REPUEBLAR
Jose Luís Manchón – El Faro Crítico
Vivimos momentos inquietantes en Europa. La tan denunciada puerta
giratoria entre lo público y lo privado que comunicaba dos espacios separados,
ha sido intercambiada por una cama redonda donde la orgía es permanente. El
fruto de esa fusión coincide con el último grado de descomposición en un
régimen democrático, la Cleptocracia ;
institucionalización de la corrupción y sus declinaciones como el nepotismo, el
clientelismo político y la malversación sistemática de caudales públicos. Un sistema
político trufado de ladrones disfrazados de servidores públicos que ha
erosionado radicalmente las bases sobre las que se asienta la Democracia Representativa y Los Estados del Bienestar. El sueño de esa izquierda que creyó poder
compatibilizar capitalismo y socialismo se
está desmoronando aceleradamente. La sensación general para la mayoría de la
población afectada es de absoluto vértigo y desorientación, también miedo. Movimientos
como el 15M y otros, nacidos como expresión de la indignación ante estas
transformaciones, han hecho un análisis certero sobre cuales son las causas de
la actual crisis-estafa y quienes son sus responsables. Lo han denunciado
públicamente, sostenidamente en el tiempo y de las más diversas formas, pero ni
las manifestaciones masivas, ni los actos de desobediencia civil de la
ciudadanía, ni los escándalos de corrupción ya en el interior de los propios
órganos del poder han logrado afectar lo más mínimo al guión corruptor y privatizador
que representa la agenda neoliberal. Esta
lamentable situación ha llevado a la sociedad civil a un estado de shock que
roza en muchos casos la desesperación. No encontramos el discurso para sobreponernos
a esta sensación generalizada de impotencia y menos, para construir un
horizonte de expectativa considerado como viable por la mayoría y que pudiera
servirnos como imaginario para empezar a plantear alternativas sólidas que vinculen
en la acción política activa a amplios sectores de la población. Ante este
aparente fin de la historia que nos
impide articular nuevas racionalidades, vuelve a tomar relevancia la lucha
contra el individualismo, contra la atomización y el aislamiento de las
personas como primer paso para la necesaria recomposición de estructuras colectivas
que fueron quebradas y que son imprescindibles para configurar mundos.
Redes sociales
No todo es negativo. La malla social, casi inexistente en los últimos
años, se ha recompuesto de una forma amplia, aunque difusa, a través de las
llamadas redes sociales digitales. Hemos vivido recientemente estallidos que
han tenido que ver directamente con estas nuevas formas de relación y
comunicación. Acontecimientos que han inaugurado nuevas formas de protesta, de
convocatoria, de organización; en
definitiva, de hacer política. Ahora tenemos constancia casi a diario de protestas
y concentraciones convocadas de forma espontánea, que se materializan
súbitamente y con la misma inmediatez, se diluyen. Estructuras organizativas horizontales
y rizomáticas, sin dirigentes, sin líderes y deslocalizadas que emergen, crean
conexiones, se articulan y posteriormente se debilitan, hibernan o desaparecen
con la misma rapidez con las que se crearon. Un juego del gato y el ratón, que en
determinado momento puso muy nervioso y preocupó en extremo al poder, pero que hoy asume con relativa
tranquilidad. Representan al fin y al cabo un mal menor, minúsculos cortes a la
circulación capitalista, interrupciones brevísimas
en el proceso de privatización del mundo, pequeñas piedras en el camino que son
apartadas con la ayuda del silencio cómplice de los grandes medios de
comunicación. El momento pide un cambio en la estrategia.
El pueblo en Ruinas
Es habitual escuchar en la protesta callejera lo de “El pueblo unido
jamás será vencido”, pero en verdad, el individuo moderno cuando sale a la
calle y participa en un acto masivo de protesta, lo que está haciendo en la
mayoría de los casos es reivindicar determinadas demandas individuales
apoyándose en la multitud. Las manifestaciones
y concentraciones son mayoritariamente simulacros
que aparentan representar una lucha comunitaria apoyada por miles de personas
que se configuran como unidad. Realmente es todo lo contrario, más bien en
estos actos concurren miles de demandas individuales aglutinadas en el mismo
espacio y tiempo bajo el paraguas de un slogan común. La comprobación exacta
sobre este hecho se da casi siempre al final del acto masivo. A cualquier amago
de carga policial, cientos e incluso miles de manifestantes protagonizan la
estampida y se dispersan con rapidez. La acción política consistente en la permanencia
en el espacio ocupado como forma de visibilización de la protesta, en unos
instantes se diluye y las calles o la plaza quedan vacías. Ya no existe razón alguna
por la cual correr el riesgo de permanecer. Cuando el manifestante moderno corre,
todo lo que hay que salvar lo lleva consigo. Entonces ¿Dónde está el pueblo? Y si no existe
¿Dónde está la unidad de la Clase
trabajadora? Y si tampoco existe….
Reconociendo
la precisión del análisis que hizo Marx respecto al capitalismo
como sistema de explotación, creo que es pertinente poner en cuestión la
estrategia adoptada por los actores sociales que han pretendido representar al
99% desde que se enunció el paradigma de Lucha
de Clases como motor de la historia. Al identificar al Proletariado [1] como
sujeto revolucionario internacional, es decir, transversal a las naciones, y a la Humanidad
como objeto del cambio, se ha despotenciado desde el abstracto y de una forma absoluta la capacidad de interponerse
al avance de la lógica capitalista a
niveles de menor escala al que planteaba el movimiento obrero. Se hizo una
apuesta de máximos y se perdió. Es evidente que el sujeto revolucionario
internacional que representa el proletariado
para el análisis Marxista, nunca se ha organizado efectivamente como tal y la
posibilidad de que lo hiciera quizás
siempre fue escasa. Mientras el esfuerzo de los movimientos sociales más
poderosos se ha centrado históricamente en la internacionalización del
conflicto y en la búsqueda de soluciones globales aplicables a la Humanidad en su conjunto,
el capital aplicando una lógica relativamente
simple, se ha ocupado mientras tanto de hacer desaparecer el suelo desde el
cual se intentaban construir las bases de la revolución. Su formidable capacidad corrosiva ha actuado al más
bajo nivel, mediando las relaciones y transformando las diversas formas de vida
en una única y homogénea existencia zombi. Un proceso que no ha dejado de
potenciarse paralelamente a la extensión geográfica del dominio capitalista y la intensificación de su modo de
explotación en cada lugar. Hoy comprobamos que el éxito del neoliberalismo es aplastante y nos
emplaza a todos. Quedan muy pocos afueras en un mundo ya casi privatizado en su
totalidad. Tampoco es posible la indiferencia ante el insoportable orden
actual, ya que la mayoría formamos parte de este particular banquete caníbal.
Repueblar
Pueblo es una palabra polémica
y con muchos significados diferentes. Cargada de connotaciones cuando comprobamos
en la historia que ha sido un término instrumentalizado en demasiadas ocasiones
por el poder para en su nombre
legitimar la barbarie. Aún así, no podemos renunciar a su uso cuando lo que
estamos persiguiendo es un empoderamiento popular suficiente que permita el
resurgir de la democracia en su sentido más original. Aquel que reivindica
precisamente el gobierno desde el pueblo
y para el pueblo.
Pueblar significa la ocupación
colectiva de un espacio-tiempo no de cualquier manera, sino estableciendo relaciones
fuertes y no mediadas entre las personas. Estas relaciones tienen la
capacidad de transformar el ámbito en
que se dan y convertirlo en un lugar
histórico y relacional. Conjuntos de relaciones que por si mismas tienden a
crear nuevas formas de vida colectivas por consenso. Es el momento ontológico
anterior necesario para que pueda articularse una comunidad; una unión vital y orgánica que está destinada a configurarse como ente político.
Despueblar es abandonar el pueblo. Si pueblar es el establecimiento no mediado del sentimiento de
pertenencia al grupo, definimos la acción de despueblar como la desafección respecto a lo que significa esa
misma pertenencia. Para que esta acción se realice no es necesario dejar atrás
el espacio. El capitalismo ha conseguido despueblar sin movimiento físico los pueblos y como consecuencia hemos
asistido a un proceso silencioso pero extremadamente violento, en el que hemos
pasado de pueblos a poblaciones. Es muy importante entender
esta diferencia. Si el pueblo tiende
siempre a configurarse como comunidad
política organizada, la población es radicalmente
lo contrario. Una colección de individuos que se encuentran en un determinado ámbito
de proximidad, pero a la vez, en la lejanía del desconocimiento mutuo. Están
separados, no existe unidad. La desconfianza es la forma general de relación,
las puertas de las casas se cierran con doble llave y la guerra civil
permanente entre todos sus miembros, condenados a la competencia mercantil, los
aísla. La figura del francotirador simboliza exactamente la
aptitud. Siempre escondiéndose, pero siempre al acecho. Es el fenómeno de la insociable
sociabilidad del individuo capitalista, que considera acto hostil cualquier
contacto o intromisión no programado por él mismo sobre su vida espectral. Siempre
ocupado en la continúa rectificación de su propio clinamen. Es la soledad máximamente acompañada que se da en los
centros y las periferias de las grandes ciudades. Este proceso de desafección,
al que incita constantemente la publicidad de masas, ha conseguido disolver
casi todos los escenarios culturales-comunitarios del planeta. Se han
secuestrado los deseos colectivos, vaciado de contenidos las formas de vida
anteriores y las que han sobrevivido, han sido declaradas obsoletas o exóticas. Alguien que despuebla se desintegra y se convierte
instantáneamente en un Poblador, en un
átomo asocial. Como no puede ser de otra manera, en su horizonte mental de
futuro a corto plazo lo único que aparece es un proyecto individual de consumo.
Los pobladores funcionan como
individuos aislados que intentan hacer valer sus deseos. En último extremo, los
habitantes de las poblaciones no se
relacionan, ni se saludan cuando se cruzan por las escaleras, las calles o
comparten ascensor, como pasa en las macro-urbes y sus periferias. Simulacro de
vida en común, hostilidad encubierta por pacto de no agresión. La población es el germen perfecto para la deslocalización. A la mínima, hacen las
maletas y se van sin dejar nada atrás.
La población desde un punto de
vista social es la Nada.
Repueblar es un acto
revolucionario y quizás el reto político más importante al que se enfrenta los
movimientos sociales actualmente, ya que consiste en volver a integrar al poblador aislado en el pueblo. Las asambleas de los barrios y
pueblos, las asociaciones de vecinos, las plataformas ciudadanas, las mareas y
otras muchas organizaciones sociales con espíritu crítico y transformador saben
que la solución política a los problemas no pasa por abandonar el lugar, sino por agrandarlo y
enriquecerlo incorporando a más personas concienciadas en la lucha por el bien
común. La fuga no es una opción aceptable porque implica la negación a
implicarse en la solución del problema. También el exilio, la desintegración y
la exposición máxima a la rapiña de los que se van y de los que se quedan. No
es momento de buscar soluciones individuales. Es momento de meter codos entre
todos para evitar la asfixia a la que nos pretende someter el actual régimen y
que toma su forma pura en su dimensión económica. Un régimen transversal a los
estados y cuyo nombre no es otro que capital.
Reducir la actividad de explotación capitalista a los márgenes, a los
intersticios para posteriormente promover su desaparición, es el objetivo. Paradójicamente,
para conseguirlo, la lucha anticapitalista tiene que salir del tablero de juego
clásico. La recomposición de una clase obrera internacional como sujeto
político revolucionario es casi imposible. El trabajador asalariado, ese
“privilegiado” que aún tiene fuerza de trabajo atractiva para el mercado;
desclasado, aislado y temeroso, está atrapado. En general es estéril
políticamente por dos razones principalmente; por su impotencia para
enfrentarse en su soledad a la explotación a la que está sometido en su centro
de trabajo en un momento donde los aparatos de protección de los derechos
laborales viven sus horas más bajas. También por el miedo paralizante ante una
situación donde la pérdida del empleo implica intercambiar la autonomía
económica por la dependencia precaria, y en último extremo, por la indigencia.
Ha interiorizado la lógica del esclavo y asume la explotación como fatalidad. Reemplazar
el sujeto político que centra la actividad de resistencia ante este sistema
injusto desde la supuesta “Clase
Internacional de trabajadores” a la localidad de cada uno de los pueblos es primordial. Nos convoca a
todos a resolver la ecuación desde lo cotidiano, desde lo local donde la acción
política y la presión se pueden ejercer en todo momento. Implica un giro
estratégico que registra la impotencia del proletariado
como sujeto político revolucionario y la emergencia del precariado como reemplazo. Un sector cada vez más amplio que se nutre en
su origen de distintas clases sociales. El desahuciado, el timado por el
sistema financiero, el parado de larga duración, el pequeño comerciante
quebrado, el enfermo no rentable, el trabajador no remunerado, el joven sin
futuro, el inmigrante marginado, el dependiente abandonado, el estudiante que
no tiene dinero para seguir estudiando, el campesino sin tierras, el jubilado
sin recursos. Todos aquellos que están sometidos a algún tipo de muerte civil,
todos aquellos a los que el sistema les propone una existencia marchita, son
los llamados ahora a cambiar las reglas del juego. Son revolucionarios en si
mismos porque les va la vida en ello. Es el momento, en consecuencia, del
desposeído que tiene todo por ganar porque le han quitado todo y ya no tiene
nada que perder. Necesitan organizarse y cada vez son más. Tejer redes
alternativas de apoyo mutuo es para ellos una necesidad vital. Espacios donde
haya una inversión total de los valores que les rescate a ellos, y no a los
bancos. Configurarse como pueblos es abrir
la posibilidad colectiva para construir y proponer directamente nuevas y
diversas formas de vida. También para dar sentido a cualquier acción política más
allá del ombligo de cada uno. Redes de colectivos
autónomos, diferentes, solidarios y articulados entre si, que se conformen como
alternativa al mundo capitalista y sean impermeables a su actividad corrosiva. Unidos por la diferencia en un continuo donde
cada diferencia no es individual, sino colectiva.
Aunque lentamente, ya se están tejiendo estas redes y serán el fermento
de un mundo nuevo. También de nuevas formas de lucha mucho menos líquidas. La
explicación es relativamente fácil de entender. El capitalismo está en un
momento donde su propia lógica y desarrollo le ha llevado a generar un ejército
de reserva en forma de desempleados, formidable y quizás muy por encima de lo
deseable para los propios intereses del sistema, que ha hecho coincidir además
con el desmantelamiento en Europa de los “Estados del Bienestar” creando un
desequilibrio tan brutal, tan acelerado y en tan poco tiempo que ante las
grandes cifras de desempleo y la certeza de la falta de perspectivas, son
amplios sectores del citado ejército los que van abandonando subjetivamente sus
filas de una forma negativa, al perder la esperanza de volver a insertarse en
el mundo laboral convencional, y también de una forma positiva de tipo
propositivo, ya que al retirar su confianza de las soluciones laborales convencionales,
casi sin darse cuenta empiezan a depositar sus esperanzas en alternativas que
les obligan a cambiar la mirada y les transforman. Por primera vez salen del
individualismo que les permitía su anterior modo de vida asociado al consumo y
miran a su alrededor buscando la complicidad.
Comienzan a reconocerse como parte de la solución y señalan certeramente
donde está el problema. La participación directa en procesos de lucha legítimos
por el derecho a su propia existencia, les moviliza y les aglutina, les hace pueblo.
Volver a convertir las poblaciones
en pueblo es imprescindible y el reconocimiento
mutuo en la proximidad es el primer paso. Es preciso desvirtualizar en la
medida de lo posible las relaciones tejidas en las redes sociales, para que
tengan su reflejo real en los barrios y ciudades a través de relaciones de
vecindad, que comprometan y sean tendenciosas en su constitución como poder
político que de lugar a comunidades vivas y conscientes. Comunidad es un concepto colectivo que evoca goce, amistad, solidaridad,
trato directo, cohesión interna entre los integrantes, política en el ágora, disfrute
de bienes comunes, trabajo colectivo, apoyo mutuo y auto-organización. También protección
y defensa de lo común en la medida en que la comunidad se articula como unidad indivisible, como Bloque. Es deseable esto último en
momentos donde lo común, lo público, se encuentra amenazado. La posibilidad de
construir verdaderos espacios no estorbados de experimentación de nuevas formas
de vida es crucial en un momento claro de fin de ciclo histórico.
La ciudadanía está rompiendo legítimamente el Contrato Social que mantenía con este Estado y busca consensos en la comuna
para abrir una nueva etapa. A las élites que se benefician del actual sistema
político, cada vez les cuesta más que la pose del Estado como ente paternal donde
bajo su dominación se da la división equitativa de la riqueza y la justicia se
adecue con la realidad que viven millones de personas al borde de la miseria y
la exclusión social. Protector de la propiedad que ellos no poseen, garante de
la sistematización de la explotación laboral, colaborador diligente con las
élites financieras responsables de la crisis,
expoliador de los recursos comunes, la acción del Estado en su conjunto sacrifica y perjudica al pueblo y el pueblo
empieza a verse borroso en el espejo del Estado.
El sur de Europa
se ha convertido en un formidable laboratorio social. ¡Toma parte!
[1] Proletario es el que está
obligado a vender su propia fuerza de trabajo y la sus hijos (prole) para
sobrevivir.
