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miércoles, 26 de noviembre de 2014

El retorno de Pueblo como categoría política

Jose Luis Manchón – El Faro Crítico
            Pueblo ha sido un término esquivado hasta hace muy poco por los discursos de izquierda. La situación ha cambiado. La emergencia de nuevos paradigmas anticapitalistas que ya no referencian exclusivamente al movimiento obrero (ecologismos, feminismos, pacifismos) ha sido fundamental para su rescate del baúl de los trastos viejos y su conversión en central para pensar el panorama político actual. Los nuevos movimientos sociales lo han recepcionado como un desatascador y revitalizador necesario. No es casual. La disfunción histórica del paradigma revolucionario de clase, había introducido a las luchas sociales en un callejón sin salida. Concluir que la clase obrera no está en proceso de articulación, sino todo lo contrario, es una realidad dolorosa que es necesario asimilar cuanto antes para reorientar las luchas anticapitalistas e implica reconocer algo novedoso invisibilizado por las ideologías de base dialéctica y materialista; el conflicto político entre grupos se da principalmente entre identidades, entre formas de vida, y no tanto entre intereses. El apoyo que obtienen los grupos conservadores y neoliberales por los sectores más populares y humildes de la población en muchos países, sostiene en buena medida esta tesis. El marco cultural, el imaginario colectivo, las representaciones de éxito en el que se ubica subjetivamente el individuo, son más determinantes a la hora de optar por una u otra solución política, que la condición económica objetiva. En las sociedades de consumo, los deseos están secuestrados por la publicidad. La lucha de clases atraviesa a cada individuo.

            En este contexto, emergen las opciones populistas, tanto de izquierdas como conservadoras. Ernesto Laclau, en La razón populista, explica el proceso de construcción de un pueblo a gran escala. Su origen  es negativo. Para que se constituya un pueblo, tiene que existir un conjunto de demandas diferenciales insatisfechas. Es decir, tiene que existir una institucionalidad incapaz de hacerse cargo de esas problemáticas ó resuelta a negarlas. La frustración genera el caldo de cultivo para que esas demandas diferenciales y aisladas, que proyectan sus esfuerzos en vertical, empiecen a  conjugarse horizontalmente provocando así la emergencia de una serie equivalencial de demandas. Ese estado de hermandad, de articulación entre demandas equivalentes, escinde el espacio político en dos. La serie equivalencial de demandas, enfrentándose unitariamente y de forma antagónica a una institucionalidad, es el pueblo para Laclau. En su teoría, es necesario que una o varias de las demandas, se postulen como significantes vacíos para que puedan canalizar el malestar del pueblo de forma positiva en lo que debería derivar en la conquista del poder constituido. El acceso desde posiciones populistas al poder de gobierno, inagura un nuevo ciclo político donde previsiblemente el pueblo populista se irá diluyendo en la medida que sean satisfechas por las instituciones, de forma diferencial, la mayoría de las demandas. Pero no existe cierre. La  contradicción entre demandas pertenecientes a la misma serie equivalencial,  e incluso la imposibilidad real de realización de algunas de ellas, dejará en evidencia al gobierno populista. Son estas demandas no atendidas, las que volverán a reiniciar un nuevo ciclo de luchas.

            Es sorprendente como el análisis de Laclau explica perfectamente fenómenos históricos revolucionarios en muchos de los países donde se han producido procesos de empoderamiento popular que han llevado al derrocamiento de regímenes e instauración de nuevos órdenes sociales representativos. En el caso español, permite comprender la posible función populista de los sectores más reformistas del 15m en la emergencia posterior de Podemos, con la apelación al desalojo de la casta política y la personalidad de Pablo Iglesias como significantes vacíos. En el caso francés y a la derecha, tenemos el Populismo conservador de Le Pen, que también apela al desalojo de los corruptos de las instituciones.

El análisis del Populismo en Laclau, es lo suficientemente certero como para permitir entender perfectamente las lógicas de resistencias ultra-democráticas que se están dando actualmente en algunos Estados nacionales y también, sus limitaciones en el alcance de sus consecuencias políticas. La lógica populista, consigue intermitentemente en cada ciclo de empoderamiento popular, forzar una relación siempre contingente y débil entre la concepción democrática de la política y la concepción liberal[1] para después, acabar siempre por reconstituir y legitimar las estructuras liberales de dominación en la resolución final de los conflictos. En los procesos populistas, mientras el pueblo se constituye y se diluye en cada ciclo, la estructura liberal siempre permanece, convirtiéndose así en un elemento inmanente a la lógica populista. Un planteamiento problemático si lo que se está intentando articular son luchas anticapitalistas, que son en definitiva, luchas contra pilares fundamentales del liberalismo, como la propiedad.

El Populismo se hace cargo y resuelve el problema de la escala, en la articulación de las luchas en sociedades de masas, pero es precisamente esa escala la que impide cambios radicalmente democráticos. El pueblo populista en las sociedades de masas, debido a su magnitud, tiene que ser necesariamente representado. La democracia representativa, aristocracia en su traducción aristotélica, es lo máximo a lo que puede aspirar. Cuando se constituye, el pueblo populista evoca una fraternidad imaginaria sin realidad efectiva. Su configuración es multitudinaria, colección de individuos sin cohesión interna y por lo tanto, tendente a su disolución. Sus movimientos son por demandas, es decir, piden ser atendidos por instancias separadas. El pueblo, en clave populista, no tiene potencia para realizar transformaciones por si mismo. Necesita ser asistido y es el objeto de las instituciones liberales.

            Entender que la vía populista como tal, no puede ser revolucionaria en clave anticapitalista, no significa que no pueda ser un punto de referencia a tener muy en cuenta. Puede ser interesante aprender del análisis de Laclau para desde ahí, intentar derivar otras vías[2].  El planteamiento de desviación del Populismo que empezamos a explorar, está sustentado en base a determinados planteamientos que consideramos ineludibles para la acción política en la coyuntura actual:

  • El tandem Liberal-Capitalista tiende hacia un totalitarismo global de sesgo imperial-policial donde la política trata de las corporaciones transnacionales y sus intereses.
  • Debido a la globalización de los modos de producción desarrollistas y extractivistas del Capitalismo, empezamos a estar en un momento de difícil retorno respecto a la degradación medioambiental y el agotamiento de muchos recursos naturales a nivel planetario. En concreto, el agotamiento de los recursos energéticos amenaza con convertir la crisis energética en un colapso civilizatorio.  
  • La escala social masiva en las sociedades humanas opera como una trampa de progreso. Hace inviable, aparentemente, cualquier solución política que no asuma la implementación de un grado mayor de complejidad para el sostenimiento de esta realidad. 
  • La concentración masiva de población en mega-urbes hace dependiente a buena parte de la población mundial del abastecimiento energético y mercantil. Esta concentración poblacional es paralela a la concentración de poder en las instituciones liberales y transnacionales, y es proporcional al expolio a las clases populares y los países del sur.
  • Las resistencias democráticas a los cercamientos de los comunes, son necesariamente zonales y concretas. No coinciden ni en el espacio, ni en el tiempo. Un cambio global es necesario, pero la revolución no se dará en todos los territorios a la vez, como imaginaban las utopías clásicas de izquierdas de raíz ilustrada.
Romper el círculo virtuoso del Populismo es crucial[3]. Estamos hablando de analizar la posibilidad de una salida rupturista respecto a la articulación populista entre liberalismo y democracia.  Si las demandas populistas nacen dentro del marco político liberal. ¿Cómo impedimos desde dentro de la dinámica populista de masas que estas sean finalmente resueltas en las instituciones liberales? Las instituciones liberales, asociadas desde su nacimiento al desarrollo del capitalismo, no son neutras y en las lógicas populistas se convierten en un principio necesario de resolución que nunca se pone en cuestión. La razón populista se desenvuelve en el marco descrito por Fukuyama, en El fin de la historía y el último hombre, que pronosticó un fin de la historia donde el Estado moderno liberal[4] y su democracia representativa sería la culminación definitiva de la evolución de definición histórica de estructuras políticas e ideológicas. Salir de este marco implica canalizar la frustración no a través del significantes como “Hay que echarlos”, que conceden cierta neutralidad a las instituciones liberales, y focalizan la resolución de los problemas en la sustitución de los malos gestores o garbanzos negros por gente honesta y eficiente que atienda las problemáticas, sino a través de significantes vacíos que identifiquen a la propia sociedad de masas, a las instituciones liberales y al capitalismo como ángulos de un mismo triángulo que es necesario desarticular para restaurar la posibilidad de la política de base y por lo tanto, la auto-resolución de las demandas por los propios demandantes. La contradicción entre demandas de una misma serie equivalencial extensa, y que por lo tanto, no pueden ser resueltas a la vez y de forma unitaria por una entidad centralizada de poder,  introduce la posibilidad de bifurcaciones en la serie equivalencial que podrían permitir que el entramado institucional se hiciera plural. Si en cada ciclo populista no hubiera una reconstitución y relegitimación del aparato institucional en decadencia, sino un reconocimiento desde el cuerpo social, de la incapacidad política por pura contradicción del aparato liberal para resolver todas las cuestiones, podría darse la fragmentación de las series equivalenciales en series afines no contradictorias y más pequeñas que se dieran a si mismas legitimidad para resolver sus demandas. Estaríamos pasando de una concepción de Pueblo como multitud a una concepción plural y micropolítica de los diferentes Pueblos. Donde Pueblo dejaría de ser un abstracto para pasar a dividirse y multiplicarse a través de una red de concreciones diferenciales cohesionadas internamente por la política del bien común. Distintas formas de vida, diversidad de mundos y restauración del conflicto político. Comunidades humanas constituidas en torno a la tradición democrática[5], es decir, al margen de la configuración liberal moderna de las macroestructuras políticas del Capital.  Opondremos a Populismo,  el término Pueblismo. Si la razón populista vehicula la construcción del pueblo en base a demandas insatisfechas que pide en último término una nueva institucionalidad más hegemónica, el Pueblismo es la articulación del cuerpo social, de forma orgánica, no para exigir a un ente separado su satisfacción, sino para satisfacer sus necesidades de forma directa. No hablamos de masas, nos referimos a la emergencia de nodos de autogestión y apoyo mutuo, autónomos, que se otorgan a si mismos el derecho que se les niega desde la institución. Reivindicamos el término pueblar como un actuar político continúo que teje redes de solidaridad y vecindad, constituyendo al pueblo no de forma antagónica o negativa, en base a la frustración por las demandas insatisfechas, sino de forma positiva, en base a la construcción política en común para la satisfacción de esas demandas y su defensa. No de forma abstracta, sino concreta. En esta apuesta política, la figura del significante vacío pierde todo el sentido. La representación popular del significante vacío no es necesaria en la democracia directa. Las demandas nacen ya  dentro de una serie equivalencial. El análisis holístico, no separado, de las demandas o necesidades, permiten su priorización utilizando criterios directamente relacionados con el bien común por parte del propio colectivo. El paradigma de los Comunes, que pide hacer saltar por los aires la falsa dialéctica entre privado y público,  y reivindica la comunidad política a escala humana, articula esta propuesta.

Estamos convencidos que el escenario descrito, tendrá que ser tenido en cuenta a partir de la toma de conciencia general del desastre. El desmontaje del modelo socio-económico vigente a través de la descomplejización de las sociedades humanas y en definitiva, la fragmentación política en una nueva ruralización allí donde sea posible, es quizás, la única alternativa viable ante el suicido que implica esperar al colapso de la sociedad industrial capitalista.




[1] Por un lado, tenemos la tradición liberal constituida por el gobierno de la ley, la defensa de los derechos humanos y el respeto a la libertad individual; por el otro, la tradición democrática, cuyas ideas principales son las de la igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular. No hay una relación necesaria entre esas dos tradiciones diferentes, sino sólo una articulación histórica contingente. (Chantal Mouffe)
[2] Existe cierto determinismo en Laclau, que en mi opinión tiene que ver con un decisionismo político muy vigente en la actualidad, que desestima las alternativas libertarias en un proceso revolucionario. La acción directa no forma parte de la posibilidad de acción política de los demandantes. La autogestión no forma parte de la posible alternativa institucional. No se contempla. Siempre se obvia la posibilidad real de una solución descentralizada, democrática y atomizada.
[3] No olvidemos que el Estado liberal es esencial para la supervivencia y el desarrollo de un Capitalismo que nos está matando. Todos los Estados liberales del planeta son Capitalistas, los populistas de izquierdas también. Consideramos la lucha contra el Capitalismo como esencial. Preferimos los populismos de izquierda a la nada, pero no es una alternativa al neoliberalismo implementar estados sociales en base a la circulación capitalista y el crecimiento económico.
[4] El estado liberal. El imperio de la ley y el orden que clausura la política. Que cristaliza en una estructura institucional máximamente representativa una relación de fuerzas concreta. Una práctica que sacrifica la vía comunitaria por una supuesta seguridad y armonía entre individuos libres, en pos de evitar la rapiña de todos contra todos si no se impusieran ciertos límites. Que no concibe la política más allá de la administración y sus trámites burocráticos. Que produce individuos aislados e impide por todos los medios posibles su agrupación.
[5] La democracia radical, o democracia a secas, tolera bajas cotas de representación política. Considera que el auto-gobierno colectivo es la vía, no elude la política como conflicto y sus riesgos. No tolera la desigualdad. Concibe la práctica política como algo vivo y evita en lo posible, fundamentarla y convertirla en una cuestión papelesca. Le preocupa más la modalidad del proceso que la eficacia en la consecución de objetivos.  No es esencialista.

martes, 7 de mayo de 2013

LA URGENCIA DE RELOCALIZAR LA POLÍTICA


REPUEBLAR

Jose Luís Manchón – El Faro Crítico

Vivimos momentos inquietantes en Europa. La tan denunciada puerta giratoria entre lo público y lo privado que comunicaba dos espacios separados, ha sido intercambiada por una cama redonda donde la orgía es permanente. El fruto de esa fusión coincide con el último grado de descomposición en un régimen democrático, la Cleptocracia; institucionalización de la corrupción y sus declinaciones como el nepotismo, el clientelismo político y la malversación sistemática de caudales públicos. Un sistema político trufado de ladrones disfrazados de servidores públicos que ha erosionado radicalmente las bases sobre las que se asienta la Democracia Representativa y Los Estados del Bienestar.  El sueño de esa izquierda que creyó poder compatibilizar  capitalismo y socialismo se está desmoronando aceleradamente. La sensación general para la mayoría de la población afectada es de absoluto vértigo y desorientación, también miedo. Movimientos como el 15M y otros, nacidos como expresión de la indignación ante estas transformaciones, han hecho un análisis certero sobre cuales son las causas de la actual crisis-estafa y quienes son sus responsables. Lo han denunciado públicamente, sostenidamente en el tiempo y de las más diversas formas, pero ni las manifestaciones masivas, ni los actos de desobediencia civil de la ciudadanía, ni los escándalos de corrupción ya en el interior de los propios órganos del poder han logrado afectar lo más mínimo al guión corruptor y privatizador que representa la agenda neoliberal. Esta lamentable situación ha llevado a la sociedad civil a un estado de shock que roza en muchos casos la desesperación. No encontramos el discurso para sobreponernos a esta sensación generalizada de impotencia y menos, para construir un horizonte de expectativa considerado como viable por la mayoría y que pudiera servirnos como imaginario para empezar a plantear alternativas sólidas que vinculen en la acción política activa a amplios sectores de la población. Ante este aparente fin de la historia que nos impide articular nuevas racionalidades, vuelve a tomar relevancia la lucha contra el individualismo, contra la atomización y el aislamiento de las personas como primer paso para la necesaria recomposición de estructuras colectivas que fueron quebradas y que son imprescindibles para configurar mundos. 



Redes sociales
La Globalización, como esa forma de colonización y homogeneización del pensamiento, ha sido un proceso que se ha expresado como un gran diluidor de cultura.  Ha robado el alma a los pueblos, cuando no los ha aniquilado como formas de vida y lo que ha quedado, el individuo aislado y despotenciado, en soledad, sin referentes comunes y con frágiles bases construidas desde si mismo, se retuerce en el malestar ante la indiferencia de sus contemporáneos. El proceso ideológico de despliegue global del neoliberalismo nos ha llevado a la Nada, y un helador vacío inunda al ciudadano de a pie que huérfano y desvalido, se esfuerza por añadir consumo social a su cesta de la compra. Encontrar enlaces y herramientas en Internet que permitan conectar con los caladeros de relaciones virtuales se ha convertido en una obsesión para muchos. En general, el objetivo que se persigue no es tanto entrar en una colaboración recíproca con los contactados, sino más bien que todo fluya en un único sentido desde una asimetría interesada. Todos dispuestos a recibir, pocos dispuestos a dar. Muchos deseosos de encontrar colectivos que resistan con nosotros ante la injusticia que nos toca, casi nadie queriendo formar parte de esos mismos colectivos cuando ya no se trata de nosotros mismos y nuestras demandas. Redes de asistencia, pero no de apoyo mutuo. Siempre añorando el calor de la comunidad, pero sin disposición a asumir las obligaciones y compromisos que implica la pertenencia real al grupo. Acercándose desde lejos y siempre a punto de irse. Las redes sociales representan claramente este escenario sumamente fluido donde a golpe de click salimos y entramos, apoyamos o rechazamos, nos vinculamos o desvinculamos. Aceleración y vaporosidad.

No todo es negativo. La malla social, casi inexistente en los últimos años, se ha recompuesto de una forma amplia, aunque difusa, a través de las llamadas redes sociales digitales. Hemos vivido recientemente estallidos que han tenido que ver directamente con estas nuevas formas de relación y comunicación. Acontecimientos que han inaugurado nuevas formas de protesta, de convocatoria,  de organización; en definitiva, de hacer política. Ahora tenemos constancia casi a diario de protestas y concentraciones convocadas de forma espontánea, que se materializan súbitamente y con la misma inmediatez, se diluyen. Estructuras organizativas horizontales y rizomáticas, sin dirigentes, sin líderes y deslocalizadas que emergen, crean conexiones, se articulan y posteriormente se debilitan, hibernan o desaparecen con la misma rapidez con las que se crearon.  Un juego del gato y el ratón, que en determinado momento puso muy nervioso y preocupó en extremo al poder, pero que hoy asume con relativa tranquilidad. Representan al fin y al cabo un mal menor, minúsculos cortes a la circulación  capitalista, interrupciones brevísimas en el proceso de privatización del mundo, pequeñas piedras en el camino que son apartadas con la ayuda del silencio cómplice de los grandes medios de comunicación. El momento pide un cambio en la estrategia.  

El pueblo en Ruinas
Es habitual escuchar en la protesta callejera lo de “El pueblo unido jamás será vencido”, pero en verdad, el individuo moderno cuando sale a la calle y participa en un acto masivo de protesta, lo que está haciendo en la mayoría de los casos es reivindicar determinadas demandas individuales apoyándose en la multitud. Las manifestaciones y concentraciones son mayoritariamente simulacros que aparentan representar una lucha comunitaria apoyada por miles de personas que se configuran como unidad. Realmente es todo lo contrario, más bien en estos actos concurren miles de demandas individuales aglutinadas en el mismo espacio y tiempo bajo el paraguas de un slogan común. La comprobación exacta sobre este hecho se da casi siempre al final del acto masivo. A cualquier amago de carga policial, cientos e incluso miles de manifestantes protagonizan la estampida y se dispersan con rapidez. La acción política consistente en la permanencia en el espacio ocupado como forma de visibilización de la protesta, en unos instantes se diluye y las calles o la plaza quedan vacías. Ya no existe razón alguna por la cual correr el riesgo de permanecer. Cuando el manifestante moderno corre, todo lo que hay que salvar lo lleva consigo.  Entonces ¿Dónde está el pueblo? Y si no existe ¿Dónde está la unidad de la Clase trabajadora? Y si tampoco existe….

            Reconociendo la precisión del análisis que hizo Marx respecto al  capitalismo como sistema de explotación, creo que es pertinente poner en cuestión la estrategia adoptada por los actores sociales que han pretendido representar al 99% desde que se enunció el paradigma de Lucha de Clases como motor de la historia. Al identificar al Proletariado [1] como sujeto revolucionario internacional, es decir, transversal a las naciones, y a la Humanidad como objeto del cambio, se ha despotenciado desde el abstracto  y de una forma absoluta la capacidad de interponerse al avance de la lógica  capitalista a niveles de menor escala al que planteaba el movimiento obrero. Se hizo una apuesta de máximos y se perdió. Es evidente que el sujeto revolucionario internacional que representa el proletariado para el análisis Marxista, nunca se ha organizado efectivamente como tal y la posibilidad de que lo hiciera  quizás siempre fue escasa. Mientras el esfuerzo de los movimientos sociales más poderosos se ha centrado históricamente en la internacionalización del conflicto y en la búsqueda de soluciones globales aplicables a la Humanidad en su conjunto, el  capital aplicando una lógica relativamente simple, se ha ocupado mientras tanto de hacer desaparecer el suelo desde el cual se intentaban construir las bases de la revolución. Su formidable capacidad corrosiva ha actuado al más bajo nivel, mediando las relaciones y transformando las diversas formas de vida en una única y homogénea existencia zombi. Un proceso que no ha dejado de potenciarse paralelamente a la extensión geográfica del dominio  capitalista y la intensificación de su modo de explotación en cada lugar. Hoy comprobamos que el éxito del neoliberalismo es aplastante y nos emplaza a todos. Quedan muy pocos afueras en un mundo ya casi privatizado en su totalidad. Tampoco es posible la indiferencia ante el insoportable orden actual, ya que la mayoría formamos parte de este particular banquete caníbal.

Repueblar
Pueblo es una palabra polémica y con muchos significados diferentes. Cargada de connotaciones cuando comprobamos en la historia que ha sido un término instrumentalizado en demasiadas ocasiones por el poder para en su nombre legitimar la barbarie. Aún así, no podemos renunciar a su uso cuando lo que estamos persiguiendo es un empoderamiento popular suficiente que permita el resurgir de la democracia en su sentido más original. Aquel que reivindica precisamente el gobierno desde el pueblo y para el pueblo.

Pueblar significa la ocupación colectiva de un espacio-tiempo no de cualquier manera, sino estableciendo relaciones fuertes y no mediadas entre las personas. Estas relaciones tienen la capacidad  de transformar el ámbito en que se dan y convertirlo en un lugar histórico y relacional. Conjuntos de relaciones que por si mismas tienden a crear nuevas formas de vida colectivas por consenso. Es el momento ontológico anterior necesario para que pueda articularse una comunidad; una unión vital y orgánica que está destinada a  configurarse como ente político.  
Despueblar es abandonar el pueblo. Si pueblar es el establecimiento no mediado del sentimiento de pertenencia al grupo, definimos la acción de despueblar como la desafección respecto a lo que significa esa misma pertenencia. Para que esta acción se realice no es necesario dejar atrás el espacio. El  capitalismo ha conseguido despueblar sin movimiento físico los pueblos y como consecuencia hemos asistido a un proceso silencioso pero extremadamente violento, en el que hemos pasado de pueblos a poblaciones. Es muy importante entender esta diferencia. Si el pueblo tiende siempre a configurarse como comunidad política organizada, la población es radicalmente lo contrario. Una colección de individuos que se encuentran en un determinado ámbito de proximidad, pero a la vez, en la lejanía del desconocimiento mutuo. Están separados, no existe unidad. La desconfianza es la forma general de relación, las puertas de las casas se cierran con doble llave y la guerra civil permanente entre todos sus miembros, condenados a la competencia mercantil, los aísla. La figura del  francotirador simboliza exactamente la aptitud. Siempre escondiéndose, pero siempre al acecho. Es el fenómeno de la insociable sociabilidad del individuo capitalista, que considera acto hostil cualquier contacto o intromisión no programado por él mismo sobre su vida espectral. Siempre ocupado en la continúa rectificación de su propio clinamen. Es la soledad máximamente acompañada que se da en los centros y las periferias de las grandes ciudades. Este proceso de desafección, al que incita constantemente la publicidad de masas, ha conseguido disolver casi todos los escenarios culturales-comunitarios del planeta. Se han secuestrado los deseos colectivos, vaciado de contenidos las formas de vida anteriores y las que han sobrevivido, han sido declaradas  obsoletas o exóticas. Alguien que despuebla se desintegra y se convierte instantáneamente en un Poblador, en un átomo asocial. Como no puede ser de otra manera, en su horizonte mental de futuro a corto plazo lo único que aparece es un proyecto individual de consumo. Los pobladores funcionan como individuos aislados que intentan hacer valer sus deseos. En último extremo, los habitantes de las poblaciones no se relacionan, ni se saludan cuando se cruzan por las escaleras, las calles o comparten ascensor, como pasa en las macro-urbes y sus periferias. Simulacro de vida en común, hostilidad encubierta por pacto de no agresión. La población es el germen perfecto para la deslocalización. A la mínima, hacen las maletas y se van sin dejar nada atrás.  La población desde un punto de vista social es la Nada.

Repueblar es un acto revolucionario y quizás el reto político más importante al que se enfrenta los movimientos sociales actualmente, ya que consiste en volver a integrar al poblador aislado en el pueblo. Las asambleas de los barrios y pueblos, las asociaciones de vecinos, las plataformas ciudadanas, las mareas y otras muchas organizaciones sociales con espíritu crítico y transformador saben que la solución política a los problemas no pasa por abandonar el lugar, sino por agrandarlo y enriquecerlo incorporando a más personas concienciadas en la lucha por el bien común. La fuga no es una opción aceptable porque implica la negación a implicarse en la solución del problema. También el exilio, la desintegración y la exposición máxima a la rapiña de los que se van y de los que se quedan. No es momento de buscar soluciones individuales. Es momento de meter codos entre todos para evitar la asfixia a la que nos pretende someter el actual régimen y que toma su forma pura en su dimensión económica. Un régimen transversal a los estados y cuyo nombre no es otro que  capital.

Reducir la actividad de explotación capitalista a los márgenes, a los intersticios para posteriormente promover su desaparición, es el objetivo. Paradójicamente, para conseguirlo, la lucha anticapitalista tiene que salir del tablero de juego clásico. La recomposición de una clase obrera internacional como sujeto político revolucionario es casi imposible. El trabajador asalariado, ese “privilegiado” que aún tiene fuerza de trabajo atractiva para el mercado; desclasado, aislado y temeroso, está atrapado. En general es estéril políticamente por dos razones principalmente; por su impotencia para enfrentarse en su soledad a la explotación a la que está sometido en su centro de trabajo en un momento donde los aparatos de protección de los derechos laborales viven sus horas más bajas. También por el miedo paralizante ante una situación donde la pérdida del empleo implica intercambiar la autonomía económica por la dependencia precaria, y en último extremo, por la indigencia. Ha interiorizado la lógica del esclavo y asume la explotación como fatalidad. Reemplazar el sujeto político que centra la actividad de resistencia ante este sistema injusto desde la supuesta “Clase Internacional de trabajadores” a la localidad de cada uno de los pueblos es primordial. Nos convoca a todos a resolver la ecuación desde lo cotidiano, desde lo local donde la acción política y la presión se pueden ejercer en todo momento. Implica un giro estratégico que registra la impotencia del proletariado como sujeto político revolucionario y la emergencia del precariado como reemplazo.  Un sector cada vez más amplio que se nutre en su origen de distintas clases sociales. El desahuciado, el timado por el sistema financiero, el parado de larga duración, el pequeño comerciante quebrado, el enfermo no rentable, el trabajador no remunerado, el joven sin futuro, el inmigrante marginado, el dependiente abandonado, el estudiante que no tiene dinero para seguir estudiando, el campesino sin tierras, el jubilado sin recursos. Todos aquellos que están sometidos a algún tipo de muerte civil, todos aquellos a los que el sistema les propone una existencia marchita, son los llamados ahora a cambiar las reglas del juego. Son revolucionarios en si mismos porque les va la vida en ello. Es el momento, en consecuencia, del desposeído que tiene todo por ganar porque le han quitado todo y ya no tiene nada que perder. Necesitan organizarse y cada vez son más. Tejer redes alternativas de apoyo mutuo es para ellos una necesidad vital. Espacios donde haya una inversión total de los valores que les rescate a ellos, y no a los bancos. Configurarse como pueblos es abrir la posibilidad colectiva para construir y proponer directamente nuevas y diversas formas de vida. También para dar sentido a cualquier acción política más allá del ombligo de cada uno.  Redes de colectivos autónomos, diferentes, solidarios y articulados entre si, que se conformen como alternativa al mundo capitalista y sean impermeables a su actividad corrosiva.  Unidos por la diferencia en un continuo donde cada diferencia no es individual, sino colectiva.

Aunque lentamente, ya se están tejiendo estas redes y serán el fermento de un mundo nuevo. También de nuevas formas de lucha mucho menos líquidas. La explicación es relativamente fácil de entender. El  capitalismo está en un momento donde su propia lógica y desarrollo le ha llevado a generar un ejército de reserva en forma de desempleados, formidable y quizás muy por encima de lo deseable para los propios intereses del sistema, que ha hecho coincidir además con el desmantelamiento en Europa de los “Estados del Bienestar” creando un desequilibrio tan brutal, tan acelerado y en tan poco tiempo que ante las grandes cifras de desempleo y la certeza de la falta de perspectivas, son amplios sectores del citado ejército los que van abandonando subjetivamente sus filas de una forma negativa, al perder la esperanza de volver a insertarse en el mundo laboral convencional, y también de una forma positiva de tipo propositivo, ya que al retirar su confianza de las soluciones laborales convencionales, casi sin darse cuenta empiezan a depositar sus esperanzas en alternativas que les obligan a cambiar la mirada y les transforman. Por primera vez salen del individualismo que les permitía su anterior modo de vida asociado al consumo y miran a su alrededor buscando la complicidad.  Comienzan a reconocerse como parte de la solución y señalan certeramente donde está el problema. La participación directa en procesos de lucha legítimos por el derecho a su propia existencia, les moviliza y les aglutina, les hace pueblo.

Volver a convertir las poblaciones en pueblo es imprescindible y el reconocimiento mutuo en la proximidad es el primer paso. Es preciso desvirtualizar en la medida de lo posible las relaciones tejidas en las redes sociales, para que tengan su reflejo real en los barrios y ciudades a través de relaciones de vecindad, que comprometan y sean tendenciosas en su constitución como poder político que de lugar a comunidades vivas y conscientes. Comunidad es un concepto colectivo que evoca goce, amistad, solidaridad, trato directo, cohesión interna entre los integrantes, política en el ágora, disfrute de bienes comunes, trabajo colectivo, apoyo mutuo y auto-organización. También protección y defensa de lo común en la medida en que la comunidad se articula como unidad indivisible, como Bloque. Es deseable esto último en momentos donde lo común, lo público, se encuentra amenazado. La posibilidad de construir verdaderos espacios no estorbados de experimentación de nuevas formas de vida es crucial en un momento claro de fin de ciclo histórico.

La ciudadanía está rompiendo legítimamente el Contrato Social que mantenía con este Estado y busca consensos en la comuna para abrir una nueva etapa. A las élites que se benefician del actual sistema político, cada vez les cuesta más que la pose del Estado como ente paternal donde bajo su dominación se da la división equitativa de la riqueza y la justicia se adecue con la realidad que viven millones de personas al borde de la miseria y la exclusión social. Protector de la propiedad que ellos no poseen, garante de la sistematización de la explotación laboral, colaborador diligente con las élites financieras responsables de la crisis,  expoliador de los recursos comunes, la acción del Estado en su conjunto sacrifica y perjudica al pueblo y el pueblo empieza a verse borroso en el espejo del Estado.

El sur de Europa se ha convertido en un formidable laboratorio social. ¡Toma parte!



[1] Proletario es el que está obligado a vender su propia fuerza de trabajo y la sus hijos (prole) para sobrevivir.