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miércoles, 21 de enero de 2015

Capítulo vigésimo de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Díaz Arroyo - El Faro Crítico

I
A Rodrigo, que estaba, pero no hablaba, en casa, y hablaba, pero no estaba, en la calle, se le planteó que el único modo de sacar la basura de su hogar era cambiarse de casa de vez en cuando. La calle, las palabras, la casa y el estar. También Rodrigo, que no podía dejar de sostener el entramado imaginativo, a pesar de ya barruntar que el paso a un nuevo hogar pasaba por aprender nuevos modos de cultivar la planta de la menta, circulaba entre debilísimas marismas contrapuestas. “A esta alturas de otoño ya no quedan hojas, sólo unos pocos tallos y las raíces que no se ven…”, se decía sin enunciar Rodrigo, pero como el batido de vainilla con una pizca de menta era su preferido y no quería para nada cambiar de sabor continuaba con el automatismo que le conducía a rebuscar alternativas para la conservación de la preciada hierba. “Congelada, seca, o…” e inmediatamente el ruidillo del microondas colaboraba en la desanimada conversación “…en aceite esencial…”. Un pitido avisaba entonces del final del ruido de fondo y por fin la boca se abría (daba igual, seguía sin haber palabras), estuviese ya el almuerzo caliente o no.
Al menos Rodrigo tenía bien claras algunas cosas. El nuevo idiolecto a aprender, el nuevo modo de cultivar, pensaría ante todo en y con los codos. Insensibles y con grietas, perfectos para rascarse los ojos y comprobar si aquello que se veía era cierto o no, geniales para quitarse el pesado sudor de la frente. Un idioma, en definitiva, que sólo podía ser escrito si ya se leía con otros en la escritura, eso sí, independientemente de que uno escribiera con la mano, con los pies o con los codos mismos.
Rodrigo, que pretendía evitar ante todo quemarse en la punta de los dedos (el que más le importaba era el dedo "corazón"), tomó definitivamente el plato con los codos. No estaba demasiado caliente pero sopló un par de veces. A esa distancia la comida, un poco de arroz con puerros y pollo, empezaba a parecer casi cualquier cosa. Con tanta cercanía la vista fallaba. Y por ahí había que empezar. Si bien el hecho de que la pérdida de la hegemonía visual que exigía esa distancia no permitiera distinguir el puerro del pedazo de pollo era muy diferente a tratar de deshegemonizar la visión como apertura, uso y redistribución del resto de sentidos, cada uno con sus diferenciaciones propias. "No, puré, no..." se repitió y dejó el plato sobre la mesita de la cocina. Finalmente llevado por el hambre tomó cubiertos en mano y empezó a comer. Aunque, eso sí, mientras tanto, continuó practicando el nuevo idioma. Gimnasia para los ojos.
De todos los trazados que sus ojos recorrieron (cruz, gran X, una espiral y un cuadrado) mientras comía, el único que no pudo recorrer porque ya estaba en ello, es decir, el único trazado que no recorrió en aquella ocasión porque exclusivamente lo podía recorrer él solo (sus ojos como "parte" de él, su cuerpo) y ya lo estaba recorriendo hiciera el trazado que hiciera (pues el círculo y el punto se confundían mutuamente en círculo-punto impensable/absurdo en cuanto se trataba, a la vez, del círculo máximamente pequeño (mínimamente grande) y del punto máximamente grande (mínimamente pequeño), componible entonces al absurdo con cualquier figura "extensa"), era el círculo. "Donde van los ojos, va el cuerpo...", se dijo y continuó abriendo ventanas-de su cuerpo. Al menos con el tiempo que eso requería para alguien poco acostumbrado, y desde luego Rodrigo no lo estaba mucho, el resto de tareas parecían demasiado ligeras. Sobre todo las que tenían que ver con la gestión de los antiguos lenguajes de otros. Por ponerse algún ejemplo de lo difícil que era deshacerse de ellos ante la enorme extrañeza que suponía todo aquello para él, tomó un folio en blanco y comenzó a hacer balance de ingresos y gastos. Mes a mes, con los cuatro últimos, no tardó demasiado en concluir que necesitaba ingresos extras para llevar a cabo la mudanza.
La carta de Juana estaba también sobre la mesa, cerca del folio lleno de números enormes y tachones que terminó arrojando con desgana. Un papel junto a otro. No se rechazaban en absoluto, pero Juana y Rodrigo sí. Hacía tiempo que no se veían ni se sabían, desde su despedida en la calle Donoso. Y ahora, por qué no pues había recordado su libertad con la carta cerrada de Juana, podía volver a saber de ella sin demasiada pena. Saber, querer, pensar, desear de o sobre Juana, no era algo que motivara a Rodrigo a abrir la carta, pero tal vez sí aquello le podría entretener lo suficiente para alejarse del problema de la financiación y, tras ese entretén, poder volver a él con alguna nueva solución que permitiera la mudanza. "Querido mío, dentro de poco moriré, mi proteonoma no da para más, nada que hacer..." era la primera línea que Rodrigo leyó en el escueto texto de la carta, y lo siguiente que venía dejaba bien a las claras que la unificación de los problemas y las soluciones de Rodrigo pasaba por allí. Su amiga, en principio ya difunta, legaba su vivienda de Donoso a Rodrigo. Aunque el hecho de que los problemas y las soluciones se unificaran no los eliminaba, sólo hacía que de un golpe, en la misma raíz visible y de nuevo circular, residieran ambos. El círculo hacía tres recorridos distintos aunque siempre pasara por un mismo punto monetario: pedir un préstamo bancario para, con ese dinero, atracar un banco y así, finalmente, obtener fondos para la mudanza a la casa de Juana.
Sin demasiada preparación, poco más que lavarse la cara y los dientes, Rodrigo se dirigió a la corporación nacional bancaria que gestionaba sus ingresos. No estaba lejos. Únicamente tuvo que cruzar la esquina de su calle y se topó con una esfera de números entretejida con zarzas que, anclada en el suelo y justo delante de la puerta de entrada, andamiaba la fachada del banco. No esperó demasiada cola. Enseguida un interventor le recibió en su despacho.
- Buenos días, Rodrigo Jiménez del Corral, ¿verdad?
- Así es, buenos días.
- Veo en su informe que desea pedir un préstamo personal.
- Sí.
- Lo que no especifica su informe es qué hará usted con el dinero que le dejaremos...
- No, bueno...
- Además, sus ingresos son muy escasos, si nos tuviera que devolver el préstamo únicamente en base a sus ingresos tardaría años... y eso si usted no gastara nada más, si no comiera en ese tiempo, necesitase ropa, o vivienda... por cierto dígame, ¿tiene alguna vivienda en propiedad?
- No, justamente dentro de poco pretendo mudarme a una vivienda familiar.
- En su informe no dice nada de eso. Pero tranquilo, no tiene que darme explicaciones.
- ...
- Dígame, ¿tiene otra fuente de ingresos a parte de los declarados?
- No.
- Es decir, que la garantía efectiva de devolución del préstamo giraría en torno al éxito de la empresa que usted comenzaría con el préstamo. Exclusivamente de eso, ¿me confundo?
- No se confunde, es así.
- Bueno, esto es lo que siempre hemos llamado un préstamo de altísimo riesgo, vieja receta... mire, actualmente la corporación de gobierno está facilitando de nuevo estos préstamos a bajísimo interés sobre todo para nuevos emprendedores, quizá no tanto para gastos directos en consumo. Es una prueba, pero usted ha llegado en el momento justo.
- Ah, vaya...
- Ya sabe, movilizar el movimiento de la pequeña economía… es como dar otro giro de tuerca a las estructuras intermedias… son las mismas empresas… empresas comprometidas con la gente porque hay gente detrás que vive en, por y para la empresa... gente que cuida de la gente, ¡no hay mayor garantía!, y nuestra labor, como banca nacionalizada, ya no es requerir como aval viviendas o propiedades privadas. El único aval que nos sirve es su vida... o lo que quede de ella… el que usted quiera compartir su vida con nosotros, con la corporación... flexi-emprendedores totales... sí, "flexi-emprendedores radicales por el bien de todos, si usted quiere" creo que será el lema de la campaña publicitaria que comenzará el ministerio en breve. Una vuelta a los pequeños préstamos de confianza, como en familia...
- Claro... bueno si quiere le puedo detallar en qué emplearé el préstamo...
- No, no, tranquilo, nos encantan las sorpresas. Lo único que necesitamos saber es lo siguiente: con el dinero que le dejaremos, ¿usted llevará a cabo una actividad que le permitirá devolver el dinero que le prestemos?
- Sí, claro.
- Perfecto, ya está, no necesitamos saber más. Las condiciones del préstamo se explicitan en este documento. Lea usted mientras yo cumplimento este formulario, y si está de acuerdo firme abajo, en poco más de dos horas tendrá la cantidad acordada en su cuenta.
Y no una hora sino cuarenta y cinco minutos fue el tiempo que tardó el móvil de Rodrigo en avisarle de la transferencia. Para entonces Rodrigo ya había escogido una pistola de agua de gran calibre y una máscara (de batman) de gran calidad que, ya de paso, también fuese aprovechable para carnavales. Lo siguiente fue llenar la despensa (con el estómago lleno se atraca mejor) y elegir qué corporación bancaria sería la protagonista del hurto.


II
Cuando Rodrigo y Juana se separaron frente al creciente rubor del hombrecillo del semáforo que marcaba el pulso de la calle Donoso, ninguno de ellos se preocupó porque el hombrecillo no tuviera cuerpo ni figura definidas, sólo sonido y color. Muchas lágrimas habían sido vertidas en la cercanía (ay pobre mí, pobre de tí, pobre de nosotros y pobre del mundo, pobre mundo) como entrante exquisito que ambos hubieran reservado para esa ocasión de tintineos. El sonido de fondo de la escena era una grabación del "pío-pío" de un pájaro sin pico que únicamente se podía encontrar en esa casa-cuartel de alambres fundidos y coloreados de campaña, y el color (con mínima forma) era la composición en una cambiante figura cada veinte segundos (el semáforo se encontraba en el tramo de la calle de mayor amplitud) de particiones regulares básicas ya no descomponibles en otras.
Como a pesar de que el cambio era triple (de canto/silencio, de colores y de movimiento de la figura no definida), el único cambio con movimiento pero sin tránsito era el cambio que acompañaba estrictamente al cambio de color del semáforo, es decir, la torna de la posición relativa de una de las figuras inferiores y otra de las superiores del hombrecillo siempre sobre fondo negro (color de gala, pajarillo de noche); el extraño pajarillo alado se ponía a cantar y los andantes pajareaban como el que más. De manera que la relatividad del cambio sin tránsito era tanto entre las partes componibles del hombrecillo de colores y sin figura como entre esas mismas partes y el fondo negro. Reciprotividad simultánea y fondo negro. El fondo negro también se movía y marcaba el paso. Acompañaba y suponía a los viandantes de al lado, no ya visibles sobre él sino más bien insensibles a cambiar de dirección mientras cruzaban la calle.
En aquella remota ocasión Rodrigo se quedó quieto mientras veía alejarse lentamente a Juana. Su paso decidido y lento hizo que la despedida visual durase cinco minutos: un minuto fue lo que tardó el semáforo en ponerse de nuevo en verde, otro lo que tardó Juana en cruzar la calle y otros tres ocupó perderla de vista tras el muro empedrado de su bloque. "Ya está, se acabó..." se decía Rodrigo, "...ella será feliz y yo... y yo..., ya sé lo que pasaría si sigo con ella... después de todo fue ella la que quiso que nos dejásemos de ver...". E inmediatamente, pero sólo porque ello ya regía, se sintió libre. Presintió cada parte de su cuerpo así: podía tener y tenía impresiones de cualquier rincón corporal antes de saber qué rincón era o dónde se encontraba. Conocía su cuerpo perfectamente porque lo sentía ("lo", como algo ahí) y no podía sentirlo sin que algo de fuera entrara en contacto con él. Cinco dedos eran una mano. Mano, muñeca, antebrazo, contrabrazo, codo y hombro, una extremidad. Y de allí no pasaba, del extremo de un brazo (hasta donde alcanzara la mano, eso sí, todo envuelto para regalo en piel). Así tenía la seguridad de conocer perfectamente todo lo de alrededor. Poco le sorprendía. Y eso que el asunto ocurría sólo porque conocía su cuerpo sobre el fondo negro y el fondo negro confundía a favor de la confusión su propio cuerpo con lo que se le aproximaba. Si probaba el sofrito que estaba preparando y se había pasado ligeramente de sal, él, entre otras cosas, era sofrito, él, sobre otras cosas, era sal. Lo similar pasaba con los rayos de sol. Con ciertas diferencias de grado entre días y estaciones, Rodrigo presentía que el calor del sol de un día de sol le calentaría. No predecía, ni calculaba, ni vaticinaba. Sentía frío y sin más el calor venía mediante los rayos del sol antes de darse cuenta de que el día era soleado.
Por otro lado, aquello atrapado por el toque de su mano (luz, sofrito, etc) tampoco se superyugaba sin más. Quería y no quería ser tocado por sus dedos. Sin contradicción, ¿cómo podría ser de otro modo si ni tan siquiera había tránsito alguno del fondo negro a lo interpuesto en ello? Así, sin voluntad predeterminada propia ni ajena, ni deseo de ningún tipo (deseable) su cuerpo se situaba en una concatenación de hechos aislados y encontrados concatenadamente ya por el fondo negro repetitivo en el cual estaba. El fondo negro era libertad, el libre encuentro y la llamada siempre dispuesta a toparse con el acople perfecto (es decir, no con cualquiera, sino con aquel acople ya condicionado por la repetición dada del "lo") de su cuerpo y el de afuera.
Bella amalgama de recortes conjuntados en la que sus palabras se esparcían in-discriminadamente por aquí y por allá. De nuevo, tan bello como estúpido. Barra libre de memoria personal en la que en muy pocas ocasiones, como recuerdo primigenio y matriz de su libertad, se emboscaba a sí mismo en la vuelta al día en que conoció a Juana.
En esas ocasiones el relato que guiaba su recuerdo se fijaba como diálogo en el que uno de los dos que dialogaban, Juana, no intervenía pues se hallaba en un segundo plano lejano, pero en una lejanía suficientemente visible (no lejana) como para esperar en todo momento su participación y acercamiento e incluso (tan alto era su lejano pedestal), para constar que sin esa participación nunca completa del todo no hubiese habido ni tan siquiera diálogo como recuerdo del relato de ambos. A esa media distancia equilibradamente externa al diálogo, Juana se convertía en un espectador cautivo de la historia, siempre se la esperaba y nunca podía llegar. Siempre su paso atrás se dibujaba como disipación atmosférica (de nuevo fondo negro). Paisaje ornamental en que Rodrigo podía recrear libre y cómodamente el primer momento en que probó el batido de vainilla con menta.


III
Un grupo de cebras salvajes había tomado parte del centro de la ciudad. Eran salvajes pero recatadas. No ocupaban demasiado y mugían moderadamente canciones protesta. Sólo cuando los agentes de la ordenacion estatal rodearon a los animales para que no ocuparan el cercano acceso a una calle peatonal y muy comercial, comenzaron a gritar como si una tropa de leones les emboscara en un desfiladero en el que sólo pudieran pasar de una en una. Todo muy pacífico. Al menos lo suficiente para que Rodrigo pudiera pasar cerca, escucharlas, rozar sus cuerpos (los cuerpos de una de ellas) y continuar su camino a la panadería.
Primero Rodrigo había pensado ir a la harinera de Pedro, pero vista la hora y ya que necesitaba sí, sí o sí pan, decidió ir a la tienda de "Pichi", aunque estuviese bastante más lejos. Andaba rumiando justamente el camino más corto para llegar cuando una pequeña cebra huida del cerco policial chocó con él (ocico con pierna derecha). Lo poco que cruzaron antes de que la cebra saliera pintado fue un pasquín y en un único sentido, de la cebra a Rodrigo. Sin vuelta. En los papeles, muy en grande, se presentaban unos caracteres que venían a decir algo así: " SÍ Y NO ES NO. NO A LA CLONACIÓN DE ÓRGANOS EXCLUSIVAMENTE PARA TRASPLANTES DE MASCOTAS. LOS ANIMALES SALVAJES TAMBIÉN TENEMOS DERECHOS, SI TODOS SOMOS ANIMALES, ¿QUIÉN CUIDA DE MI CORAZÓN?, SI COMO, CORRO Y PUEDO DAR CARIÑO COMO EL PERRO DE TU VECINA, ¿POR QUÉ MIS PRÓTESIS NO SE AUTOREGENERAN...?". Y aunque Rodrigo guardó los papeles en un bolsillo continuó encaminado sin mucha turbación hacia la panadería.
En la panadería, sin Pichi, el personal comentaba el frío que hacía en la calle. Tal vez porque Rodrigo estaba también muy congelado, apenas dijo nada, lo mínimo para comprar un kilo de harina y un poco de levadura. O tal vez no se detuvo mucho tiempo en la tienda pues ya estaba bien seguro de que los comentarios sobre el clima apenas hacen que la temperatura y la metereología cambien. Como fuese, no tuvo que ir muy lejos para enfriarse por dentro y así asumir conservando el frío de fuera. Junto a la tienda de "Pichi" había una heladería y Rodrigo, tras comprobar con buena alegría el horario, entró de inmediato. "Qué suerte, no falta mucho para que echen el cierre..." afirmó con un golpe a la puerta y no esperó a que la muchedumbre que esperaba para elegir sabor se decidiera. Simplemente se abrió paso hasta el mostrador. "Mmmm... no sé bien qué tomar..." masculló y empleó mucho menos tiempo en echar un vistazo al abanico tremendamente colorido de helados y batidos de sabores ofrecidos por el mostrador que a las mesas sin ocupar en las que podría degustar su opción.
Con el vaso de tubo lleno hasta casi rebosar de mezcla de leche semidesnatada, helado de vainilla y un poco de menta, se sentó en un taburete orientado hacia el exterior, muy cerca del interior del escaparate. La acera y las zonas de paso estaban bastantes desiertas. Rodrigo, sin embargo, se fijó bien en la única persona que deambulaba por la calle. Aunque enseguida un toque por la espalda le obligó a volver a su batido. "Disculpe usted, ¿puedo sentarme?", fue lo que una voz audiblemente anciana masculló justo a la vez del toque. El aspecto de la señora acompañaba su sonido. Una mujer alta, aunque ya curvada, de piel limpia, pero aparentemente muy arrugada, fue lo que en un primer momento la mirada de Rodrigo sondeó. "Tendrá unos ciento cincuenta años..." pensó y su atención terminó de recorrer el rostro orientándose a su pelo blanco, para nada prístino, que se mezclaba con mechones de colores más cálidos.
Para cuando su curiosidad visual quedó saciada la anciana ya se encontraba sentada a su lado con una buena cucharada de helado de chocolate en la boca.
- Mmmm... me encanta esta heladería, hacen los helados como en ningún sitio.
- Sí, los batidos también están riquísimos.
- Vengo todos los martes desde hace más de cincuenta años, ¡y siguen sabiendo igual que el primer día! Tú... tú no vienes mucho por aquí, ¿verdad? tu cara me quiere sonar pero creo que no te había visto antes... siento no poder enfocarte mejor, esta lente intraocular multifocal no termina de funcionar bien...
- No, no, creo que es la tercera vez que vengo.
- Claro, ya decía yo... creo que he visto a otros como tú por aquí pero no eras tú.
- ¿Otros como yo?
- Sí, sois tantos... me refiero a jovenzuelos solitarios con ese aire de despreocupación por el mundo... parece que la depresión constante está de moda y para nada reñido con la algaravía grupal y la actividad más visceral, no paráis...
- Bueno...
- Por favor, disculpa mis prejuicios... sólo quería decir que se suele llamar descanso a la desconexión depresiva de la actividad frenética en la que estamos sumidos... hacer, hacer y hacer... y por supuesto no pretendía decir que a ti te ocurriese... no te pretendía ofender, pero la edad en ocasiones permite hacer juicios un poco ligeros...
- Nada, nada, tranquila, seguro que algo de razón tiene... disculpe, ¿y cómo es su nombre?
- Juana... por favor tutéame, no me llames señora Juana ni doña Juana, me pones años y ya me los pongo yo solita...
- Perfecto Juana..., ¿entonces sí que vienes mucho por aquí?
- Sí, cada vez más... mis rutinas cada vez se aferran más a este sitio... es curioso...
- ¿Mmmm?
- Me refiero a todo lo que vengo aquí...
- Bueno, todos tenemos nuestras pequeñas manías y obsesiones, ¿sabes que cuando me ducho siempre primero me enjabono la cabeza y luego el cuerpo...?
- Guau... vaya, lo tuyo no tiene nombre, pobre cuerpo el tuyo... y esa cabeza separada... uy... bueno, verás, es que los martes vengo aquí, pero no por costumbre. No es como cuando nos acostumbramos a algo, integramos situaciones a nuestra rutina para formar hábito...
- Tengamos la edad que tengamos, si algo nos va bien...
- Qué gracioso, eso dice mi médico... verás es que últimamente, los últimos veinte o treinta años... desde que cumplí los ciento veinte, creo... las rutinas dejan de estar formándose en(e)migo por repetición de actos encontrados... resulta que es mi rutina la que busca otras rutinas, soy buscadora de costumbres, una rutina que busca otras, la parte que no pongo yo de los actos trans-individuales a incluir ya no está por ahí esperando mi acercamiento ciego u orientado por placer individual mío (puro respeto), ya no soy una burbuja de espuma estallada que no quiere volver al mar tras chocarse con un acantilado rugoso y percibir que nunca se alejó de él (de la mar). Fíjate... dudo incluso que un martes que no pudiera venir aquí, no sé... porque fuese temporada de recogida o algo así... dudo que ese martes este lugar tan siquiera estuviera aquí.
- Bueno, si tienes dudas podemos preguntar los horarios de la heladería...
- Je, ji (la risa de Juana sonaba como se escribía)... ¡cómo eres!, dime... tú nombre es...
- Rodrigo.
- ¡Qué bonito!, y dime Rodrigo, ¿te has enamorado últimamente?
- ¿Perdón?
- No fingas, me has escuchado…
- No, bueno, no sé, entonces supongo que no…
- Que no te has enamorado, dices…
- Juana, la pregunta es un poco pastelosa, ¿no?
- Por supuesto, estamos en una heladería, ¿qué esperabas?
- Ah, clar…
- ...
- ...ro...
- ¿Qué ocurre?
- … disculpa, me he despitado, ¿no te huele raro...?
- Uy, perdona, creo que tengo que ir al baño… es increíble lo que ha cambiado la neurociencia y la genética en los últimos 50 años, ¡¡y la ciencia del aparto digestivo sigue en el mismo punto que a finales del siglo pasado!!
La anciana se levantó y con un paso extraño, como con pasitos cortos pero en rica cadencia, caminó hasta el baño. Rodrigo bebió un poco más de su batido, ahora directamente del vaso. Echó una oída al murmullo del local y como ninguna conversación ajena le parecía interesante volvió a la acera y su vista. Enseguida llegó Juana. Rodrigo tardó en darse cuenta de su vuelta.
- Te has ido de nuevo y hace frío en la calle, ¿verdad?
- Sí... hace tanto frío fuera y mi cuerpo está caliente, por dentro y en la superficie. Es como si ese contraste enorme de temperaturas generase el vacío... sí, miraba a ese transehunte solitario, era yo mismo...
- Siempre uno cualquiera es yo mismo, así no se falla... pero tú eres mucho más hermoso que ese que ya no está...
- ¿Tú crees?
- Pues claro, si el vacío es el contraste, y siempre hay cuerpo y cuerpos... ¿puede haber algo más contrario a la soledad? A no ser que lo que te moleste es que haya demasiada distancia entre cuerpos, demasiado contraste de temperaturas...
- Ya, ya, la temperatura en el vacío absoluto es imposible...
- Claro... así que no queda otra que recibir el vacío de cuerpos, pero sin abarrotarlo, cada cuales con sus contrastes, diferentes temperaturas de contraste y vacío...
- ....eh...
- ¿mm...?
- ...perdona, pero estaba pensando lo que decías, da que pensar... eres muy sabia, eso lo da...
- ... ¿la edad?
- Sí, pero no quería ofender...
- No ofendes, todo lo contrario... a mis ciento cuarenta y siete años pocas cosas ofenden... es casi inversamente proporcional a lo de los prejuicios... pero sí que llama la atención la pena que suele levantar entre la gente eso de que uno muera cuando se llega al estado de plenitud de saber que se supone a la vejez...
- Y eso quien llegue...
- Mira, en los últimos treinta años se ha multiplicado por dos la esperaza de vida de los seritos humanos, ¿te parece que haya más sabiduría?, ¿más saber hacer por ahí?
- Desde luego que no.
- ¡Qué gran problema! Algo no va en la educación si tenemos que esperar en un tortuoso proceso acumulativo de conocimiento para tocar con los dedos las claves de la buena vida... toda una vida en su búsqueda, si hay suerte, con un hacer y hacer ciego que pretende buscarlo, poseerlo, conseguirlo y finalmente no hacerlo, ¡porque ya se es demasiado viejo o se está demasiado hastiado!
- Sí, en eso anda la transimisión creativa de conocimiento, el hacer intermedio no es ciego, ¿no?, tenemos las referencias de los que ya han pasado por ahí y nosotros las abrimos a los que vendrán...
- Ese es el cuento que se relata a los niños antes de apagar la luz para que participen del proceso sin rechistar... lo que no se cuenta es que el narra el cuento, el que decide si se pone o se quita la luz y añade temor a uno u otro caso, es justamente el mismo que no permite que el anciano pueda llegar a la senectud con vitalidad y fuerza de seguir viviendo, agotados... y además, ¿no te parece que si el saber es creativo-transmisivo y no sólo reproductivo esas referencias difícilmente podrían estar anudadas de antemano?
- Claro, ¡no sabes qué difícil es encontrar alguien al que el ensayo y error teledirigido también le agote!
- Yo también me emociono hablando y haciendo estas cosas... eres demasiado hermoso...
- ...
- Lo ves, incluso te sonrojas... pero no te quiero hacer sentir incómodo... sólo digo que es curioso que esto ocurra con más fuerza que nunca... el fracaso de la educación, de la gente más lista... el que en lugar de dar/recibir modos de anudar enseñemos tipos o tipologías de nudos en una cuerda ya tensada de principio a fin... y que esto ocurra justamente cuando la sanidad obtiene las más abrumadoras cotas de éxito...

Juana y Rodrigo terminaron pronto la conversación. También el batido y el helado. Uno de los camareros les recordó que el local estaba a punto de cerrar y se apresuraron a no dejar ni gota de sus consumiciones. Ni gota fuera, todo en la lengua, en el paladar y en los dientes. Pero que permaneciera allí, sin prisa para escaparse al estómago. Ambos se despidieron con una sonrisa fea, llena de manchas, y un "...a mí también me encantaría volver a verte... pronto... aunque ya sabemos que el tiempo es mucho más que una (UNA) vida...".
De vuelta a casa Rodrigo, entusiasmado como estaba, se detuvo frente a la estación norte de tren. La descuidada fachada de ladrillo visto y cemento llamaron su atención. "Con lo que suelo pasar por aquí y nunca me había fijado...", se decía y su atención saltó ahora a la cola de animales que esperaba frente a una de las taquillas. Había algunos perros (tal vez lobos), dos conejos, un gato, una rana y un pato que con bastante buen orden se enfilaban hacia la taquilla. Sólo una paloma y unos gorriones, que no paraban de revolotear a lo alto del hall de la estación, parecían pasar simplemente por allí. Un relámpago y un trueno simultáneos, incluso más que las primeras gotas sobre su cabeza, le invitaron definitivamente a entrar. Corrió para cruzar el umbral de la puerta que soportaba el letrero de "SALIDA", y sin más se puso en el último lugar de la cola. Inmediatamente alguien se colocó tras él.
Cuando Rodrigo se sacudió las pocas gotas de lluvia de su abrigo, el pato y la rana, que habían recibo la mayoría, gritaron de júbilo y salieron a la calle, hacia la lluvia. Pero alguien se quejó. "¿Quién habrá sido el damnificado?" pensó Rodrigo antes de darse la vuelta. Y enseguida comprobó que una chica con un abrigo muy largo y marrón (ligeramente moteado por gotas de lluvia ajenas) se avalanzó sobre él. "Rodrigo, ¡eres tú!, no te veía desde el instituto...", a lo que él sólo pudo contestar "...muy bien, ¿y tú?...", a pesar de que, ciertamente, no pudo reconocer a la joven. Tampoco, en lo que siguió de conversación, entendió ni una palabra. Sobretodo porque uno de los lobos discutía a voces con el gato en torno a si el billete reducido de familia numerosa era a partir de cuatro o cinco miembros en el núcleo familiar. Pero también porque la joven hablaba un idioma raro. Había palabras, aisladas y arbitrarias, que de repente Rodrigo entendía, pero enseguida perdía el hilo. Aunque la aguja del hilo, sí enhebrada aún sin costura continua, eran los gestos y movimientos de la chica. Ahí la ausencia de sentido en sus palabras se llenaba. Y Rodrigo continuó un ratito respondiendo de cuando en cuando con cabeza y muchos hombros. Casi hasta que el tren llegó.
A pesar de que el pitido de la locomotora rebosó toda conversación hasta secarla, Rodrigo tenía más o menos claro que la joven, esa supuesta amiga de su hermana en el instituto, colaboraba con los animales presentes en alguna tarea extremadamente vital. La protesta de las cebras se había extendido, y algunos animales humanizados (doblemente humanizados, triplemente estupidizados) habían abandonado a sus dueños para ir al frente y unirse a las concentraciones. La joven acompañaba a los animales para facilitar el que no ocurriera que por ejemplo alguno, suficientemente no familiarizado con los códigos alfanuméricos humanos, quisiera entrar en el baño de señoras siendo macho y viceversa.
Antes de que el tren partiera de nuevo y tras cerciorarse de dónde sería la concentración principal, Rodrigo buscó una cabina en la estación e hizo algunas videollamadas a amigos para comprobar si se unirían a las protestas. Todavía tuvo tiempo para montar en el tren antes de que partiera. No llevaba billete y el revisor, un señor algo cheposo, le invitó a bajarse en la próxima estación. Lo mismo ocurrió con el pato.


IV
Sí estaba. Al menos desde que nació. La floración regía la vida en el bloque de Emilio. Una vida organizada en diferentes registros de asentamiento y despliegue. El bloque era un ser vivo. La vida no-interna eran ruidos de fondo (para nada negro) y gemidos en la noche, también voces animales que se colaban por las débiles paredes entre los apartamentos no sólo a la hora de cocinar y notar que faltaba un poco de sal o aceite para el almuerzo y la comida (en la cena nunca faltaba nada). Y es que las paredes eran claves para que la comunicación visual se conjurase como insuficiente, para que la imagen de la figura todavía abierta del dibujo de un rostro no dijera más que la vibración compartida del oír/decir un susurro de muchos.
También la vida no-externa de los componentes del bloque se mantenía como si hubiera contornos sombreados fuera, tras las paredes. Aunque en ese caso los extranjeros no eran vecinos y solían formar parte del servicio de recogida de basuras o algún otro servicio municipal. Ahí, el ser vivo que componía y ocupaba el primero A, B y D, el segundo A, B y C y el tercero A, B y C, convertía el registro de salida en función metabólica. Excrecencia de la producción interna que obligaba a la salida hacia fuera de sí. No es que los forasteros al bloque fuesen basura, sino que la basura recién producida, es decir, todavía no abandonada como inútil (todavía no olía mal) era el único proceso en el que la ruta metabólica no-externa se abría sobre sí misma. Sin tiempo para decidir si aquello servía todavía o no para algo, la basura ya era requerida por la necesidad de algo externo que demandaba cabida en los ciclos del bloque porque el bloque ya modulaba sus ciclos de acuerdo a esa recogida largo tiempo cuidada por el hábito compartido. Por eso si una semana no había recogida de basuras el organismo no se envenenaba sin más. La costumbre nunca puede atentar contra la vida creativa. Y los residuos derivados del día a día de cada uno de los hogares saltaban de hogar en hogar, de pared entre pared, a suelo compartido. En consecuencia, las gentes que habitaban el bloque de Emilio hacían todavía mucha más vida en las zonas comunes, en el hall de entrada y en el patio central a todas las casas, cuando no funcionaba el sistema externo de recogida basuras. En esas circunstancias el ser vivo residía en un estar de conservación y crecimiento pleno, en su máximo esplendor en los atardeceres y mañanas de lluvia en las que el agua tocaba el suelo sin techo del patio central del bloque. Y si había algo que lo evitaba, al ser vivo le salía una cana y la basura empezaba a oler mal, se respirase como se respirase.
Pero un día ocurrió que alguien nuevo se mudó al bloque. Lo que no era raro es que con esa mudanza tuviera que mudar el bloque entero. Eso lo vivían y sabían cada soberano órgano del ser vivo. También Emilio. Lo extraño de esa mudanza fue que el cambio inducido no fuese proclamado únicamente desde dentro sin cerrarse a los afueras posibles sino que hubiera una solicitud interna y formal por carta tanto a los habitantes del bloque como a los habitantes del bloque que estaban por venir. La señora Gutierrez Rivera (Juana), viuda desde casi su nacimiento, en sus últimos días y sabedora de que eran sus últimos días, escribió una carta abierta a sus vecinos en los que anunciaba que en unos pocos días dejaría de vivir. La carta empezaba con un solemne "Queridos amigos y vecinos del 27 de la Calle Cuesta de la Picota..." pero como la anciana (tan anciana era, unos doscientos años, que ya no tenían mucho sentido las distinciones de género) últimamente era un apéndice anclado a una estructura ósea fijada a su vez ya sí a partes móviles vivientes, sólo pudo dar a conocer la carta a través del correo ordinario. Sin poder ya participar demasiado en la vida del bloque, metió como pudo la carta en el buzón de sus vecinos y envió otra copia a su amigo Rodrigo. Todas las cartas terminaban anunciando que Rodrigo comenzaría a vivir en el bloque tras su muerte. Tal era su legado.
Y Rodrigo se mudó justamente a una pequeña casa en torno al hogar de Emilio. Aunque no obtuvo el permiso de cambio de residencia fácilmente. En ciudad Sony de Madrid la movilidad en la residencia estaba muy muy garantizada. Pero el permiso estatal sólo soportaba el cambio si estaba justificado por la necesaria flexibilidad laboral o mercantil en general (ahí podía entrar la continua formación o el alejamiento de las estructuras familiares de dependencia). Si uno se movía y cultivaba con buen (y bello) interés, el permiso y todas sus garantías venían solas. Pero si las mudanzas ya estaban preparadas antes de moverse, si la exigencia de cambio de lugar ya estaba allí y sin empaquetar previamente a todo desplazamiento del dormitorio de las unidades de movimiento, el asunto se entorpecía y en ocasiones el permiso nunca llegaba. Jugó a favor de Rodrigo que su desagradable tendencia a hablar indicriminadamente en público casaba perfectamente con la clasificación municipal del bloque de Emilio como "bloque de aislamiento" para "individuos no muy diferenciados". Ambiguo era tanto no estar profesionalizado como estar profesionalizado en un empleo indefinido, estar, en definitiva, fijado demasiado tiempo a un espacio y un tiempo acotados. Dos veces tiempo. Y aunque los habitantes del bloque no entraban en ninguna de esas tipologías, el permiso llegó pronto junto a la invitación informativa del concejo a que Rodrigo participase en unos cursos de diálogo interior y cuidado del espacio público mediante sonrisa exterior.

Para sí, para si
parasiteas de tí
ante todo parasiteas
y desescombro la algaravía
limpio
desinfecto
acicalo
escudriño
un vía ancha de cabida
un eslogan envolvente para asumir
con muchas vocales
ese estribillo básico
no másico

Cinco vocales
juegos vocálicos
sin diptóngos
Una luz
a
Dos bocas que advierten
ee
Tres yuxtaposiciones
iii
Cuatro nexos no excluyentes
oooo
Mucho miedo
uuuuu
para sí, para si
parasiteas de tí

Emilio terminó con la puesta de sol de rebocar la pared del baño. "Por aquí no entrará más lluvia" se dijo, y salió de su casa para echar un vistazo a la pared desde fuera. "Un poco de cal por aquí y ya está..." repensaba cuando, entre las sombras que formaban el juego de velas que alumbraba el pasillo del tercero y la luna casi llena entre las nubes, una se movió más rápida que las demás. En realidad eran tres sombras, tres bultos oscuros en el suelo, que se apoyaban en la puerta cerrada de la casa del nuevo vecino. Emilio se acercó y dio varios golpes a la puerta. No hubo respuesta. Insistió y finalmente un finísimo hilo de luz se abrió paso entre la superficie que daba cobijo a puerta y pared. Detrás, empujando la estrechez de la hendidura lumínica para que ensanchara, apareció el nuevo vecino.
Que cada uno estuviera en el mejor lugar de los posibles cuando ambos se encontraron no dice sino que los dos, en tal momento, estaban en casa. Sin importar nada el que uno de ellos estuviera bajo el umbral de una puerta de madera y el otro rozando el quicio de un mundo compuesto esencialmente de agua, fuego, tierra y aire. Incluso daba igual el que uno se mantuviese de puertas para dentro y el otro de puertas para fuera. El pasillo a oscuras que llevaba al timbre de la puerta, a este, aquel o al otro (tanto una puerta podía tener múltiples timbres, diferentes modos de hacerse sonar a la escucha, como que los recorridos del pasillo podían llevar a diferentes puertas con timbre, no a cualquiera), era, desde luego, mucho más casa que la tabla de madera que marcaba el umbral de aislamiento compartimental. Y Emilio, tras presentarse de nuevo, invitó a Rodrigo a que el próximo día, con la salida del sol, estuviera en el reparto de tareas semanal. "Veremos tus capacidades y necesidades, a ver qué te apetece hacer... ah, y no dejes estas bolsas de basura aquí en el pasillo, si llueve enseguida apesta todo... bájatelas también mañana y haremos compost..." . No sin razón el que Emilio diera un paso adelante, ocupando el pasillo, y Rodrigo no se moviera de donde estaba, obligó a que el pie izquierdo de uno, descalzo, pisara al del otro, descalzo también. "No puedo esperar a mañana para enseñarte los talleres, la balsa de agua...", enseguida añadió Emilio y ambos subieron para echar un vistazo a los niveles de agua acumulada por la lluvia.
"Buen año de aguas..." se respondieron intercambiando miradas silentes, y bajaron a oscuras hasta el huerto siguiendo unos canales que, a favor de gravedad, llevaban el agua hasta la planta baja. Rodrigo soltó las bolsas de basura que llevaba arrastrando todo el tiempo y escupió a la tierra. Las bolsas cayeron y una se abrió dejando entrever lo que había dentro. "Esta máscara de bat-man es puro plástico, difícil de aprovechar aquí, quizá en los talleres de teatro... pero todas estas cáscaras de patata son oro, irán genial a..." y Emilio se encaminó hacia una esquina angosta del huerto, la zona que en los últimos años había trabajado Juana. "En los últimos meses dedicó todo su trabajo a esto..., ¿te suena Rodrigo?". Allí, únicamente y de forma incondicional, había plantas de menta y muchas otras hierbas sin nombre fijo. Los rayos de luna que conseguían vencer la ligera opacidad de las nubes apenas permitieron a Rodrigo notar sus tonos verdes. Sin embargo la tierra era inconfundible.
A la mañana siguiente, tras el reparto de tareas, los vecinos festejaron y bailaron durante toda la mañana la bienvenida de Rodrigo. En la tarde, tras comer, otros amigos de un "bloque de aislamiento" cercano visitaron a Emilio y Rodrigo, y les aconsejaron, entre otras cosas, sobre el momento pleno de recogida de la planta de menta.



martes, 25 de octubre de 2011

Capítulo cuarto de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Diaz Arroyo - "El Faro Crítico"


Por ausencia absoluta de cualquier mínima capacidad de concentración, abandonó los apuntes encima de la cama. Flexionó un poco más las rodillas para oler su propia piel. No le gustó el olor, todavía era demasiado parecido al de Tom. Echar un poco de vaho sobre la superficie y frotar para que reluciera de nuevo ya no era suficiente. Se hacía necesario cambiar el perfume de su vida. Otro detergente, otro suavizante, cambiar también colonia y desodorante. Todos ellos ya no valían, acechaban sus recuerdos demasiado a menudo, con excesiva vehemencia. “Tal vez si me tomo un trago los olores cambien solos”, pensó Greta. Y dio comienzo a la salmodia auto-justificadora que, como cada noche, pretendía apaciguar su conciencia. “Todo es pasajero, yo no tengo culpa de nada”, se dijo y bebió. “Las decisiones nunca son erróneas, hay que avanzar” y bebió de nuevo. “Yo solamente quiero no sufrir y estar bien” y acabó la botella de ron.
Tomó impulso y la silla giró azarosamente hasta toparse con su cama. Encendió la pantalla del ordenador y buscó los restos de Tom. Frente a ellos, habló tal y como su asesor psíquico le había recomendado.

Me preguntas por qué lloro
me
me
por qué lloro a medias sin ti
tú que te ti
tú que te fuiste sin avisar
o me avisas
te
te
¿o me avisaste y no te recibí?

Un bis es tan difícil una vez
allí y no aquí
una vez muerto
no te vi ni recibí
y aún estás
aquí a medias sin mí
sólo con mi a medias sin ti
mi miedo a la existencia
miedo existencial a lo que se queda en tus fotos
to fo contigo los dos
siempre sonriendo
to do contigo los fos
siempre un flash arriba al que miramos juntos.

¿Juntos?
Al mismo t por separado
t

y yo
sin encontrarnos
capturados en una rápida instantánea de nuestra separación primorosamente arraigada.

Si preguntas por si
mejor así que no un sí
mejor así que no sin mí
mejor así que sin la menor tolerancia a la basura galáctica que se desprende de tu interés.
¡Interés para qué!
Caminar juntos
tomar té sin querer tomar nada de ti
sin olvidar las ventajas de ser un transeúnte acompañado
de ser uno que hace camino acompañado
de no ser
eso sí
acompañado
me propongo responder sólo por acasos hipotéticos
a la sutura tectónica que me agita y exige
apodícticamente
que me deslinde de ti.

Tom Shadow había muerto ya hacía tres meses. Cuando las extrañas circunstancias de su muerte se aclararon, un torrente de preguntas y dudas acecharon a sus amigos y familiares. Pero sólo Greta se sintió, tal vez por ser la última en verle, deshecha y, en cierta medida, responsable de su suicidio. Tan desgarrada y triste como se hallaba, una noche más, alcohol y angustia se continuaron mezclando frente a la pantalla del ordenador.
Greta contuvo unos segundos el hipo pero finalmente vomitó parte del alcohol que había ingerido. Sin apenas alterarse, lamió los restos que quedaban en sus labios y miró una vez más las fotos de Tom. “Anda, no recordaba que hubiésemos estado en esa playa, qué guapo estás”, escribió rápidamente con el teclado, “qué bañador tan bonito llevas aquí, ¿es el que te compraste en los Harrod´s?”. Sus manos volaban llevadas por un movimiento sostenido que hacía que los dedos se confundieran y multiplicaran sobre el teclado. Señalaban vías pre-situadas en su mente que instantáneamente se hacían letras. Una digitalización más, una piscina enorme sin bordes ni escaleras, “en aquella estuvimos, en esta no, ¿y qué te parece este color para las cortinas del baño?”. Cada comentario de Greta iba acompañado de un click sobre la foto observada. Siempre un narcisista “ME GUSTA”, y la desilusión de comprobar que ya hacía más de cien días que no se renovaba ningún contenido. “Tom, como conozco tu clave, ¿no te importará que cuelgue alguna cosita nueva en tu facebook, verdad?”.
Aguardó unos segundos la respuesta virtual de Tom. Desencantada por la espera se levantó al baño mientras gruñía reprochando el descuido de su ex-novio. Con Greta ya de vuelta, botella en mano, Tom, por fin, respondió.
- Basta ya, déjame en paz. Permite que me vaya de una vez. Me quise ir, ¿recuerdas?. ¿Por qué no me respetas, por qué me atrapas todavía aquí? Aquí ya soy inodoro, no me puedes tocar, ni oír, ¡déjame que alcance también la invisibilidad!
- Ni de broma, Tom. Aquí podemos seguir estando juntos, aquí todavía te puedo ver y contar mis cosas. Por cierto, ¿sabes que ayer vi a tu primo Juan y su mujer está embarazada?, ¡ah!, bueno ya casi se me olvidaba, ha pasado algo super fuerte, los cereales super-chocs, tus favoritos, han renovado su edición de “avances de la nueva ciencia”. Y ha habido una revolución en Portugal...
- ¡No!, bórrame por favor, no quiero que quede nada de mí expuesto. Entiérrame de una vez, y que sea de día para que pueda gozar, por fin, de algo de sombra, aunque sea de la sombra de una lápida etiquetada que no deja de emborronarse y aclararse al son que marca el día y la noche.
Greta asintió llena de furia. Era su última voluntad, cómo no obedecerla, cómo no respetar sus deseos aunque ello conllevara la disolución de toda interdependencia.
Tecleó en el buscador “dar de baja a cuenta de facebook”. Tan sólo siguió instrucciones: introdujo la clave de acceso de Tom y, ya desde su cuenta, buscó un botón muy grande que decía “dar de baja a la cuenta”. Ante él esperó, “Bien, si esto es lo que deseas, yo te ayudaré en tu suicidio...”.
Greta esperó a que amaneciera y cliqueó el botón. Pegó otro trago y soltó la botella que cayó al suelo.
Se levantó y comprobó, ya desnuda frente al espejo del baño, lo delgada y estilizada que estaba. Tras una ducha, marchó a trabajar como un día más, tratando de obviar que por la tarde tendría que volver a enfrentarse a sus apuntes.
Al llegar a la calle el autobús 738 ya se estaba alejando. Aceleró el paso en un intento de persecución que rápidamente se mostró insuficiente, y continuó caminando, más despacio, en busca de la siguiente parada.
Alguien gritó a su espalda, mas Greta, que no paraba de recordar que si no hubiera tenido que lavarse y secarse el pelo esa mañana no habría llegado tarde a la parada, no escuchó nada.
Más voces aparecieron tras ella, un griterío parecía seguir sus pasos. “Sí, sí, sí, no nos vamos de aquí!!”, y también, “Que no, que no, que no nos vamos ya!!”. Mientras tanto Greta, ajena a la alegría de los cánticos, no cesaba de dar vueltas a la pérdida del bus. Ahora pensaba que llegaría tarde de nuevo al trabajo, que tendría que aguantar las miradas y silencios tensos de su jefe, y que nada de esto pasaría si pudiera comprarse un coche, no uno cualquiera, sino el coche de sus sueños. Agobiada y plácidamente adormecida por la cantinela, sólo se enteró de que había sido engullida por la muchedumbre cuando quiso detenerse para buscar un cigarrillo en el bolso. Se sintió movida, llevada más allá de donde su voluntad marcaba, y se sintió bien. Pero la sensación duró poco, tan poco como el tiempo que la muchedumbre tardó en dejar de ser masa.
Greta giró la esquina de su calle y se topó con el parque de Eastwood. Cada árbol, cada fuente y cada parada de autobús estaba rodeada de gentes que al ver las que seguían a Greta comenzaron a gritar también.
“¡¡Estamos y vamos, estamos en los márgenes!!”, fue el grito que dejó de arrastrar a Greta. Tras ella centenares de personas comenzaron a pasarla por delante y a ocupar arcenes, medianas, árboles y paradas de autobús.
Preguntó a una joven qué ocurría, si huían de algo, y ésta sólo le pudo responder que no, que por fin, no huían ni se dejaban llevar, sino que vivían y hacían públicos los lugares en los que habitualmente no se estaba. “Estamos dignificando la ciudad, llevando a ciudad esta cosa donde hasta ahora sólo residíamos”, respondió también, pero Greta se quedó extrañada por la respuesta y siguió mirando alrededor en busca de alguna causa que explicara todo aquel jaleo. Una pancarta que decía “POR TREBOR, TU SACRIFICIO NO QUEDARÁ EN BALDE”, pareció cumplir sus expectativas. Ese tal Trebor sería el líder de estas gentes, seguro que algún maleante que habría sido justamente prendido y cuyas dudosas virtudes habrían sido exageradas y tomadas como ejemplo identificatorio por el resto. “Seguro que estas gentes se hacen llamar Trebistas, Treboristas o algo así”, pensó.
Algunas sirenas de policía sonaron a lo lejos. Greta se sintió más tranquila.

jueves, 7 de julio de 2011

Capítulo tercero de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Diaz Arroyo - "El Faro Crítico"

Mero. Un mero. Un mero cobarde. Salva un mero cobarde. Salvaguarda un mero cobarde. Salvaguarda a un mero cobarde. Quien salvaguarda a un mero cobarde. Quien salvaguarda frente a un mero cobarde. Quien se salvaguarda frente a un mero cobarde. De quien se salvaguarda frente a un mero cobarde. ¿De quién se salvaguarda frente a un mero cobarde? ¿De quiénes se salvaguarda frente a un mero cobarde? ¿De quiénes se salvaguardan frente a un mero cobarde? ¿De quiénes no se salvaguardan frente a un mero cobarde? Pienso, ¿de quiénes no se salvaguardan frente a un mero cobarde? Y pienso, ¿de quiénes no se salvaguardan frente a un mero cobarde? Yo pienso, ¿de quiénes no se salvaguardan frente a un mero cobarde? Yo pienso mientras duermo, ¿de quiénes no se salvaguardan frente a un mero cobarde? Yo pienso aún mientras duermo, ¿de quiénes no se salvaguardan frente a un mero cobarde?
De nuevo, una noche más, se había pedido a sí mismo no hacerlo. Con su otorgamiento, llegó mucho antes. Sentado en el filo de la cama, trató de ordenar aquella madeja onírica. Tomó un papel y escribió unas pocas ideas que completasen las anotaciones de la mañana anterior. Enseguida llenó el folio.
Ya en pie se estiró y alzó la persiana del cuarto repitiendo en voz alta la liturgia de todos los días: “hoy será el mejor día de tu vida, alégrate”.
Marcó unos pocos números en el teléfono.
- Tintorería de Peter.
- Hola, soy el doctor Tom Shadow quería saber si podría recoger el traje que les dejé.
- Claro doctor Shadow, ya lo tenemos preparado.
- Perfecto, en treinta minutos pasaré a por él.
- Nos vemos entonces doctor.
Colgó el teléfono y, aún entre bostezos, se preparó una taza de café. Se asomó al brebaje y la finísima columna humeante que escapaba de la taza le acarició la nariz. Algunos recuerdos agradables acudieron de inmediato: aquel viaje a Portugal, sus gentes sencillas y despreocupadas, los enormes campos verdes, su selva virgen, naturaleza fuera del alcance del tiempo y... Greta. Recordó que debía hablar con ella, pero sería más tarde, antes debía completar su lista de tareas para hoy.
Se metió en la ducha y puso el temporizador en tres minutos y treinta y cinco segundos. Se secó, vistió y salió a la calle.
Enseguida llegó a la tintorería.
- Hola doctor, le estaba esperando, aquí tiene su traje, ¿qué me va a dejar hoy?
- No Peter, muchas gracias, hoy... no tengo nada – y miró al suelo tratando de disculparse.
Peter, el dueño de la tintorería, miró también al suelo extrañado. Hacía quince años, desde que el doctor era estudiante, que cada día sin falta le había llevado alguna prenda, ya fuese una corbata, una camisa con una mancha difícil o un pantalón para planchar.
- Muy bien..., que tenga un buen día doctor, hasta mañana.
- Adiós Peter.
Salió de la tienda y caminó muy deprisa hasta el portal. Dejó el traje en casa y tomó su lista. “Esto ya está”, y tachó la primera frase de una serie de cinco líneas. “Ahora tengo que recoger mis discos de casa de Marc, ahhh, pero antes bajaré los pájaros a la vecina”. En una hora ya estaba de vuelta, la segunda y tercera línea de su lista tachadas y dispuesto a afrontar la cuarta que sugería hablar con Greta.
- Hola Greta.
- Hola, ¿qué tal?
- Bien, ¿ya estás en la ciudad?, ¿fue todo bien?
- Sí, he llegado hace un par de horas, ya te contaré.
- Vale, yo también te quería contar algunas cosas, ¿cuándo podemos quedar?
- Pues mira, tengo treinta minutos libres y estoy muy cerca de tu casa, si quieres puedo pasarme por allí.
- Perfecto, pues te veo ahora entonces.
Tom colgó y comprobó en su lista cuál era la próxima tarea a realizar. “Treinta minutos, perfecto, tiempo suficiente para que los ingredientes se cuezan a fuego lento”, pensó mientras entraba en la cocina. Se subió a una silla y sacó del armario una bolsa de papel marrón muy desgastada y arrugada en la que se podía leer “ESPECIAS”. De ella tomó un par de botellitas de cristal de colores y formas distintas. La primera fina y cilíndrica, llena de un espeso líquido verde que trataba de asomarse tras la alargada etiqueta que sobradamente daba soporte material a la fórmula química escrita en ella. La segunda, muy curva casi esférica pero recortada por los extremos, contenía un polvo blanco, fino, muy fino. Mezcló dos partes de líquido verde por una de polvo blanco en un cazo y echó un vaso de agua. Lo agitó y agitó hasta formar un masa homogénea de un color verde muy tenue, y le ofreció la mezcla al fogón más cercano, que ya encendido esperaba el cazo. “Según leí en aquel recetario ha de calentarse veintitrés minutos con treinta y cinco segundos”, pensó Tom mientras programaba la cocina.
El timbre de la puerta sonó, era Greta.
- ¡Hola Greta!, ¡qué rápida has sido! No has tardado ni nueve minutos y medio. Pasa a mi habitación.
- Ya te dije que estaba cerca – y le dio un beso en los labios al que Tom respondió tímidamente- que ganas tenía de verte, estas dos semanas se me han hecho larguísimas.
- Sí, yo también tenía ganas de verte y contarte...
- Dime Tom, ¿sabes algo nuevo del trabajo?, ¿no me digas que ya te han hecho jefe de departamento?
- No, no tiene nada que ver. Solo quería decir que me voy, no te voy a volver a ver más.
- ¿Cómo?, ¿pero...?
- Sí, no voy a estar ya más por aquí y quería despedirme de ti, que guardases un buen recuerdo mío.
- Pero, ¿por qué?, ¿ha ocurrido algo?
- Nada particular, lo de siempre, pero esta vez he decidido dejar todo e irme.
- Entiendo... ya estás otra vez con tus tonterías de dejar el trabajo e irte a vivir a yo que sé que selva. Mira Tom, ya has tenido en otras ocasiones estos extraños impulsos, y tu asesor psíquico los consiguió conducir hacia lo que de verdad importa, ¿por qué no pides hora con tu cabina de análisis?, seguro que te pueden dar cita para esta misma mañana.
- Imposible, no tengo tiempo, ¡ese es el problema! Pero aunque tuviese... ¿tiempo para qué?, ¿para emplearlo en lo que de verdad importa?, ¿y me puedes decir que coño es eso que de verdad importa?, ¿y a quién le importa?
- Pues lo que todos queremos conseguir desde niños, ¿lo recuerdas?, tú siempre lo tuviste clarísimo: estudiar una buena carrera y trabajar en ella, ¡sí!, trabajar todo lo que podamos para optar cada vez a mejores puestos, puestos más importantes y contribuir a aumentar nuestra riqueza, ¿qué otra cosa si no?
- No sé, pero eso no. No lo siento como mío, no ahora... ¿no te das cuenta?, estamos dentro de una dinámica tan rápida... no paramos, nuestra vida es un continuo ir y venir a y de ningún sitio. ¿De verdad consideras que a este constante alimentarnos de nosotros mismos se le puede llamar libertad? Sí, mira un escaparate, cómprate algo bonito, lo que quieras, y siéntete bien, libre y dichosa por ser quien eres. Yo ya no puedo. Ya lo tengo decidido Greta, solo querría que mantuvieras un buen recuerdo mío.
- Mira Tom, ya me están empezando a cansar tus gilipolleces, ¿y qué vas a hacer, dejar tu trabajo?, ¿y entonces qué, buscarás otro o incluso...? - Greta no pudo tapar la carcajada que llevaba ya frases gestándose al amparo de las aparentemente absurdas palabras de Tom - ...no trabajarás?, ¿te convertirás en un inútil desviado? Estás loco. Pues escucha Tom, se acabó, estoy harta de tus excentricidades. Cuando me llames para volver a verme, ¿sabes lo que te voy a decir?
- Me da igual, no ocurrirá. Te repito que no me gustaría que conservaras un mal recuerdo de mí. Ahora si no te importa marcharte, todavía me quedan cosas que hacer antes de mediodía.
Greta partió de la casa sin decir ni una palabra más, dejando la puerta de su habitación cerrada y la de la calle abierta.
Tom entró de nuevo en la cocina. El fuego ya se había apagado y la mezcla comenzaba a enfriarse. “Bien, ahora tengo que esperar a que cuaje un poco, no tardará más de tres minutos y medio”. Dejó el cazo del fogón y corrió de nuevo a su habitación, hacia el escritorio.
Tomó el folio de papel que pocas horas antes había llenado por una cara y escribió por la otra. Enseguida se detuvo y leyó en alto.

Si estuviera pegado a un cubo podría vivir la emoción de agotar un línea
fina
recta
un margen
una arista que pende de un punto
pequeño y liviano
disimuladamente frágil
que se une y bifurca con el único fin de rotar y forzar el elemento torsionador del espacio
90 grados
a un lado u otro.

El giro hacia ya
destrozaría el mapa neuronal
trazado cada domingo a medio día
cada comienzo de año
cada arranque de la primavera
tergiversaría las redes químicas de corto alcance
sus centros neurálgicos
paraxiales
que sobreexponen todo salto acrobático a la periferia de mi vida plana
desaberrada y oblata
con un olor tan fuerte a éxito
que mi maniobra de evasión
aún fallando estrepitosamente
se contaría como un uno.

La tendencia autoaniquiladora no es nueva en mí
llevo paseando con un rifle
de manufactura mundial
apuntando a mi sien
desde que aprendí a unir letras
a leer automatizadamente
forzado a codificar y decodificar algoritmos callados
pasos de baile coreografiados
marcados por un encerado pendular
que me forja como tirador
sobre espejos de carne y hueso.

¿Qué haré cuando ya no sea?
suena tan raro planear una vida sin mí
sin mis inclinaciones sofocadas
sin mis obsesiones
sin las represalias orientadas a socavar mi campo de acción
¿a quién castigaré entonces?
suena tan raro planear una muerte que no sea para otro

No hay resorte geométrico que contenga mi cobardía
y aún así me temerán
porque ¿de quiénes no se salvaguardan frente a un mero cobarde?

Dejó de leer y firmó el texto con su nombre. Buscó en su bolsillo derecho la lista de tareas y tachó la cuarta línea, ya solo quedaba la quinta, escrita en letra mayúscula vestida de rojo.
De vuelta en la cocina, tomó una cuchara llena del brebaje, la miró y olió detenidamente decidiéndose finalmente a dar el primer bocado, “no sabe mal del todo, en dos horas empezará a hacer efecto, poco a poco me quedaré dormido y todo habrá terminado” . Y tachó la última nota programada para ese día, escueta, que decía: 13.05 horas, SUICIDIO.
El teléfono del salón sonó.

miércoles, 6 de abril de 2011

Capítulo primero de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Diaz Arroyo - "El Faro Crítico"

Miró al frente, sonrió y se dio la enhorabuena, eres un caballo, solo eso, un caballito... Con la última palabra su reloj de pulsera reaccionó alarmado y le advirtió que debía marchar. Pero Trebor no escuchaba nada de fuera, tan solo, una y otra vez, seduciendo y confundiendo cada minúsculo hueco de su consciencia, resonaba un susurro interior que le pedía calma, sonríe, eres un caballo. Sonrió de nuevo, miró al espejo y no se reconoció. La imagen de sí mismo se diluía en un juego de continuas referencias especulares que utilizaban sus propios ojos como superficie de inscripción. Al menos podía afirmar que había algo, un cascarón hueco en un océano sin límite. Con nada por fuera y tan poco y engañoso por dentro, el cascarón quedaba a la deriva, expuesto a cualquier ligera corriente que pasara por allí.
Parker entró en el baño y trató de mover los hilos, de imprimir, sin más, movimiento a la marioneta, pero con ello, casi sin pretenderlo, animó a Trebor, realmente le donó una ruptura por la que zafarse de bucles y simulacros. ¡ Qué distinto se veía todo desde tal espacio ! El lugar en el que ambos se toparon, desde su lejanía, dejó de ser el baño de hombres de una fábrica de neumáticos, para convertirse en otra cosa. Parker tan sólo tocó su hombro y le dijo entre dientes, recuerda que esta noche es la quedada. Trebor saltó, parpadeó varias veces y se fue corriendo por el pasillo de salida de la factoría. No necesitó recordar que esa misma tarde tenía cita en la cabina de análisis.
Apenas comió ni cenó ese día. Permaneció toda la tarde sentado en casa, con la mochila muy apretada entre las piernas, esperando a que el reloj de pared señalase el apagón energético de las diez. Entonces, con toda la ciudad a oscuras, salió de casa.
Puso un pie en el jardín de su urbanización y el verdor húmedo de la hierba recién cortada le quiso advertir. Toda aquella naturaleza de artificio, perfectamente sincronizada, gimió por fin tanto dolor contenido. La pena comenzó a condensarse y del final de cada brote, de cada hoja mutilada, fluyó un frágil lamento que poco a poco fue creciendo, permitiendo la participación de los demás y formando un grito incontenible que bailó acompasado por el viento bajo la mortecina luz de las farolas de la calle.
Mirando todavía de lejos, apenas reconoció la M-70. Tan solo un enorme cártel publicitario delató su presencia. A esta hora, más que nunca, la circunvalación mostraba su auténtica naturaleza. Sin apenas movimiento, las toneladas de hormigón y asfalto descansaban en el silencio más vacío, se revelaban como lo que eran, una nada muy bien iluminada.
No lo pensó ni un instante, saltó el quitamiedos y cruzó tan rápido como pudo. Al otro lado, lejos de todo foco inquisidor, se habría un espacio yermo, un infinito solar tímidamente salpicado por el reflejo de la luna.
Durante unos minutos anduvo entre arbustos sin saber a donde se dirigía. Cuando sus ojos se acostumbraron a la baja iluminación empezó a reconocer ciertas formas. Las palabras de Sigmund vinieron a su memoria: es muy sencillo, desde el anuncio luminoso camina hacia el sur, alcanza el río y métete en el bosque, enseguida llegarás al viejo puente del claro del bosque. Con suma habilidad vadeó una afilada línea de agua, negra en la noche, que tan solo pudo reconocer por el broche plateado que las estrellas dejaban en su seno. Sigmund podría haber mencionado que el río estaba casi seco, por poco me lo paso de largo, pensó y redujo el paso hasta detenerse. Casi sin querer, alzó la mirada y se topó con el cielo. Un majestuoso mosaico estelar se abría ante él, nada parecido a aquellos cielos que había visto en libros y películas antiguas. Cada astro brillaba por sí mismo, mas, a la vez, cada uno parecía tener en cuenta, de algún modo, a los otros. Aquella perfecta conjunción le capturó poco tiempo. Un escalofrío recorrió su cuerpo y le recordó que debía continuar, el bosque estaba cerca.
Con cada paso la espesura aumentaba y temió perderse en la oscuridad. Mas pronto aprendió a vivir allí. Los enormes árboles le flanquearon una vía de asimilación, fundaron ellos mismos la claridad que llevó a Trebor al puente.
Ya frente a él Trebor alzó la mano y saludó a una sombra, confiado en encontrar tras ella a uno de sus amigos. El espectro habló y su voz y formas, aun todavía confusas en el claroscuro de la noche, extrañaron a Trebor.
- Buenas noches, ¿qué tal?, ¿todo bien? - respondió el extraño.
Trebor, sorprendido por la desconocida presencia, se paró en seco y contestó mientras buscaba con la mirada a Sigmund y Parker.
- Disculpe, pensé que... le confundí con unos amigos que esperaba encontrar por aquí... bueno da igual, lo siento... – no pudo evitar que sus palabras se distrajeran siguiendo el recorrido de sus ojos por las columnas y ojos del viejo puente.
El desconocido, lejos de advertir el nerviosismo que por instantes embargaba a Trebor, contribuyó a aumentarlo cortando sus disculpas. Avanzó muy despacio hacia él, y casi acorralándole contra uno de los pilares del puente, prosiguió con el mismo aire de familiaridad que estaba desquiciando a Trebor.
- No me molestó la confusión, no pasa nada, no te preocupes Trebor.
- ¿Me conoces? - se le escapó de los labios.
- Claro, ¿no trabajas en el sector 52 de la zona P-233? Coges el autobús 1546 cada día a eso de las siete de la mañana. Si hace frío, has dormido mal o el cielo está nublado bajas la cabeza y no hablas a nadie. Pero si hace sol..., si el sol consigue abrirse paso, vas con la cabeza muy alta y no paras de observar a todo el mundo.
Definitivamente saturado por el caudal de información, su boca se quedó aún más seca de palabras, inmóvil y sin capacidad de respuesta. El movimiento estaba en su mente. Un mar de conjeturas sin salida nublaron a Trebor que, sin fuerzas para replantear la cuestión, se entregó de lleno al miedo.
- Verá agente le puedo explicar todo. Créame, fue un malentendido, si me da tan solo un minuto le puedo explicar lo que ocurrió...
Pero de nuevo el extraño no le permitió finalizar.
- Verás, mi nombre es Amadeo y trabajo en tu mismo polígono, incluso en tu mismo sector, y aunque te parezca increíble cojo todos los días el mismo autobús que tú. Lo que pasa es que me monto tres paradas antes, por eso no te suena mi cara, ¿no te parece curioso que estemos tan cerca todos los días y ni nos conozcamos?
Amadeo no pudo evitar comenzar a reír, dejando en su caminar cierta alegría y tranquilidad que Trebor tomó decididamente. Mientras Trebor se diculpaba, algunos gritos surgieron de entre la maleza. Los amigos de Trebor aparecieron, burlándose y saludando a su compañero.
- Qué hora son estas, ¿dónde te habías metido?, te habíamos ido a buscar –gritó entre risas Sigmund.
- Es que... me perdí. Pero tranquilos porque os recompensaré la espera, ¿queréis ver lo que he traído?
- No me digas que conseguiste...
Trebor rescató con cuidado la mochila de su hombro y la abrió. De ella sacó una pieza metálica envejecida de color oro que mostró a sus amigos. Todos se quedaron boquiabiertos.
- Es increíble, es, es un magnofón... – apenas pudo decir Parker.
- Se llama saxofón y espera a escuchar su sonido.
Tomó el instrumento con sumo cuidado y lo acercó a su torso, se humedeció los labios preparándolos para el inminente contacto y acarició su boquilla sin reparos. Tomó todo el aire que pudo e insufló su aliento llenando hasta el último centímetro del cuerpo de metal, permitiendo que escaparan, poco a poco y a su antojo, diferentes notas que volaron por doquier.
Sus compañeros, venciendo el inicial embrujo del instrumento de aire, tomaron los suyos propios de manufactura casera. Parker, con una pequeña flauta de madera, escupió sencillas notas que se mecían en el aire agitándose, creciendo y mezclándose sin competir ni pelearse con los sonidos cálidos que exportaba la guitarra de cuatro cuerdas de Sigmund. Tocaron y tocaron, y ninguno de ellos podría haber dicho durante cuánto tiempo lo hicieron. Solamente tocaban y disfrutaban, y querían seguir tocando y disfrutando.
Amadeo, que hasta ese momento había permanecido apartado y en silencio, se aclaró la voz, tosió y acompañó a sus compañeros dejando que algunas palabras resbalasen de sus labios.

En la noche de la Nochebuena,
bajo las estrellas y en la madrugá,
los pastores con sus campanillas
despiertan al niño que ha nacido ya.
Y con devoción...
van tocando zambombas, panderos,
cantando fandangos al niño de Dios.
A la puerta de un rico avariento
llegó Jesucristo y ayuda pidió,
y en lugar de darle la limosa,
los perros que había se los achuchó
Y quiso el señor...
que los perros de rabia rieran
y el rico avariento alegrías cantó.
Si supieras la vida que tuvo el rey de los cielos de Jerusalén,
que no quiso señor, ni carreta, tan solo un borrico con el que rondar,
y quiso mostrar...
que la puerta sagrada en la tierra tan solo la abre la
pura amistad...

Pero hubo algo externo que les detuvo, un ladrido lejano, que forzó que la alegre melodía huyera asustada.
Tres seres uniformados acompañados de tres cánidos, atraídos por los sonidos, se presentaron delante del puente. El uniforme de mayor rango se adelantó unos pasos y gritó con voz seca tratando de imponerse a la música.
- ¡Alto desviados!, ¡quedan ustedes acusados de allanamiento del espacio público y reunión no autorizada!.
Los cuatro jóvenes, ajenos a su presencia, siguieron tocando.
- ¡Depongan su actitud y entréguense o nos veremos obligados a utilizar la fuerza!- gritó de nuevo el agente, y esta vez, acompañó sus palabras con fogonazos de luz.
Trebor abrió los ojos y al visualizar a los guardias se quedó sin aliento. Su boca, ahora seca, no pudo seguir manteniendo el chorro de notas y dejó de tocar. Tan solo le quedaba aire suficiente para gritar con todas sus fuerzas una sentencia de advertencia desatada. Dio instintivamente dos pasos hacia atrás tratando de ganar algo de distancia, pero tropezó con una rama seca. Cayó al suelo y desde allí trató de advertir de nuevo a sus amigos que continuaban tocando ajenos a lo que ocurría. Corred chicos, corred, gritó, pero su ensimismamiento era tal que no repararon en Trebor. Solo la cercanía de los perros les sacó del embrujo.
Rápidamente uno de los perros alcanzó a Trebor que, todavía tratando de levantarse, tuvo que golpearle con el saxofón. Con el animal tendido en el suelo, Trebor huyó hacia el bosque que franqueaba el puente sin importarle la dirección tomada. Corrió sin parar entre piedras y arbustos, sin pensar en nada ni en nadie, ya no importaban sus compañeros ni la música, solo huir lo más lejos posible de sus perseguidores. Pero en la negrura del bosque, de nuevo absolutamente desentendida de de cualquier claro, sólo obtuvo dolor. Volvió a tropezar, cayó al suelo y rodó por una pendiente hasta llegar al margen de un riachuelo.
Herido, empapado y despedazado por la caída no se pudo levantar, no le quedaban fuerzas, ya no veía y solo oía la frenética carencia de su respirar.
Sus perseguidores no descansaban y gritaban sin cesar, ¡no te escondas, no te servirá de nada!, ¡ya tenemos a tus compañeros y solo quedas tú!
Trebor cerró los ojos con todas sus fuerzas deseando convertirse en invisible, desaparecer del lugar y evitar la captura. No los volvió a abrir hasta varias horas después pero ya no se encontraba en aquel bosque.
Al despertar no estaba seguro de nada. Tal vez nunca lo había estado pero en aquel momento su ignorancia se hizo evidente. Sin quererlo ya había ganado algo, tan solo un punto de partida. Demasiado poco. El robo del instrumento, las mentiras que tuvo esputar para ocultarlo, las innumerables normas que había quebrantado, quizá... ¿habían merecido la pena? ¿Era acaso mejor pasar unos años en una celda fría que seguir viviendo acurrucado en torno a las brasas de un imaginario masturbatorio preñado de somníferos? Sonrió y sintió que se quedaba corto. Rió y pensó que necesita algo más. Quiso correr y bailar pero sus grilletes se lo impidieron. Súbitamente reparó en que se encontraba en una sala de interrogatorio.