martes, 15 de mayo de 2012

Las 15-Mentiras de La Razón

por Batto – El Faro Crítico

La Razón debe ser, sin duda alguna, el periódico de tirada nacional que más manipula la información y que más incita al odio. La polémica portada de hace unos días en la que daban datos y “antecedentes” de líderes estudiantiles simulando carteles de “Se Busca” son el ejemplo más vergonzoso de ello.

            La campaña que tiene contra el movimiento 15-M es digna del mejor tertuliano de Intereconomía, y la portada de hoy (13 de mayo) sobre el aniversario del movimiento deja clara sus intenciones: “15-M, 15 Mentiras”.

            Humildemente, como participante activo de las asambleas de barrio del movimiento, quiero dar una respuesta a los 15 puntos con los que el “periodista” (por llamarle de algún modo) Alfonso Merlos de La Razón saca a relucir nuestros trapos sucios…

1- No protegen las raíces de la democracia.
           
            Esto depende de cuáles sean las raíces de la democracia. Si las raíces de la democracia son el poder del pueblo, el respeto a la diversidad y la participación en la toma de decisiones, el 15-M no sólo protege las raíces de la democracia, sino que es uno de los movimientos a gran escala que más las respeta. Esto es algo que cualquiera con un mínimo de valores democráticos es capaz de ver si se digna a acercarse a la asamblea de su barrio.
            Ahora, si las raíces de la democracia son la legislación vigente y el magnánimo derecho de decidir cada cuatro años cuál de los dos titanes bipartidistas va a tomar decisiones por nosotros/as sin rendir cuentas ante nadie, en tal caso, NO, NO PROTEGEMOS LAS RAÍCES DE LA DEMOCRACIA.

            2- No están desligados de los antisistema.

            Para empezar, no estamos desligados de nadie a título individual. Cualquiera es libre de venir a las asambleas y participar en el movimiento.
            Cuando se dice “antisistema”, la gente se imagina crestas, ácratas consumiendo drogas y cubetos en llamas. Si se refieren a eso, el 15-M lleva un año demostrando el carácter cívico de sus movilizaciones. ¿Que en ocasiones ha habido algún grupo que ha provocado disturbios? Sí, aunque por lo general ha sido la propia policía… Sea como sea, a esta última semana me remito: disturbios, barricadas y 32 detenidos en los festejos del Atlético de Madrid. Ningún disturbio y 18 detenidos en el intento de acampada en Sol…
            Pero hay otro tipo de antisistema, ya que antisistema es, por definición, toda persona que se posiciona en contra de este sistema y propone alternativas. En este sentido, SÍ, SOMOS ANTISISTEMA.

            3- No presentan herramientas para el cambio.

            Me encanta la gente que cree que la política se hace en unos meses. El 15-M ha cumplido su mayor función de cambio: ha conseguido unificar a casi todos los movimientos sociales y a personas aisladas en torno a un solo eje que coordina, convoca y sirve de bandera. Han vuelto a poner el debate político en las plazas, ha empezado a romper la pasividad (sí, sólo “ha empezado”) y ha rescatado los valores de la democracia, el respeto y el civismo. Ha vuelto a ponernos esa etiqueta de la Revolución Francesa que el propio discurso liberal lleva siglos pregonando: CIUDADANÍA.
            Estos “periodistas” y tertulianos pretenden que consigamos en un año, abarcando todo tipo de opiniones e ideologías, dar un programa político mágico que no han dado ni siquiera la gente a la que se paga para ello.

            4- No defienden a los políticos responsables.

            Según La (sin)Razón, acusamos a ciertos políticos que son “grandes gestores” y muy responsables, e ignoramos la corrupción de políticos de izquierda o sindicalistas. Aunque puede ser cierto que, en general, peca de desconfiar de todo tipo de políticos, esto es, abiertamente, UNA MENTIRA. El 15-M ha acusado a todo tipo de políticos corruptos, y los sindicatos, desde luego, no han sido una excepción. ¿Alguien se acuerda de los bloques críticos y las manifestaciones alternativas convocadas por el 15-M?

            5- No defienden a los que más sufren la crisis, por ejemplo, los comerciantes.

            MENTIRA. El 15-M lleva un año fomentando el consumo local y el apoyo al pequeño comercio frente a los poderes de las grandes plataformas y multinacionales. Además, las famosas pérdidas de ganancias que provocamos en los comercios aledaños a Sol quiero saber de dónde salen, pues creo que anoche unos cuantos casi agotan sus existencias.
            Y por cierto, los comerciantes, por muy jodidos que estén, no son quien más sufre la crisis. Están quienes sufren los recortes, las familias desahuciadas, las personas en paro y con trabajos precarios. Nadie puede negar que las asambleas de los barrios han tratado de estar ahí SIEMPRE.

            6- No quieren más democracia, sino un modelo mixto socialista, comunista y anarquista.

            Para empezar, y obviando la patada a la teoría política que supone esta frase, el 15-M abarca multitud de opiniones, ideologías y sensibilidades distintas. ¿Cómo puede un movimiento “no tener propuestas” y a la vez “tener propuestas comunistas”? Nuestras propuestas son las opiniones que consiguen consensuarse en cada asamblea entre diversidad de voces. Dejen de prejuzgar y escuchen qué se propone, y si les parece bien olviden las “advertencias” de tertulianos y demás fauna.
            Y, ya que estamos, no estaría nada mal que la gente le echase, al menos, un vistazo a lo que significan socialismo, comunismo y anarquismo. Sólo después de hacer eso podrán juzgar con criterio.

            7- No todos son pacifistas.

            Cierto. Pero menos pacifista es el partido que nos gobierna, que ya nos metió en una guerra a pesar de la oposición masiva de la población. Y menos pacifista es el Estado, que apalea a personas no violentas por la espalda, como ya hemos visto en diversas manifestaciones. Ninguna de estas dos cosas es comparable con un manifestante que rompe un cajero.
            Y, además, unas barricadas en Barcelona y disturbios NO SON GUERRILLA URBANA. Las guerrillas urbanas eran (son) bandas armadas, organizadas y que han llegado a dar golpes dignos de fuerzas especiales.

            8- No creen en el sufragio universal.

            Ni me molesto en contestar…

            9- No se rebelan contra toda forma de injusticia social.

            Aquí sale a la luz la pantomima de la libertad individual capitalista. Vamos, que, en palabras de Esperanza Aguirre, estamos “privatizando los espacios públicos”. Los mismos que recortan la educación, la sanidad, las pensiones y los derechos laborales a un país entero son los mismos que nos acusan de “privatizar”. El “periodista” de La Razón nos acusa de privar de “libertad de movimiento” a la gente cuando ocupamos las plazas. Respetamos la libertad individual, pero no vamos a dejar de luchar porque algunas personas sean tan sumamente cínicas que les moleste vernos en la calle.

            10- No son solidarios.

            Su aplastante argumento se basa en que si fuésemos solidarios en vez de ocupar plazas estaríamos dando platos de comida a los hambrientos. Damas y caballeros, lo que queremos no es darle platos de sopa a los pobres que crea el sistema, QUEREMOS QUE NO HAYA POBRES A LOS QUE DAR PLATOS DE SOPA.
            Solidaridad y caridad no son necesariamente lo mismo, y aquí estamos luchando por los derechos de todos y todas, por el futuro de todos y todas y por cambiar la realidad en todos los barrios. La red de apoyo mutuo que se está creando es solidaridad.
Y, en todo caso, tendría derecho a acusarnos alguien que dedica su vida a ayudar a los demás. Una persona leyendo La Razón y observándonos desde una terraza, sin hacer otra cosa, NO TIENE DERECHO a llamarnos insolidarios.
A todo esto… ¿cuántos en el movimiento tienen recursos suficientes para alimentar a los desamparados cumpliendo, además, el papel que debería desempeñar el Estado?

11- No son apartidistas, sólo se oponen a algunos partidos que no son de su agrado.

Somos apartidistas en tanto que tratamos de evitar ser manipulados por intereses de partidos (algo difícil, por cierto). Pero aceptamos, a título individual, a todo tipo de personas de todo tipo de partidos.
Además, el 15-M como movimiento nunca se declaró en contra de los partidos políticos, sólo en contra de PP y PSOE. De hecho, en las elecciones nunca ha pedido la abstención sino el voto responsable.

12- No se organizan de forma horizontal.

Según estos genios de la ciencia ficción, nos organizamos según un modelo verticalista soviético de arriba abajo. Sólo tengo una cosa que decir al respecto: JA JA JA JA.

13- No se rebelan contra toda forma de impunidad.

Su argumento es que intentamos echar para atrás las multas y juicios de personas detenidas. Porque, claro, debemos pedir la misma mano dura para el pobre que sale a manifestarse que para el miembro de la familia real que estafa o se va a cazar elefantes, ¿no?

14- No representan a la mayoría.

Esto es CIERTO. Pero no por ello vamos a quedarnos callados. De hecho, el PP tampoco representa a la mayoría (tiene menos de la mitad de los votos… sin contar la abstención). La diferencia entre nosotros/as y ellos es que nosotros tratamos de llegar a más gente, somos inclusivos y aceptamos todo tipo de propuesta. Somos abiertos. El PP, que tampoco representa a la mayoría, tiene derecho legal para hacer lo que quiera durante los próximos cuatro años, incluso destrozar nuestro país y terminar de venderlo al capital.

15- Sólo son inconformistas cuando les conviene.

Nos acusa de que sólo luchamos cuando hace buen tiempo. No voy a negar que hay demasiada gente que no es capaz de bajar a una asamblea cuando hace frío. (Por cierto, señor Merlos, ¿baja usted?). Pero se han hecho movilizaciones constantes durante todo el año, y eso es innegable. Es más… LA PRIMERA ACAMPADA RESISTIÓ LLUVIAS TORRENCIALES.


En conclusión, esta panda de propagandistas no sólo es que manipulen la realidad, es que directamente prefieren ignorarla y soltar una sarta de mentiras que, encima, tienen el valor de poner en portada. Aunque no podemos negarles que el título es acertado: esto no son ni más ni menos que 15 Mentiras.
            

Artículo 15-M: 15 mentiras (La Razón): http://www.larazon.es/noticia/7936-15-m-15-mentiras

jueves, 10 de mayo de 2012

Foro de Madrid en el Mayo Global: Desmontando mentiras, Construyendo soluciones

El Faro Crítico intervendrá en el Foro de madrid en el Mayo Global. Reproducimos presentación  consensuada por la Asamblea del Foro de Madrid

Un amplio grupo de colectivos y asambleas populares de Madrid nos hemos puesto de acuerdo para preparar el Foro “Desmontando mentiras, construyendo soluciones” que tendrá lugar en el marco de las actividades previstas para el Mayo Global de 2012.

Lo mismo que en años anteriores, el Foro se plantea como un espacio inclusivo en el que compartir y debatir experiencias, y contribuir a posibles consensos y planes de acción en defensa de los bienes comunes y contra la precarización de las condiciones de vida y de trabajo, la mercantilización de las necesidades básicas y el ataque salvaje a las libertades civiles por parte del sistema capitalista de mercado, en alianza con la clase política.

El Foro se estructura en cuatro ejes temáticos:

El primero aborda los problemas trasversales de la economía que incluyen el paro, la deuda, los recortes sociales, la manipulación informativa y el deterioro ambiental, pero también las propuestas de otra economía posible y necesaria, a la medida de los deseos de libertad y justicia del 99%, y no de los dictados de los mercados.

El segundo Eje se centra en la solidaridad internacional y las experiencias de resistencia de muchos países del norte y del sur, del este y del oeste, así como de la sabiduría de los pueblos indígenas.
El tercer Eje toca los servicios públicos y los derechos
ciudadanos, entre ellos la sanidad, la educación, el Canal de Isabel II o los derechos de las mujeres.
El cuarto Eje somete a debate la acción política, los movimientos sociales y la participación democrática. En especialse abordará la aportación que ha supuesto el 15M en el mapa global de movimientos sociales de Madrid y más allá de Madrid.

La preparación del Foro se ha llevado a cabo de forma asamblearia, a partir de las aportaciones de las personas y movimientos de todo tipo que han querido participar, tal como recoge el presente Programa, y seguirá transcurriendo de forma democrática y participativa en cada una de sus sesiones y debates, hasta culminar en la Asamblea de puesta en común, prevista para el domingo, 20 de mayo, a las 7 de la tarde, en la Puerta del Sol.

Todas y todos estamos invitados a participar, aportar ideas y plantear propuestas, con el fin de llegar a consensos de acción y contribuir a encontrar soluciones a los graves problemas que padecemos.
Os esperamos.
Asamblea del Foro de Madrid en el Mayo Global
Archivos adjuntos:
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martes, 8 de mayo de 2012

Crecimiento para crear Empleo: La gran falacia

por Jose Luis Manchón – El Faro Crítico

Todos los días lo escuchamos. “Crecer para crear empleo” es una afirmación que suena a rezo y es repetido como un mantra por casi la totalidad de los sindicatos, un amplio espectro de la izquierda y  la derecha europea en pleno. Coinciden en su fe y depositan sus esperanzas en un método de salida a la actual crisis que no es más que la versión neoliberal del milagro del pan y los peces donde al final, a la depresión actual le sucederá necesariamente un periodo de recuperación en el que asistiremos a la alegre vuelta de las economías nacionales a la senda salvadora del crecimiento y como consecuencia directa, a la creación  automática y masiva de puestos de trabajo. Esta argumentación muestra una lógica aplastante en las distancias cortas, pero en estos momentos es una farsa. Es necesario realizar un análisis más en profundidad y con algo de perspectiva para dar cuenta de su imposibilidad en el contexto histórico actual. Su alta carga ideológica pasa desapercibida, pero es el eslogan de una lógica económica muy concreta, que está instrumentalizando los tiempos de crisis para acelerar en el cumplimiento del guión neoliberal hacia un totalitarismo económico global. Mientras tanto, el miope debate político entre conservadores y socialdemócratas se centra exclusivamente en que tipo de medidas son las adecuadas para reproducir, lo antes posible, las condiciones objetivas para que el milagro se produzca.

Lejos de responder a cualquier estímulo, la realidad económica y social se dibuja como un callejón sin salida. El cerco a la actual crisis, que no tiene un carácter cíclico y que podríamos categorizar como sistémica y civilizatoria, está anclado en cuatro puntos para los que el Capitalismo no tiene respuestas aceptables desde presupuestos de equidad, cohesión y paz social; tampoco para la propia viabilidad del sistema. Deuda, Técnica, Explotación y Finitud aparecen como puntos tensionales al propio Capitalismo derivados de su hipertrofia y despliegue sin límite. Las implicaciones que tienen estos términos en la asfixiante situación actual son determinantes.

Lo más difícil, lo menos explicado y a la vez, lo más importante que tenemos que entender para saber en que punto nos encontramos es que el aparentemente sólido esplendor económico de las últimas décadas estuvo sustentado absolutamente en la Deuda. Parece que “Deuda y Crecimiento” son dos conceptos contradictorios pero si reemplazamos Deuda por Crédito y  reformulamos como “Crédito y Crecimiento”, empezamos a entenderlo todo. Deuda y  Crédito son las dos caras de la misma moneda. La concesión de créditos masivos y a todos los niveles ha sido la forma de sustentar la ficción de la espectacular expansión de las economías desarrolladas. Era una ficción en la medida que la aceleración de la actividad económica tenía casi únicamente que ver con la capacidad financiera para trasladar a través del crédito la expectativa de riqueza futura al presente. El formidable desarrollo del tejido productivo no tuvo relación con el aumento objetivo de las necesidades de la población, sino con una presencia exagerada de liquidez que provenía del crédito y que necesitaba cristalizarse en todo tipo de bienes como otra forma especulativa más de la economía financiera para crear depósitos de valor. Nuestras sociedades de consumo se dedicaron a dilapidar en un muy corto periodo de tiempo la riqueza que correspondía al futuro y lo arrasamos. Esta es la razón por la cual vivimos el momento presente como ausencia de porvenir. En este sentido, el crack financiero de 2008 podríamos considerarlo como el fin del mundo conocido para las opulentas sociedades occidentales. Fue el año donde la circulación financiera quedó estrangulada y despertamos sobresaltados del sueño de amplia prosperidad en el que estábamos sumidos. Este crack fue un punto de inflexión donde la actividad de los actores financieros internacionales pasó casi instantáneamente de la concentración de sus energías en el despliegue ilimitado del crédito a orientar todos los esfuerzos en el  repliegue y el retorno de la deuda. La economía global se mostró en si misma como una formidable estafa piramidal con forma de burbuja y reventó.

Esta contextualización histórica es imprescindible para entender que en la afirmación “Crecer para crear Empleo” se obvia el formidable peso que tiene actualmente la economía financiera. Aunque aparentemente aparezca como una secuencia lógica, simple y cerrada, está ausente un elemento esencial  y su enunciado está incompleto. Este componente ausente del que ya hemos hablado se llama Crédito o lo que es lo mismo, “Deuda para Crecer y crear Empleo”. Asistimos horrorizados a la conclusión; la propuesta para salir de la crisis se plantea en los mismos términos que nos despeñaron en ella. En un momento donde la deuda asumida por algunas economías nacionales aparece como impagable, lo que se pide es restaurar los niveles de crédito anteriores a la crisis. Para ello, el sector financiero en su conjunto tendría que suicidarse. Los gobiernos han apostado por salvar momentáneamente los muebles iniciando una huida hacia adelante que ha convertido al Estado en el principal avalista de los excesos financieros al abrir un cauce ingente y continuo de flujo desde las rentas del trabajo a las rentas de capital a través de los rescates bancarios y la emisión de deuda soberana. La cobardía política o la ignorancia de nuestros representantes es máxima. No trasladan con toda su tragicidad lo que es un secreto a voces; que una “Economía real”, enunciada como aquel ámbito social donde se administran los recursos que son escasos, con objeto de producir bienes y servicios, y distribuirlos para su consumo entre los miembros de una sociedad,  no sería suficiente como para sostener la forma de vida y el gigantesco castillo de naipes en que se ha convertido la civilización occidental, apoyada absolutamente en el exceso proporcionado por la ficción de la “Economía financiera”. El problema se muestra como no resoluble y es la consecuencia llevada al extremo del fenómeno de Financiarización de la economía, como proceso de dominación a escala internacional del mercado de flujos financieros sobre el mercado de intercambios de productos reales.

            Una vez desvelado que la Deuda es la base que se propone para poner en funcionamiento la recuperación económica, la siguiente problemática a analizar se encuentra en la relación aparentemente directa de causa-efecto entre Crecimiento y Empleo. Esta relación está cada vez más mediada por la Técnica. El alto nivel tecnológico alcanzado exilia masivamente al factor humano del trabajo. Como sociedad somos capaces de producir mucho con un empleo de mano de obra muy limitado. La tecnología, al reemplazar el papel del obrero tanto cualificado como de un nivel inferior, produce un efecto que tiene que ver con la cantidad y la cualidad del factor trabajo requerido. Conocimientos muy complejos han sido sistematizados en las máquinas que son utilizadas en muchos sectores productivos y ya no son necesarias, en el centro de trabajo, personas expertas ni un elevado número de trabajadores.  La mano de obra empleada además de reducirse en número es más fácilmente reemplazable. Como consecuencia, la tasa de crecimiento necesaria para absorber grandes cantidades de desempleados, aumenta y el trabajo se precariza. Es muy posible que cuando en el futuro la economía haya tocado fondo, podamos ir a tímidos repuntes de crecimiento donde no haya creación de empleo e incluso se sigan destruyendo puestos de trabajo. El exceso de riqueza derivado de la aplicación del progreso tecnológico a los procesos de producción se convierte en mayor acumulación para el Capital. Vivimos en la peor pesadilla de aquellos que confiaron en la Técnica como la clave para la emancipación del trabajo y la consecución de un reparto equitativo de la riqueza.

El aumento de la Explotación laboral también distorsiona la relación entre Crecimiento y Empleo. Es legitimada por la delicada situación actual, se invoca  a través de la cultura del esfuerzo y se vive por el trabajador con la resignación que proporciona el miedo a la perdida del puesto de trabajo. El emprendedor ha pasado de encarnar la figura del oportunista con posibles a desempeñar el papel de salvador. La capacidad de presión del empresario sobre los trabajadores ante el desolador escenario del paro, los cambios legislativos en contra de los derechos laborales y la amenaza de la deslocalización en el mercado único mundial, no deja resquicios de esperanza para un horizonte más razonable. La precarización del trabajador asalariado es la consecuencia lógica de un escenario terrorífico donde más allá de los muros del centro de trabajo está aguardando la miseria y desde arriba se le exige arrimar el hombro. Asistimos a la polarización entre la sobreexplotación para los obreros activos y la indigencia social  y material para los que caen en la inactividad  dentro de un sistema que sobreproduce. En todo caso, la sobreexplotación laboral y la precariedad conducen a más paro e incide a la baja en el nivel de consumo. La incapacidad del sistema Capitalista para racionalizar su desmesura acaba convirtiéndose en su propia ruina.   
             

Para acabar de desmontar la falacia, la Finitud nos recuerda que el crecimiento en si mismo es irrealizable sostenidamente ya que por pura contradicción lógica, no se puede dar el aumento continuo e indefinido en el tiempo, de la producción y consumo de bienes y servicios. El sistema Capitalista tiene que olvidar constantemente que es imposible crecer ilimitadamente en base a recursos que no lo son para poder afirmar su ideal de crecimiento ilimitado. A cada periodo de crecimiento le acompaña un escenario de sobreproducción que es la antesala de cada crisis. La imposibilidad del planeta de regenerar los recursos y asumir los residuos a la misma velocidad que son consumidos y desechados por la bestial maquinaria de expolio y explotación que acompaña a la depredación Capitalista,  nos acerca cada día un poco más al abismo del colapso ecológico. El Capitalismo no conoce la palabra suficiente y tiene que ningunear las verdades del ecologismo respecto a la finitud de los recursos para poder seguir obviando los límites naturales no sobrepasables de los que dependen nuestras sociedades y la vida en el planeta.


            Es muy probable que esta crisis no tenga solución sin cambiar radicalmente de modelo económico y civilizatorio, pero por ahora, las reformas aplicadas van en la dirección contraria. En Europa, la búsqueda desesperada del crecimiento económico está siendo utilizada como excusa para inducir “Estados de Excepción” en sus democracias representativas a través de tecnócratas introducidos en el poder que representan los intereses de las plutocracias económicas. Se defiende este escandaloso cambio en la forma de hecho del Estado como una consecuencia necesaria y derivada de la aparente gravedad de la situación actual que es calificada como emergencia nacional. Las reformas legislativas promovidas por vía de urgencia a base de Decretos y destinadas principalmente a eliminar las estructuras materiales del bienestar, son acompañadas por el reforzamiento de medidas de tipo coercitivo que limitan sensiblemente las libertades individuales y colectivas con el objetivo de doblegar cualquier resistencia y crear un clima proclive a la resignación. Es fácil detectar  que intereses están orquestando las reformas. Basta con observar que las medidas de recorte, aunque se traslade a la opinión pública que buscan el interés general y que están destinadas únicamente a conseguir las condiciones necesarias para se restablezcan los niveles anteriores de ocupación y empleo, siguen sin recaer en los actores responsables de la crisis. Negando la evidencia, la inmensa mayoría de la población se ha tragado la impostura, ya que la precarización o la inminente amenaza de pobreza predispone al optimismo incondicional ante cualquier consigna luminosa que les permita creer y renovar sus esperanzas de solución individual. Están atrapados en la visión reducida de la realidad que proyectan las reglas del juego Capitalista y que es confirmada repetidamente hasta la extenuación,  por las aseveraciones de los más prestigiosos políticos y gurús económicos con las que nos bombardean desde todos los medios de comunicación. La estafa global que representa la actual coyuntura se sigue nutriendo de la pasividad e ignorancia política que nos llevó hasta ella. Es momento de desvelar que esta crisis la están gestionando los mismos intereses minoritarios que la provocaron y que por lo tanto, no va a tener una solución aceptable para la inmensa mayoría. Mientras más se evidencia la magnitud de la estafa, más se difumina la posibilidad de solución convencional. Es urgente encajar que los tiempos de ficticio esplendor no van a volver y que mientras antes tiremos del freno de mano, más probabilidades tendremos de evitar el choque frontal contra el sólido muro que espera al final de la última curva a este tren, en su huida hacia delante para intentar escapar aceleradamente de su propia sombra. 

La orgía consumista se va apagando poco a poco y por zonas en el mundo Capitalista, por su imposibilidad en si misma de permanecer en el tiempo. Ni los planes de estímulo de los gobiernos trabajando en la línea de expansión del gasto público, ni los planes de austeridad trabajando en el plano contrario de reducción del déficit consiguen reanimar al enfermo infartado y evidencia inequívocamente que un paradigma social y económico agoniza en su gigantismo. La gestión del auto-desmontaje de toda una civilización construida sobre el exceso y la explotación, es la herencia para las generaciones que tendrán que lidiar en el inicio del tránsito siempre traumático hacia otra forma de ser y estar en el mundo. Las resistencias a los cambios van a ser formidables y los grandes beneficiados del actual statu quo ya se han enrocado en sus posiciones e intentan amarrar por todos los medios posibles las líneas de fuga, pero previsiblemente las contradicciones internas enunciadas y que se están desarrollando paralelas a este inmovilismo, reventarán como un tsunami cualquier muro de contención.  

La fractura ya ha sido registrada y anuncia un nuevo comienzo. 

domingo, 22 de abril de 2012

Nietzsche y el Cristianismo: sobre el mal y la contingencia

por Antonio Fernández Balsells - El Faro Crítico



No es de extrañar que para muchos –entre los que un humilde servidor se incluye– el tiempo fuera el elemento más disputado en esta alienante sociedad de la sobreproducción de bienes innecesarios. Pero como la crítica es detestable y perezosa –además de estar ya más que hecha– con este escrito intentaré reflexionar en la medida de mis posibilidades, basándome en lo dicho por algunos pensadores de nuestro momento; en concreto  lo haré sobre ese algo olvidado y menospreciado, que, a algunos, de un modo casi inconsciente, nos hacía sentir profundamente desarraigados del bullicio de costumbres, conductas y pensamientos que han predominado y siguen haciéndolo, en un país como el nuestro, tan arraigado en eso que se llama consumismo. Lo que andaba en juego, pues, no era otra cosa que la Vida; pues el malestar giraba en torno al uso, que, en nuestras sociedades, se hacía del tiempo de cada uno de nosotros y nosotras.

El mayor ontólogo del siglo XX, Martin Heidegger, diría que el tiempo se nos da y que esto mismo es algo que debiera obligarnos a pensar. No hace falta que nos volvamos cursimente trascendentes; no, en absoluto. Pues esta pregunta se la ha planteado cada uno de nosotros en más de una ocasión. Y es precisamente cuando uno se la plantea, que, por desgracia, solemos decir de aquél o aquella que sobre algo tan esencial como el ser piensa; suelen decir –digo– que sencillamente está deprimido. El tiempo que se nos da, pasa; de ahí que algunos como mi padre digan siempre aquello de que no es el tiempo lo que pasa, sino más bien, nosotros los que pasamos. Pero ahora, como carezco del espíritu y la fuerza necesaria para entablar un excurso sobre el lugar que ocupa el sujeto en relación al tiempo –si es que, en verdad, hay distinción alguna entre éstos; pues a veces parece que tal diferenciación no sea más que una fantasía de nuestra percepción inducida por puro dualismo: la que se da entre la vida en acción de análisis (o Uno-Sabio de Heráclito (Hén-sophós)) y la vida entendida como experiencia susceptible de análisis en el tiempo: en definitiva, lo concretamente vivido y que puede ser analizado en su individualidad. Y es que, al analizar lo que analiza, tratamos de dividir aquello mismo que siempre se da unido y divide; razón por la que es in-analizable: pues esto mismo no es más que el hermético misterio de toda vida, la de cada cual, la nuestra–; no lo haré.

El tiempo pues que dura nuestra vida, es un don. Pero como tendemos a pensar que las cosas que se dan siempre son propiedad de alguien; es por ello que, el lugar de ese donante sin forma fue ocupado por un pater de barba cana: es así como nos lo describen todas las religiones monoteístas y politeístas, basadas en esos creacionismos del a imagen y semejanza, que acaban por hacer de lo divino un hombre ya mayor, todopoderoso. Es así, que, el propietario del máximo don –el de las plurales vidas–, se convertía en paradigma de todo monopolio patriarcal; al tiempo que a los mortales no les quedaba otra que, para distinguirse asemejándose a él, usurpar para sí las cosas menores, terrenas, fueran éstas inertes o vivientes, pensantes o no. Pero como ya somos tantos los que hemos dejado de creer en dioses antropomórficos, parece que se ha despertado un lugar en nuestra mente capaz de entender que pueda haber lo regalado gratuitamente, durante un periodo, y que no pertenece a nadie: esto es, lo que da, siendo a su vez indisponible. Nos referimos, pues, a un ámbito invisible, inaudible, y, por tanto, ubicado más allá de toda capacidad humana de representación, figuración o imaginación; resultando que, además, tal ámbito, parece ser igual de real sino más, que todo aquello que nos podamos figurar, imaginar, ver u oír.

Siempre ignorado, cada vez que pensamos en ese algo “in-forme”, cada vez que nos planteamos acerca del pasar de nuestro tiempo, el pasar de nuestras vidas; la psicología académica parece querernos decir que estamos afligidos, tristes y nos diagnostica: “depresión”. Tristeza pues, ésta, debida a la carencia de respuestas con sentido en lo más esencial, lo que más nos conmueve; y de otra parte, una medicina de la mente institucionalizada, que, en coherencia con esa negación de la vida y de sus preguntas esenciales, nos invita por el bien de nuestra salud anímica, a mirar hacia lo cotidiano-superfluo sobredeterminado por el capital. Pues sólo así seremos capaces de sobreponernos de nuestras angustias existenciales, las de un mundo injusto y desigual en recursos, en el que hay violencia y esclavitud. En el que, en definitiva, a nosotros pequeños burgueses, se nos robaba el tiempo. Huida pues, que, cual falsa tábula de salvación, evita toda confrontación con el enigma más esencial de nuestras Vidas: el siempre presente aunque olvidadizo enigma de ser. 

Hay pues que ser intrépido y valiente, para adentrarse en tan difícil y arriesgado sendero de ventura, pues las flores y montañas, los ríos, la viveza de nuestras experiencias, junto con las imposturas ideológicas convertidas en lo naturalmente cotidiano; aparecen, todas ellas, como más necesitadas de nuestra atención: las cosas que nos rodean, lo normalmente visible, lo extenso y útil, lo imprescindible para poder vivir, tiende a llamarnos a todas horas como el canto de las sirenas lo hacía a Odiseo. El mundo de las imágenes, el que hasta no hace mucho hemos confundido como la única realidad –en el que se da la belleza así como la fealdad; en el que hay los objetos, los seres vivos e inertes– nos atrapa en sus omniabarcantes a la vez que seductoras zarpas, haciéndonos desembocar, siempre, en el más extremo de los materialismos. De ahí que los pensadores más importantes de nuestro momento digan que la respuesta para nuestro presente, pase por recuperar lo inmaterial; o lo que es lo mismo: lo espiritual. Y es que, este último ámbito también se ha visto colonizado por las místicas de la imaginación: la promesa de vidas ultraterrenas, los reinos de los cielos o los eternos renaceres en este mundo –ya sea en forma de vaca, flor o de otro humano– han hecho los deleites de consuelo para nuestras penas individuales y temor hacia la muerte. Miedos, pues, más que fundados, que de no ser abordados con firmeza y finura, nos hacen desembocar en el mayor de los pesimismos existenciales; resultando, de todo ello, palabras como las que decía un muy buen amigo irlandés, Michael Ingracia: “la vida es una mierda y después, te mueres”. 

En todo caso, la flor florece, y durante esos días de abril, ella es reina: la más bella, la más radiante, la más hermosa de entre todos los seres del jardín. Y esto, durante unos pocos días… tan breve es su reinado; albergándose ahí el sentido tanto de lo casual como lo causal, lo fortuito y lo espontáneo: el que otorga una voluntad inhumana que es la de la Naturaleza. Un porque sí de la vida –porque la Naturaleza así lo quiere– tan frágil como escurridizo; débil como omnipresente es el poder presente que se da en todo aquello animado –y por tanto, capaz de moverse por sí mismo– que simplemente es.

Tristeza y miseria la nuestra al ver cómo nuestros análisis y articulaciones del mundo, el de nosotros “adultos”, penden de un hilo de colorines tan frágil; pero a la vez, tan sumamente poderoso. Pero decir de la Naturaleza que es poderosa, sería como antropomorfizarla: en ella no hay cálculo alguno, ni libro humano que pueda pretender recoger sus leyes esenciales. Nos hallamos instalados en lo efímero, y en verdad, de ahí no podemos escapar; resultando que, todas nuestras tristezas y penas no son más que reflejo de la impotencia que producen en nosotros todos nuestros cálculos y aspiraciones: las ansias del hombre moderno por controlar lo indisponible. Queríamos la vida sin la muerte, pero esto no puede ser; de ahí que buscáramos lo imposible a través de las promesas de la ciencia-técnica y su cirugía. 

Es por todas estas razones o sinrazones, que, en nuestro momento, parece necesario recuperar nuevamente una mística; si bien distinta a todas aquellas que acostumbramos. Se trata, pues, de un abordar el misterio de la vida, aun a sabiendas, de que no lo vamos a poder descifrar. ¿Y para qué indagar lo inescrutable? Y la respuesta sería: ¿Y por qué no indagarlo? Pues ya sabemos qué ocurre cuando de nuestras vidas amputamos la cuestión del sentido. Ya sabemos qué quiere decir que no haya más verdad que la de la adecuación; que no haya lugar para la verdad de ser. ¿Y qué ocurre si nos negamos a que el lugar de la verdad de nuestra vida –la verdad ontológica– no se vea ocupado por una religión revelada, un dogma; sino, por el contrario, por una religión comunitaria en la que cada ser vivo tenga suficiente voz como para que se respete el sentido de su pleno ser, el de su contingente e individual voz? Y que los que hablen –y por tanto, decidan transformar– a su vez no olviden aquellos otros seres que también son, pero que no tienen su misma voz. El trayecto de esta mística es inagotable; pero cada vez que andamos por el umbral de su indagar, cada vez que nos sumergimos en la cuestión del sentido de ser, casi sin querer, hacemos un breve recorrido que lo más probable es que nos altere. Pues sólo el pensar que vierte hacia la acción, transforma: se nos exige actuar para aprender y es aprendiendo que actuamos. Pero que nadie se atreva a decir que la acción solamente pasa por la producción; pues no siempre es así: de ahí que, en nuestro momento, muchos hayamos vivido con pena nuestro actuar cotidiano: aquel fabril que sólo sabe producir cosas inertes… Pero, ¿hacia quién ha de revertir la crítica? ¿Hacia el que cree que vive sinsentidos, o hacia un modo de pensar que olvidó que nuestro tiempo de paso efímero, no es más que un don del más frágil de los poderes? Que desde que olvidamos el misterio racional, que desde el momento en que dejamos de aproximarnos hacia aquello que, en tensión, atrae y repele; es precisamente a partir de ese momento que dejamos de verle sentido a aquel don que exige la más sincera gratitud a lo que no se apropia de nada. Misterios de la vida, pues, que son misterios de amor. Porque aunque sean frágiles nuestros sueños y nuestros amores, son un mover en busca de otros moveres autónomos del que acontecen otros “porque sí”; ya no me quedo en mí cerrazón, sino que ando en busca movido por una fuerza interior que es vida. Pulsión de vida en busca de la felicidad momentánea; en busca del instante efímero en el que se consuma todo aquello que no eran más que deseos, sueños; instigados por Ley de Vida. Es decir, por la Ley no escrita.

Ya no hay razón para ponerle una determinada cara o cuerpo a Eros: pues desde su polimorfía arrebata a todos por igual; no hay excepción alguna: sea el eros del sexo, el de la amistad o phylía, el que nos dice que en lo individual contingente humano siempre hay algo sagrado, pues es cuando fallece un ser querido, un individuo contingente, que de repente se nos abren de par en par las puertas del sentido.

Nietzsche hará crítica del nihilismo, precisamente haciendo de nuevo teología. Jesús, el último de los profetas, desde su comienzo había sido tan distorsionado, que ahora, transcurridos casi diecinueve siglos tras su crucifixión, era necesario replantear su misterio teológico: eran necesarios nuevos dioses. Precisamente aquel dios del amor parecía mostrarse incompleto; al tiempo que los hábitos y conductas morales de las gentes se habían acomodado a los intereses y abusos de los Estados. En definitiva, del poder. En todo esto contribuirían tanto los textos filosóficos del siglo XIX como las exégesis bíblicas laicas que algunos intrépidos llevaron a cabo al margen de los intereses de académicos y universitarios, así como los poderes que les habían permitido alcanzar el puesto que ostentaban. 

Se abría pues lugar para una rehabilitación de lo sagrado en nuestro presente; y esto mismo, haciendo crítica del nihilismo que azotaba las almas de aquellos que se pensaban como inmortales en vida, aunque al verse penitentes de ésta –su propia y única vida– acababan por despreciarla ante el anhelo de plena felicidad post-mortem. En cualquier caso, parece un error demonizar a Nietzsche y no querer ver los nexos que lo unen a su tradición cristiana: critica la ayuda al prójimo, proponiendo una comprensión de éste distinta: la de amigo; habla de los males a que se ve abocado el filósofo-teólogo que es él, por tal de ultrajar el bien y el mal firmemente establecidos en aquella sociedad de las costumbres; sociedad de costumbres de la que explorará sus límites, por la verdad que puedan encerrar todas estas máximas morales en cuyas entrañas, a su entender, residen los gérmenes putrefactos de la envidia, la mediocridad, las ansias de poder político… En definitiva, hace una revisión de en qué se había convertido aquella tradición tan alejada de su mesías crucificado; y que, en el fondo, desconocía ya por completo, cuáles fueron las razones que llevaron a su dios-hombre a morir como un esclavo clavado en dos maderos.

La vida es pues lo que Nietzsche intenta re-sacralizar; de ahí que nos diga que sólo venerará a un dios que ría. Es así que Zaratustra exclamará: ¡Quiero que en mí baile un dios! La risa se torna divina mientras una corona de flores adorna la cabeza del maestro… Profeta convertido en anticristo, al igual que le ocurrió a Jesús hijo de Gamala –el del nido de águilas– pues así es como contemplaron su mensaje aquellos fariseos pro-herodianos, tan afines en sus negocios y comodidades a los intereses de la imperialista Roma. Y es que, si contra alguien no parece mostrar oposición alguna el Zaratustra de Nietzsche, es contra aquel rey hecho guerrero, rebelde, que tira los estantes de mercaderes instalados en el Templo, así como suelta sus asnos para que pazcan por el desierto. No está tan lejos Jesús del súper-hombre nietzscheano. Pero la relación entre teología y filosofía no es fácil; y ésta, ha marcado por completo el pulso de los siglos de la historia de occidente: ¿cómo podía encumbrar Nietzsche los maderos y los clavos en que crucificaron a un hombre-creador de nuevos valores? No, no quería alimentar su fe en superstición ni dogma alguno; menos aún, cuando de nuevo se repetían los mismos males que los intransigentes imperialistas romanos habían puesto en práctica mediante su diabólica razón de estado: la fagocitadora –en nombre de un dudoso bien común– de los bienes ontológicos distintos y diferenciados; la fagocitadora de las diferencias del amigo, que según Nietzsche, nos brinda siempre un mundo que se desenrolla y se arrolla a través del diálogo en una noche ebria. Zaratustra decide volver a los hombres para decir que es necesario rescatar lo teológico, en un mundo que ya lo ha dado por muerto, y que, indecorosamente, se encuentra negando la propia Vida. Pasados ya mil ochocientos años, espera de los hombres y mujeres, sin embargo, cierta madurez para poder hablar de religión. Sí, Jesús dijo cosas necesarias en aquel momento; es gracias a su tormento en la cruz que semejante pena sería abolida; que la esclavitud como institución, acabaría por ser abolida en Europa. Pero, al contrario de Agustín, Nietzsche no encontraría en su crucifixión, la respuesta al orden y el acontecer de una paz sumisa; pues Nietzsche busca dirigirse ya a otros hombres y mujeres; no a esclavos recién liberados de los abusos de sus amos. Crucificar a un creador de nuevos valores era lo propio de los bárbaros; quedarse venerando los clavos y la cruz, era, en definitiva, reificar el mal en el que un super-hombre, una diferencia, un rebelde, había muerto. 

De ahí que el diablo –poco antes de morir junto con Dios– le dijera a Zaratustra un par de cosas: la primera, que Dios tenía su propio infierno; y la segunda –pocos días después– que Dios había muerto. Desde entonces jamás volvió el diablo a hablar con Zaratustra… Pero eso no extrañó al sabio, pues sabía que toda demonización era propia de integristas: que los fariseos demonizaron a los esenios, que los romanos hicieron otro tanto de los llamados “cristianos”; y que, estos últimos, en la edad media, se lanzarían en la demonización de los cátaros, mientras que, en los siglos XVI y XVII, en su apoteósico culminar de radicalidad integrista y de violencia, las hogueras de la Inquisición quemarían a tantos endiablados. Todos ellos enjuiciados desde el más estúpido de los rencores, la más burda de las envidias, las más idiotas leyes humanas demasiado humanas… 

Es así que, Zaratustra, ve al águila y la serpiente y ve en ellos a sus amigos. Es así que, Zaratustra acaba rodeado de palomas en lo alto de un acantilado, abrazado por un fiero aunque tierno león, que lo lame con cariño como un gatito enorme. Que la serpiente vuelve a beberse el veneno con el que le mordió; pues sólo un hombre que se sabe mortal y que da gracias a la Vida por estar vivo, que ama la Naturaleza, sólo él –nos hace ver– es digno de semejantes bendiciones naturales. Sin dios y sin diablo, ya no hay posibilidad de distinción entre el bien y el mal, ya no hay lugar para el juicio, pues el dios cristiano renuncia a su reino ultraterreno –aquel que nunca existió– y con él, se va el diablo, tan presente en aquel mundo, tan necesario y tan instrumentalizado por tal de justificar a aquel otro dios omnisciente y omnipresente, todo-bondadoso, permitiera la existencia de tantos males en aquel mundo. Y era por la erradicación de esos confusos males, que aún se cometían males peores; confundiéndose el mal de la enfermedad, el desamor y la muerte, con el de la guerra, la usura y en definitiva, la locura humana. Es así como aquellos confundidos “hombres de bien”, acababan cometiendo tantos males. Pues ante la convicción de que aquel mundo era monstruoso, esperaban alcanzar un día, por fin, la felicidad prometida. Era por una felicidad en la nada que se permitían juzgar y quemar a aquellos individuos contingentes que, por ser mortales, pensaron “imperfectos” y del todo prescindibles. 

Pero en el mismo lenguaje de nuestra cultura terminó por diluirse el antropomórfico diablo. Aun así, el mal seguía dándose; de modo que había de recuperar nuevamente la pregunta por su sentido: saber hasta dónde era el mal necesario, y a partir de qué lugar, dejaba de serlo. Pues la vida entendida como don, no es ningún mal, por más que nos pese que sea un préstamo a devolver. 

El verdadero mal, pues, si en algún lugar había de radicar, era en el mal innecesario: aquel mal que sólo es capaz de hacer el hombre. Pues el mal siempre es una falta, una carencia, una imperfección que se da, desgraciadamente, en lo perfecto; pero cuando esta privación se debe a la voluntad humana, cuando es el resultado del deseo frívolo de todo hombre o mujer, es cuando es propiamente mal. La negación o amputación de lo que podría ser plenamente, por voluntad humana, es pues, el mal; pero esto no significa que no haya un mal ontológico, inevitable e ineludible, inherente a la vida: el del sufrimiento de la enfermedad, el del desamor, la soledad involuntaria o la misma muerte. Aunque si salvamos confusiones y hacemos lo posible porque el verdadero mal no acontezca: el frívolo y mezquino, aquel que es producto de la imaginación perversa humana; nos salvaremos del peor mal de los habidos: el mismo que crucificó a Jesús junto a tantos otros por el mero hecho de su diferencia –o indiferencia–, tras haber sido juzgado por leyes humanas; tablas de la ley imperfectas que, desde la Antígona de Sófocles hasta Nietzsche, muchos han sido los pensadores y filósofos que han pedido que se rompan, en favor de la complejidad y belleza humana: en favor de la complejidad de la Vida. Residiendo ésta en las orillas de los ríos, los márgenes de las huertas, las lindes de los barrancos donde moran vagabundos y desamparados, aquellos que se han vuelto locos. Pues de proclamar el desprecio de la más extrema de las contingencias de los seres que sí son, de los individuos que vemos –al igual que hicieran los monjes medievales– ¡se está tan cerca de entronar cualquier arbitrariedad humana en detrimento de la pluralidad de vida plena! 

Esa contingencia, pues, es algo que no puede ser utilizado en contra de ningún ser vivo, pues esa contingencia –si bien se da en cada uno de nosotros respecto a otro ámbito sí necesario y eterno, que no perece con nosotros sino que se lega– sin embargo, esas contingencias vivas, son la misma expresión del ser. Pues si bien hay el ámbito del espíritu comunitario eterno; no hay individuo eterno, ni profeta que pueda clamar con sus palabras, guerra o atropello de ningún ser que es. Ya no hay lugar para la guerra santa; eso es lo que nos viene a decir Nietzsche con ese por encima del bien y del mal, con esa razón supra-judicativa. También nos lo decía Passolini, en su película Saló, haciendo uso de cuatro intelectuales decadentes y fascistas, que en sus perversos interludios interpretan a un Nietzsche del poder y de la fuerza, de la lucha; dejando de lado –tan voluntaria como inconscientemente– a un otro Nietzsche también presente en sus escritos: el mismo que haría decir a Zaratustra que prefiere dar a recibir; aquél que ya no busca su felicidad saciando sus estúpidas perversiones siempre insatisfechas. Placer y paz interior que ninguno de aquellos cuatro relativistas bastardos en ningún momento logran alcanzar; pues no saben ver que sí hay verdades esenciales, no relativas, que no son otra cosa que la propia vida. 

Pero todo esto exige otro carácter, el de otros hombres y mujeres que no se acojan a leyes escritas para juzgar a los demás; que ya tengan su carácter forjado en la búsqueda de la belleza en la pluralidad de sus sentidos –que no únicamente en la moda–. Hombres y mujeres que, sabiéndose mortales, veneren a dioses que rían y bailen, que se apoderen de sus cuerpos haciéndoles salir de sí mismos de pleno júbilo; que lloren y que dancen, que disfruten lo que les pide el cuerpo, su cuerpo, porque –como dirían los estoicos– ese es su ser. Un cuerpo al que ya no ignoran. Capaces de virtualizar lo mejor posible en los otros; capaces –como decía Nietzsche– de dar más que de recibir… ¿Es esto poco cristiano? ¿Qué anticristo tan extraño?... ¿Qué razón hay para la caridad en un mundo en el que ya no hay diferencias materiales? ¿A quién pretende reconfortar esa caridad y por qué falsa razón, pretende ser reconfortada? Éstas son pues las preguntas que nos brinda Nietzsche en su corrosiva crítica a la moral cristiana europea, aquella que fue entretejiendo, durante los nublados siglos medievales, tan radicales transformaciones del mensaje cristiano desde su propio origen; distorsiones, todas ellas, llevadas por las distintas iglesias. También nos brinda Nietzsche la recuperación de un lógos griego, el que permitió nacer grande a Filosofía de la cabeza de un dios: Júpiter; lógos que vino al curso de la historia, nuevamente en el siglo primero, de la mano de un mentiroso llamado Pablo –según nos dicen las recientes investigaciones llevadas a cabo en Qumrán–. 

Y en cuanto a ese Jesús que tanto molesta a los que quieren ver en él a un humilde predicador, ¿no tiene nada que sugerir esa tan sexista como sugerente frase de Nietzsche, cuando dice la Filosofía, al ser mujer, sólo puede amar a un guerrero? ¿A qué otras guerras se referirá Nietzsche?... A las de la razón de Estado, por supuesto que no; no en vano dedica un hermoso capítulo criticándolas escrupulosamente: los Estados modernos devoran a sus siervos cuales vampiros nocturnos libándoles su esencia-diferencia convirtiéndolos en marionetas, cuerpos sin alma. Tampoco se referirá a una lucha vana y sinsentido, a una lucha de rivalidad en el saber, cuando todo saber esencial al que pueda aspirar todo individuo hace reír a su propio ser –nos dirá Nietzsche–; pues al ser simplemente, le gusta bailar y reír. Seres, a los que también les gusta la broma ácida y un poco de conflicto, para aderezar sus vidas; seres que no quieren transformar al ser humano en un ideal que no puede ser; pues rehúyen toda abstracción fantástica, todo reducto de la imaginación humana que intente predominar en el mundo. Volviendo a Nietzsche: 


¡Quiero que un dios baile y ría en mí!


jueves, 19 de abril de 2012

Capítulo séptimo de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Díaz Arroyo - El Faro Crítico



Una Julieta cualquiera no habría sido suficiente para Romeo si él, desmintiendo todo lo que durante la semana se había dicho sobre las revueltas, hubiese actuado sin miedo, ya casi pánico, a favor de la familia de la amada y no tanto no pudiendo dejar de tener en mente a la amada misma, sus caras, sus movimientos y, sobre todo y con el esfuerzo terrible que le suponía el hablar desde un balcón, desde arriba, y ver a Julieta muy abajo como algo muy pequeño que tiene el rostro mustio y las piernas y la raja de la hucha abiertas dibujando sonrojamientos, sus risas escondidas cuando hacían el amor sin consentimiento de la esposa de Romeo. El mantenimiento de ese espacio de engaño, puro enigma destinado al rastreo guiado desde los vértices, era posible gracias justamente a que los vértices de aquel triángulo se perfilaban mirando cada uno de ellos al que tenía enfrente, a la derecha o a la izquierda, dando igual quien estuviera en cada lado o que el que mirara estuviera de espaldas o con los ojos cerrados o que, inclusive, se plantease, y por eso no llegara a hacerse, dando esto último lo mismo, romper el triángulo y añadir otro lado, otro vértice, que no perspectiva, para sumar a la figura y que en realidad cambiara nada. La triangulación espacial se reducía a lo que había dentro, entre las tres o las cuatro aristas, pero como todavía eran tres y alguno de ellos no tenía muy en cuenta su posición en la figura o incluso que formaba parte de figura alguna, quien sí lo conocía trataba de aprovechar su estancia en la posición privilegiada que supone poder observar, se mire donde se mire, y tener siempre disponible periféricamente a los otros dos lados, es decir, formar un triángulo rectángulo, dando igual la longitud de los catetos, y estar tú situado en el centro del ángulo recto. Ahí la reducción de margen en periferia y de periferia en limbo difuso asumía unos patrones marcadamente ascendentes que tomaban un punto de partida, el suelo, como línea de tierra que disolvía cualquier tensión entre los asistentes, mujeres, niños y ancianos, al mismo tiempo que distribuía equitativamente banderitas y consignas del partido de colores chillones y letras chillonas y mudas que pretendían dar cierto tono de regularidad a la aclamación no explicitada de cambio político. Una masa bien amasada, con las marcas bien identificables de las manos amasantes, se queda al fresco de la noche hasta que se endurece y sirve como molde ampliable por contacto para otra masa fresca amasable.

Político. El político. El político remeda. El político remeda mundo. El político remeda el mundo. El político remedia el mundo. El político remedia en el mundo. El político remedia mal en el mundo. El político remedia males en el mundo. El político remedia los males en el mundo. El político remedia los males en él, mundo. Él es del político y remedia los males, mundo. Él, político, remedia en los males del mundo.  Él es político y hace y remedia los males del mundo. Así, él, político, hace y remedia los males del mundo. Asiendo mi visto bueno, él es político y hace y remedia los males del mundo. Visto así, él es bueno, político, y hace y remedia los males de mi no mundo. Visto así, él es buen político o hace y remedia los males del no otro mundo. Visto así, él es político y quien me hace y remedia los males del no otro mundo. Visto así, si él es político y me hace y remedia los males del mundo, ¿quién no chillaría otro mundo?

El que las protestas ciudadanas coincidieran con la victoria del partido de la oposición en las elecciones generales y esto con una cresta de trabajo para Romeo colaboró profundamente a que el goce que Romeo sintió esa mañana, ya con el sol a medio salir en el horizonte, durase tanto, al menos, como tiempo tardó en darse cuenta de que apenas le quedaba cocaína. No había tiempo sin dinamizadores de espíritu que conllevase algo, ni siquiera similar, a la responsabilidad ciudadana, así que Romeo se preparó otra raya.
El teléfono de la habitación sonó.  
- ¿Habitación 317?
- Sí.
- ¿Estoy hablando con la habitación 317?
- Sí, sí, dígame.
- Llamo de la recepción.
- Sí, diga.
- De la recepción del hotel.
- Ya.
- Es que trabajo aquí.
- Ya.
- Soy el recepcionista.
- …
- No es mal trabajo pero los turnos de noche son terribles, ¿sabe? 
- Ya, supongo, pero dígame, ¿me llama usted a las siete de la mañana para decir...?
- Si al menos no hay mucho movimiento, gente que entre y salga, ¿sabe?, pues igual puedo leer mi librito, pero si no....
- Ya, disculpe, ¿pero quiere usted algo?
- Si no... pues... por ejemplo hoy he tenido una noche terrible, unos gamberros querían acampar ahí en mitad de la calle, al lado del Parlamento y tuve que andar avisando a la policía...
- Claro... hizo bien.
- Bueno, y luego una señora pesadísima que no paraba de pedirme que le pasara con la habitación 317, y yo repite que repite que no, que hasta las siete nada, imposible.
- ¿317?, pero si esa es mi habitación.
 - Era la señora Sigüenza o algo así y sinceramente, que quede aquí, parecía un poco falta de compañía...
- Pero será usted imbécil, ¡es mi mujer!, ¡cumpla su deber de una vez y pásemela!
- Sí, claro, disculpe, para eso llamaba...

El teléfono se mantuvo colgado bastante más tiempo, independientemente de cómo se representó Romeo esa temporalidad, que instantes estuvo sonando el mismo como aviso de que había una llamada, presupuesta ahora por él, si no no hubiera cogido el teléfono, como de su esposa, pasada por el recepcionista. Con un cepillo de dientes en una mano, cogió el teléfono inmediatamente con la otra.

- Hola cariño, soy Romeo.
- Ay, amor mío, sólo quería ser la primera en darte los buenos días en tu gran...
- Muchas gracias.
- Pero, ¿dónde estás?, ¿ya estás en el trabajo? Hay que ver cómo eres...
- No, todavía estoy en la habitación.
- Anda, ¿pero no empezaba la reunión muy temprano?
- Sí, sí, me voy a dar una ducha muy rápida y...
- Ah, los niños...los niños también están aquí dándote ánimos...
- Ah, los...
- ¿Cómo?
- Los... los niños, claro.
- Sí, los niños.
- Los niños.
- Claro.
- Sí, claro.
- Claro.
- Claro.
- Oye Romeo, ¿estás bien? Te noto raro...
- No, no, estoy perfecto, es que he dormido poco y el imbécil del recepcionista, bueno, no importa.
- ¡Ah!, y ponte la ropa que te preparé, la corbata roja con el traje azul ceniza y la camisa...
- Sí, vale, vale, lo tengo aquí. Bueno cariño, un beso, ya hablamos esta noche.
- Un beso enorme y recuerda que los niños y yo te quer...
Colgó de nuevo el teléfono e inmediatamente marcó otro número. 
- Mateo, quedamos mejor en 45 minutos y necesito... - se detuvo sin que nadie le interrumpiera.
- ¿Qué pasa?, ¿todo bien?, ¿has tenido algún problema con el texto? Romeo no me jodas, que nos dieron las líneas generales cerradas y tan sólo tenías que ajustarlo a tu discurso...
- No, no, eso está más que hecho, no, lo que me preocupa, verás... es que... no he dormido mucho hoy, y bueno... estoy un poco nervioso...
- Ya, ya, vale... necesitas algo que te relaje un poco, ¿no?
- ¿Verás que puedes hacer?
- Veré qué puedo hacer. Entonces a las 10.30 en la puerta principal, no tardes más.

Algo después el timbre de la puerta de su habitación sonó y una señorita alta y todavía más alta con tacones y falda corta y escote hinchado entró en la habitación sin perder de vista en ningún momento a Romeo que ya sin pijama y sin corbata roja ni traje azul ceniza ni camisa escogida a la vista esperaba impaciente mientras se acariciaba el pene y recorría atentamente con la mirada la cintura de la chica, desconocida, pero tan familiar como cualquier perversión propia pudiera ser, y notaba como su pene se iba hinchando desde la base a la cabeza con cada giro de su muñeca y con cada pliegue vaporoso de su cerebro. “Ven, pequeña mía”, gritó Romeo.
Se tiró encima de la cama y la chica se aproximó con pasos muy pequeños y forzados, rozados, pues en cada uno un muslo competía con el otro por masajear sus labios, inferiores y superiores, y por empapar su ropa interior sin la colaboración de agentes externos, salivales, sintéticos, lúbricos no genitales en general, pues dar la sensación de que un señor cincuentón desnudo y masturbándose sobre una cama de hotel también era apetecible era la parte de esfuerzo y trabajo extra bien remunerado que el cliente llamaba y valoraba como lujo cuando requería una prostituta de lujo. Pero la valoración la ponía él en exclusiva así que Romeo, que tenía prisa esa mañana, no esperó, como sí solía, a que ella fuese la que estimulase sus ingles y comenzase acariciando sus testículos con sumo cuidado, sólo con la punta de las uñas, ni que después, ya con la lengua, susurrase frases mágicas insufladoras de vida que provocaban terremotos al otro lado del mundo donde nadie esperaba ni conocía el poder, tal vez por el profundo desarrollo de la cuestión en ellos, que la caricia gallina de un gobernador con cierto ansia expansionista y pocas ganas, es decir, falta de actitud, de pensar, puede tener sobre el relieve extranjero de una piel torneada bajo condicionantes atmosféricos muy lejanos y extremos. Un sol de justicia plenamente injusto, en un día nublado a trozos en el que las nubes en movimiento tampoco son homogéneas, es injusto no porque no broncee por igual al conjunto de la extensión supuestamente diáfana de todo lo que hay sino porque quieras o no, gustes de broncearte solo o acompañado, tendrás siempre en casa, recién comprado, una máquina de rayos ultravioleta.

“Tengo prisa, no pierdas tiempo desnudándote, sólo quítate las bragas y siéntate aquí encima”, dijo Romeo y tomó las caderas de la chica con fuerza permitiendo que su pene, ya bien rígido, acariciase y recorriera durante unos pocos segundos las nalgas de la chica antes de entrar en su vagina sin demasiado esfuerzo. “Venga, fóllame rápido, que tengo un día muy cargado de trabajo y no me puedo cansar mucho...”, es lo último que añadió antes de encadenar diez o quince jadeos discontinuos que desembocaron en un grito conjunto fingido por ambos y especialmente bien sostenido por ella y su capacidad, adquirida por contacto profesional, para convertir bostezos en retahílas cantadas de carrerilla en voz muy alta, ya en turnos ya no, y no quedarse dormida. 

En poco más de quince minutos Romeo se encontraba fuera de la habitación, ya bien duchado y preparado, maletín bajo el brazo y camino hacia el trabajo. En el trasporte público que únicamente él podía utilizar y con el que pudo volar y dejar de lado el tráfico, la noche en vela, los niños, su esposa, el recepcionista y su camello, pensó de nuevo, aún durante cinco minutos, no más duró el trayecto, exclusivamente en la reunión que le esperaba, y se dio cuenta, para eso le sobraron cuatro de los cinco minutos, que de los tres puntos que tenía que exponer en la reunión dos eran idénticos y el tercero, el que tenía que ver con la reforma constitucional, era eso, un mero paquete cerrado y preparado para exponer en público cuya imposibilidad de no clausura no se debía al miedo de lo que pudiera haber dentro, miedo a que aquello, la interioridad, apestara a mierda o heces, sino a que no había nada dentro o, más bien, a la certeza, de eso iba el asunto, de que toda interioridad estaba ya entregada a un únicamente afuera público no discutible, como mucho equivalente a la superficie del paquete, un medio dentro-fuera superficial en el que lo más relevante era lo que permitía que el paquete volara realmente todo el tiempo como paquete, el sello, en el que la cara que aparecía, dentro de poco, sería la suya propia. Los otros cuatro minutos los empleó en repetirse una y otra vez su discurso subrayando la parte de la cantinela que omitía que, a pesar de que la cara del sello del paquete fuera o pudiera llegar a ser la suya, el código postal de procedencia del paquete era ajeno, tanto, y a la vez con ello tan cercano, sin que esto supusiese contradicción alguna, como lo era la insolencia de pensar que el envoltorio del paquete, aún siendo envoltorio y todavía como tal medio dentro-fuera superficial, pudiera distinguirse o diferenciarse con lazo alguno de colores llamativos. Ciertamente el que además estos colores pudiesen ser, sin que nada más que el color cambiara con el cambio de color, rojos, azules o cobrizos, no hacía sino reforzar que el lazo de regalo, si finalmente hubiese, no hacía mucho más que apretar y dar consistencia, empaquetar al paquete y permitir su tarea ya dada.

Cerca del sitio de encuentro con Mateo el móvil vibró. “Necesito verte antes de empezar, por favor, estoy donde siempre”, pudo leer justo antes de que el vehículo se detuviera frente a la puerta del edificio. Cruzó rápidamente obviando la presencia de decenas de mirones, Mateo y algunos otros compañeros, dirección a la segunda puerta del retrete del baño de caballeros de la tercera planta. 

Un golpe violento sobre la puerta, llevado por las prisas, fue suficiente para anunciar la llegada de otro y otro y otro más empujón componentes de una secuencia de percusiones que, a pesar de carecer de toda base rítmica, fue capaz de, ya en otro registro lingüístico, transmitir algún tipo de código reconocible para quien aguardaba dentro del baño. “Me moría de ganas de tenerte cara a cara Romeo”, es lo que dijo el señor que esperaba dentro del cubículo mientras tomaba la mano de Romeo y le miraba muy fijamente a los ojos, “cuándo Julio, cuándo se acabará esta mierda”, respondió Romeo. Un beso en los labios y la entrada de alguien en el baño cerró el brevísimo diálogo, no por miedo a ser descubiertos juntos, todos sabían que entre ellos había algo muy especial, tampoco porque no pudieran resistir perder más tiempo charlando sin besarse, pues con el tiempo, y conllevando enormes dosis de tristeza, habían aprendido a reprimir y canalizar sistemáticamente sus deseos recíprocos más bellos, sino porque, al abrirse la puerta, pudieron escuchar como por megafonía se reclamaba su presencia. “En cinco minutos comparecerá el presidente de la República, Romeo Sigüenza, dispondrá de diez minutos y a continuación el líder y portavoz del segundo partido Julio Fígaro y el resto de partidos de la oposición. Todos tendrán turno de réplica y preguntas sobre la propuesta de cambio constitucional. Por último se pasará a la votación de la misma...”, escucharon y salieron del baño pegados pero primero uno y después el otro pues ambos no podían, materialmente hablando, salir a la vez sin caer en que tal vez un beso interrumpido mereciese el riesgo de detenerse en la interrupción como único modo de que los besos se multiplicasen y fuesen ya no exclusivamente de los dos sino, y a favor de que así pudieran dejar de ser besos violentos a escondidas e incluso independientemente de que de lo que se tratase es de algo diferente a besos, realmente para-por-de todos los besantes.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Sobre Hippias, la belleza, el oro y la esclavitud…


por Antonio Fernández Balsells - El Faro Crítico

Del sofista Hippias, Platón diría que era petulante, vanidosx y garrulx… Nota de humor ésta, que, aunque aparezca en casi todos los manuales de filosofía, en mi opinión, no se le presta demasiada atención… Y sin embargo, dice mucho tanto de unx de lxs grandes de “La Filosofía” –Platón– como de unx de lxs pequeñxs sofistas contemporánexs a su tiempo, y que habitaban en aquella polis del s.V a.C, sumida ya en el mayor de los relativismos imaginables (de no haberse visto aquél superado por el de nuestro presente). Tan insignificante comentario del joven Platón, no tendría relevancia alguna, de no ser que, Hippias, fue unx de lxs primerxs filósofxs en criticar abiertamente la esclavitud; al tiempo que proponía un ideal de sociedad culta, en la que primara la belleza. Ahora bien, para lxs griegxs, “la Belleza” o “lx bellx” era algo como inspirado por la sagrada e indisponible naturaleza, hasta el punto en que el mortal se enamoraba de aquél o aquella que estuviese agraciado con tal “don” natural. Hasta tal punto esto era así, que, el démon Eros se quiso hacer vagabundo por no dejar de contemplar la belleza, sirviendo así de puente efímero entre nosotrxs, lxs mortales, y la sabia e indisponible naturaleza. Pues bien, desde el paradigma griego, lx bellx o la Belleza comprendía un espectro muy amplio: desde el conocimiento de lo más antiguo (como la historia de los distintos pueblos, sus sabidurías, cultos y leyendas); como las nociones de bien común, honestidad…; y por supuesto, guardaba también, una estrechísima relación con lo útil –casi mágico– que permite hacer agradable toda vida en comunidad. Todo ello desde la perspectiva de un mundo como el griego, en el que la vida o physis aún no había sido desacralizada u olvidada, cuando no reducida a un mero segundo plano [hecho éste que ocurrió, precisamente, en la Atenas sofista (periodo muy similar al nuestro) en el que el relativismo ya campaba a sus anchas, dejando la cuestión de la indisponibilidad de la physis, en un segundo plano…; y en el que, por otra parte, los quehaceres sapienciales humanxs se orientaron, sobre todo, en la elaboración de leyes -humanas- y la oratoria -también humana- en vistas a ganar pleitos o medrar en las cosas público-políticas…]. De modo que tanto Platón, como Sócrates y Hippias vivieron en aquella polis que había olvidado ya los misterios de la phýsis, para ensimismarse, por completo, en las cuestiones humanas o antropocéntricas.

De Hippias, nos dicen lxs antiguxs, que además de tener una memoria prodigiosa y hasta haber ganado unas Olimpiadas, él mismx se hacía sus túnicas púrpura, sus sandalias de piel con suela de corcho, así como sus joyas (algo que, por regla general, sólo llevaban las mujeres); también, que se hacía sus propios perfumes… Todo esto, quizá, nos permita entender un poco mejor por qué el aristocrático, pro-esclavista y “chico bien” de la polis, Platón, le lanzara el calificativo de “garrulx”. Y es que, el asunto de todo esto no es, ni más ni menos, que la cuestión de la “moda” en el mundo griegx y su repercusión en la vida cotidiana. (Pido mil disculpas por hablar de algo en apariencia tan superficial –y más en los tiempos que corren– aunque importantísimo, tanto para Platón como Hippias, a fin de embellecerse...).

Pues bien… ¿Y qué puede tener que ver todo esto con el oro?… Ahí, hemos de volver nuevamente a Platón, en concreto a su diálogo Hippias, en el que como siempre, Sócrates, con su mordaz ironía, acribillará a preguntas esta vez a nuestrx ancianx sofista, en busca de la definición de “Belleza”… A nuestrx garrulx –aunque ya mayor– y, por tanto sofisticadx sofista, se le ocurrirán varias respuestas para definir la Belleza… Las recordaré brevemente: la primera dice así: “la belleza es una hermosa joven”; la segunda: “la belleza es oro”; y, por último: “la belleza es ser rico y ser respetado”… A medida que Sócrates ahondaba más en su búsqueda de la esencia de la Belleza; Hippias, casi inconscientemente, iba dando más detalles de una sociedad clasista y esclavista, que en el fondo detestaba… Porque al pobrecitx Hippias, al que tanto le había costado poder afirmar su propia diferencia y originalidad –tanto a través de su prodigiosa cultura, como de su túnica, sus joyas y perfumes– finalmente había de llegar a la triste conclusión, de que, en aquel in-mundo mundo –el del relativismo absoluto en el que había caído la polis– “la belleza” no otra cosa que “ser rico y ser respetado”. Sí, Sócrates tenía razón, ninguna de aquellas respuestas era una definición adecuada de belleza, aunque bien probablemente, se las estuviera dando el personajillo más singular de la polis; quizá, el que con más ansias, había experimentado la necesidad de sentirse bellx –y esto, atención: ¡aún a pesar de serlo!…–. Y es que, tras las irónicas preguntas de Sócrates, para Hippias, lo que se estaba poniendo en cuestión no era otra cosa que la relevancia, que, en su propia vida, habían tomado esas inmensas ansias por pertenecer a un determinado estatus social (el de “lxs bellxs sin serlo”). Grupo del que se sintió excluídx desde que nació –probablemente por ser “unx garrulx”, como nos aclara el joven Platón…–. Sócrates, buscaba la definición perfecta; Hippias, por su parte, hablaba de algo más vivencial: hablaba de aquél mundo clasista en el que le había tocado vivir, y que, inevitablemente, había condicionado su propia personalidad…

Pero si nos detenemos en la segunda respuesta, aquella en la que responde a Sócrates: “Esto que me preguntas, la belleza, no es sino el oro... Pues todos lo sabemos, creo, dondequiera que se añada, hace que incluso que aquello que parezca feo parecerá bello si está adornado con oro."; es, precisamente ahí, donde, con más claridad, podemos observar en qué radica la esencia de aquello que hasta no hace tanto sirvió de patrón del papel moneda… Pues sí, los fexs que llevan algo de oro encima, resultaban hasta más deseables que lxs guapxs –y de Hipias, nos dicen lxs antiguxs, que de joven lo era y mucho…–. De modo que nuestrx bellx garrulx, sabía muy bien cuán capaces eran esas prótesis doradas de desbaratar toda belleza natural; no en vano, lo que en un primer momento respondió fue “una chica bella”. Y es, tras meditarlo un poquito más, que Hippias llega a esa, su segunda conclusión, en la que la belleza es un determinado ornamento: el oro. Ese algo inerte, que, ya fuera por envilecimiento cultural o por locura compartida, lograba hacer bellx a aquél o aquella que no lo es… El adorno de oro hace que la belleza natural sea menos belleza, al menos en aquél in-mundo relativista que había olvidado la sacralidad de la vida y la naturaleza, así como la indiferencia de ésta hacia los intereses, deseos, penas y complejos humanxs… Esa perniciosa prótesis inerte –¡maldito adorno ambarino y brillante!– era la misma, que, a buen seguro, a nuestrx joven Hippias, le había hecho perder más de un amor de juventud… Y eso, como todxs sabemos, entristece y mucho…

Que el oro sirviera de tacón para alcanzar el amor, resultaba tan indignante como artificioso… En mi humilde opinión, Hippias nunca lo logró entender… En cualquier caso, él estaba tan dispuesto a hacer lo que fuera por vivir Eros –aunque los ciudadanxs de la polis se hubieran vuelto medio locxs– que si tenía que pasar por tal locura compartida, pasaría… Y de hecho, así lo hizo: de ahí que acabara su vida siendo muy ricx; si bien, esto mismo, no debiera comprometer demasiado su pensar... o por lo menos, no en todo. Pues Hippias, en el fondo, detestaba ver a nadie ni nada haciendo algo que no quisiera hacer; razón, de otra parte, por la que sería el primerx en criticar la esclavitud y en proclamar la igualdad de todxs lxs hombrxs y mujerxs. Y es que, son las verdades de juventud las que calan más hondo…; de tal modo, que, según nuestrx sofista, la belleza individual era trabajo propio –que no ajeno–; la inusitada túnica púrpura, la sandalia o el extravagante perfume, también… ¿Pues qué mérito podía haber en aquél o aquella que pudiera parecer bellx por llevar algo que ni él mismx se había logrado hacer? ¿Dónde residía su imaginación, dónde su creatividad seductora? ¿Qué encanto podía haber en una burda apropiación del trabajo, de la magia creativa que se da en toda inspiración ajena? Y en cuanto al alma… ¿Qué decir?... Pues belleza, también se da en las palabras; rebuscando en el baúl de los retales que hay en el desván de nuestras distintas culturas, quizá es donde hoy día podamos hallar algunas prendas que nos permitan sobrellevar estos tiempos de  miseria probablemente más anímica que material... En esto, tanto Sócrates como Hippias coincidían, pues, para ambxs, lx más bellx era también lx más viejx... Y ese algo bellx que es cultura, necesariamente había de ser inmaterial...; pero en esto no voy a ahondar más…

Quizá, la peor crítica que Platón le pudo hacer a Hippias, fue la de llamarle vanidosx –pues, por regla general, vanidosx es aquél o aquella, que, creyéndose sabix, no suele escuchar a los demás…–; pero con lo de “garrulx” y “petulante”, parece que la crítica revierte más, hacia quién la hizo, que hacia quien fue dirigida… Pues “garrulx”, como sabemos, es un desprecio clasista; mientras que por “petulante” se suele tildar a aquél o aquella que sencillamente es cultx, y que, por tanto, invierte más tiempo en lo inmaterial que no en lo material… En cualquier caso, Hippias, propone una forma de vida en sociedad bella; en la que todxs somos iguales y en la que nuestras insalvables y contingentes diferencias –las más superficiales u ornamentales– se establezcan a partir de la originalidad y creatividad de cada cuál –en vez de deberse a la sumisión de la mayoría a unx o unxs poquitxs que tengan mucho oro...–. Resultando, además, que tales diferencias ornamentales o estéticas (siempre individuales), sólo tienen sentido en comunidad. Pues es como en el carnaval… ¿qué sentido puede tener disfrazarse unx para sí mismx, si no es para reírse, disfrutar y bailar junto a lxs demás?... Si lo que desde una perspectiva más esencial y sapiencial, en verdad mueve el mundo, no es otra cosa que Eros… ¿cómo vamos a poderlo encontrar solxs o aislados?... En mi opinión, Hippias sabía perfectamente que el oro había usurpado el lugar de Eros; y su crítica, por esencial y radical, conmovería cinco siglos más tarde el orden del Mundo Antiguo por completo, haciéndolo añicos: y esto, precisamente cuando el cristianismo hiciera suya tal crítica, anunciando aquella “nueva praxis” que vocearía la igualdad entre todxs los hombrxs y mujerxs, así como su inherente crítica de la esclavitud… Y es que, la mariquita de Hippias, veintiséis siglos más tarde, conserva aún suficiente ánimo y voz estridente como para vociferar algo tan radical como esencial a  políticxs, economistxs o tecnócratxs: que el oro no es más que una vana prótesis para intentar engañar a Eros… Por más impotentes que sean sus cálculos, por más adornos monetarios que se pongan en las solapas de sus chaquetas o blusas; al démon Eros, jamás podrán apropiárselo, ni tan siquiera por un instante… (menos aún, todavía, aislándose o atrincherándose). Pues éste, como nos dirá Platón, aparece y desaparece, no dejando que nadie se adueñe de él…

Y es que, lo que está empezando a acontecer en este in-mundo mundo en el que vivimos, es por completo indisponible... Y aquél individuo egoísta que pretenda retenerlo sólo para sí por vías materiales –o las que sean– que sepa, que ni lo verá, ni lo experimentará, ni lo sentirá, jamás de los jamases… Pues Eros siempre es indiferente a toda prótesis dorada que pretenda usurpar su lugar; así como también lo es, de todo aquél o aquella supersticiosx, que quiera rodearse de oro como si de un amuleto mágico se tratara, en vistas a alcanzar la máxima aspiración de todx hombrx o mujxr; aquello que más placer y más felices nos hace: amar y ser amadxs... Pues la belleza “individual”, como nos hace ver Hippias, si con algo tiene que ver es con la originalidad y gracia propias, con el encanto de cada cual… que no con la apropiación del trabajo ajeno; al tiempo, que éstas, de por sí –originalidad, gracia y encanto, además de bondad… entre muchas otras cualidades que seguro que olvido…– sólo pueden alcanzar su sentido, cuando se viven y comparten con lxs demás. Es decir, en comunidad…