Fvi - Revolución y Revuelta
La Revolución una vez más desacreditada.
Reducida una vez más a amenaza convulsa, o a formas de relevo del poder.
A pesar del vértigo publicitario por el cambio irrefrenable.
-Todo debe cambiar menos la política, que es irrelevante (algo técnico)-.
(Luego se sorprenden de que surja a borbotones…)
Una vez más falseada por la historia. Como denuncia el artículo seleccionado de Florence Gauthier La importancia de saber por qué la Revolución francesa no fue una “revolución burguesa”. Irónicamente asfixiada por las categorías “históricas” que debían convertirla en necesaria, resulta ahora que la Revolución la hizo la burguesía, y lo que implantó fue la Propiedad (!).
Tras la caída de la “necesidad histórica” que traía la utopía, post-marxistas reconvertidos aprovechan el derribo de la ortodoxia para olvidar las evidencias del capital.
Mientras algunos (como hacía Bataille) desconfían de la multitud y conspiran secretamente en una “revuelta” inadvertida;
Otros judas como Laclau, tras intentar desideologizar a la izquierda, tratan ahora de sustraerle su fundamento popular: el “pueblo”, en nombre de quien la revolución se hace.
Puede que en efecto el pueblo fuera un significante vacío como dice Laclau, antes de que la derecha le diera sentido despreciándolo. “Populistas” era el término despectivo que daban a aquellxs jóvenes rusxs del siglo XIX que buscaban en los pueblos recuperarse de su irrelevancia social y vital.
Luego, cuando se impuso a tiros el parlamentarismo, la derecha se vio obligada a actualizar sus justificaciones. Hoy la represión se hace en nombre de la “soberanía popular”.
Pero si hay algo opuesto al decir del “pueblo” son precisamente las instituciones. Y cuando se grita todavía por el pueblo, se hace en nombre de la condición de “gente” que no pueden negarnos, como suelo político del que no pueden desalojarnos. Y este suelo no trata de recuperar una “universalidad” desde los excluidos, al bonito modo de Jacques Ranciere; o aprovechar la mala conciencia del Estado; ni pretende repetir los debates reunidos en torno a la libertad de la propiedad o la demanda social de igualdad, es decir, por el reparto de los bienes; sino aludir a la radicalidad de donde surge la política, y que sufre todavía un anatema sobre su nombre de “Anarquía”.
Tras sólo citar la asamblea abierta en la que cualquier política sería posible, la represión se apresura en acudir.
Como el antagonismo social lo crea el poder (y no la protesta que lo pone de manifiesto), cualquier acción política puede ser considerada “disidencia”; pero también cualquier acción autónoma, una práctica revolucionaria. La revolución no consistiría tanto entonces en una gran estrategia de ingeniería social, como en la actividad política normal que la gente no puede ni quiere dejar de hacer.
Como nos cuenta Mercedes de los Santos Ortega en El devenir revolucionario de Buenaventura Durruti, la iniciativa individual o la acción colectiva anarquista sólo pretenden desencadenar las prácticas políticas reprimidas del pueblo, manteniéndose vigilantes ante quienes intenten dirigirlas.
Lejos de teorías “históricas” que condicionen nuestras prácticas, o demostraciones “teóricas” que neutralicen nuestra iniciativa o nos releguen a los márgenes, la acción individual se integra de manera natural en la actividad colectiva del “pueblo” porque éste es plural, y no está representado por un proyecto definido y único, sino que se trata de una creación colectiva, cuya confluencia se encuentra en el camino.
Según Durruti “la revolución es una desconocida”, que hay que cuidar, pero no dirigir.
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miércoles, 2 de marzo de 2016
miércoles, 26 de noviembre de 2014
El retorno de Pueblo como categoría política
Jose
Luis Manchón – El Faro Crítico
Pueblo ha sido un término esquivado hasta hace muy poco por
los discursos de izquierda. La situación ha cambiado. La emergencia de nuevos
paradigmas anticapitalistas que ya no referencian exclusivamente al movimiento
obrero (ecologismos, feminismos, pacifismos) ha sido fundamental para su
rescate del baúl de los trastos viejos y su conversión en central para pensar
el panorama político actual. Los nuevos movimientos sociales lo han recepcionado
como un desatascador y revitalizador necesario. No es casual. La disfunción histórica
del paradigma revolucionario de clase, había introducido a las luchas sociales
en un callejón sin salida. Concluir que la clase obrera no está en proceso de
articulación, sino todo lo contrario, es una realidad dolorosa que es necesario
asimilar cuanto antes para reorientar las luchas anticapitalistas e implica
reconocer algo novedoso invisibilizado por las ideologías de base dialéctica y
materialista; el conflicto político entre grupos se da principalmente entre
identidades, entre formas de vida, y no tanto entre intereses. El apoyo que
obtienen los grupos conservadores y neoliberales por los sectores más populares
y humildes de la población en muchos países, sostiene en buena medida esta tesis.
El marco cultural, el imaginario colectivo, las representaciones de éxito en el
que se ubica subjetivamente el individuo, son más determinantes a la hora de
optar por una u otra solución política, que la condición económica objetiva. En
las sociedades de consumo, los deseos están secuestrados por la publicidad. La
lucha de clases atraviesa a cada individuo.
En
este contexto, emergen las opciones populistas, tanto de izquierdas como
conservadoras. Ernesto Laclau, en La
razón populista, explica el proceso de construcción de un pueblo a gran escala. Su origen es negativo. Para que se constituya un pueblo, tiene que existir un conjunto de
demandas diferenciales insatisfechas. Es decir, tiene que existir una
institucionalidad incapaz de hacerse cargo de esas problemáticas ó resuelta a
negarlas. La frustración genera el caldo de cultivo para que esas demandas
diferenciales y aisladas, que proyectan sus esfuerzos en vertical, empiecen a conjugarse horizontalmente provocando así la emergencia
de una serie equivalencial de demandas. Ese estado de hermandad, de
articulación entre demandas equivalentes, escinde el espacio político en dos. La
serie equivalencial de demandas, enfrentándose unitariamente y de forma
antagónica a una institucionalidad, es el pueblo
para Laclau. En su teoría, es necesario que una o varias de las demandas, se
postulen como significantes vacíos para que puedan canalizar el malestar del pueblo de forma positiva en lo que
debería derivar en la conquista del poder constituido. El acceso desde
posiciones populistas al poder de gobierno, inagura un nuevo ciclo político donde
previsiblemente el pueblo populista
se irá diluyendo en la medida que sean satisfechas por las instituciones, de
forma diferencial, la mayoría de las demandas. Pero no existe cierre. La contradicción entre demandas pertenecientes a
la misma serie equivalencial, e incluso
la imposibilidad real de realización de algunas de ellas, dejará en evidencia
al gobierno populista. Son estas demandas no atendidas, las que volverán a
reiniciar un nuevo ciclo de luchas.
Es
sorprendente como el análisis de Laclau explica perfectamente fenómenos
históricos revolucionarios en muchos de los países donde se han producido
procesos de empoderamiento popular que han llevado al derrocamiento de
regímenes e instauración de nuevos órdenes sociales representativos. En el caso
español, permite comprender la posible función populista de los sectores más
reformistas del 15m en la emergencia posterior de Podemos, con la apelación al desalojo
de la casta política y la personalidad de Pablo Iglesias como significantes
vacíos. En el caso francés y a la derecha, tenemos el Populismo conservador de
Le Pen, que también apela al desalojo de los corruptos de las instituciones.
El análisis del Populismo en Laclau, es
lo suficientemente certero como para permitir entender perfectamente las
lógicas de resistencias ultra-democráticas que se están dando actualmente en algunos
Estados nacionales y también, sus limitaciones en el alcance de sus
consecuencias políticas. La lógica populista, consigue intermitentemente en
cada ciclo de empoderamiento popular, forzar una relación siempre contingente y
débil entre la concepción democrática de la política y la concepción liberal[1] para después, acabar siempre por reconstituir y legitimar las estructuras
liberales de dominación en la resolución final de los conflictos. En los
procesos populistas, mientras el pueblo
se constituye y se diluye en cada ciclo, la estructura liberal siempre
permanece, convirtiéndose así en un elemento inmanente a la lógica populista. Un
planteamiento problemático si lo que se está intentando articular son luchas
anticapitalistas, que son en definitiva, luchas contra pilares fundamentales
del liberalismo, como la propiedad.
El Populismo se hace cargo y resuelve el
problema de la escala, en la articulación de las luchas en sociedades de masas,
pero es precisamente esa escala la que impide cambios radicalmente
democráticos. El pueblo populista en
las sociedades de masas, debido a su magnitud, tiene que ser necesariamente
representado. La democracia representativa, aristocracia en su traducción
aristotélica, es lo máximo a lo que puede aspirar. Cuando se constituye, el pueblo populista evoca una fraternidad imaginaria
sin realidad efectiva. Su configuración es multitudinaria, colección de
individuos sin cohesión interna y por lo tanto, tendente a su disolución. Sus
movimientos son por demandas, es decir, piden ser atendidos por instancias separadas.
El pueblo, en clave populista, no
tiene potencia para realizar transformaciones por si mismo. Necesita ser asistido
y es el objeto de las instituciones liberales.
Entender
que la vía populista como tal, no puede ser revolucionaria en clave
anticapitalista, no significa que no pueda ser un punto de referencia a tener
muy en cuenta. Puede ser interesante aprender del análisis de Laclau para desde
ahí, intentar derivar otras vías[2]. El planteamiento de desviación del Populismo que
empezamos a explorar, está sustentado en base a determinados planteamientos que
consideramos ineludibles para la acción política en la coyuntura actual:
- El tandem Liberal-Capitalista tiende hacia un totalitarismo global de sesgo imperial-policial donde la política trata de las corporaciones transnacionales y sus intereses.
- Debido a la globalización de los modos de producción desarrollistas y extractivistas del Capitalismo, empezamos a estar en un momento de difícil retorno respecto a la degradación medioambiental y el agotamiento de muchos recursos naturales a nivel planetario. En concreto, el agotamiento de los recursos energéticos amenaza con convertir la crisis energética en un colapso civilizatorio.
- La escala social masiva en las sociedades humanas opera como una trampa de progreso. Hace inviable, aparentemente, cualquier solución política que no asuma la implementación de un grado mayor de complejidad para el sostenimiento de esta realidad.
- La concentración masiva de población en mega-urbes hace dependiente a buena parte de la población mundial del abastecimiento energético y mercantil. Esta concentración poblacional es paralela a la concentración de poder en las instituciones liberales y transnacionales, y es proporcional al expolio a las clases populares y los países del sur.
- Las resistencias democráticas a los cercamientos de los comunes, son necesariamente zonales y concretas. No coinciden ni en el espacio, ni en el tiempo. Un cambio global es necesario, pero la revolución no se dará en todos los territorios a la vez, como imaginaban las utopías clásicas de izquierdas de raíz ilustrada.
Romper el círculo virtuoso del Populismo
es crucial[3].
Estamos hablando de analizar la posibilidad de una salida rupturista respecto a
la articulación populista entre liberalismo y democracia. Si las demandas populistas nacen dentro del
marco político liberal. ¿Cómo impedimos desde dentro de la dinámica populista de
masas que estas sean finalmente resueltas en las instituciones liberales? Las
instituciones liberales, asociadas desde su nacimiento al desarrollo del
capitalismo, no son neutras y en las lógicas populistas se convierten en un principio
necesario de resolución que nunca se pone en cuestión. La razón populista se
desenvuelve en el marco descrito por Fukuyama, en El fin de la historía y el último hombre, que pronosticó un fin de
la historia donde el Estado moderno liberal[4] y su democracia representativa sería la culminación definitiva de la evolución
de definición histórica de estructuras políticas e ideológicas. Salir de este
marco implica canalizar la frustración no a través del significantes como “Hay
que echarlos”, que conceden cierta neutralidad a las instituciones liberales, y
focalizan la resolución de los problemas en la sustitución de los malos
gestores o garbanzos negros por gente honesta y eficiente que atienda las
problemáticas, sino a través de significantes vacíos que identifiquen a la
propia sociedad de masas, a las instituciones liberales y al capitalismo como ángulos
de un mismo triángulo que es necesario desarticular para restaurar la
posibilidad de la política de base y por lo tanto, la auto-resolución de las demandas
por los propios demandantes. La contradicción entre demandas de una misma serie
equivalencial extensa, y que por lo tanto, no pueden ser resueltas a la vez y
de forma unitaria por una entidad centralizada de poder, introduce la posibilidad de bifurcaciones en
la serie equivalencial que podrían permitir que el entramado institucional se
hiciera plural. Si en cada ciclo populista no hubiera una reconstitución y
relegitimación del aparato institucional en decadencia, sino un reconocimiento desde
el cuerpo social, de la incapacidad política por pura contradicción del aparato
liberal para resolver todas las cuestiones, podría darse la fragmentación de
las series equivalenciales en series afines no contradictorias y más pequeñas
que se dieran a si mismas legitimidad para resolver sus demandas. Estaríamos
pasando de una concepción de Pueblo
como multitud a una concepción plural y micropolítica de los diferentes Pueblos. Donde Pueblo dejaría de ser un abstracto para pasar a dividirse y multiplicarse
a través de una red de concreciones diferenciales cohesionadas internamente por
la política del bien común. Distintas formas de vida, diversidad de mundos y
restauración del conflicto político. Comunidades humanas constituidas en torno
a la tradición democrática[5],
es decir, al margen de la configuración liberal moderna de las macroestructuras
políticas del Capital. Opondremos a Populismo, el término Pueblismo. Si la razón populista
vehicula la construcción del pueblo en base a demandas insatisfechas que pide
en último término una nueva institucionalidad más hegemónica, el Pueblismo es
la articulación del cuerpo social, de forma orgánica, no para exigir a un ente
separado su satisfacción, sino para satisfacer sus necesidades de forma
directa. No hablamos de masas, nos referimos a la emergencia de nodos de
autogestión y apoyo mutuo, autónomos, que se otorgan a si mismos el derecho que
se les niega desde la institución. Reivindicamos el término pueblar como un
actuar político continúo que teje redes de solidaridad y vecindad, constituyendo
al pueblo no de forma antagónica o
negativa, en base a la frustración por las demandas insatisfechas, sino de
forma positiva, en base a la construcción política en común para la
satisfacción de esas demandas y su defensa. No de forma abstracta, sino
concreta. En esta apuesta política, la figura del significante vacío pierde
todo el sentido. La representación popular del significante vacío no es
necesaria en la democracia directa. Las demandas nacen ya dentro de una serie equivalencial. El análisis
holístico, no separado, de las demandas o necesidades, permiten su priorización
utilizando criterios directamente relacionados con el bien común por parte del propio
colectivo. El paradigma de los Comunes, que
pide hacer saltar por los aires la falsa dialéctica entre privado y público, y reivindica la comunidad política a escala
humana, articula esta propuesta.
Estamos convencidos que el escenario
descrito, tendrá que ser tenido en cuenta a partir de la toma de conciencia
general del desastre. El desmontaje del modelo socio-económico vigente a través
de la descomplejización de las sociedades humanas y en definitiva, la
fragmentación política en una nueva ruralización allí donde sea posible, es
quizás, la única alternativa viable ante el suicido que implica esperar al
colapso de la sociedad industrial capitalista.
[1] Por un lado, tenemos la
tradición liberal constituida por el gobierno de la ley, la defensa de los
derechos humanos y el respeto a la libertad individual; por el otro, la
tradición democrática, cuyas ideas principales son las de la igualdad, la
identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular. No hay una
relación necesaria entre esas dos tradiciones diferentes, sino sólo una
articulación histórica contingente. (Chantal Mouffe)
[2] Existe cierto determinismo
en Laclau, que en mi opinión tiene que ver con un decisionismo político muy
vigente en la actualidad, que desestima las alternativas libertarias en un
proceso revolucionario. La acción directa no forma parte de la posibilidad de
acción política de los demandantes. La autogestión no forma parte de la posible
alternativa institucional. No se contempla. Siempre se obvia la posibilidad
real de una solución descentralizada, democrática y atomizada.
[3] No olvidemos que el Estado
liberal es esencial para la supervivencia y el desarrollo de un Capitalismo que
nos está matando. Todos los Estados liberales del planeta son Capitalistas, los
populistas de izquierdas también. Consideramos la lucha contra el Capitalismo
como esencial. Preferimos los populismos de izquierda a la nada, pero no es una
alternativa al neoliberalismo implementar estados sociales en base a la
circulación capitalista y el crecimiento económico.
[4] El estado liberal. El
imperio de la ley y el orden que clausura la política. Que cristaliza en una
estructura institucional máximamente representativa una relación de fuerzas
concreta. Una práctica que sacrifica la vía comunitaria por una supuesta
seguridad y armonía entre individuos libres, en pos de evitar la rapiña de
todos contra todos si no se impusieran ciertos límites. Que no concibe la
política más allá de la administración y sus trámites burocráticos. Que produce
individuos aislados e impide por todos los medios posibles su agrupación.
[5] La democracia radical, o
democracia a secas, tolera bajas cotas de representación política. Considera
que el auto-gobierno colectivo es la vía, no elude la política como conflicto y
sus riesgos. No tolera la desigualdad. Concibe la práctica política como algo
vivo y evita en lo posible, fundamentarla y convertirla en una cuestión
papelesca. Le preocupa más la modalidad del proceso que la eficacia en la
consecución de objetivos. No es
esencialista.
martes, 7 de mayo de 2013
LA URGENCIA DE RELOCALIZAR LA POLÍTICA
REPUEBLAR
Jose Luís Manchón – El Faro Crítico
Vivimos momentos inquietantes en Europa. La tan denunciada puerta
giratoria entre lo público y lo privado que comunicaba dos espacios separados,
ha sido intercambiada por una cama redonda donde la orgía es permanente. El
fruto de esa fusión coincide con el último grado de descomposición en un
régimen democrático, la Cleptocracia ;
institucionalización de la corrupción y sus declinaciones como el nepotismo, el
clientelismo político y la malversación sistemática de caudales públicos. Un sistema
político trufado de ladrones disfrazados de servidores públicos que ha
erosionado radicalmente las bases sobre las que se asienta la Democracia Representativa y Los Estados del Bienestar. El sueño de esa izquierda que creyó poder
compatibilizar capitalismo y socialismo se
está desmoronando aceleradamente. La sensación general para la mayoría de la
población afectada es de absoluto vértigo y desorientación, también miedo. Movimientos
como el 15M y otros, nacidos como expresión de la indignación ante estas
transformaciones, han hecho un análisis certero sobre cuales son las causas de
la actual crisis-estafa y quienes son sus responsables. Lo han denunciado
públicamente, sostenidamente en el tiempo y de las más diversas formas, pero ni
las manifestaciones masivas, ni los actos de desobediencia civil de la
ciudadanía, ni los escándalos de corrupción ya en el interior de los propios
órganos del poder han logrado afectar lo más mínimo al guión corruptor y privatizador
que representa la agenda neoliberal. Esta
lamentable situación ha llevado a la sociedad civil a un estado de shock que
roza en muchos casos la desesperación. No encontramos el discurso para sobreponernos
a esta sensación generalizada de impotencia y menos, para construir un
horizonte de expectativa considerado como viable por la mayoría y que pudiera
servirnos como imaginario para empezar a plantear alternativas sólidas que vinculen
en la acción política activa a amplios sectores de la población. Ante este
aparente fin de la historia que nos
impide articular nuevas racionalidades, vuelve a tomar relevancia la lucha
contra el individualismo, contra la atomización y el aislamiento de las
personas como primer paso para la necesaria recomposición de estructuras colectivas
que fueron quebradas y que son imprescindibles para configurar mundos.
Redes sociales
No todo es negativo. La malla social, casi inexistente en los últimos
años, se ha recompuesto de una forma amplia, aunque difusa, a través de las
llamadas redes sociales digitales. Hemos vivido recientemente estallidos que
han tenido que ver directamente con estas nuevas formas de relación y
comunicación. Acontecimientos que han inaugurado nuevas formas de protesta, de
convocatoria, de organización; en
definitiva, de hacer política. Ahora tenemos constancia casi a diario de protestas
y concentraciones convocadas de forma espontánea, que se materializan
súbitamente y con la misma inmediatez, se diluyen. Estructuras organizativas horizontales
y rizomáticas, sin dirigentes, sin líderes y deslocalizadas que emergen, crean
conexiones, se articulan y posteriormente se debilitan, hibernan o desaparecen
con la misma rapidez con las que se crearon. Un juego del gato y el ratón, que en
determinado momento puso muy nervioso y preocupó en extremo al poder, pero que hoy asume con relativa
tranquilidad. Representan al fin y al cabo un mal menor, minúsculos cortes a la
circulación capitalista, interrupciones brevísimas
en el proceso de privatización del mundo, pequeñas piedras en el camino que son
apartadas con la ayuda del silencio cómplice de los grandes medios de
comunicación. El momento pide un cambio en la estrategia.
El pueblo en Ruinas
Es habitual escuchar en la protesta callejera lo de “El pueblo unido
jamás será vencido”, pero en verdad, el individuo moderno cuando sale a la
calle y participa en un acto masivo de protesta, lo que está haciendo en la
mayoría de los casos es reivindicar determinadas demandas individuales
apoyándose en la multitud. Las manifestaciones
y concentraciones son mayoritariamente simulacros
que aparentan representar una lucha comunitaria apoyada por miles de personas
que se configuran como unidad. Realmente es todo lo contrario, más bien en
estos actos concurren miles de demandas individuales aglutinadas en el mismo
espacio y tiempo bajo el paraguas de un slogan común. La comprobación exacta
sobre este hecho se da casi siempre al final del acto masivo. A cualquier amago
de carga policial, cientos e incluso miles de manifestantes protagonizan la
estampida y se dispersan con rapidez. La acción política consistente en la permanencia
en el espacio ocupado como forma de visibilización de la protesta, en unos
instantes se diluye y las calles o la plaza quedan vacías. Ya no existe razón alguna
por la cual correr el riesgo de permanecer. Cuando el manifestante moderno corre,
todo lo que hay que salvar lo lleva consigo. Entonces ¿Dónde está el pueblo? Y si no existe
¿Dónde está la unidad de la Clase
trabajadora? Y si tampoco existe….
Reconociendo
la precisión del análisis que hizo Marx respecto al capitalismo
como sistema de explotación, creo que es pertinente poner en cuestión la
estrategia adoptada por los actores sociales que han pretendido representar al
99% desde que se enunció el paradigma de Lucha
de Clases como motor de la historia. Al identificar al Proletariado [1] como
sujeto revolucionario internacional, es decir, transversal a las naciones, y a la Humanidad
como objeto del cambio, se ha despotenciado desde el abstracto y de una forma absoluta la capacidad de interponerse
al avance de la lógica capitalista a
niveles de menor escala al que planteaba el movimiento obrero. Se hizo una
apuesta de máximos y se perdió. Es evidente que el sujeto revolucionario
internacional que representa el proletariado
para el análisis Marxista, nunca se ha organizado efectivamente como tal y la
posibilidad de que lo hiciera quizás
siempre fue escasa. Mientras el esfuerzo de los movimientos sociales más
poderosos se ha centrado históricamente en la internacionalización del
conflicto y en la búsqueda de soluciones globales aplicables a la Humanidad en su conjunto,
el capital aplicando una lógica relativamente
simple, se ha ocupado mientras tanto de hacer desaparecer el suelo desde el
cual se intentaban construir las bases de la revolución. Su formidable capacidad corrosiva ha actuado al más
bajo nivel, mediando las relaciones y transformando las diversas formas de vida
en una única y homogénea existencia zombi. Un proceso que no ha dejado de
potenciarse paralelamente a la extensión geográfica del dominio capitalista y la intensificación de su modo de
explotación en cada lugar. Hoy comprobamos que el éxito del neoliberalismo es aplastante y nos
emplaza a todos. Quedan muy pocos afueras en un mundo ya casi privatizado en su
totalidad. Tampoco es posible la indiferencia ante el insoportable orden
actual, ya que la mayoría formamos parte de este particular banquete caníbal.
Repueblar
Pueblo es una palabra polémica
y con muchos significados diferentes. Cargada de connotaciones cuando comprobamos
en la historia que ha sido un término instrumentalizado en demasiadas ocasiones
por el poder para en su nombre
legitimar la barbarie. Aún así, no podemos renunciar a su uso cuando lo que
estamos persiguiendo es un empoderamiento popular suficiente que permita el
resurgir de la democracia en su sentido más original. Aquel que reivindica
precisamente el gobierno desde el pueblo
y para el pueblo.
Pueblar significa la ocupación
colectiva de un espacio-tiempo no de cualquier manera, sino estableciendo relaciones
fuertes y no mediadas entre las personas. Estas relaciones tienen la
capacidad de transformar el ámbito en
que se dan y convertirlo en un lugar
histórico y relacional. Conjuntos de relaciones que por si mismas tienden a
crear nuevas formas de vida colectivas por consenso. Es el momento ontológico
anterior necesario para que pueda articularse una comunidad; una unión vital y orgánica que está destinada a configurarse como ente político.
Despueblar es abandonar el pueblo. Si pueblar es el establecimiento no mediado del sentimiento de
pertenencia al grupo, definimos la acción de despueblar como la desafección respecto a lo que significa esa
misma pertenencia. Para que esta acción se realice no es necesario dejar atrás
el espacio. El capitalismo ha conseguido despueblar sin movimiento físico los pueblos y como consecuencia hemos
asistido a un proceso silencioso pero extremadamente violento, en el que hemos
pasado de pueblos a poblaciones. Es muy importante entender
esta diferencia. Si el pueblo tiende
siempre a configurarse como comunidad
política organizada, la población es radicalmente
lo contrario. Una colección de individuos que se encuentran en un determinado ámbito
de proximidad, pero a la vez, en la lejanía del desconocimiento mutuo. Están
separados, no existe unidad. La desconfianza es la forma general de relación,
las puertas de las casas se cierran con doble llave y la guerra civil
permanente entre todos sus miembros, condenados a la competencia mercantil, los
aísla. La figura del francotirador simboliza exactamente la
aptitud. Siempre escondiéndose, pero siempre al acecho. Es el fenómeno de la insociable
sociabilidad del individuo capitalista, que considera acto hostil cualquier
contacto o intromisión no programado por él mismo sobre su vida espectral. Siempre
ocupado en la continúa rectificación de su propio clinamen. Es la soledad máximamente acompañada que se da en los
centros y las periferias de las grandes ciudades. Este proceso de desafección,
al que incita constantemente la publicidad de masas, ha conseguido disolver
casi todos los escenarios culturales-comunitarios del planeta. Se han
secuestrado los deseos colectivos, vaciado de contenidos las formas de vida
anteriores y las que han sobrevivido, han sido declaradas obsoletas o exóticas. Alguien que despuebla se desintegra y se convierte
instantáneamente en un Poblador, en un
átomo asocial. Como no puede ser de otra manera, en su horizonte mental de
futuro a corto plazo lo único que aparece es un proyecto individual de consumo.
Los pobladores funcionan como
individuos aislados que intentan hacer valer sus deseos. En último extremo, los
habitantes de las poblaciones no se
relacionan, ni se saludan cuando se cruzan por las escaleras, las calles o
comparten ascensor, como pasa en las macro-urbes y sus periferias. Simulacro de
vida en común, hostilidad encubierta por pacto de no agresión. La población es el germen perfecto para la deslocalización. A la mínima, hacen las
maletas y se van sin dejar nada atrás.
La población desde un punto de
vista social es la Nada.
Repueblar es un acto
revolucionario y quizás el reto político más importante al que se enfrenta los
movimientos sociales actualmente, ya que consiste en volver a integrar al poblador aislado en el pueblo. Las asambleas de los barrios y
pueblos, las asociaciones de vecinos, las plataformas ciudadanas, las mareas y
otras muchas organizaciones sociales con espíritu crítico y transformador saben
que la solución política a los problemas no pasa por abandonar el lugar, sino por agrandarlo y
enriquecerlo incorporando a más personas concienciadas en la lucha por el bien
común. La fuga no es una opción aceptable porque implica la negación a
implicarse en la solución del problema. También el exilio, la desintegración y
la exposición máxima a la rapiña de los que se van y de los que se quedan. No
es momento de buscar soluciones individuales. Es momento de meter codos entre
todos para evitar la asfixia a la que nos pretende someter el actual régimen y
que toma su forma pura en su dimensión económica. Un régimen transversal a los
estados y cuyo nombre no es otro que capital.
Reducir la actividad de explotación capitalista a los márgenes, a los
intersticios para posteriormente promover su desaparición, es el objetivo. Paradójicamente,
para conseguirlo, la lucha anticapitalista tiene que salir del tablero de juego
clásico. La recomposición de una clase obrera internacional como sujeto
político revolucionario es casi imposible. El trabajador asalariado, ese
“privilegiado” que aún tiene fuerza de trabajo atractiva para el mercado;
desclasado, aislado y temeroso, está atrapado. En general es estéril
políticamente por dos razones principalmente; por su impotencia para
enfrentarse en su soledad a la explotación a la que está sometido en su centro
de trabajo en un momento donde los aparatos de protección de los derechos
laborales viven sus horas más bajas. También por el miedo paralizante ante una
situación donde la pérdida del empleo implica intercambiar la autonomía
económica por la dependencia precaria, y en último extremo, por la indigencia.
Ha interiorizado la lógica del esclavo y asume la explotación como fatalidad. Reemplazar
el sujeto político que centra la actividad de resistencia ante este sistema
injusto desde la supuesta “Clase
Internacional de trabajadores” a la localidad de cada uno de los pueblos es primordial. Nos convoca a
todos a resolver la ecuación desde lo cotidiano, desde lo local donde la acción
política y la presión se pueden ejercer en todo momento. Implica un giro
estratégico que registra la impotencia del proletariado
como sujeto político revolucionario y la emergencia del precariado como reemplazo. Un sector cada vez más amplio que se nutre en
su origen de distintas clases sociales. El desahuciado, el timado por el
sistema financiero, el parado de larga duración, el pequeño comerciante
quebrado, el enfermo no rentable, el trabajador no remunerado, el joven sin
futuro, el inmigrante marginado, el dependiente abandonado, el estudiante que
no tiene dinero para seguir estudiando, el campesino sin tierras, el jubilado
sin recursos. Todos aquellos que están sometidos a algún tipo de muerte civil,
todos aquellos a los que el sistema les propone una existencia marchita, son
los llamados ahora a cambiar las reglas del juego. Son revolucionarios en si
mismos porque les va la vida en ello. Es el momento, en consecuencia, del
desposeído que tiene todo por ganar porque le han quitado todo y ya no tiene
nada que perder. Necesitan organizarse y cada vez son más. Tejer redes
alternativas de apoyo mutuo es para ellos una necesidad vital. Espacios donde
haya una inversión total de los valores que les rescate a ellos, y no a los
bancos. Configurarse como pueblos es abrir
la posibilidad colectiva para construir y proponer directamente nuevas y
diversas formas de vida. También para dar sentido a cualquier acción política más
allá del ombligo de cada uno. Redes de colectivos
autónomos, diferentes, solidarios y articulados entre si, que se conformen como
alternativa al mundo capitalista y sean impermeables a su actividad corrosiva. Unidos por la diferencia en un continuo donde
cada diferencia no es individual, sino colectiva.
Aunque lentamente, ya se están tejiendo estas redes y serán el fermento
de un mundo nuevo. También de nuevas formas de lucha mucho menos líquidas. La
explicación es relativamente fácil de entender. El capitalismo está en un
momento donde su propia lógica y desarrollo le ha llevado a generar un ejército
de reserva en forma de desempleados, formidable y quizás muy por encima de lo
deseable para los propios intereses del sistema, que ha hecho coincidir además
con el desmantelamiento en Europa de los “Estados del Bienestar” creando un
desequilibrio tan brutal, tan acelerado y en tan poco tiempo que ante las
grandes cifras de desempleo y la certeza de la falta de perspectivas, son
amplios sectores del citado ejército los que van abandonando subjetivamente sus
filas de una forma negativa, al perder la esperanza de volver a insertarse en
el mundo laboral convencional, y también de una forma positiva de tipo
propositivo, ya que al retirar su confianza de las soluciones laborales convencionales,
casi sin darse cuenta empiezan a depositar sus esperanzas en alternativas que
les obligan a cambiar la mirada y les transforman. Por primera vez salen del
individualismo que les permitía su anterior modo de vida asociado al consumo y
miran a su alrededor buscando la complicidad.
Comienzan a reconocerse como parte de la solución y señalan certeramente
donde está el problema. La participación directa en procesos de lucha legítimos
por el derecho a su propia existencia, les moviliza y les aglutina, les hace pueblo.
Volver a convertir las poblaciones
en pueblo es imprescindible y el reconocimiento
mutuo en la proximidad es el primer paso. Es preciso desvirtualizar en la
medida de lo posible las relaciones tejidas en las redes sociales, para que
tengan su reflejo real en los barrios y ciudades a través de relaciones de
vecindad, que comprometan y sean tendenciosas en su constitución como poder
político que de lugar a comunidades vivas y conscientes. Comunidad es un concepto colectivo que evoca goce, amistad, solidaridad,
trato directo, cohesión interna entre los integrantes, política en el ágora, disfrute
de bienes comunes, trabajo colectivo, apoyo mutuo y auto-organización. También protección
y defensa de lo común en la medida en que la comunidad se articula como unidad indivisible, como Bloque. Es deseable esto último en
momentos donde lo común, lo público, se encuentra amenazado. La posibilidad de
construir verdaderos espacios no estorbados de experimentación de nuevas formas
de vida es crucial en un momento claro de fin de ciclo histórico.
La ciudadanía está rompiendo legítimamente el Contrato Social que mantenía con este Estado y busca consensos en la comuna
para abrir una nueva etapa. A las élites que se benefician del actual sistema
político, cada vez les cuesta más que la pose del Estado como ente paternal donde
bajo su dominación se da la división equitativa de la riqueza y la justicia se
adecue con la realidad que viven millones de personas al borde de la miseria y
la exclusión social. Protector de la propiedad que ellos no poseen, garante de
la sistematización de la explotación laboral, colaborador diligente con las
élites financieras responsables de la crisis,
expoliador de los recursos comunes, la acción del Estado en su conjunto sacrifica y perjudica al pueblo y el pueblo
empieza a verse borroso en el espejo del Estado.
El sur de Europa
se ha convertido en un formidable laboratorio social. ¡Toma parte!
[1] Proletario es el que está
obligado a vender su propia fuerza de trabajo y la sus hijos (prole) para
sobrevivir.
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