martes, 8 de mayo de 2012
Crecimiento para crear Empleo: La gran falacia
viernes, 30 de octubre de 2009
Política y Decrecimiento
Europa es un pésimo lugar para intentar hacer política. Uno de los principales objetivos de esta actividad humana, es poder influir en el poder ó llegar a ocuparlo, para desde allí, promover la modificación sustancial de realidades en todo tipo de ámbitos; pero el poder político por estas latitudes está tomado por el “Capital”.La configuración de la “Comunidad Económica Europea” como una asociación de países donde se “blinda” la posibilidad de modificación del sistema económico, no permite la posibilidad de un cambio sustancial en el estado actual de las cosas. Europa, por lo tanto, guarda servidumbre a las leyes del mercado y a las decisiones adoptadas por los consejos de administración de las grandes compañías transnacionales. Consejos integrados por personas que no han sido elegidas democráticamente, y que por supuesto, no tienen entre sus objetivos la búsqueda del “Interés general”.
En nuestras sociedades europeas llamadas “De Consumo”, la imposibilidad de poner en cuestión de una forma radical el funcionamiento del sistema económico como parte significativa del horizonte de actuación política, castra y desanima a las corrientes ideológicas que buscan invertir el funcionamiento de la superestructura. El mensaje lanzado es claro, se podrá elegir “democráticamente” en cualquier estado socio a gobernantes de cualquier ideología más o menos considerada “decente”, pero estos, una vez elegidos, estarán obligados a no intervenir en la configuración y el funcionamiento del sistema económico. Gobiernos de derechas e izquierdas en Europa, tendrán siempre mucho en común; la defensa obligada del libre albedrío del sistema capitalista de libre mercado.
El elector, gran conocedor a través de la propaganda de este escenario cercado, no se decantará por proyectos políticos que precisamente por cuestionar el modelo económico, puedan ser objeto de aislamiento. El voto útil y la consecuente tendencia al bipartidismo, es la máxima expresión de la corrupción intelectual generalizada de los votantes de nuestras democracias.
Ante esta situación, el estado de confusión de la “masa” es tal, que ha dejado de percibir las violaciones constitucionales. Un caso muy reciente y muy claro es el español y tiene que ver con el indiferentismo general con el cual ha vivido la mayoría de la población, la usurpación del derecho a una vivienda digna, que ampara la constitución española como derecho fundamental, y cuya violación está directamente relacionada con la especulación del suelo que ha sido promovida por las propias administraciones públicas.
Por si no fuera suficiente, las campañas publicitarias alentadas por “Lobbys” empresariales, consiguen generar estados de opinión donde subyacen criterios mercantiles, que permiten dirigir el voto en una dirección beneficiosa para el sector productivo representado. Mientras tanto, estos mismos “Lobbys” financian partidos políticos con posibilidades de llegar al poder.
Nuestros representantes políticos, una vez otorgado el poder a través de la consumación del habitual engaño mediático masivo de las elecciones, pagarán las deudas pendientes con los grupos empresariales con tratos de favor. También contraerán otras deudas de tipo financiero, o venderán al mejor postor el patrimonio público, para intentar cumplir el exagerado programa electoral con el cual se habrán comprometido con el ciudadano. Programa electoral que habrá sido diseñado con la colaboración de una empresa de “Marketing y Relaciones Públicas”. El objetivo de acción del político no será en primera instancia, satisfacer el compromiso adquirido con el ciudadano y trabajar por el interés general, sino más bien, satisfacer los requisitos necesarios para ganar las próximas elecciones. Es el poder en si mismo lo que se ansía; un poder que ocupará gran parte del tiempo en la toma de decisiones en el ámbito puramente económico.
Tenemos ante nosotros una dimensión económica, la “Capitalista”, que es un hilo transversal a los estados y las ideologías oficiales, casi atemporal, que se convierte en criterio. El criterio de maximización del beneficio económico, es uno de los principios que más intensamente rige nuestras vidas y el de nuestras sociedades. Para verificar esta afirmación, solo tenemos que comprobar como actualmente la salud de un país se mide a través del crecimiento anual del “Producto Interior Bruto (PIB)”, ó pararnos a observar las múltiples escenas en las cuales nuestros máximos representantes políticos, elegidos democráticamente por millones de personas, sucumben a las peticiones abusivas de los dirigentes de las grandes compañías, ante la amenaza de la deslocalización o el cierre, ó como después de abandonar la carrera política, estos mismos servidores públicos se incorporan a los órganos de decisión de las grandes empresas, con el objetivo claro de poder incidir directamente en las decisiones del aparato público. Es prácticamente imposible delimitar un ámbito en la política de los grandes partidos, donde los intereses del “Capital” no estén representados.
El crecimiento exponencial del desencanto y la decepción del votante de izquierdas en Europa, tiene mucho que ver con lo expuesto anteriormente, ya que las enormes contradicciones en las que se incurren al poner en práctica un equilibrio imposible entre la gestión ideológica de izquierdas, la necesidad de financiación externa y el respeto impoluto al inamovible sistema económico Capitalista, son de una crudeza repugnante e insoportables para un ciudadano minimamente informado.
Con los acontecimientos que se han sucedido después del crack financiero de octubre de 2007, la situación se ha pervertido aún más. Los Estados, lejos de aprovechar la oportunidad para recuperar el protagonismo perdido en la época del liberalismo-libertino, se han lanzado a dilapidar sus propios recursos. Han asumido un riesgo aún sin cuantificar, a través de operaciones de rescate al sistema financiero, con el objetivo de reanimar a un sistema económico que siempre había considerado al sector público como un estorbo para sus pretensiones. Tenemos, por lo tanto, a un sector privado muy amplio de la economía, exhausto por su propia codicia, pero seguro de su supervivencia.
Ante la apuesta incondicional de los estados por revertir la situación de recesión apoyando a los máximos responsables de la misma, para así poder volver a la senda del crecimiento ilimitado a golpe de burbuja especulativa, existe una pequeña parte de la ciudadanía que comienza a organizarse más allá de la política tradicional de los grandes partidos. El objetivo es fundar un contenedor social diferente al actual, en el cual puedan empezar a integrarse individuos que puedan crear comunidades para la vida en común utilizando otros criterios. No es una fuga derrotista ante la imposibilidad de influir notoriamente en el corto plazo en el orden global actual, sino más bien, es una apuesta revolucionaria y por lo tanto, no reformista, que busca conformar un nuevo orden político y económico, apostando por un nuevo comienzo y con el foco puesto en lo “Local”. Un nuevo orden que se agazapará y esperará pacientemente hasta que adquiera vigencia como alternativa, cuando el colapso se adueñe finalmente de las sociedades capitalistas. Un colapso que irremediablemente ocurrirá por la imposibilidad lógica de que se cumpla la máxima sobre la cual se asienta el “Capitalismo”: Crecer ilimitadamente en base a recursos que no lo son.
¿Que es el Decrecimiento?
Si ya ha quedado claro que la economía juega un papel central en la configuración de las sociedades actuales en Europa, la primera pregunta que habría que responder es, ¿Que otro sistema económico alternativo al “Crecimiento Ilimitado Capitalista” podría reemplazarlo?
“Decrecimiento limitado anticapitalista” es el nombre completo, de un sistema económico, que no es nuevo y que viene siendo reivindicado desde hace algunos años, sobre todo por el movimiento ecologista. Que sea lingüísticamente el concepto contrario tiene consecuencias lógicas, ya que lo que persigue es revertir una situación. Podríamos hacer un análisis resumido a través del desglose conceptual.
· Decrecimiento: Primeramente, a través del reconocimiento del suicidio colectivo que implica para cualquier comunidad, consumir por encima de la capacidad de regeneración del ecosistema en el que vive, el primer objetivo sería un retorno a los parámetros que permitan esa regeneración. El sistema capitalista, al ser global, delimita un ecosistema de actuación planetario en el cual está inmerso todo lo vivo y lo inerte, y por lo tanto, toda la humanidad. Lo individual y lo local forman parte de este conjunto global, y por lo tanto cualquier acción en estos ámbitos tendrá su impacto en la totalidad.
· Limitado: Por otra parte, y a diferencia del sistema capitalista, no se olvidan los límites al reconocer que el decrecimiento no puede ser ilimitado. Existe un mínimo de consumo necesario para que los miembros de una supuesta comunidad cubran sus necesidades y gocen de salud.
· Anticapitalista: Por último, existe un objetivo de búsqueda de debilitamiento del “Capital” a través de la destrucción de la dualidad “Recurso laboral – Consumidor“ que actualmente configura al habitante de una sociedad de consumo. El objetivo sería convertirse en individuos estériles para el “Capital”.
Si el Capitalismo funciona. ¿Porqué decrecer?
Existen muchas motivaciones para buscar el cambio. Asistimos a una catástrofe ambiental sin precedentes en la historia del planeta que se ha acelerado en las últimas décadas. Catástrofe que ha sido posible gracias a la puesta a disposición de la codicia del “Capital”, toda la potencia de la “Técnica” para la explotación de cantidades ingentes de recursos naturales acumulados durante millones de años.
Por otra parte, la perdida de libertad en nuestras sociedades es cada vez mayor. Los automatismos que se están implantando en todas las esferas de la actividad humana, han conseguido crear tal cantidad de falsas necesidades y falsas seguridades, que el individuo ha perdido su capacidad de “Autarquía”, y la inseguridad y el miedo se han apoderado del individuo.
También, la insatisfacción es un sentimiento que se ha instalado en las sociedades de consumo después de que un vacío infinito haya abierto hueco en la individualidad exacerbada del europeo. Tras la muerte de Dios, el ser humano en occidente se ha lanzado a consumir ansiosamente como forma de rellenar este vacío imposible de colmatar. La conclusión después de décadas apostando por este modelo de hiper-consumo ilimitado, es que no satisface, ya que consumir deja de tener sentido a partir de cierto umbral. Comprobar estadísticamente que la primera causa de consulta médica en Europa es la ansiedad, reafirma esta hipótesis. La gente expresa, a través del consumo de antidepresivos y ansiolíticos, carencias en su existencia, y aunque aún no están preparados para dejar de perseguir en su lucha diaria, la representación del éxito que la “Propaganda” exhibe a cada momento a través de las campañas publicitarias, se empieza a mirar con melancolía hacia aquellas cosas perdidas en el camino del “Progreso” ilimitado.
Las sociedades de consumo, en su conjunto, no están preparadas para “Decrecer”, ya que necesitan la plusvalía para seguir siendo lo que son; pero los individuos, cada vez dudan más sobre la conveniencia de su esclavitud materialista. Sienten que les falta algo, que han perdido la capacidad de goce; están en la antesala para que se pongan a buscar.
Deconstrucción
“Decrecer” es, antes que nada, “Deconstruir”. El concepto “Decrecimiento” es un concepto generalmente desagradable para los miembros de nuestra sociedad, ya que hemos paralelizado en nuestro imaginario colectivo “Crecimiento y Prosperidad”, “Mas y Mejor”, “Prosperidad económica y Felicidad”, “Decrecimiento ó Estancamiento, con Fracaso, Pobreza y Subdesarrollo”. Invertir estos valores para que el “Ser” margine en importancia al “Tener” y se produzca una revalorización de los aspectos no cuantitativos-productivos de las personas, es uno de los grandes objetivos del movimiento “Decre”. Por lo tanto, aunque la palabra “Decrecimiento” en una primera instancia, referencia al racionamiento en el consumo de recursos materiales, asumir este modelo implica también “Deconstrucción cultural”, ya que habrá que tumbar muchos mitos como los citados, que por ser realizados, son transparentes a nuestra conciencia crítica.
Decrecer implica también “Menos pero mejor”; en esa transición hacia el “Menos”, crece en porcentaje la importancia del sujeto, que se reconoce a si mismo como suelo firme, y desecha lo accesorio. El sujeto deconstruye y se da cuenta que la verdadera riqueza es existencia y es inherente a quien la tiene. Desde este punto de vista, es esa la riqueza por la que realmente merece la pena luchar, y tiene que ver básicamente con afirmar un “Modo de ser”, que se difumina conforme está más cargado de bienes.
Aquellos que ya hemos comprendido que el límite con el que topará el proceso “Capitalista” es el de la “Aniquilación”, hemos vencido el miedo a la perdida de las falsas seguridades que nos brinda y nos enfrentamos al cambio desde la perspectiva de los que tienen poco o nada que perder. El miedo es el obstáculo que una vez saltado, te permite libertad de acción, y te hace inmune a la tiranía del gigante que ejerce su poder a través del terror. Arriesgar todas tus fuerzas por no caer en el “Indiferentismo” ante esta coacción, implica apostar por un “modo de ser” singular; lo contrario significa existir sin más. Se trata, en definitiva, de conquistar una libertad que será utilizada para zambullirse en la confortable, que no cómoda, soledad del que se retira a una zona paralela, del que se agazapa esperando a irrumpir, del que cuestiona radicalmente las “buenas costumbres” de su sociedad pero que no cae en la indiferencia respecto al sufrimiento que se produce en el lugar que abandona. Una zona continua, que transpira a través de una fina membrana y que por lo tanto es permeable, porque reconoce la ignorante inocencia del que todavía no ha comprendido que su proyecto vital en el seno del “Capitalismo” es instrumentalizado todos los días.
Decrecer es decir “No” al sistema esclavista más refinado que posiblemente haya conocido la historia de la humanidad. Un sistema en el cual los individuos se ofrecen ansiosamente a la superestructura como mercancía para que esta haga de ellos “Hombres de provecho”, “Hombres instrumento”, o dicho de otra forma, “Recursos Humanos”. Exigen y luchan por su esclavismo, a cambio de poder echarse a dormir.
La comunidad “Decre”
Una comunidad “Decre” es un conjunto de individuos organizados que a través de la “Autogestión” buscan una “Autosuficiencia” que pueda ser sostenida indefinidamente en el tiempo, respecto al contexto físico en el cual se ubica. La consumación del decrecimiento es el “Estancamiento”. Sería una situación de crecimiento económico cero donde se produce un control efectivo por parte de la comunidad sobre los recursos.
Una comunidad “Decre” es una comunidad que se posiciona en el mundo utilizando criterios de “Necesidad”. Defino “Necesidad” económica, como aquel requerimiento de consumo que permite una supervivencia austera, pero sin comprometer la posibilidad de desarrollo físico, intelectual y afectivo de los integrantes de la comunidad actuales y futuros. Se trabaja lo necesario, y se consume lo necesario. En este tipo de comunidades, el concepto “plusvalía” es desechado. Hablo siempre de comunidad, porque es difícil pensar en un individuo que permanezca durante toda su vida en un estado de autosuficiencia consigo mismo. Como decía Aristóteles, este tipo de hombre habría que considerarlo como una bestia, o como un Dios, en el sentido que somos seres que necesitamos de la comunidad para diferenciarnos y vivir bien.
La emigración del campo a la ciudad en los últimos cincuenta años, ha dejado comarcas enteras, muy ricas en recursos naturales, prácticamente desiertas. Cientos y cientos de pueblos enteros sobreviven apenas, y otros tantos llevan años abandonados. Estos lugares serían sitios muy satisfactorios para empezar a formar estructuras con una configuración “Decre”. En este punto nos topamos con uno de los principales problemas a resolver, que es la “Propiedad”. Hablaremos más delante de ello.
Respecto a la organización política de la comunidad “Decre”, remarcar que el sistema económico no define estrictamente la organización de una sociedad, pero si marca de alguna manera, una tendencia. Si debe existir un control de los recursos en el cual estén involucrados todos los miembros, si ya hemos deslegitimado un sistema de representación parlamentaria y hemos asumido que debe existir mucha colaboración interna para conseguir los objetivos, estaríamos hablando por lo tanto de comunidades pequeñas ó aldeas, con un órgano de decisión soberano que sería asambleario y con una propensión a considerar los temas que se considerasen de interés general, de máximo compromiso por parte de los miembros de la comunidad. Pero queda claro, que el contexto histórico, la ubicación física y los modos de ser de los miembros de la comunidad, serán los que finalmente influyan en el régimen político por los que finalmente se rija la comunidad.
Existirá, como es natural, una forma biológica de acceder a la comunidad, y será a través del nacimiento de hijos de miembros de la propia comunidad. Siendo altamente probable que pudiera existir flujo de personas entre distintas comunidades, el acceso a la comunidad ó su expulsión, se decidiría en el órgano decisorio que hubiera sido designado.
Respecto a los servicios sanitarios, educación, seguridad, sistema de pensiones, prestaciones de desempleo…., tenemos que tener muy en cuenta las motivaciones que inclinan a las personas a asociarse en “Decres”. Hemos abandonado el “Titanic” cuando ya se divisa el Iceberg, y nos hemos introducido en una barcaza a remolque del coloso. El objetivo no es tanto salvarnos nosotros, cosa nada segura, como construir un nuevo “hogar”, y que, por supuesto, pueda servir además de referencia, en medio del “caos” que sobrevendrá al hundimiento. En un escenario, donde los servicios que acostumbra a otorgar la superestructura a la masa para su adoctrinaje, curación, premio o castigo, no han desaparecido pero tienen fecha de caducidad. Hacerse cargo radicalmente de uno mismo, implicará la imposibilidad de apelar a una instancia superior para que llene algún vacío que nosotros, como comunidad o individuos, no sepamos, no queramos, o no seamos capaces de llenar. La vida en una comunidad “Decre” será simultáneamente mucho más libre y quizás también, en muchos sentidos, mucho más dura.
Respecto a la “Guerra”, intentar enfrentarse contundentemente a un sistema económico como el “Capitalista”, no parece muy realista. En todo caso, provocaría una reacción defensiva que tendría dos consecuencias directas nefastas: por una parte, la aceleración de su propia capacidad de destrucción, y por otra parte, el aplastamiento de la amenaza. En este sentido, el “Decrecimiento” es un movimiento que retira combustible de la caldera del Coloso, aminora su marcha y lo debilita desde el principio, sin un enfrentamiento directo.
Desde otra perspectiva, uno de los motivos principales por los cuales ha existido el conflicto desde la antigüedad, es el control de los recursos. Una comunidad conformada desde el punto de vista del decrecimiento debería asentarse en espacios físicos donde hubiera suficientes recursos como para no entrar en colisión con otras comunidades cercanas, en caso de situaciones extremas. También debería existir un control de la demografía para evitar el colapso del equilibrio propio y evitar conflictos internos.
Otro de los principales motivos por los cuales han existido conflictos desde la antigüedad tiene que ver con el deseo de conquista; una comarca en la cual se desarrollan comunidades que entienden el “Decrecimiento” ó “Estancamiento” como algo satisfactorio para sus vidas, simplemente no desean nada más desde el punto de vista material. En todo caso, una actitud defensiva respecto a un ataque, es una acción violenta pero legítima.
Respecto al “Sistema financiero”, ya sabemos dos cosas muy importantes. Primeramente, que es el combustible sin el cual no hubiera sido posible la exagerada capacidad de depredación que ha exhibido el capitalismo en las últimas décadas. Por otra parte, hemos aprendido, y esto es mucho más novedoso, que lo “Público” en su actual configuración, es el avalista que asume los riesgos en último término, de los desmanes y desequilibrios que provoca un sistema cuyo principal empuje lo encuentra en la codicia. La economía monetaria y financiera, ha pasado de ser un medio para hacer más fácil el intercambio, ha convertirse en un fin. El dinero se consigue, y luego, se decide que se hace con el. En un sistema global como el sistema capitalista, el dinero fluye a nivel planetario en la economía artificial y al apostar por el alza de precios de determinados bienes, se generan burbujas económicas y el empobrecimiento de la mayoría está asegurado. Por otra parte, la posibilidad del fraccionamiento de los pagos en plazos, que incluso transciende el periodo vital de una persona, permiten un alza de precios de los bienes, que de otra manera no serían viables. Atenerse a los objetos reales y desconfiar de los servicios financieros, e incluso del papel moneda, sería una gran apuesta para conseguir que la comunidad “Decre” cortara de raíz, el cordón umbilical con el “Capital”.
Respecto a la “Propiedad” del terreno, aunque en su origen es el resultado de una acción de delincuencia “Pirata” de apropiación de lo común, cientos de años después de su consumación, esta realidad deja de ser algo lo suficientemente consistente como para que pueda ser un argumento para reivindicar la reversión del proceso. Creo que la formula que podría tener más éxito, sería reconocer al propietario actual de la tierra como su dueño, pero no reconocer la exclusividad de su uso, que sería común. Soy consciente de que es precisamente la “Propiedad”, el más importante escollo a salvar en todo el planteamiento respecto a las comunidades “Decres”.
Otras reflexiones
El “Decrecimiento” como modelo económico, nunca será aclamado por la gran mayoría. Respecto del barco que se abandona, solo existe la hostilidad y el desprecio por poner en cuestión el estado de las cosas y las motivaciones que mueven a tantos millones de personas con una constancia y una fe que podría calificarse perfectamente de religiosa. Creo que es muy importante tener esto claro, de cara a que tipos de acciones políticas se pueden poner en marcha y cual puede ser su alcance. Es muy difícil hacer llegar a una población que utiliza gran parte de su tiempo de ocio a recorrer sistemáticamente grandes superficies comerciales a las que llega utilizando transporte privado, que es posible generar bienestar reduciendo drásticamente el consumo de materia y energía.
En unos tiempos en los cuales, los problemas medioambientales preocupan y mucho, el “Capitalismo” se defiende moldeando y haciendo suyos planteamientos que en un principio, pertenecían a su propia crítica. El movimiento ecologista ha puesto en bandeja al “Capital” un concepto muy potente que le está dando mucho juego. Ante la cada vez más creciente concienciación social ante los temas ambientales, el “Desarrollo Sostenible” ha creado una falsa expectativa sobre la posibilidad de poder seguir consumando un crecimiento continuado y a la vez, mantenerse dentro de los límites de regeneración de los ecosistemas. Ha añadido un componente ético al crecimiento económico que tenga la capacidad de venderse con criterios de sostenibilidad. Es un concepto que ha funcionado tan bien, que ya no existe proyecto ó infraestructura faraónica que no sea calificada de “Sostenible”. Conseguir la sostenibilidad y el crecimiento continuo, a la vez, es una contradicción lógica y desde el punto de vista político, un fraude.
Respecto a aquellos que puedan considerar que existe dogmatismo a la hora de plantear el “Decrecimiento” como la única alternativa para revertir la situación desde un punto de vista económico, comentar que la base de este supuesto dogmatismo es estrictamente lógica. Si consideramos que apostar por el crecimiento ilimitado en el tiempo es una huida hacia adelante, ya que es una contradicción respecto a la finitud del mundo, realizar el camino inverso sería decrecer. Y si además, damos por válidos los datos que nos advierten de que estamos viviendo por encima de la capacidad de regeneración del planeta, más o menos un 30%, entonces la necesidad de aplicar criterios en la dirección opuesta, sería imperiosa.
Como nihilistas que somos, seguimos creyendo que las soluciones a los nuevos retos solo pueden provenir de ideas novedosas y originales. En este proceso de vuelta que envuelve el movimiento “Decre”, imaginar que el “Pasado” fuera precisamente el horizonte por descubrir, sería una forma de invertir el sentido del tiempo, y que de pronto, la serenidad que aporta la sabiduría de lo ya vivido reemplazara al deseo ansioso de lo novedoso. Lo único que tenemos, al fin y al cabo, es pasado.
Nuestra epocalidad nos plantea una elección. Podemos seguir siendo espectadores y corresponsables del hundimiento ó, convertirnos en autores creativos de otro lugar y otro tiempo, aquí y ahora.
jueves, 30 de julio de 2009
LA DIGNIDAD Y EL ORGULLO EN CRISIS
La posibilidad real de que algo suceda nos ha dejado un dolor extraño y terrible, un embotamiento paralizante, que no es ni más ni menos la primaria necesidad de intentar decidir por nosotros mismos. No dudo que decidir, y también sobre cuestiones que tanto nos atañen, lleva tiempo, tanto más cuando a menudo contemplamos que los diferentes agentes económicos y sociales no apuestan un céntimo por ninguna decisión individual.
En cualquier caso, aterrice hoy, mañana ó dentro de 1 año la crisis real que nos convierte en desechos, hay que advertir desde ya que debemos ir aparcando 2 conceptos que, aunque depreciados y actualizados, nos han acompañado estos últimos años. Hablo de la dignidad y el orgullo. Entiendo por dignidad, no el concepto que tenía que ver con el decoro y la urbanidad que se le acuñó durante siglos, sino al concepto con el que lo políticamente correcto lo ha imbuido, que no es otro que el de la capacidad de consumir. La capacidad de adquirir, proveer, ó poseer ha hecho que los individuos sean considerados dignos, incluso podríamos ir más allá considerándolos honrados, gente de provecho y gente de buena fe. El orgullo, que sería un paso más allá en ese periplo de la adquisición y en ese asentamiento de la dignidad como capacidad de consumo; sería lo consumido, lo ya adquirido, que además aumenta, y debe aumentar, de continuo. El orgullo de lo que se tiene (y hablo en presente), de lo consumido, adquirido, crecido y aumentado.
Estos 2 conceptos, la dignidad como identidad desde la cual nos reconocemos y nos señalan, Y el orgullo como expectativas cumplidas, éxitos logrados, lugar localizado en la sociedad. Son dos conceptos que en el nuevo modo de producción que la crisis económica lleva consigo, van a sufrir una erosión que puede transmutarlo todo en nuevos sentidos, nuevos modos de ser. Tragedias para unos, oportunidades para otros.
Viene todo esto a colación, porque aún no sabiendo con seguridad la dimensión de la crisis, y hasta dónde puede atacar, el verdadero último miedo es caer precisamente en la infrahumanidad (el tercer mundo). El consumidor occidental contempla aún 2 escalones antes, que serían la dignidad y el orgullo mencionado anteriormente. Ambos están siendo completamente erosionados. La dignidad era suministrada económicamente y el orgullo también, sólo que a esta última le añadíamos una pizca de marketing, autoayuda y budismo, para aumentar hasta el infinito nuestra vanidad consumista.
En cualquier caso, ambos conceptos, como otros muchos, fueron ocupados por el capital económico, y de alguna forma, desde la cuna, y a lo largo de nuestra educación teníamos una idea de vida que ya estaba diseñada (por quién y para qué no es importante) y en las cuales nosotros no debíamos decidir gran cosa. Si acaso la posibilidad de adquirir una vivienda en este u otro lugar, cambiar de automóvil de vez en cuando, y acudir a las reuniones del colegio de nuestros hijos. El consumo logrado, sea lo anterior o cualquier otra cosa, aumentaría nuestro orgullo y con ello nuestra vanidad. Vanidad y felicidad ya habrían sido rápidamente emparentados como primos hermanos. La dignidad, antes en pos de la comunidad para la que se servía, también sigue sirviendo a la comunidad, pero ahora en la demostración “ejemplificadora” de cómo alcanzar la posibilidad de tener y tener, mediante nuestra inteligencia, esfuerzo, u oportunidad. Perdón, inteligencia económica, esfuerzo económico u oportunidad económica. Hasta dar patadas a un balón tiene sus referencias económicas.
La crisis arremete claramente contra el consumo, contra la especulación, y sobre todo contra el orgullo y la felicidad arrumbada por el sistema económico. Y también contra la dignidad. Porque aún cercenando la capacidad de consumir, cuando nuestra capacidad de consumo empieza a orientarse hacia bienes de primera necesidad, y no a las vacaciones en las Seychelles, entonces nos acercamos a la infrahumanidad. Y la infrahumanidad es ese último peldaño en el que la dignidad ya ha dejado de existir.
La destrucción de la dignidad y el orgullo, ocupan en la mente de quienes han sido educados y actualizados en un sistema económico, toda su vida de punta a punta. Soy digno porque puedo tener. Estoy orgulloso porque tengo. Fuera de esa lógica surge el miedo paralizante. Y ante todo, para todo aquel que no sepa a que me refiero, hago referencia a que toca tomar decisiones. Decisiones individuales o comunitarias que nos alejan de la dinámica económica, o que nos acercan, según se mire. Miles de personas querrán retomar la dignidad para volver a tener la posibilidad de adquirir un nuevo utilitario o un nuevo inmueble en la costa. Pero los más realistas, comprobarán en breve, que la dignidad y el orgullo, como los hemos conocido hasta ahora, son sólo un fino barniz que está desapareciendo.
Nos descubriremos que no éramos tan personas como creíamos, ni tampoco tan talentosos, al descubrir que paseamos en colas silenciosas que ya no pueden consumir. La crisis puede hacer que nuestras mentes se emboten para protegernos del dolor de lo perdido o lo no adquirido, y también de alguna manera veremos que las alertas que antes manteníamos siempre encendidas para trabajar a destajo, de repente se habrán fundido. Embobados y absortos para protegernos del shock, nos quedaremos paralizados cuando nos toque decidir. ¿El qué?. Decidir cómo vivir, cómo actuar, y cómo movernos lejos de una economía que ha sido nuestra propia vida.
miércoles, 11 de marzo de 2009
Los objetos ante la crisis
La crisis deja al descubierto una chatarra que no tiene ninguna utilidad, no es imprescindible para vivir ni colma nuestras expectativas vitales. En la casa guardamos p
orciones de materia que despiertan en nosotros chispazos de nostalgia. Nos despertamos de un día para otro y vemos la casa llena de detalles que nos recuerdan al pasado, a los viajes que hemos hecho y a las compras frenéticas emprendidas en un momento de ansiedad; tenemos libros pendientes de leer en las estanterías y las enciclopedias permanecen hasta nueva orden rendidas por la espera. Porque , a veces, compramos en busca de la satisfacción definitiva que es como calmar la sed con agua salada. La crisis tiene sus ventajas y sus inconvenientes: se nos queda delante lo esencial y se esfuma lo superficial e inútil. De un día para otro, somos conscientes de las habitaciones que sobran, de los pasillos largos que nunca se iluminan, nos vemos rodeados de objetos que hemos comprado cuando pensábamos que las vacas gordas durarían toda la vida, cuando creíamos que la felicidad se puede atrapar y alcanzar en la incesante rueda del consumo sin fondo. De pronto nos sobran objetos en las estanterías, nuestra condición de Homo collector pierde sentido al descubrir que la mercancía que guardamos sólo nos quita la luz e impregna las estancias del aroma de los días que se marcharon. El salero desabrido de plata que compramos en un viaje nos resulta inútil, el abrigo que nos costó un riñón ya no nos gusta, las corbatas están muertas de risa por falta de uso; el candelabro de siete brazos ha dejado de tener interés, la máscara de madera que compramos en un mercadillo tiene ahora una mueca espantosa que no vimos el día que la trajimos a casa. Los objetos que atiborran los armarios carecen de importancia inmersos en una crisis que tumba a muchos y que apenas roza al que está en el palo de arriba. Se nos pasa por la cabeza hacernos minimalistas en esta época de paro brutal, nos montamos en la moda que desprecia la abundancia material y que venera la elegancia de las paredes vacías, maldecimos la escoria que refleja nuestra confusión mental. Nos decidimos por expulsar de nuestras vidas, en un ataque de feng shui , todo aquello que nos sobra en el armario del cuarto de los trastos; los álbumes de fotos más que paralizar un bello momento en nuestra biografía, muestran de improviso el fugaz y misterioso paso del tiempo. Queremos borrar de un plumazo la memoria que reposa en esta nata nostálgica que decora y envuelve los objetos que hemos desechado. Paralizados en el vacío se nos hace evidente que nos sobra de todo y que nos vale un espacio muy reducido para ir tirando, si no, que se lo digan al insigne arquitecto Le Corbusier que, después de haber construido casas y mansiones de lujo para otros, decidió terminar sus días en un breve habitáculo, en una habitación de unos quince metros cuadrados con vistas al Mediterráneo como si fuera un monje que espera la iluminación.viernes, 23 de enero de 2009
Comprender y acontecer el futuro
La filosofía, desde sus comienzos, ha sufrido un debate interno sobre su propia tarea. Para resumirlo de una forma tosca: se ha decantado por la reflexión abstraccionista y creadora de conceptos universales, dando contenido a mundos metafísicos, o bien ha preferido ser un fármaco, una especie de catarsis, que nos permite evadirnos de este mundo de lágrimas (aunque en realidad, para decirlo con Trías, las dos opciones son la misma pues es un escape hacía un más allá metafísico el que nos consuela de este purgatorio). Sin embargo, una gran parte del pensamiento crítico contemporáneo, que se presenta como una amplía retícula con multitud de nexos, linajes y ramificaciones, converge en la problemática del sentido y la comprensión de la realidad, la del siglo XX y siglo XXI. Se trata de un pensar creativo que ha trazado mapas, planteado problemas, creado conceptos con cúmulos de vibraciones, estimulando nuevas modalidades de expresión que despliegan dimensiones de nuestra racionalidad desconocidas u olvidadas, creando nexos entre el pasado y el presente que devienen en nuevos modos de vivir y pensar el mundo. La filosofía contemporánea ha arriesgado ideas para crear superficies de inscripción de nuevos registros lingüísticos, completamente diferentes, sin las verdades absolutas ni los fundamentos que han regido nuestra racionalidad, que han dado lugar a las dualidades que procura una dialéctica infinita donde el bien se alimenta del mal y en donde es posible comprender el mundo, nuestra realidad, mediante el juego de las interpretaciones.
Porque la interpretación no se limita a describir o reflejar el mundo de un modo más o menos complejo, sino a invocar o escuchar lo no dicho, lo no pensado, lo tapado o relegado a los márgenes de una pasado superado y escindido. Porque el esfuerzo interpretativo tiene su propio carácter vinculante y normativo en el acontecer de una tradición viva que media continuamente entre el pasado y el presente, abriendo posibilidades de futuro. En la tarea de pensar el “hoy” como una diferencia histórica, es necesario pararse ante la vida, ante la historia y ante todas las realidades que nos rodean para dar un paso atrás situándonos al borde del camino y tomar conciencia de cómo hemos llegado a donde nos encontramos, pensando en las posibilidades que hubiéramos abierto si nuestro pasado hubiera sido otros, dejando atrás la pesadilla de un “único camino” de la historia de la humanidad, permitiendo la posibilidad y el valiente desafío de remover aquello que se percibe inmóvil, fragmentar lo que se pensaba unido y mostrar la debilidad de aquello que se mostraba como fuerte. Esos valores que en aras del progreso y la libertad nos han conducido a cometer las mayores atrocidades, a destruir nuestro planeta, a dar vida de nuevo a uno de los ejes motores del capital, sus eternas crisis.
Esta forma de bucear en el presente, que desde Nietzsche llamamos genealogía y que nuestro pensar contemporáneo ha llamado “ontología del presente”, es afirmar la posibilidad de que la libertad no es un universal metafísico, ni siquiera un derecho otorgado, sino una construcción, una tarea y un desafío. La “ontología del presente” es sabernos valedores de la posibilidad de vivir la vida como una obra de arte. Es una mirada que permite ver un pasado siempre múltiple y posible, permitiéndonos y obligándonos a asumir la responsabilidad de heredar, elegir, descartar y preguntarnos que otros campos de experiencias estamos dispuestos a recibir, a crear, a dar forma mediante nuestros lenguajes en el futuro.
Y bajo la mirada de una “ontología de la actualidad”, esta crisis que nos reúne y que espolea nuestro presente lleno de complejidad e incertidumbre pone de manifiesto que el capitalismo, integrado e integrador del proyecto de la modernidad, no se disgrega amenazado por un enemigo exterior, ni ideológico ni siquiera bélico, sino por la consecución de sus propios objetivos de desarrollo social, económico y científico. Algo que, auspiciado por las premisas de un “todo es posible” en aras del progreso de la humanidad, ha topado con el límite que deslegitima todo su futuro. Y una vez que hemos llegado al límite, si queremos pensar en un mundo distinto, si no queremos seguir imaginando imposibles, no queda más remedio que dar la vuelta, que volver a andar lo andado para poder dar lugar a otro comienzo. Porque el cambio, ese nuevo comienzo, no puede partir de cero, sino que tiene como núcleos de continuación la identificación de la realidad donde se presenta su comienzo, respondiendo a la preguntas “¿Dónde estamos?” y “¿Cómo hemos llegado aquí?”. De esta forma, la crisis de nuestro presente enlaza el pasado con el futuro dejando claro, poniendo en limpio cuáles son las diferencias que se tienen que dar entre uno y otro.
Porque ya no es legítimo tratar de adecuar la realidad a nuestra precomprensiones y proyecciones de acuerdo con verdades universales, alimentar nuestro afán de transformación y vivir tratando de inventarnos en vez de lanzarnos al descubrimiento de nosotros mismos y nuestro momento. No podemos seguir pensando en un futuro mediante un proceso de racionalización que proyecta una imagen de dominio y control sobre el mundo que, lejos de eliminar el temor, la incertidumbre y las contingencias, termina produciendo el riesgo continuo, la incognoscibilidad de lo real, la pérdida de seguridad ontológica, el retorno al mito, la individualización y, en definitiva, hombres y mujeres infelices, encerrados en proyectos emancipatorios que el propio capital les impone, siendo instrumentos de sus propios instrumentos.
La crisis ha puesto en evidencia límites que no es posible rebasar: nos ponen en la certeza que es posible otro mundo, que estamos preparados para escoger otras palabras que nombren nuestra realidad y que todo aquello que se nos presentó como los fundamentos fuertes, esos valores que debíamos preservar y cuidar, termina siendo hoy lo débil que no necesita de nadie para debilitarse, que ya lo hace sólo. Todo aquello que la modernidad despreció en su búsqueda infatigable de poder y hemos olvidado, es lo que tenemos que recuperar y cuidar: lo frágil, lo débil, lo insignificantes, los sencillo, lo no efectivo, no productivo, no tecnológico, no defensivo u oportuno. Tenemos que bucear en nuestra memoria y devolver al presente las acciones intensivas que sólo son posibles en comunidad, en donde se dan los lenguajes creativos de la política, la ética, la pedagogía, el arte y también, el de la economía. Volver a dar valor de utilidad a los instantes en donde somos plenamente, no porque somos más o mejores sino porque nos damos por entero a la vida, a su afirmación afirmando la muerte como límite, a no creer que por llegar a la luna la luna es nuestra, es decir, que todo lo que se cumple es bajo el término de la técnica, de la razón humana. Necesitamos dar paso al azar, a lo fortuito, a lo inesperado para acoger un futuro que sea distinto pero, no igual.
Todo esto que vemos y que no habíamos podido ver nunca, el derrumbe del sistema financiero, el colapso industrial, la falta de respuesta de los expertos y su imposibilidad de predecir el futuro para crear un plan que seguir, las contradicciones de algunos políticos defensores del neoliberalismo con planes millonarios de rescate de la empresa privada, gurús de la economía esposados o llevados al suicidio… Toda esta puesta en escena de una tragedia inusitada da cierta clarividencia para discernir un posible porvenir que sugiere un nuevo espíritu en la tierra, unas relaciones y un entendimiento que no asusta ni desconcierta. Como decía Nietzsche, “Los pensamientos que estremecen al mundo llegan a paso de paloma, las palabras que traen la tempestad son las más silenciosas” y de forma oculta, sigilosa y muy discreta algo se ha puesto en marcha en nuestras conciencias para decir que no es posible seguir viviendo en un mundo que exhibe sin vergüenza su mentira, su injusticia y su sed de venganza, que destroza todo atisbo de esperanza y reconciliación, y que no es posible seguir legitimando:
1.- Estados, que amparados por cortinas de humo, fuera de toda competencia política o jurídica, es decir, de posible intervención de la comunidad, protegen sumas de dinero que superan el presupuesto y el PIB de algunos países.
2.- La mano invisible del mercado como único motor de nuestros sistemas de producción y subsistencia. La mano invisible del mercado es muy visible, que tiene nombre y apellidos, algunos de ellos hoy en vías de sentarse delante de los tribunales o sumidos en la depresión más profunda. Que hace falta una intervención por parte de todos, una política que limite la capacidad de especulación y de crear economías “no reales”.
3.- El comercio con bienes y servicios de primera necesidad. Los alimentos, el aire, el agua y la tierra no pueden ser productos del mercado, expuestos a la ley de la oferta y la demanda.
4.- El uso de la naturaleza como un almacén de recursos que auspician el bienestar del ser humano. Entre la naturaleza y los hombres y mujeres del siglo XXI no se puede seguir dando ese tipo de escisión que crea un coste medioambiental que compromete la existencia de los seres de este planeta.
5.- La falta de control y de límites que abre brechas en el sistema que permiten el comercio de armas, droga y seres humanos, convirtiendo a sus agentes y sus mercados en aparatos de poder y control de las sociedades y los estados.
Pensar lo nuevo conlleva ciertas dificultades si nos aferramos a la idea de que lo que está ahí es único y que lo nuevo sólo es posible gracias a una trabajosa modificación de la realidad o a un milagro en un tiempo que no es éste. No hay tiempo para lo nuevo si nos aferramos a la realidad, a la historia como cadena del pasado-presente-futuro, si entendemos que lo nuevo es algo que se agrega al conjunto de lo dado y requiere para su producción un artífice creador. Si entendemos que no hay hechos sino interpretaciones y que la vida es una transformación permanente, podemos vivir los tiempos de espera, de silencio e incluso los de crisis como originarios de un nuevo devenir que nos traspasa y que necesitará de nuestra creatividad y cuidado para que pueda darse. Esta es una tarea que nos compromete a todos, los incluidos en las peores estadísticas de deuda y paro, los que nos mantenemos en el sistema con mucha precariedad, los que llegan a final de mes y los que necesitan recurrir a la prestación social. Pensar la crisis como posibilidad de cambio es nuestra tarea como ciudadanos que queremos dejar a un lado el “totalitarismo de la indiferencia”, que queremos actuar en nuestra política democrática, en nuestra educación, en todos los aspectos que construyen y conforman una comunidad, no como seres individuales, medios en si mismos, útiles para un poder que por fin ha desvelado lo que tenía más oculto, que su debilidad era no poder cumplir jamás sus promesas de progreso pero si procurarnos la máxima desolación.
Así se dan las condiciones para un mundo distinto, no igual; un futuro impreciso que no sea el de una utopía ni el de un modelo ideal al que tengamos que adaptar constantemente todos los fenómenos. Un mundo que asuma los límites de nuestro propio pensar, de nuestras esperanzas e ilusiones, donde podemos vivir con lo que necesitamos, con menos de lo que hasta ahora hemos creído requerir, porque las cosas no nos dan felicidad. Se dan las condiciones para poder pensar en un mundo donde no sea necesario escindir los conflictos entre nuestros límites constituyentes, entre los individuos, “yo” mortales, y la comunidad, un “nosotros “inmortal”, entre un pasado irrevocable y un devenir imprevisible, mediante un pensamiento único, global que disuelve lo otro, lo diferente, la posibilidad de que se dé una racionalidad creativa.
Hace unos días decía Saramago que otro mundo era posible pero que había que hacerlo. Las voces que han sonado en este texto, Foucault, Nietzsche, Derrida, Hocrkeheimer, Adorno, Vattimo, Heidegger, Gadamer, Teresa Oñate, Quintín Racionero, Ramoneda, Fernández Lidia y otros muchos que han trabajado intensamente para que se pueda dar un lugar diferente donde existir en la misma tierra de siempre, sin utilizar la imaginación o recurrir a los mitos que nos instalan en mundos ideales, más allá de la tierra, más allá de este tiempo. Junto con los grupos de acción, junto con el resto de los ciudadanos, tenemos la responsabilidad de arriesgar como ellos y crear posibilidades nuevas para situaciones diferentes.
martes, 13 de enero de 2009
Gaza, Obama y el crack financiero
por JOSE LUIS MANCHÓN - "El Faro Crítico"
El sionismo se ha hecho fuerte, en una región hostil a sus pretensiones, asentado en tres ejes. Una capacidad militar hipertrofiada (1), el control de gran parte del sector financiero mundial y el apoyo político incondicional de Estados Unidos. Es un respeto ganado por la fuerza, pero, como no podía ser de otra manera, el ejercicio de este inmenso poder se encuentra totalmente deslegitimado.
Con el crack financiero que estamos viviendo en estos momentos, la élite judía que controla la cúspide del capitalismo comprueba como su capacidad de influencia en todos los ámbitos, sufre una merma proporcional al desplome de los valores que controlan en el parquet de Wall Street (2). Con bancos al borde del colapso, una clase política que empieza a buscar responsables de la situación y una opinión pública que identifica al sector financiero como el origen del desastre económico, la gran telaraña sionista se deshilacha.
Por otra parte, Estados Unidos estrena presidente. Un presidente lo suficientemente poco usual como para permitir poder pensar que pudiera ser ideológicamente mucho menos comprensivo con la posición de Israel que los representantes de la saliente administración. No es el tipo de comandante en jefe al que nos tiene acostumbrado el país con el mayor arsenal militar que se conoce. Obama, además, ha roto la tradición, y no ha financiado su campaña presidencial con dinero procedente de los lobbys financieros y empresariales (4) y por lo tanto, no debe grandes favores a los grandes grupos de presión económica controlados por judíos. Este último aspecto entraría en colisión con el habitual exceso de influencia del que goza la comunidad judía estadounidense en la política exterior del país.
En este escenario nada favorable para el poder sionista, Israel ha lanzado un órdago a la comunidad internacional, invadiendo la Franja de Gaza. La invasión de Gaza es, ante todo, una acción política disfrazada de asedio militar y parapetada por el paraguas de un Bush en su último mes de mandato. Mientras los medios de comunicación abren debates interminables sobre la proporcionalidad de la intervención militar, casi todo el mundo se olvida de analizar las causas últimas que han originado este paso hacia delante, precisamente en este momento, y no en otro.
Incendiar con esta acción militar el bosque del odio respecto a este tema, que ya inunda los países árabes, y provocar la focalización del terrorismo internacional hacia los intereses judíos; son consecuencias asumidas por una administración, la de Israel, que comprendió hace mucho tiempo que la permanencia en el tiempo de su actual ubicación en la tierra prometida está sujeta a su condición de enlace entre Oriente y Occidente. Necesita ser el eje que hace que ambas partes giren indefinidamente enfrentados, y sin posibilidad de un dialogo que les acerque a un verdadero entendimiento.
El objetivo de Israel, desde mi punto de vista, no es tanto responder a los ataques de Hamás, como conseguir crear en el escenario internacional la presión suficiente para que se formen grandes bloques definidos a favor y en contra, que no hagan posible una agresión a Israel sin que el fantasma de una escalada bélica a nivel global automáticamente coja forma. Es esta operación, la que está destinada a permitir a Israel perpetuarse en el tiempo en la configuración actual, ya que sin el apoyo militar y político de un gran bloque de países occidentales tradicionalmente liderado por Estados Unidos, las naciones musulmanas, con pueblos abiertamente contrarios a la ocupación Israelí, no permitirían el actual asedio al pueblo palestino.
Israel sabe perfectamente que nunca conseguirá la victoria total sobre Palestina. Tiene en contra la resistencia de un pueblo que ya no tiene nada que perder (5) y que está dispuesto a ofertar el sacrificio más exigente, con tal de recuperar lo que se les ha arrebatado. Además, Israel es consciente que persiste en una tierra ocupada fuera de la legalidad internacional, después de haber incumplido sistemáticamente muchas de las resoluciones de la ONU (6) dictadas en contra de sus intereses.
Barack Obama repitió hasta la saciedad en su campaña electoral, que si salía elegido habría un cambio sustancial en la política exterior de Estados Unidos respecto al resto del mundo, abandonando por lo tanto, el camino del unilateralismo con el cual se venía actuando. El apoyo unilateral e incondicional de Estados Unidos a Israel, incluso en el incumplimiento de la legalidad internacional, estaría por lo tanto en entredicho; pero Israel necesita este apoyo como seguro de vida.
Obama, en la actual situación, con una guerra forzada contra el territorio palestino y dirigida teóricamente al exterminio de una organización apellidada de terrorista como Hamás, estaría enfrentándose a un conflicto diseñado como una acción más dentro de la denominada “Guerra global contra el terrorismo”, de la cual, Estados Unidos es abanderado. Obama estaría viéndose forzado, por lo tanto, a no rebajar la intensidad del tradicional apoyo americano a Israel, y este y no otro, sería desde mi punto de vista, el verdadero objetivo de la invasión.
(1) Según han revelado las ultimas estadísticas de Bruselas, en 2007 los Estados miembros de la Unión Europea autorizaron la exportación de armas a Israel por valor de 200 millones de euros. Francia es, con mucho, el principal proveedor al Estado judío de armas europeas. http://euobserver.com/19/27359
(2) El Dow Jones ha perdido en el año 2008 cerca de un 35% de su valor.
(3) Obama rechazó financiar su campaña con ‘lobbies’ por razónes políticas. En la campaña presidencial, el número de donantes superó los 2,5 millones de norteamericanos, y dos terceras partes de ellos dieron menos de 200 dólares por persona.
(4) ‘El 46% de los palestinos no tiene suficientes alimentos para cubrir sus necesidades. El número de personas sumidas en la pobreza profunda, definida como la que padecen los que disponen de menos de 50 centavos de dólar al día, casi se ha doblado desde 2006 llegando a más de un millón, según la Agencia de las Naciones Unidas de Trabajo y Ayuda a los Refugiados (UNRWA)'. (La pobreza en Palestina: el coste humano del boicot económico, Oxfam Internacional, abril 2007).
(5) Existen más de 40 resoluciones de la ONU en contra de Israel que nunca se han aplicado.
domingo, 11 de enero de 2009
La crisis económica mundial como oportunidad de cambio
Parece que estemos obligados a buscar una definición que se ajuste a los fenómenos que pasan ante nuestros ojos y que emiten a diario los medios de comunicación, mientras permanecemos boquiabiertos ante el espectáculo que estamos padeciendo estos últimos meses. Aunque, ya con anterioridad, percibíamos que esto no marchaba bien, dada la acumulación de causas de extrema gravedad que se dejaban sin resolver y que de alguna manera íbamos interiorizando, no sin una cierta impotencia.
Bien, esta definición en sus distintas acepciones: crisis económica, colapso del modelo, ruptura, etc., lo que nos da a entender es un cambio de tendencia, cuyo origen viene determinado por las sacudidas sísmicas de la economía de las décadas de los años 70, 80 y 90, que nos ha abocado a la situación de colapso financiero, en que nos encontramos a comienzos del siglo XXI.
La teoría del caos, como predicción en la evolución de un proceso, en el que un pequeño cambio en las condiciones iniciales puede cambiar drásticamente el comportamiento a largo plazo de un sistema, y cuando cada cambio particular es aleatorio e impredecible, pero la secuencia de los cambios es independiente de la escala, pues bien, esta teoría se ha cumplido tanto en los países del socialismo real, como en los países del capitalismo neoliberal, modelos ambos que daban prioridad a los temas económicos, en detrimento de otros aspectos que se han ido reclamando a lo largo de todo el siglo XX, desde distintos ámbitos socioculturales, por lo general minoritarios. Aspectos, todos ellos, de una intensidad emocional creciente en la población, como las hambrunas en gran parte de la humanidad, los conflictos armados con sus catastróficas consecuencias, o el deterioro medioambiental progresivamente generalizado en el planeta.
Estos acontecimientos que se han convertido en cotidianos, hacen que se tambaleen nuestras esperanzas de una humanidad en paz y en un entorno natural digno.
El deterioro de los aspectos anteriormente considerados, invalida completamente la vieja concepción del tiempo lineal que desde la Ilustración venía siendo aceptada en los países occidentales, por la que se interpretaba la evolución de las culturas como un progreso indefinido, desde la barbarie primitiva hasta alcanzar una sociedad en la que el individuo fuese libre, con la ayuda de la razón y la ciencia.
Esta versión optimista que desde Platón contempla este desarrollo, en la creencia de una historia con un avance continuo en todos los sentidos, incluso en el político, se contrapone con otra versión, igualmente optimista,representada por el mito del eterno retorno por el cual, cuando una civilización llega a su máximo desarrollo y entra en decadencia, se vuelve nuevamente a una situación primigenia, en la que se reinicia el proceso humano desde una simplicidad próxima al estado de naturaleza, reconstruyéndose así una nueva sociedad.
En este desarrollo, se plantean las posturas enfrentadas y que como modelo simplificado nos pueden servir las de Rousseau para el que la civilización no produce un aumento de la felicidad y que la educación destruye la bondad, representada por la infancia de la humanidad, frente a la de Voltaire y Los Enciclopedistas que consideran que el avance continuo de la Razón dará al hombre la libertad y la plena felicidad.
A poco que reflexionemos sobre la encrucijada actual, comprenderemos que ninguna de las dos opciones nos dan una respuesta ni nos son de gran utilidad, tanto la de un tiempo lineal, con un desarrollo ininterrumpido, como la de una vuelta más en el eterno retorno.
Con frecuencia, en las conversaciones en las que se analiza la situación en que nos encontramos, se emiten mensajes de incertidumbre y desesperanza, un no saber que hacer ni qué es lo que nos espera, que terminan degenerando en una angustia por el miedo a lo desconocido. Esta situación, a su vez, provoca una parálisis que nos deja incapacitados para pensar y actuar con una cierta lógica, acabando por hacerse propuestas precipitadas y en ocasiones irrealizables.
Sería conveniente ante esta coyuntura, una aproximación y una mirada crítica a la historia (¿mito del eterno retorno?) que nos permita analizar y comprender lo ocurrido en épocas anteriores y si algunos aspectos que encontremos en ella son extrapolables a la situación actual, que es en definitiva uno de los recursos que nos permite el análisis histórico. Analizar qué situaciones se han repetido, sus aspectos comunes y su aportación a los tiempos presentes.
Así, a lo largo del desarrollo de la Civilización Occidental (la nuestra) se han producido varios saltos, en los cuales tras una etapa de crisis, más o menos dilatada, los grupos humanos se han reorganizado no partiendo de cero, sino con el apoyo de determinadas estructuras sociales de la etapa precedente. Por ejemplo, así ocurrió en el paso del modelo de la Grecia antigua al modelo imperial de Roma, por la que ésta última apoyándose en la cultura y en las artes griegas, mucho más avanzadas, fue adaptando progresivamente una legislación sin precedentes y cuya aplicación llega hasta nuestros días. Posteriormente con la decadencia del Imperio romano, se incorpora en Europa occidental el nuevo modelo de los llamados pueblos bárbaros que intentaron repetir el modo imperial anterior con Carlomagno (Imperio Carolingio) y los Otón (Imperio Germano-cristiano) ambos con un nuevo paradigma que constituyó el eje central de la civilización medieval, el cristianismo. A su vez, la sociedad feudal así originada cedió el paso en la Época Moderna a las Monarquías absolutas dando lugar a los estados europeos que conocemos en la actualidad.
Siguiendo a Bossuet, para quien la verdadera esencia de la historia consiste “en descubrir en cada época las tendencias ocultas que han franqueado el paso a los grandes cambios y a las importantes combinaciones de circunstancias que los producen”, podemos observar que hay importantes acontecimientos que se repiten con una cierta regularidad, como son la tendencia al gigantismo de las estructuras sociales, por la que se construyen grandes imperios de difícil gobernación, y a lo que ningún gobierno de los países hegemónicos está dispuesto a prescindir y que en parte es causa de su posterior decadencia. Esto tiene lugar al mismo tiempo que se produce una atomización en los nuevos poderes emergentes, acompañados de un nuevo paradigma que ayude al aglutinamiento y hermanamiento de los individuos de la nueva sociedad.
Así considerada la historia, ésta sería un proceso por medio del cual el hombre construye instituciones, emite leyes y desarrolla costumbres, lenguajes y artes que se renuevan periódicamente a lo largo de la vida de esa sociedad..
De las variadas aportaciones que este análisis histórico simplificado nos permite introducir, en las reflexiones sobre la situación actual, me interesan destacar:
En primer lugar la duración de la etapa de decadencia, provocada por la resistencia del propio sistema al cambio y que puede prolongarse durante décadas. Y aunque la aceleración histórica nos dice que los fenómenos actuales se producen con mayor rapidez que en el pasado, conviene tener en cuenta que en épocas anteriores, estos cambios se producían en centenares de años. Consecuencia de esta prolongada duración es que son varias las generaciones de ciudadanos que van a verse involucradas en este proceso y por tanto limita a que las propuestas iniciales que se hagan sean muy generales y puedan ser admitidas por una gran parte de la población, cualquiera que sea su origen y situación, y por ello han de tener un valor universal. Además de que puedan estar en vigor durante un tiempo dilatado, sin que por ello pierdan ni queden diluidas sus intenciones. Que no sean propuestas de “quita y pon” y que puedan servir no solo para una generación sino también para las siguientes.
A su vez, al ser un fenómeno dilatado en el tiempo y de gran complejidad no requiere por ello una solución inmediata y precipitada. Este aplazamiento nos debe ayudar a disminuir la ansiedad que está provocando la búsqueda de respuestas a la crisis, como si pudiésemos resolverlas ahora mismo.
También, esta dilatación en el tiempo, nos permite observar la situación con un cierto distanciamiento, como un fenómeno que se está produciendo en un laboratorio, y que no tiene unas consecuencias inmediatas en el observador. Esta postura generaría un cierto relativismo que permitiría un análisis más reposado y por tanto con mayores garantías de su utilidad en un futuro, diferenciando a corto, medio y largo plazo, y en las que a su vez las generaciones venideras deberían aportar sus nuevas opciones y hacer las modificaciones oportunas.
En segundo lugar están los fenómenos de la dispersión de los intereses de la población y la atomización de las estructuras de poder. Se observa que en situaciones anteriores, a lo largo de las grandes crisis, al dejar de actuar el paradigma, o conjunto de creencias que mantenía unida a la población en un proyecto común, se desarrollan fuerzas centrífugas, como la tendencia al individualismo y la búsqueda de soluciones particulares. Son épocas de gran confusión, de aparición de sectas, propuestas mágicas que atraen a una parte de los ciudadanos, los más desprotegidos física e intelectualmente. La necesidad de paliar esta dispersión vuelve a incidir en que las propuestas a presentar en un primer momento deban ser muy generales y asumibles por casi todo el mundo.
Por otra parte, la atomización de las estructuras de poder puede originar una multiplicidad de polos emergentes, rompiendo la tendencia del estado anterior de modelo único. La confederación futura de estos nuevos núcleos de poder estarían obligados a enfrentarse a la solución de los problemas repartidos por todo el mundo.
Los conceptos y nociones desarrollados por la teoría del caos, proporcionan herramientas que pueden contribuir a entender procesos complejos, desordenados y caóticos desde los que posiblemente emerge ya un nuevo orden, impredecible e incierto. En medio de la crítica y el derrumbe de los grandes paradigmas, surge la perspectiva del caos como una alternativa ordenadora que realimenta la imaginación sociológica y política.
En tercer lugar está el nacimiento de un nuevo paradigma, con el que se iniciará la recuperación de las nuevas estructuras sociales y el nuevo modelo de civilización. En este aspecto, y aunque en esta fase intervendrán más activamente las generaciones futuras, hemos de tener en cuenta que las raíces habrán de ser implantadas en los primeros momentos, de ahí la importancia de un análisis lo más adecuado y certero posible. Por otra parte, atendiendo al contenido del paradigma, no hemos de olvidar que es creador de ideologías que se prolongaran en el tiempo (como es el caso del cristianismo en la Edad Media) y que en algunas situaciones también pueden crear monstruos (como las Monarquías absolutas en la Edad Moderna o los estados totalitarios en la Contemporánea) Por tanto se ha ser muy riguroso en las propuestas, evitando además de lo anteriormente citado, las tendencias de exclusión del otro, etc.
De todo lo anteriormente expuesto me gustaría que lográsemos sacar la conclusión de que como reza el título de este artículo “La crisis como oportunidad de cambio” nos alejemos de los aspectos negativos a los que nos han conducido los primeros momentos de la crisis, para aproximarnos con mayor intensidad a aquellos temas que van a ser necesario abordar para la nueva situación, sin prisas ni precipitaciones, sino con la tranquilidad y reflexión necesarias, puesto que no estaremos solos en este proceso que se desarrollará a lo largo de varias generaciones y a escala planetaria.
Lo que si es urgente es el posicionamiento político para evitar que la “democracia evolucione hacia el totalitarismo de la indiferencia” como indica J. Ramoneda en “La era de la inocencia” (El Pais 4-01-09)
viernes, 2 de enero de 2009
De hacer realidades
La verdad a secas, inmediatamente surge conflictiva, y lo es, porque no se admite la identificación de lo personal con lo universal. Mi verdad no sería sinónimo de universalidad, sería mi verdad. Cada una de las personas que comparten un dialogo asoman una verdad, a veces coincide, otras no. La efectividad de cada una de esas verdades es idéntica. Puede parecer incluso disparatado el que un interlocutor afirme que los burros vuelan y otro que no, y respetar ambas opiniones dándoles el mismo valor. Sí, suena disparatado, y demuestra que a veces no hay varias verdades sobre un mismo tema.
Hay otras verdades. Por ejemplo: Ahora estoy sentado y no estoy de pie. No podría ocurrir ambas cosas al mismo tiempo, caeríamos en una contradicción. Es en la contradicción dónde se ve la verdad, y digo la verdad no mi verdad, de manera más sencilla. Aquí no habría mucha discusión. Si ando, no estoy tumbado, y a la inversa. En esas verdades en que el espacio y el tiempo acotan con claridad una opción de otra se muestra la verdad con claridad meridiana.
Pero luego hay otras verdades, como la del burro que vuela, esas que están cargadas de matices y resultan de diálogos interminables que siempre concluyen en mantener varias verdades al mismo tiempo. De tal forma que el diálogo termina manteniendo firmemente las posiciones individuales y afirmando: Esta es mi verdad, tan válida como la tuya. Se jugaría, pues, la verdad en el campo de la argumentación, en el que ser un maestro de la retórica conseguiría darle mayor legitimidad de verdad frente a los demás dialogantes.
Confrontemos ambos tipos de verdades: las verdades de matices y las verdades que surgen de las contradicciones. Si estoy de pie, no puedo decir al mismo tiempo que estoy tumbado. Pero si opino que el mundo se va a la mierda, otra persona puede decir que el mundo va viento en popa; y ahí nos encerraríamos en una discusión llena de matices.
Se podría, por tanto, hacer un catálogo de verdades seguras, y otro de verdades que suenan a verdades con muchos gradaciones. Hay por tanto, verdades que resultan necesarias, y otras que asoman contingentes ó accesorias. Las verdades necesarias, de una manera u otra, alcanzan cierta unanimidad, mientras que lo contingente puede suceder o no suceder, simplemente ser así o ser de otra manera, simplemente porque podría no ser.
Creo que lo contingente y lo necesario se ha superpuesto. Ó más aún, que estamos rodeados de demasiadas verdades contingentes y muy pocas verdades necesarias. El mundo está inmerso en un lío de verdades. Hay las verdades de la psicología y de la ciencia, que nos sentencian desde la genética y la neurobiología. Hay verdades religiosas que nos castigan con la culpa. Hay verdades socialistas, comunistas, anarquistas, que planifican un mundo futuro, cerrado, sin contemplar el azar. Hay verdades económicas que se volatilizan de día en día. Hay verdades ecológicas que se tiñen de extraño dogmatismo.
Es difícil discernir lo contingente de lo necesario. Es difícil vislumbrar la verdad necesaria de lo que son juegos dialécticos. Hay decenas de especialistas que afirman, escriben y opinan. Y el propio público, que escucha tantas opiniones contrapuestas que, inevitablemente, acaba afirmando la validez individual de su propio criterio.
Soñar, idear, fantasear con futuros que no han llegado es justo lo que llevamos haciendo desde cientos de años. Ahora hemos llegado a todo esto. Hambrunas, guerras, desastres ecológicos. Podremos coger a varios culpables de este camino. Los hay, claro, pero… ¿y los demás? Todos los demás que asisten al desastre, que acogen opiniones y opiniones sin certezas necesarias, que se alimentan de contingencias que les arrastran a callejones sin salida. Que siguen y siguen soñando.
¿Interesa conocer estas verdades? Interesa, sí. Y lo es, simplemente, porque sólo un cambio de rumbo que debe surgir desde la propia individualidad podría provocar un cambio. Pero no sólo se trata de dejar de soñar, de dejar de imaginar lo que aún no existe y quizás no existirá. Hay otro inconveniente en la construcción del mundo, y es la exclusión del otro.
La necesaria crisis
Hacía tiempo que desde muchos ámbitos se estaban oyendo voces críticas que ponían en cuestión el modelo económico y de progreso de las llamadas sociedades de consumo. El sistema finalmente ha colapsado desde dentro víctima de su propia codicia. Con este colapso, se abre por lo tanto un periodo de reflexión y de cambios profundos del que saldrá necesariamente otra conciencia social y otra forma de estar en el planeta.
por JOSE LUIS MANCHÓN - "El Faro Crítico"
Hace unos meses, cuando aún no se había producido el gran crack financiero y bursátil que llega hasta nuestros días, asistía con preocupación a un aluvión de noticias tanto nacionales como internacionales, que confirmaban que después del estallido de la burbuja inmobiliaria internacional, las grandes fortunas y, en general, el mundo especulativo, buscaban otro nuevo sector a exprimir después de que el ladrillo dejara de actuar, casi de un día para otro, como el mejor depósito de valor.
Terminaron apostando decididamente por el alza de precios, de lo único que podía dar rentabilidades suculentas a corto plazo: "Las materias primas", y en concreto, la alimentación, con los cereales como el ejemplo más representativo. Pero esta nueva aventura especulativa tenía efectos colaterales muy graves. La maquinaria capitalista, en su carrera enloquecida en busca del beneficio rápido, estaba demostrando una vez más que estaba dispuesta a depredar hasta el último recurso para conseguir su codicioso y nunca suficientemente cumplido, objetivo. Ya en Abril de 2008, un informe de la FAO alertaba de riesgos serios de hambrunas y disturbios por crisis alimentaría relacionada con alza del precio de los alimentos, en 37 países.
Finalmente ocurrió lo que acaba siempre ocurriendo cuando se intenta crecer ilimitadamente sustentándose sobre una base cada vez más precaria y limitada; que el castillo de naipes acaba por debilitarse y se cae sin control. Esta vez, la puntilla vino del todopoderoso sistema financiero que sostenía y sostiene aún, la actividad frenética de las cada vez más maltrechas economías sobre endeudadas de familias, empresas y países. El modelo de capitalismo liberal diseñado para su beneficio por los países ricos de este planeta, se corrompe vertiginosamente.
El impacto de este crack es de dimensiones tan enormes, que está todavía por ver como va a afectar a la economía real y durante cuanto tiempo. En este derrumbe asistimos con sorpresa al espectáculo de un modelo económico y social que se fagocita a si mismo lanzándose dentelladas como si fuera un tiburón furioso abierto en canal.
No todo es negativo. Es cierto que el llamado primer mundo está en crisis, pero que el 6% de la población mundial que explota actualmente el 59% de la riqueza total mundial desacelere su capacidad de consumo, no parece a priori tan nefasto. Y más, si constatamos que esta opulencia económica está asentada sobre la miseria y la sobreexplotación de una gran parte de la población y de los recursos mundiales. Una de las expectativas más interesantes que se abren con el frenazo del consumo mundial, es que esta desaceleración sirva como balón de oxígeno que permita repensar el modelo energético actual.
No es posible pensar que el capitalismo que hemos conocido en las últimas décadas y que ha impreso un ritmo vertiginoso a algunas economías, y ha sumido a otras en la decadencia más absoluta, pueda resucitar. La base energética de producción en la cual se sustentaba este crecimiento ha dejado de ser abundante y barata. Las estimaciones revelan que con los índices de producción actuales, las reservas de petróleo tienen unos 40 años de vida y las de gas natural unos 60 años. El modelo energético va a cambiar radicalmente, por necesidad, en el medio-corto plazo, y este cambio cuestiona directamente la vigencia del sistema económico actual.
Pero el transito no va a ser nada fácil. Los habitantes del primer mundo han interiorizado tanto las leyes del mercado liberal, que se han convertido en "Seres Económicos". Estas personas ansían por encima de todo la capacidad de gasto, ya que es esta, la que les permite afirmarse en su condición de consumidores. Son personas educadas en una representación personal y social del éxito que se basa en el "Tener" y no en el "Ser". Es difícil pensar desde el punto de vista de este "Ser económico" un mundo mejor y más justo para todos, que no esté en continuo crecimiento económico, sino más bien en lo contrario; donde los criterios de adquisición de bienes surjan de la necesidad y no de la adquisición por el placer de la adquisición; donde la energía sea cara, difícil de conseguir y un tesoro a mimar en su uso; donde el éxito individual no se sustente en signos externos de capacidad económica. Llega un mundo raro para estos seres, pero tendremos que confiar en el despertar a otras realidades que surgen de las grandes depresiones y que marcan siempre un antes y un después en la relación del hombre con el mundo.
El escenario no podría ser más complicado y algunas acciones lo están complicando aún más. Por una parte nuestros políticos, tanto de izquierdas como de derechas, que hicieron suya y defendieron la idea de que "Progreso era lo mismo que Progreso Económico" y que se jactaron innumerables veces de los índices de crecimiento anuales de sus países respectivos, mientras se deterioraba la economía real; este derrumbe les deja totalmente desarmados. Ante tal situación de desolador despiste, se han lanzado con premura a implementar medidas de rescate, con dinero público, ideológicamente impensables hasta hace unos meses, con el objetivo claro de apuntalar un castillo de naipes a punto del colapso. El riesgo asumido es enorme, teniendo en cuenta la casi inexistente y deficiente reglamentación de control que existe actualmente dirigida al sector financiero y, por otra parte, el desconocimiento absoluto de las dimensiones del un agujero financiero de dimensiones globales. Pero la presión desde todos los flancos para que las acciones vayan dirigidas en este sentido no es poca. Los lobbys empresariales están lanzando continuamente mensajes a la población desde los medios, donde utilizan descaradamente el recurso del "Miedo" a la perdida del empleo y ponen en bandeja al político, el instrumento necesario para legitimar la acción salvadora del plan de rescate, ante la opinión pública. Es una estafa en toda regla. El objetivo es que la especulación global vuelva a retomar la senda de las ganancias. Se da, además, un mensaje muy peligroso a los grandes actores económicos: "Que hagan lo que hagan, si lo hacen a la vez, nunca quebrarán, ya que son demasiado importantes como para dejarles caer".
La ciudadanía, al menos en Europa y Estados Unidos, viven estos acontecimientos en una continua disyunción, ya que se sienten engañados y traicionados cuando son informados de los rescates multimillonarios con dinero público al sector financiero, responsable último de la actual crisis, y por otra parte, tienen miedo a perder sus empleos, y sus ahorros, si estas acciones no se realizan con la garantía del estado. El estado, a su vez, se deslegitima una vez más respecto al ciudadano, y se lanza al vacío al asumir el riesgo de los bancos en un intento desesperado de crear un periodo de transición artificial del cual pretende salir reforzado en presencia y poder. Un gran y atractivo vuelco para una institución, que había sido percibida como un obstáculo para la buena marcha de los negocios y expulsada del panorama económico del mercado libre.
Ya se pueden prever algunas consecuencias de todo lo expuesto. Las clases medias serán las grandes damnificadas, por su nivel de endeudamiento y la falta de trabajo. Indudablemente se potenciarán los episodios de luchas de clases. La clase media se hará más pobre, y la clase rica, seguirá disfrutando de una posición económica esplendorosa, después de haber trasladado mediante los artificios financieros, un alto porcentaje de la capacidad de gasto a treinta años de la clase media a sus bolsillos, mediante los préstamos a largo plazo para adquirir viviendas. No debemos olvidar que muchos de estos empresarios e inversores ya han cobrado y son los grandes beneficiarios de una estafa de dimensiones globales. Mientras tanto los bancos intentan recuperar los préstamos derivados de estas operaciones con índices de morosidad nunca vistos.
Los conflictos geoestratégicos latentes relacionados con los recursos energéticos empezarán a activarse conforme la escasez vaya en aumento. Está por ver que instrumentos pueden llegar a movilizar las grandes economías mundiales para hacerse con estos recursos y seguir manteniendo durante algo más de tiempo su posición económica. Desgraciadamente hemos asistido recientemente a la guerra de Irak; una "guerra preventiva" que se diseñó con clara vocación geoestratégica relacionada precisamente, con que este país tiene dentro de sus fronteras reservas de petróleo probadas por el orden de los 112 mil millones de barriles.
Se corre también el riesgo de que se abandone la visión utópica, y la población se predisponga a la perdida galopante de derechos, con el objetivo de evitar males mayores como la perdida del empleo. ¿Que mejor arma podríamos poner en la mano del negociante sin escrúpulos? En este contexto tan turbio, es necesario que el mundo denominado alternativo, que lleva muchos años avisando sobre las consecuencias del suicidio colectivo que implicaba el capitalismo que se estaba practicando, adquiera presencia y visibilidad ante una población desconcertada. Es la única manera de que cuando la reflexión se dé, las respuestas que se encuentren a las cuestiones sobre ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Para que? ¿Quién se ha beneficiado? ¿Quién ha sido perjudicado? no tengan su origen en el FMI, el BCE ó la Reserva Federal Americana.
Se nos presenta una oportunidad única. Necesitamos utilizar esta crisis para dar un golpe de timón que rectifique un rumbo que no nos conviene. Tomar, en definitiva, otro camino que nos reconcilie con la naturaleza y que doblegue un sistema que no nos hace felices en nuestra opulencia y ansiedad de consumo nunca saciada y que es, además, sumamente injusta respecto a otros pueblos y generaciones venideras. Nada impide que siendo posible que otro modelo social más justo pueda ser, no sea, si se dan las condiciones mínimas para que emerja. Es necesario un cambio radical en la conciencia social, que borre del mapa a la especulación y el derroche de recursos y que permita una economía sustentada en criterios de necesidad, y no de maximización del beneficio. Necesitamos poner en marcha la "Lista Quijote".
