuando pensamos el mal, o el dolor, pintamos a la perfección sus líneas de fuerza, sus estrategias, sus personajes...y otra vez los alejamos. No exploramos nuestras cuotas de dolor porque las depositamos en los otros. Si algo sobra son chivos expiatorios. Y, por si fuera poco, somos incapaces de unir nuestras fuerzas y construir para nosotros una racionalidad que nos aleje, mínimamente, de esa complicidad mortal.

             Los inventarios del mal están correctísimamente trazados desde su lógica interna, desde la dialéctica más perversa, desde el modo del juicio diagnóstico que renueva la lucha verdadero/falso, yo/el otro, como nos recordaba el miércoles Rafael. Suena a perogrullo, o quizá a sermón de la montaña, pero el olvido del ser que diagnosticaba Heidegger, es un olvido de consecuencias crueles. El dolor de los campos de concentración está siendo perpetuado incluso desde la filosofía. Porque hoy también tenemos víctimas a las que mirar a los ojos y no lo soportamos porque están demasiado cercanas. Con una mano describimos los repertorios del dolor, los dispositivos de su exorcismo en la tragedia ática, sus causas, sus agentes, las historias de los indios cristianizados, y con la otra se aparta al otro -que está vivo a nuestro lado- pero que, maldito, no se ha dejado deglutir. Ni cesamos en nuestro deseo caníbal de hacerlo.

            Pero podría ser peor. Y nos vamos a dormir tranquilos: Auswitzch (y otros miles de lugares del dolor petrificado) nos escandaliza y además nos proporciona el personaje conceptual del mal en estado puro. Está acotado. Narra a la perfección el peor de los escenarios de relación con el otro. Y cuando acabamos de decirlo, de diagnosticarlo, de diseccionar la infamia, olvidamos que no podemos mirarnos al espejo. Olvidamos que desde nuestra atalaya de cabezas pensantes, con frecuencia ni nos hacemos cargo del dolor del otro ni generamos nuevos modos que lo hagan imposible. Y es que somos lúcidos, a veces hasta brillantes en nuestro razonar pero cobardes, complacientes y arrogantes, recién duchados y oliendo a Nenuco, rara vez nos atrevemos a mirar en nuestras alcantarillas, en nuestras víctimas.

            Pero, es verdad, todavía no estamos muertos. Todavía podemos intentar huir, pensar, vivir. Reconocer el síndrome de Estocolmo y hacerlo saltar en pedazos. Acallar el discurso de los que oprimen sutilmente, silenciando con sus armas políticas, filosóficas y vitales cualquier otra posibilidad de aire respirable y susceptible de ser compartido. Todavía podemos hacer poesía con el agua al cuello para poder bailar, ligeros, aunque sólo sea una vez más, el vals de las flores, el de las olas o el de las mariposas. ¿No?


viernes, 1 de junio de 2012

III Encuentro de Creador_s - 15M: Retiro de Madrid (2 y 3 de Junio)

El Faro Crítico participará en el III Encuentro de Creador_s - 15M que se celebrará el fin de semana del 2 de Junio en las inmediaciones del Palacio de Cristal del Retiro. El taller que proponemos es el siguiente:

Título:Instantáneas del Siglo XXI
Dia y Hora:2 de Junio a las 17:00
Sitio:Inmediaciones Palacio de Cristal (Retiro de Madrid)
Contenido:Expondremos una decena de cuadros desgarradores pintados por miembros del colectivo en el último año. Son expresiones del malestar y la indignación que recorren el mundo. También de esperanza. Lo acompañaremos con una interpretación de los mismos por parte de sus creadores y la lectura de algunos textos. Posteriormente abriremos un debate entre los asistentes sobre que tipo de realidades han quedado atrapadas dentro de las obras de arte y que nos sugieren.

Una de las reivindicaciones para esa sociedad libre que demanda el movimiento 15M es una cultura más independiente y participativa. Con este objetivo la comisión de Cultura ha creado un espacio de encuentro para la exhibición y la relación artística donde tengan cabida proyectos comprometidos.

La cita es este próximo fin de semana 2 y 3 de junio en el parque Retiro, detrás del palacio de cristal . Durante dos días se llevarán a cabo diferentes actividades artísticas, muestras y talleres en un ambiente abierto. Se relacionarán diferentes disciplinas y públicos porque entendemos que de esas sinergias pueden surgir nuevas experiencias creativas.

El encuentro se resume bajo el lema “Porque tod@s somos creador@s. Porque tod@s somos cultura. ¡Participa!”. Con esta declaración de intenciones pretendemos estimular una participación creativa y animaos a todos a disfrutar del placer de contemplar y hacer cultura de manera gratuita y compartida.


¡¡Ven y participa!!

http://culturasol15m.wordpress.com/category/iii-encuentro-de-creadors/

martes, 7 de junio de 2011

¡¡¡No nos representan!!!

Amanda Núñez , Fernando Castro, José Luís Manchón, María Luisa Pérez, Teresa Oñate (UNED) para "El Faro Crítico"


Estos días activos, cansados, festivos, alegres y, por fin, políticos, realmente políticos nos están dando mucho que pensar a todas y todos.

No sólo nos están dando qué pensar sino que están retomando posiciones de filosofía política muy interesantes que ya parecían olvidadas por los comunismos platónicos y los anarquismos clásicos que últimamente habitan en los debates punteros de lxs intelectuales. Y es que este movimiento con multiplicidad de nombres, cuya proliferación hace imposible encontrar si se llama 15-M, Toma la plaza, Democracia Real Ya, PCE, PCPE, CNT, FAI, etc.; quizá tenga todos esos nombres o ninguno. En ello encontramos lo principal de esta acción que por fin y conscientemente se denomina “sin sujeto”, “sin representación”, a favor de afirmar máximamente el acontecimiento, sin castrarlo de antemano, dejándolo bien sujeto en algún lugar de la estructura capitalista. Es un intento de ruptura con la cultura del individualismo, y una apuesta clara, por la recuperación del ámbito de lo político-comunitario. Es precisamente el espíritu lo que está consiguiendo la perseverancia en el lugar, después de la explosión inicial. Es la comunidad recientemente creada, la que nos liga, y a la que ya no queremos renunciar nunca más. La depresión no cabe en esta primavera. Sobra amor en las plazas. Las plazas se han convertido en templos donde lo sagrado sustituye, por el momento, las ansias de consumo ilimitado. Consumo, que nos configura, como miembros y cómplices de una sociedad, que se ha prostituido en el intento de garantizar su bienestar material, a través de la legitimación del despliegue global de la barbarie.

Si hacemos memoria acerca de palabras como “derecha e izquierda” o del concepto “representación”, encontramos que su origen es un hecho histórico (y por tanto transformable). Este hecho se denomina Estado Nación o Estado Burgués, también Estado Moderno. Y es que, no es baladí que la representación tuviera el origen en la discusión entre Rousseau y Spinoza con Hobbes acerca de si el Contrato Social debe ser participativo (como se dice en Rousseau y Spinoza); o una cesión de todos los poderes al Leviatán (sea cómo sea su estructura) en el caso del Hobbes, es decir, representación. Tampoco es baladí que la diferencia entre izquierda y derecha se produjera en la Revolución Francesa donde los Girondinos conservadores se situaban a la derecha y los Jacobinos revolucionarios a la izquierda…ambos en una suerte de Parlamento ya altamente representativo, continuando la tradición del despotismo ilustrado ejercido por los reyes a quienes cortaron la cabeza (paso del Leviatán desde una Monarquía a una Asamblea de élites).

Si seguimos haciendo memoria, encontramos que entre las páginas más lúcidas de El Capital de Marx ya se asocia el Estado al Capital como forma que le da legitimidad pues se basa, como muy bien indican ya algunos de los contractualistas (no Rousseau ni Spinoza) en la sustentación de la propiedad privada y en el sufragio censitario dependiendo, única y exclusivamente, de esas mismas propiedades expropiadas originalmente.

Pero no se trata de una expropiación anterior en un tiempo cronológico, sino de una expropiación que se da cada vez que debemos comprar o alquilar una casa, cada vez que no nos dejan hablar, cada vez que nos dictan qué hacer, cómo producir, cómo pensar, qué decir o qué votar.

Y, si no nos equivocamos en nuestro diagnóstico, este acontecimiento político incipiente y frágil aún, pide eso exactamente: ¡que no nos expropien más!; que las gentes no necesitamos especialistas que nos digan qué es la política y cómo debemos actuar, que no nos vendan ni nos compren, ni nos saquen bonitas fotos en la prensa del poder que sólo distorsiona lo que HAY; que ningún partido político capitalice algo que no les pertenece pues no desea ser ideología, que no nos acallen de nuevo con las mil estructuras políticas pensadas de antemano que nunca atienden a lo que hay, a la vida, a la pluralidad de gentes, de plantas, de soles que HAY.
Por ello creemos que habría que establecer no negatividades sino algunos límites a la hora de que este movimiento pueda pensar y actuar, que pueda acontecer el acontemiento y no muera sepultado en especialidades. Sólo evitar algunas malos hábitos que tienen mucho más que ver con el poder que con la potencia de cambio, alegría, vida, pensamiento y acción.

La primera de ellas es que nos acostumbremos a que la vida, lo que nos rodea, la lluvia y el sol no tienen sujetos. No son producidos por nadie que les tenga que dar impronta ni forma. Así que, ¿por qué lo va a tener la política que es el modo de relacionarnos en comunidad con otrxs y con lo otro: con el sol, con la tierra, con el agua, con las creencias, etc.? Propondríamos que evitemos lo más posible ponerle un solo nombre y un grupo de especialistas que lo canalicen de un solo modo. Lo bueno de este movimiento es que se declara sin consignas, sin ideología…y, por lo tanto, sin sujeto –ya sea éste individual o partido político–. Y, en el caso de que los haya, que se sepan tales, que se sepan reemplazables y no fundamentales ni verdaderos porque la única verdad es el acontecimiento mismo y la única responsabilidad es que no se muera asfixiado en pequeñas luchas de poder que lo quieren encerrar en las garras de algunxs, volviendo a expropiarnos lo que no era nuestro ni suyo pero nos concernía a todxs.

La segunda de ella está relacionada con la primera. Si hay sujeto, ya sea grupo de especialistas ya sea individuo que se proponga como sabio, no nos quedará otra vez nada más que la representación. Nos volverán a expropiar, ya no hablará nada a través de nosotros sino que hablaremos según los dictados de alguien. En cualquier caso los habrá…pero, volviendo a la misma prudencia anteriormente expuesta, tendremos que modular que haya los menos intermediaros posibles entre esas leyes buenas de las que habla Rousseau en el Contrato Social, leyes que provocan en las gentes la participación en su democracia, y las gentes mismas. O lo que es lo mismo, evitar de todas las formas que las leyes, a base de alejarse mucho de lo que necesitamos, se conviertan en “malas” para nosotros y despotencien la participación activa como viene sucediendo desde hace ya demasiado tiempo, de tal forma que ya nos cuesta imaginar una actividad continua en política simultaneada con nuestras vidas y problemas cotidianos.

La tercera de ellas, otro vicio al que ya estamos demasiado acostumbradxs y que siempre nos expropia, es la centralización y unidireccionalidad. Ni valen para todo lugar las mismas leyes, ni para todo tiempo, ni para toda la gente. Sería interesante probar un modelo de estructura que dejara márgenes para esta flexibilidad tan elástica como la vida misma. No se trata de adoptar la fosilidad aparentemente cambiante del Capital y sus bolsas y la variación de la deuda, sino sólo y una vez más, que nos demos cuenta de que ni nuestras vidas son nuestra propiedad privada, ni nuestras leyes, ni nuestras aguas, ni nuestrxs hijxs. Se trata de saber que es necesario el cuidado y que la democracia no es algo que se hace de una vez por todas en no se sabe qué origen de un Estado, sino que, al igual que la expropiación se da cada vez que nos callan y que nos dictan cuál es nuestro modo de habitar (nuestra ética, etología y política), la democracia deja de ser cuando no la cuidamos, la cultivamos, la hacemos ni la pensamos. Pensar la democracia como el espacio vacío, el ágora o plaza pública, el hueco de lo no dado nunca y donde todo es posible ser pensado.

La última de ellas es la ideología. La vida no tiene ideología. Desear vivir y cuidar-nos (a nosotrxs, entre nosotrxs, a favor de la democracia y en contra de la expropiación sistemática y continua). Por ello, ¿para qué encuadrar estas leyes básicas por ser primeras en un sistema u otro?, ¿por qué nos van a pensar nuestras gramáticas a pesar nuestro?, ¿por qué van a distinguir de antemano lo que es naturaleza, lo que es humano, lo que es inmigrante, lo que es autóctono, lo que es amigo, enemigo, mujer, hombre, etc?, ¿por qué no cambiarlas de mil formas como mil nombres tiene este movimiento? Éste es quizá el paso más difícil. Al igual que todos ellos es a largo plazo y, al igual que los anteriores será muy difícil y, cada vez que nos descuidemos, se nos colará la gramática hegemónica o alguna de sus colaterales. Pero, si hay sistemas que puedan hacerse cargo de su existencia, de la existencia de esas gramáticas del poder que impiden las acciones, los pensamientos, dictándoles de antemano qué hay que decir y hacer; se podrán tomar medidas creativas que acepten a los poetas dentro de la ciudad. Ya que poetas seremos todxs y cada unx y no se constituirá una comunidad como viene siendo la costumbre de las sociedades mal-acostumbradas: a base de enemigos, exclusiones o chivos expiatorios (la peor estructura de poder que ha habido nunca y que curiosamente se presenta con carta de naturaleza).
Por ello hay que cuidarse de la mera negatividad (forma ideológica con carta de naturaleza). Por supuesto debemos decir “NO”, pero es más importante los diversos “Sí” que se pueden dar. Y si este movimiento no pasa a los síes plurales, puede morir en una pequeña descarga de queja sin cambiar nada.

***

Lo queremos todo, pero también debemos estar dispuestos a darlo todo. Y es que, una acción política considerada como pertinente en un mundo agonizante huele demasiado a renuncias materiales, a dar la vuelta, a replegar las velas y dejar al enemigo que llevamos dentro, sin el rito sacrificial y lucrativo del cual se alimenta. Exorcismo en toda regla. Si no renunciamos a mantener nuestra posición privilegiada, dependiente absolutamente del sistema capitalista, pasaremos a ser conservadores y legitimadores del estado actual de las cosas, por poco que nos guste.

La satisfacción de supuestas necesidades materiales que se han convertido en aparentemente necesarias unido a la seguridad física que brinda el biopoder, nos esclaviza y a la vez, legitima un orden criminal del mundo, sin medida, que no quiere tener en cuenta las limitaciones del planeta, y que ha puesto toda la potencia creativa de la técnica al servicio de un expolio sistemático y multidimensional, donde no se aplica el mínimo principio de prudencia. No estamos ya sólo ante un escenario clásico de conflicto político, donde la lucha de clases ocupa todo el espectro ya que distintas problemáticas como la precarización de las condiciones de vida derivadas del deterioro medioambiental afectan a la totalidad de la población. La bio-aniquilación que promueve el propio avance del Capitalismo, va desplazando hacia la lucha por la supervivencia, el debate ideológico. Los últimos desastres nucleares, son un claro ejemplo.

Estos últimos años se ha entendido por dignidad, no el concepto que tenía que ver con el decoro y la urbanidad que se le acuñó durante siglos, sino al concepto con el que lo políticamente correcto lo ha imbuido, que no es otro que el de la capacidad de consumir. La capacidad de adquirir, proveer, ó poseer ha hecho que los individuos sean considerados dignos. El orgullo, que sería un paso más allá en ese periplo de la adquisición y en ese asentamiento de la dignidad como capacidad de consumo; sería lo consumido, lo ya adquirido, que además aumenta, y debe aumentar, de continuo. El orgullo de lo que se tiene (y hablo en presente), de lo consumido, adquirido, crecido y aumentado.
Si el movimiento de los Indignados es sólo una lucha por recuperar la dignidad (capacidad de consumir), seguiremos excluyendo a los marginados del tercer mundo, sobre los que levantamos el manipulado orgullo del haber consumido. Aún siendo necesario adscribirse a cualquier propuesta de las asambleas ciudadanas, sigue existiendo la preocupación por retornar a esa falsa dignidad acuñada por el capitalismo.

La sociedad capitalista, ha convertido a todas las formas de vida, en general, en medios para un lucrativo fin. En el caso del ser humano, en particular, le ha usurpado su dignidad y reventando las estructuras sociales que tradicionalmente han unido a las comunidades y pueblos, nos han dejado huérfanos. La indignación, en las sociedades capitalistas, es inherente a la propia estructura de la sociedad. Y la frustración de aquellos que se reconocen como indignados, y a la vez, esclavizados por la riqueza, se convierte en enfermedad. Abrir la posibilidad a la perduración del acontecimiento, implica por lo tanto, dejar de obturar el emerger de la verdad. El totalitarismo al que aspira el poder económico capitalista, a través de la aniquilación de diferencias y la homogeneización de territorios, culturas y mentes, solamente puede ser contestado, saltando en marcha de su acelerada y nihilista carrera hacia el sin sentido. Al tomar suelo de este mortal hacia atrás, siempre nos encontramos en las plazas, entre “nosotros”.

***

Tras estas pequeñas e imprescindibles prudencias que se pueden denominar en afirmativo: con-vivir, actuar, construir, pensar. Creemos que debemos cuidar este acontecimiento que nos atraviesa: escuchar, aprender, hacer cada unx lo que pueda; a largo y corto plazo y no dejarlo morir en la desilusión o la asfixia que es la suya y la nuestra.

Lo que negamos y contra lo que estamos es esto: contra la repetición indiferente de los políticos (como clase); contra los banqueros; contra la burocracia y la gerontocracia, contra la violencia y la globalización de la guerra permanente en forma de circulación de naturalezas, humanxs, estudiantes, divisas, etc. Contra el funcionamiento corriente del Capital como lógica de la guerra y la venganza dialéctica de la enfermedad indiferente de la historia. Lo que afirmamos es la diferencia: por un lado la alteridad, la pluralidad de las culturas y de las diferencias enlazadas por las acciones participativas, cívicas que devuelven a la democracia su lazo social y su lenguaje vivo: en acción cotidiana. Y por el otro lado, en cuanto a la alteridad constituyente de la naturaleza viva (la phýsis) y de lo sagrado indisponible, afirmamos el reconocimiento y el cuidado constante de esa alteridad; de esa diferencia límite de lo humano, sin la cual no hay el misterio de lo divino inmanente. La traducción ecologista y común de esas tesis admite plurales registros y nombres pero no puede, en ningún caso, subordinar la diferencia, la alteridad y el límite a ninguna identidad universal o abstracta, ni tampoco disimular el primado de la solidaridad con los más débiles de entre nosotros, en todos los casos. Ello incluyendo el ser del acontecer mismo de la diferencia en los lenguajes y en el silencio. En lo común compartido, en la vida de los cuerpos, y en la creatividad abierta del espacio y el tiempo –por un lado telemático y por el otro cotidiano y próximo, más cerca de la cotidianidad y las comunidades de vecinos y más cerca del acontecer de lo sagrado y el misterio en la cotidianidad participativa–.

Que nadie nos represente, que nadie hable por nosotros y que estas palabras se unan a las palabras de muchxs de nosotrxs, actuales e inactuales o transhistóricos. Aquellxs que hablamos ahora a través de este acontecimiento y aquellxs que nos llaman desde el acontecimiento filosofía, por ejemplo. Filosofía no como un dogma sino como una petición activa de dejar ser, dejar pensar, dejar crear, dejar participar y compartir, desde el cuidado crítico de la diferencia.

Seguimos y seguiremos pensando y actuando, por lo tanto, este texto, las discusiones y las recepciones quedan siempre abiertas a la participación heterogénea y común.