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miércoles, 15 de febrero de 2017

Tres breves consideraciones y un buen propósito -¿de año nuevo?-

José Vidal Calatayud
(El Faro Crítico) 

Los relatos y justificaciones acerca de lo sucedido en el enfrentamiento entre anarquistas y comunistas durante la Guerra Civil española son conocidos por todos nosotros. Podrían continuarse sin fin, incluso por parte de nuestros descendientes, y seguir fomentando eternamente odios y desconfianzas que hagan para siempre imposible el entendimiento entre los dos únicos movimientos políticos que intentan acabar con ese esclavismo contemporáneo que es la sociedad capitalista, que ahora además acelera en la recta final de un camino suicida para la vida en la Tierra.


Frente a esta situación, que parece además proporcionar buenos réditos de popularidad y estatus a quienes la sostienen en cada uno de los bandos, me atrevo a hacer una propuesta después de considerar el asunto desde un punto de vista que intenta no ser dogmático.

Ciertamente la diferencia de posición teórica en cuanto a la “determinación” de lo político por la infraestructura económica, y la creencia marxista en unas “etapas” necesariamente sucesivas en el plan de la revolución, hacía difícil poder pensar en una estrategia común para estos dos movimientos que sin embargo tienen, o dicen tener, la misma meta final de una sociedad comunista, esto es, libertaria.

Pero muchas de las nuevas formas de “pensamiento comunista” que surgieron durante las décadas de lo que se llamó, -acertadamente o no- “postmodernidad” nos abren, pienso, un camino para dejar a tras las rigideces propias del pensamiento “soviético” en cuanto a la sobredeterminación de la historia que llevan tan frecuentemente a actitudes “maquiavélicas”, y también a las que proceden de posiciones de exigencia ética “absoluta” e inmediata de un purismo que desdeña todo avance real -y no sólo los terminológicos- en la situación social y política.


Considerando una teoría desde el punto de vista deleuzeano de la “maquinación”, lo que debe interesarnos es qué podemos hacer con una idea, incluso con una simple frase. Qué fuerza movilizadora, transformadora, y también de diálogo entre nosotros, tiene la idea de una sociedad comunista, sin explotación ni opresión, al menos legalizadas, institucionalizadas.

Acerca de esto, sólo dos observaciones, de las que propondría partir para el diálogo (que necesariamente sería largo y complejo, y que nos obligaría a detenernos la mayor parte del proceso en cuestiones de detalle y “mecanismo” en las que esta breve propuesta no puede entrar ahora):


Las organizaciones marxistas han renunciado de hecho al ideal final del comunismo: a una sociedad donde desaparezca el poder sobre la vida de las personas -y eso incluye la vigilancia contra toda forma de manipulación (des)informativa-, y sólo quede una administración realmente democrática de la economía. Unida a esta renuncia, se instalan con toda comodidad en el parlamentarismo burgués y dejan de luchar por una democracia verdadera, esto es, directa en todos los casos en que sea factible, y con niveles máximos de limitación control y revocación en los cargos en que resulte inevitable la representación. Además, dan por consagrada la división en estados con fronteras, especialmente las que separan países pobres de países ricos.

Ante esto, hay que señalar cómo las posiciones libertarias han conservado la reclamación del objetivo final de los movimientos obreros y revolucionarios, y cómo sólo esta conservación puede generar una movilización masiva y una nueva ilusión en un cuerpo social desanimado y resignado.


Visto en la otra perspectiva, me atrevo a decir que en el lado anarquista se puede sospechar a veces un cierto conservadurismo de signo contrario: una exigencia purista de “todo o nada” en la que creemos que, o se suprime “por decreto” el Estado mañana mismo, o nos quedamos en la situación actual -aunque no se reconozca que es “para siempre”, pienso que se depositan las esperanzas en pequeñas transformaciones de pequeñas comunidades, mientras llega el Gran apocalipsis que acabe con todo el sistema socio económico en un colapso general (algo así como el Fin del Mundo y el Juicio final: algo que ni podemos prever ni esperar).

Ante esta posición mesiánica -desde luego que no es la única en el campo anarquista-, mi propuesta es que el marxismo ha tenido un papel más “exitoso” en el terreno de la efectividad, y ésta sí es parte del compromiso ético;
...que queremos cambiar el mundo entero, no unas pocas y pequeñas comunidades de ya convencidos;
...que tal vez -y podría estar equivocado, esto ya es parte de la discusión- no haya que desdeñar los cambios que posibilita, en la calle, en los centros de trabajo y en unas instituciones modificadas, un posible vuelco real de la correlación de fuerzas entre clases sociales; que la lucha en todos los terrenos debe irse cristalizando en avances concretos, siempre que ello no sea una excusa para desmovilizar a la población, siempre que no se logren a cambio de compromisos de parar la lucha.


Hasta aquí mis pobres reflexiones sobre la cuestión; son mi aportación posible, quizá ingenua, para el objetivo de unir a todos los que trabajamos por otro mundo más justo y libre; un objetivo de unidad de fines y estrategia si el cual el horror presente continuará hasta un final quizá apocalíptico o quizá estabilizado en lo intolerable, en todo caso la promesa de lo peor.


Un abrazo a todos.

lunes, 4 de enero de 2016

Fundamentalismos, Guerra y Pacificación

Jose Luis Manchón - La invisibilidad de la guerra


Vivimos en un estado de guerra permanente que se despliega en esta parte del mundo, como un ingente y violento esfuerzo de Pacificación, muchas veces invisible pero continuado a todos los niveles. Esta calma chicha no tiene nada que ver con aquella “Paz Perpetua” propuesta por Kant y que se articulaba a través de un pacto de no agresión entre todas las naciones fruto de un consenso político. No ha sido un tratado internacional lo que ha llevado a las naciones al estado de “Paz Perpetua”.  Más bien ha sido la amenaza real de la guerra total atómica como solución final, como fin de la historia, unida a un consenso internacional favorable, amplio e inaudito respecto al despliegue del neoliberalismo a nivel global. El Estado Nación está en crisis ya que la relación que lo constituye, la relación bélica entre naciones, se ha diluido, y ha dejado paso así a lo que hemos venido a denominar Imperio. Solo los grandes atentados, en los corazones de las grandes capitales, son capaces de restaurar por unos días y como reacción a la agresión, un sentimiento que podríamos definir como pseudo-patriótico. Nadie está dispuesto ya a jugársela por defender una bandera nacional. Dentro del imperio lo que predomina es el estado de fluidez derivado de la circulación de mercancías, capitales y personas. 

El neoliberalismo ha adquirido así la dimensión imperial que acompaña al fundamentalismo económico que propugna. Las intervenciones militares contra todas aquellas resistencias exteriores que se oponen a su expansión, funcionan desde una lógica policial. La contención de la hostilidad entre los ejércitos de los Estados-Nacionales no deja de provocar muertos civiles en la periferia. 

El aplastamiento sistemático de las poblaciones que tuvieron la desgracia de nacer en territorios con recursos geoestratégicos deseados por las potencias occidentales, ha generado una reacción asimétrica al fundamentalismo económico de occidente. El Imperio no ha conseguido la pacificación total, que no es más que la eliminación de la guerra a través de la contención por represión de los micro-conflictos. El fundamentalismo religioso emerge y se perfila hoy como un movimiento de resistencia organizada que puede acabar con la “Paz perpetua” instaurada tras la segunda guerra mundial y poner freno a la expansión neoliberal. Malas noticias para los altermundistas, ya que el conflicto se dirime entre fundamentalismos cuya resolución necesariamente también lo será. 

El miedo se ha instaurado en las mentes occidentales. Ni el dinero, ni las leyes coercitivas liberales pueden frenar al fundamentalista religioso. Un sujeto político que no está en venta y por lo tanto no responde a lógicas mercantiles. Que en definitiva, en su lógica sacrificial, está dispuesto a morir matando por una justicia que no pertenece a este mundo. Y que además, al igual que el neoliberalismo, su lucha tiene un horizonte político totalizador. Su relación con el fundamentalista económico occidental, es contradictoria, y por lo tanto el conflicto no permite la asimilación mutua. Las guerras entre fundamentalistas siempre son de aniquilación. La espiral de bombardeos seguidos de atentados que anuncian nuevos bombardeos e intervenciones militares, en los que vivimos hace ya unos años, no deja de intensificarse y dejan al descubierto esta realidad.

En este escenario, la izquierda está directamente fuera del tablero de juego. Su relación profiláctica con el Islam, se ha desvelado profundamente islamófoba. Aplaudió justo después de la primavera árabe, el golpe militar en Egipto contra las fuerzas religiosas que conquistaron el poder de forma democrática después de la revolución de la plaza Tahir. En estos momentos, la socialdemocracia compite en Francia y en otros países, directamente con la extrema derecha, por el protagonismo de la matanza iniciada en Siria a raíz de los atentados en París. 

La izquierda europea se ha vuelto conservadora al abandonar sus posiciones anticapitalistas. Es un cadáver político que considera la alternativa al neoliberalismo, necesariamente un proyecto decrecentista y de igualdad por abajo, como una pesadilla que en realidad no desea. El caso de la rendición de Grecia ante la Troika es paradigmático.

Estamos en guerra.

lunes, 28 de diciembre de 2015

​NUESTRAS GUERRAS INVISIBLES​

Elvira Bobo - La invisibilidad de la guerra

BAUDRILLARD: "(...) la red policial planetaria que equivale a la tensión de una guerra fría universal, de una cuarta guerra mundial que se inscribe en los cuerpos y en las costumbres"[1]_______"El poder del Estado no se basa en una máquina de guerra, sino en el ejercicio de las máquinas binarias que nos atraviesan y de la máquina abstracta que nos sobrecodifica: toda una  policía".[2]

En algo estamos muy de acuerdo: la guerra, tal como la conocemos, se ha vuelto insoportable a ojos de nuestra ética "universal" y bajo el prisma de los derechos humanos, de modo que los sistemas de poder necesitan ensayar otras formas de violencia, ahora en forma de control, que ciertamente es policial, tanto en las fronteras europeas con la nueva policía continental recién inventada, cuanto en la injerencia constante en nuestras acomodadas vidas personales en forma de millones de mecanismos de control, dispositivos electrónicos, manipulaciones colectivas y gestión de datos humanos.

También las izquierdas y las derechas, como localizaciones, casi espaciales en un espacio euclidiano, actúan generando parálisis y viejas dinámicas demasiado sólidas, pesadas e inmóviles.

Estuvimos y, a veces, seguimos cómodos pensando y actuando en esas coordenadas, en estas "máquinas binarias", que, a decir de Deleuze, desembocan en "fascismos molares". Sí también nosotros, los del noalaguerra.

De este modo, nosotros mismos, los posibles críticos, los del malestar del capitalismo, los que creemos que no nos representan y que otro mundo es posible, estamos cargados de querencias, inercias que ignoramos al grito convencido de que el Otro, malo malísimo –que lo es-, siempre es peor –que nosotros-. Es tan malo que nos convierte en buenos en la maniquea higiene del pensar confortable.

Para "jugar" a la guerra, con infantería y carros de combate,  hacen falta localizaciones, bloques, objetivos, tácticas y estrategias. Agentes del bien y del mal, dicotomías que permitan trazar un nosotros/los  otros para establecer sobrecodificaciones en las que la energía psicológica fluya del amigo al enemigo y viceversa. Y cuando la guerra cesa, las balas caen y se recogen los muertos, queda el dolor, la humillación y puede que terminen de escucharse las bombas, pero nuestro modelo de lógica binaria está tan asentado como siempre.

Incluso el otro día pedíamos identificar al enemigo, al Otro que siempre necesitamos dibujar lejos, en el Otro lado, en forma de muyahidín terrorista capaz de masacre a domicilio, en el neocon que sobrevive en el gobierno estadounidense con un pie firmando bombardeos y con el otro en el consejo de administración de la empresa armamentística que le hace más que rico. O en un enemigo un poco menos personificado, el dinero en forma de barriles de petróleo que siempre funciona para explicarnos hasta por qué se inmola un terrorista, movido por los hilos de los jeques esos que sólo piensan en petrodólares.  Contra estas concepciones de la realidad no es fácil luchar, pero mentalmente nos permiten disponer de las categorías de bien y mal. Son los pequeños Edipos comunitarios que han sustituido al Edipo familiar.

Pero, como alguien decía en la pasada sesión "hay algo más", hay eso que creo que Agamben llama dispositivos, que no son otra cosa que flujos y determinaciones variables e inapresables en nuestras viejas y cómodas categorías.  Ese algo más tiene que ver con nuestras miopes preguntas​:​  ¿Cómo puede ser que un tipo que tiene acceso a internet, a viajar, al consumo y a la supuesta felicidad igual que la occidental, no esté tranquilo y feliz pseudoviviendo como nosotros? Por eso necesitamos explicarnos sus actos sometiéndolos a nuestra lógica, a la única que parece que comprendemos...y entonces sus motivaciones han de ser económicas, como las nuestras. "(...) son modalidades de un cálculo típicamente occidental. Incluso la muerte, la evaluamos en tasas de interés, en términos de relación calidad/precio. Cálculo económico que es un cálculo de miserables, que ni siquiera tienen el valor de ponerle precio"[3] Y si no logramos entender al terrorista por las motivaciones económicas, probaremos con la hipótesis de la locura, o de que sucumbió a la promesa del paraíso lleno de vírgenes, o ​que ​estaba drogado.  O sea, puede estar comprado por los malos, puede ser loco, tonto o pobre. En esos hipotéticos personajes conceptuales se nos hace digerible. Pero​,​ ​¡​ay de nosotros si nos sacan de esas explicaciones​!​  Y, a veces, sospecho que  ¡ay de nosotros, si no tuviéramos guerras en injusticias contra los que luchar! De tanto negar y, por dios hemos de hacerlo, estamos al borde de olvidar la capacidad de afirmación y de deseo. Si desaparecieran las armas, si los gobiernos escucharan el clamor del pueblo en lugar de subir la dosis ​de​ la minuciosa y sistemática propaganda, si se firmara la paz perpetua entre todos los estados del mundo...habríamos desarticulado un invento indeseable y terrorífico. Mejor dicho, lo habríamos prohibido, como soñaba Kant (para hacer posible el espacio de comercio caníbal en que nos encontramos) . PERO nuestro lenguaje y nuestra lógica seguirían cargados de las mismas dicotomías aunque no empuñáramos armas, la muerte seguiría presente en forma de ausencia de deseos. En lugar de zombies con armas, seríamos los mismos MUERTOS VIVIENTES DESARMADOS.  ¿No se parecería a ese  "Estado de paz absoluta aún más terrorífico que el de la guerra total" que apuntaba Virilio?. Para estar a la "altura" de los actos simbólicos que llevan a cabo los terroristas, habría que tener una sangre que no tenemos. Incluso los que quieren devolver a los terroristas el daño físico, pierden la batalla en lo simbólico, porque apenas podemos mantener en pie nuestros esqueletos de simulacro, incluso cuando gritamos, unidos "noalaguerra".

Pero, ¿seremos capaces de desamoldar nuestros pétreos sistemas de pensamiento para entender que la guerra no está en ellos, en el otro cosificado, en un Sujeto enorme, llámese derechas, capital, consumo o la "marca" del mal que nos guste más? Deleuze lo dice más claro, incluso generosamente más brusco y nos apela: "¿A qué juego triste y trucado juegan los que hablan de un Amo sumamente maligno para presentar de sí mismos la imagen de pensadores rigurosos, incorruptibles y "pesimistas"?" [4]

Ese  JUEGO TRISTE Y TRUCADO ¿no es también parte del engranaje de la guerra invisible?

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[1]. BAUDRILLARD: Hipótesis sobre el terrorismo, p. 63.

[2]. Op. Cit, p, 160

[3] CFR. BAUDRILLARD: El espíritu del terrorismo, p. 22-23.

[4]. DELEUZE/PARNET: Diálogos, p.165 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Mi patria: Ítaca


África Vivar - La invisibilidad de la guerra

Carta de un periodista francés que perdió a su mujer en la sala Bataclan: "El viernes 13 de noviembre de 2015 robasteis la vida de un ser excepcional, pero no obtendréis mi odio. Si ese Dios por el que matáis nos ha hecho a su imagen, cada bala en el cuerpo de mi mujer es una herida en su corazón. Responder a vuestro odio con mi cólera sería ceder a la misma ignorancia que ha hecho de vosotros lo que sois. Si queréis que tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con ojos desconfiados y que sacrifique mi libertad por seguridad, habéis perdido. Somos mi hijo y yo, pero somos mas fuertes que todos los ejércitos, toda su vida este niño os hará la ofensa de ser feliz y libre".


La lectura de los textos de Kant y Tiqqun han coincido con los atentados de París. Las palabras libertad, igualdad y fraternidad han sido desempolvadas junto con la Marsellesa pero están vacías.

Se agitan las banderas y consignas como espantajos, y se propone a Francia como referente de los valores occidentales. Sin embargo, cada concepto es pervertido.

Se habla de declarar la guerra, pero, me pregunto, quien es el enemigo, donde están las fronteras: ¿en Siria o en los barrios periféricos del propio París? y sobre todo, cuál es mi patria.

Hace ya una década los conflictos estallaban en los suburbios dando señales preocupantes que debían haberse tomado en cuenta. La marginación y la miseria son abono de lo peor. En el 2003 la guerra de Irak provoca consecuencia  que el propio Tony Blair relaciona con el terrorismo. Durante estos años no se han tomado medidas, ni se ha investigado la venta de armamento, el negocio del petróleo, los paraísos fiscales, la desigualdad, en fin nada de lo que se hubiera podido hacer se ha hecho.

Es sabido que el pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla. Por tanto, memoria. ¿Que es lo que hemos olvidado?.

A consecuencia de la amnesia estamos condenados a un bucle. Entre los escritos de Kant y Tiqqun hay una larga historia. Hoy como ayer, o peor. Atrapados en una única secuencia.

"Obra de tal modo que tu máxima pueda convertirse en ley universal". Kant.

Provocar y alentar algo tan monstruoso como la guerra, apuntalando su defensa con argumentos frágiles y cínicos, es inmoral.

Mi patria es la que propone Constantino Cavafis en su poema "Ítaca": La patria interior, el viaje del ser; mis hermanos, los refugiados sirios y las víctimas francesas; mi enemigo, los que alimentan las guerras, los que hacen de ella un negocio y los que ignoran el dolor ajeno; las fronteras están dentro de las propias ciudades y la guerra forma parte de lo cotidiano, golpeando con una violencia sorda a los más débiles; mi libertad viene dada por la tensión entre la necesidad y el proyecto.

Una vez contextualizados los conceptos mi voz se suma: ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!

lunes, 21 de diciembre de 2015

El ciclo de la guerra

FKastro - La invisibilidad de la guerra

Aunque sea de oídas todos conocen el mito: La acción privada firma un cuantioso contrato en cualquier lugar del globo. Se prometen unos beneficios y se suceden los contratos en el sector. Las ganancias se reinvierten en nuevos contratos y así ininterrumpidamente. En consecuencia se crean puestos de trabajo y eso redunda favorablemente en el consumo. Elevado el consumo, el Estado recauda más y con ello puede financiar pensiones, sanidad o educación. Esto es lo que insisten en explicarnos como el ciclo de la riqueza. De una manera muy abreviada esto es el sanctasanctórum de las economías occidentales. El paraíso se manifiesta en la creación de la riqueza. Ese maná repercute en su mayor parte en los amos del cotarro, y el resto recibe algunas piezas debido a la reinversión imprescindible para asegurar el flujo de beneficios. Ese ciclo tiene matices importantes, pero en general, la mayoría encuentra en ese proceso la única forma de mantener con vida no sólo a su propio Estado, sino también a sí mismos.

Al principio hubo ciertas reticencias, pero al final todos los partidos comparten, con mayor o menor velocidad, con más o menos pasos, el proceso de obtención de la riqueza. También la izquierda, que aunque esperaba un cambio de paradigma como resultado de la crisis económica, ha acabado moldeando su discurso para adecuarlo al ciclo de la riqueza. Incluso entre los ciudadanos más desfavorecidos: Parados, desahuciados o jubilados quieren que el ciclo se perpetúe. No sólo por supervivencia, sino porque esperan que una vez estabilizada su situación personal, se materializarán sus sueños de triunfo y ascenso.

De las corrupciones, los escándalos y lo más feo de la crisis, sólo quieren eliminar sin piedad a los responsables, para a continuación cambiar las leyes y acabar con tanto garrafón y tanta podredumbre. Pero el escenario se mantiene: El ciclo de la riqueza es la solución.

En los debates y en los medios juegan a que el margen de cambio es grande, pero al término de las palabras sólo quedan matices relacionados con la velocidad y el control. La izquierda de manera más lenta, con la calculadora en la mano, y la derecha desde posiciones más veloces, más anárquicas. Lo demás son toneladas de palabras exhibiendo una evolución de escaso recorrido o una oposición verdaderamente mansa.

Regularmente surgen manifestaciones y quejas e incluso algún conato persistente, pero la policía agota cualquier melodrama. Sin uniformes y sin bengalas, unos y otros no renunciarían al ciclo de riqueza. El manifestante sólo quiere ser incluido nuevamente, que cuenten con él para lo que sea, que no le dejen a un lado.

Esto es lo que la mayoría de las urnas contempla como la paz. Los argumentos, las posiciones, los análisis y las razones parecen anunciar cambios inminentes, grandiosos, pero a menudo pírricos. Y aquellos que trabajan con ahínco en pos de las objeciones más profundas, en su mayor parte reclaman mayor reparto pero siempre desde el ciclo de la riqueza.

Sin embargo lo que resulta paz y diálogo y libertad y derechos en cualquier Estado perteneciente al ciclo de la riqueza, se torna horror en el exterior. Afuera los estragos del ciclo resultan pavorosos. El mito de la abundancia  abastece ahora lucha, muerte, dolor y miedo.

Los contratos en África o Sudamérica proporcionan jugosos beneficios para las Corporaciones, completando así el primer requisito que inicia el ciclo de la riqueza, la primera máxima que también quieren los ciudadanos de Occidente. Sin embargo estampadas las firmas en el documento, se produce el desmembramiento de poblaciones enteras, la expulsión de cientos de personas de sus tierras, la división de familias e identidades. A veces por medio de un empobrecimiento acelerado, incluyendo el hambre o las enfermedades más elementales, otras por el asesinato directo. Mientras se extraen las materias primas imprescindibles para el ciclo de la riqueza, aquellos que son expulsados de sus tierras son obligados a trabajar como esclavos por sueldos de miseria en condiciones infrahumanas. Familias enteras son empleadas inmediatamente en el procesamiento de cualquier mineral o semilla. A veces es coltán o esmeraldas, otras caña de azúcar o cacao. Aquellos que no aceptan estos regímenes de esclavitud son exterminados o sencillamente excluidos, lo que conlleva igualmente su eliminación. Este proceso de destrucción minimiza los costes de fabricación y eleva los posibles beneficios. Tras todo este proceso al consumidor final sólo se le narra el precio del etiquetado. Por ejemplo, en un paquete de café proveniente de Colombia sólo se nos señalan sus 60 céntimos de euro como precio. Merece la pena, dicen muchos.

En el exterior no existe el ciclo de riqueza y además no debe existir. En origen el producto debe extraerse al menor valor posible. La esclavitud es obligada. Para ello se recurre a la fuerza, sea desde ejércitos o policía del propio país, hasta sicarios del narcotráfico y las mafias como garantes de la miseria y la necesidad.

Cualquier apertura de los países suministradores de materias primas encarecería el producto y disminuiría los beneficios. Pese a que la mayor parte de las ganancias recaen sobre unos pocos, los medios de comunicación insisten en que el sostenimiento de nuestro modo de vida pasa por el ciclo de la riqueza.

Después de tantos gestos, nuestra sociedad se asienta sobre la sangre de miles de hombres y mujeres con idiomas y religiones incomprensibles, imponiéndoles la servidumbre y el sometimiento a sangre o a fuego.

El ciclo de la riqueza es también el ciclo de la guerra. ¿Quién se atrevería a aguar la fiesta?

domingo, 23 de mayo de 2010

De la imposibilidad física de la política en la mente de un liberal (vivo) y de la existencia de la izquierda en el acuario de los tiburones.

por Andrés Martínez - "El Faro Crítico"
Para empezar propondré una simple premisa, la definición que hace Carl Schmitt de democracia liberal. El jurista alemán caracteriza dicho régimen político como aquel sistema en que se logra la neutralización de lo político mediante su fragmentación. Si la política tiene su origen en la distinción amigo-enemigo, y su referente son las variables intensidades de la guerra (a), la democracia liberal buscaría su negación en la asignación de las diferencias al ámbito privado como forma de desactivar posibles conflictos. De esta forma promueve una supuesta pero muy celebrada pluralidad resultado de suavizar los perfiles más afilados de las propuestas en litigio que necesariamente se dan en una comunidad. Se logra una cierta paz provisional, pues previsiblemente lo único que se hace es postergar los choques, a cambio de una banalización de los principios que conforman las posturas. Así, la derrota parcial de cada una de la partes tiene la contraprestación de que ninguna de las opuestas logra un éxito total. Tenemos entonces que, la cuota de entrada al club de la tolerancia democrática exige el precio de la atenuación de las propias posiciones a cambio del desarme del resto de los oponentes. Esta devaluación de los modos de vida puede ser celebrada como la victoria de todos en la que nadie gana. Desde el punto de vista de sus defensores se trataría de una negociación a gran escala en la que la desactivación de las posiciones afectaría teóricamente a todas las opciones políticas por igual, ya que los eventuales contendientes renuncian a la vez a planteamientos y demandas maximalistas. Sin embargo late en su seno un trasfondo de insatisfacción para todas las partes, pues la comunidad se crea de negar de lo que constituye la propia identidad de cada uno de los individuos y grupos que la componen (b). La democracia liberal es la forma de gobierno por la que triunfa el ‘polemos’ como forma de gobierno mediante una escenificación / representación que es su desactivación simultánea; o la superación de los conflictos mediante el procedimiento voluntarista de su abolición sistemática por decreto. ¿Es concebible situación más tensa por insatisfacción acumulada?

Pese a ello, los regímenes democráticos extraen de esta inestable situación una pretensión de ufana totalidad. Se conciben como espacios contenedores neutros que dan cabida todas las posibles posturas legítimas. Expresado de otra forma, afirman, en su inclusividad, colmar hasta el horizonte, el territorio de lo políticamente admisible, de tal forma que no cabe exterioridad a su tolerante dominio. Cualquiera que quiera situarse en las afueras o en sus márgenes se coloca en una situación de alteridad incívica, enferma, culpable… o terrorista. Se da entonces una curiosa paradoja: si la crítica supone dar un paso atrás, un ponerse en un lugar a distancia para poder enjuiciar una situación, entonces una toma de posición externa al orden de las cosas como la que, verbigracia, adopto en este texto es, desde las coordenadas liberales, inmediatamente interpretable como antidemocrática o totalitaria. La fidelidad a una verdad subjetiva que aspire a su universalización propia del militante / partisano, la pasión política es prohibida por la democracia liberal. Es decir, el pronunciamiento que genera contenido político es excluido automáticamente por la regla formal de la sociedad abierta. Esta pretendidamente acogedora, pero a fin de cuentas falsa, tolerancia tiene un coste: el intercambio con una autentica diferencia se bloquea y produce el consiguiente cierre al pensamiento, amputando la vitalidad del propio sistema. En el dominio resultante de sumar las geografías de lo políticamente correcto y, su periferia aledaña, lo políticamente tolerable, se ejerce una operación de ocultamiento de las contradicciones o incluso de su negación sistemática. Ideológicamente su operación emblemática sería declarar la diferencia izquierda / derecha abolida, derivando los temas que deberían centrar el debate publico a operaciones en el imaginario social o discusiones técnicas. Por tanto, el mecanismo de la democracia giraría en torno a un punto ciego...la negación de la política. En la española disponemos de numerosos ejemplos: de cómo nuestro Estado autonómico es un resultado de un aplazamiento del enfrentamiento entre una concepción del país centralista o regionalista; de un cierre en falso de la Dictadura Franquista que todavía se pasean los espectros de la Guerra Civil; o el impasse de impotencia en que han caído los políticos en funciones frente a la actual crisis económica. Este último caso nos lleva al corazón mismo de lo que esta amnesia deliberada pretende ignorar.

No se trata de lo que la democracia liberal vigente deja fuera como indigno de consideración o de lo que no quiere tratar por su potencial capacidad explosiva, sino de lo que no puede ser discutido por constituir su verdadero núcleo: la propiedad privada. Valor supremo indiscutible, es el tabú, lo intangible, el molde que informa la libertad de los propios individuos. En efecto, la definición de democracia como fragmentación de la comunidad política responde a un paradigma de propiedad sobre uno mismo y sus opiniones (c). De este modo estas se viven como pertenencias exclusivas en la esfera de lo privado. Una medida profiláctica para evitar que los modos de vida se proyecten con su potencial virulencia hacia la arena de la res pública. La comunidad de todos es la de nadie: se permiten todas las manifestaciones, pues ninguna puede ser expresada como autentico proyecto político. La condición para hacer uso de la tan cacareada libertad de expresión es la falta absoluta de seriedad. Que el poder permita el debate político solo es bajo la condición de no hablar de política ni del poder. Así, toda la pasión de la política queda transferida al único flujo real: el del dinero. La abstracta fantasmagoría de la actividad económica es el único campo donde se juega algo y ni esta esfera, ni las reglas que la rigen pueden ser sometidas a discusión. En cambio nuestra vida, nuestro tiempo y nuestros principios son mercancías comercializables que flotan en esta almoneda, cuestionadas por su cotización a la baja… el plano de lo político está contenido dentro del mercado y todo lo que en el mercado se encuentra son mercancías. Desde este punto de vista la corrupción de la clase política no sería una excepción, pues responde a la regla del comercio: cada uno debe vender lo que posee...

Se da entonces que la política es rehén de la economía, una esfera dependiente del trafico de capitales, con el agravante de que las autoridades políticas sufren el síndrome de Estocolmo. Pruebas de este aserto pueden ser encontradas en abundancia. Basta con echar un vistazo la manifiesta incapacidad de nuestros gobiernos para atender con mínima eficacia las necesidades materiales que constituyen la justificación del sistema democrático. Tras una grave crisis provocada por malas practicas (un eufemismo) financieras y en ultima instancia debidas a treinta años de desregulación sistemática, proceden al reacomodo de sus gobernados a la situación. Ni pasa por sus cabezas reformular seriamente las reglas del juego económico, o al menos hacerlo seriamente, ni siquiera limitar tímidamente los movimientos del capital que a pasos cada vez más rápidos van minando su capacidad de actuación... tampoco podrían. Uno de los aspectos positivos del momento que atravesamos es el desvelamiento de la inanidad de las democracias actuales. Tampoco es que consuele demasiado.

Por supuesto, la izquierda convencional que cabe en este estado de las cosas, no es, evidentemente, la revolucionaria. Si ocurre que la economía engloba a la política que pasa a ser un momento subordinado a la primera y así deja fuera cualquier planteamiento que no haga del individuo una función mercantil: mano de obra o consumidor. Aceptando estas premisas no hay discusión posible sobre política, pues las precisamente aquello que condiciona nuestros modos de vida queda más allá del ámbito de discusión (d)… y la izquierda se convierte en prisionera de la gestión de las necesidades sin salida posible. Este es un debate que ya se mantuvo en la época de la Segunda Internacional. Los que esperaban producir transformaciones radicales de la sociedad condenaron a la socialdemocracia como una postura que se conformaba con calderilla y postergaba la consecución de sus verdaderos objetivos ‘sine die’. Renunciando a dirigir los ataques de forma radical a los fundamentos del dominio del capitalismo y a la construcción de una sociedad libre, lo más que pudieron conseguir fueron algunas comodidades materiales. Por supuesto, no son despreciables pues somos frágiles criaturas corporales con necesidades físicas, pero tales logros como el tiempo ha demostrado, son cesiones reversibles, que ha entregado un poder sin menoscabo. Los herederos actuales de tal claudicación ya ni siquiera merecen su antigua denominación: sus críticos les conocemos como social-liberales y en dicho termino la parte de sociales es un autentico ejercicio de caridad. Les ha tocado en gracia una misión imposible: hacer compatible el estado del bienestar con la ley del mercado… Puede que la cuadratura del círculo no sea imposible, pero en dos mil quinientos años nadie la ha encontrado. El resultado es que son los testigos, más bien mudos de la demolición a cámara lenta de los beneficios que nos proporcionaba el mundo Occidental.

En paralelo, los sindicatos del mundo desarrollado se dedican a gestionan que la recuperación de la renta cedida por el capitalismo en la época en que tuvo a los regímenes comunistas como alternativa, sea lo menos traumática posible. Social-liberales y sindicatos han asumido principios contrarios a su propia naturaleza y han quedado paralizados por el cortocircuito. Tendría cierta poesía su maldición si no fuésemos nosotros quienes debemos que sufrirla. No merece dedicar más tiempo a la izquierda organizada en partidos y organizaciones sindicales que revolotean en torno a un poder que no pueden ni quieren ejercer. Cabe desear que tan sólo fuesen inocuos.

En tal situación de imposibilidad de incidir sobre el curso de la situación creo que la fragmentación de los movimientos alternativos de izquierda es un error mayúsculo. Si bien, el problema es global y evidentemente la solución, local, los planteamientos de la izquierda radical no llegan a tocarse con el corazón de los problemas que nos aquejan sino que se distraen con sus síntomas.

En primer lugar y como se deriva con bastante facilidad de lo escrito más arriba, la atomización de la izquierda alternativa responde al modelo de fragmentación inconexa de grupos e individuos, que impone el capitalismo como modelo de convivencia. Ante una cultura liberal basada en una anomia abstracta, en la que las diferencias han sido reducidas a mercancía, se da un movimiento de compensación mediante la formación de pseudo-comunidades (d) que rellenen el vacío. La gente busca la protección del sentimiento de pertenencia a colectividades que proporcionen resguardo del gélido ambiente que impera en el mercado. Se pone en marcha entonces, un juego de impostación de identidades grupales que se convierte en el centro de las vidas individuales como posibilidad de relación real. La exacerbación de los pequeños narcisismos como lo étnico, lo regional o lo nacional, la religión o cualquier otra subcultura de elección se une al ‘panem et circenses’ para adquirir una dimensión vital ... o de otra forma, las propiedades privadas de los individuos que intentan escapar a la segregación, reuniéndose en torno a un hobby como punto de encuentro. En esta dinámica podría verse una materialización del ‘principio de Eros’ (e), un posible núcleo de comunidad. Sin embargo todo ello se da dentro de la lógica del Espectáculo: la transferencia de la decisión al plano de la representación. De ahí se genera entonces un negocio, muy rentable, que consiste en proporcionar complementos para la exhibición del propio egotismo para relacionarse a los que sufren la misma enfermedad. Se trata de una evasión tanto de la constitución de una comunidad plena como de la misma posibilidad de actuar en su entorno social. Es decir, al ser proyectados los conflictos políticos en lo cultural los colectivos carecen de proyección social fáctica, a no ser que la moda se confunda con lo político. Pese a tener una orientación política los grupos radicales de izquierda se están vertebrando de forma similar a la descrita más arriba en torno a temas como raza, religión, sexualidad o genero (aunque no sea el caso del ecologismo), y actúan sobre bases análogas a las tribus de la Sociedad del Espectáculo. Hay una dependencia excesiva de la cuestión identitaria, que es resoluble en términos de representatividad. De esta forma las reclamaciones en torno a un hecho diferencial desembocan en debates formulados en los términos que apetece la democracia liberal: discusiones en las que esta jamás es puesta en tela de juicio... E incluso, su énfasis en lo particular genera modelos que pueden ser incorporados al catalogo de modas exhibidas por el liberalismo como demostración de libertad. En resumen, la configuración actual de las pequeñas izquierdas es fragmentaria a imagen y semejanza del sistema al que dicen oponerse, le sirven de propaganda y pierden de vista un proyecto que pueda reunirnos en una autentica comunidad. De hecho, funcionan de forma completamente inversa a la que desearían, al proporcionar modelos e ideas comercializables como mera cosmética (de la cual, probablemente, ellos son las primeras victimas).

En lo que se refiere a la estrategia no se dirigen a un fin verdaderamente político que, en mi opinión, consiste en la búsqueda de lo común: aquello que junta y multiplica, lo que aumenta la potencia de los modos de vida. Es más, traicionan el espíritu propositivo de la política al limitarse a hacer valer tan solo su condición de víctimas. No caminan en una dirección afirmativa sino que se reducen a un movimiento de reacción, meramente negativo. Tan solo esgrimen demandas parciales que deben ser recicladas por el sistema… se conforman con un subsidio, una indemnización, una reforma o algo de visibilidad.

Por motivos tácticos… Puede que las responsabilidades sobre lo que ocurre en el mundo sean absolutamente difusas y no dependan de la voluntad de ningún doctor Mabuse. Incluso puede ser que los que nos quejamos o estamos en contra, de algún modo seamos cómplices. No me interesa buscar culpables, pero lo cierto es que en sus efectos, el capitalismo actúa con una unidad coherente, plena de sentido y con una eficacia – la política es praxis, luego efecto logrado de voluntades y si no, no es política sino sueños - que sería deseable para estos grupos opositores de izquierda. En su lógica de crisis permanente puede extraer beneficio de todo lo que arruina. Vende armas para destruir un país y luego los medios para reconstruirlo. Algún tipo avispado puede llamar a esto deconstrucción. En todo caso, llegados al punto ofrecer resistencia, ninguno de los frentes de oposición parcial es capaz de detener un ápice los procesos de transformación que convierten la destrucción del mundo y de la sociedad en dinero contante y sonante. No pide nada para la colectividad, es decir al limitar sus demandas a casos particulares no llegan a constituirse en puntos que nos podrían reunir.


(a) En ‘Introducción a la guerra civil’, Tiqqun define esta como el libre juego de las distintas formas-de-vida… dentro de las capacidades naturales de un cuerpo esta el ejercicio de la violencia. Al contrario de lo que pretende Hobbes tras la fundación de la sociedad, ningún cuerpo es nunca desarmado definitivamente (Spinoza)… aunque bajo el imperio del biopoder no estemos lejos de quedar definitivamente inermes. Un recomendable ejemplo de una situación de pacifismo límite se describe en la muy recomendable novela de Bernard Wolfe, ‘Limbo’.

(b) En algunos casos, lo que vale para el individuo también sirve para el colectivo. La identidad tiene un funcionamiento similar al del signo lingüístico: surge en red por oposición frente a otros signos. La histérica carrera que se vive en la actualidad por constituir personalidades bien individualizadas mediante ‘gadgets’ o complementos que gentilmente suministra el mercado, puede ser explicada como la proyección de este déficit político llamado democracia liberal a la esfera de la vida personal.

(c) Aquí surge la cuestión del Derecho y los derechos. La regla abstracta que otorga todos los miembros de una sociedad una hipotética potencialidad que no se cumple y la exigencia patética de llenarla de contenidos. El estado de derecho es aquel lugar en el que la proclamación de la posibilidad es la suturación de su realización en la representatividad.

(d) Pues son vicarias, ocasionales.

(e) En el malestar en la cultura Freud opone dos principios, uno agregador, el erótico, que impulsa lo comunitario y otro de muerte, simétrico opuesto.

(f) Una posible definición de política: la creación de exterioridades inmanentes que posibiliten un aumento de la potencia de los cuerpos. Si hay una correlación entre ética y política, una buena praxis de la comunidad debería generar una ampliación de los horizontes vitales. Compárese con la actual situación en la que la sensación de cierre, de callejón sin salida es dominante en el lado del mundo donde se supone que puede elegir.

viernes, 2 de enero de 2009

De hacer realidades

por FKastro – “El Faro Crítico”
Si digo que voy a hablar de la verdad, sonará inmediatamente presuntuoso. Y sonará así, porque hablar de la verdad, a secas, suena inmediatamente a dogma, a fe o a ideología. Mi verdad sería ante todo presuntuosa, y en consecuencia, yo mismo sería demasiado pretencioso.

La verdad a secas, inmediatamente surge conflictiva, y lo es, porque no se admite la identificación de lo personal con lo universal. Mi verdad no sería sinónimo de universalidad, sería mi verdad. Cada una de las personas que comparten un dialogo asoman una verdad, a veces coincide, otras no. La efectividad de cada una de esas verdades es idéntica. Puede parecer incluso disparatado el que un interlocutor afirme que los burros vuelan y otro que no, y respetar ambas opiniones dándoles el mismo valor. Sí, suena disparatado, y demuestra que a veces no hay varias verdades sobre un mismo tema.

Hay otras verdades. Por ejemplo: Ahora estoy sentado y no estoy de pie. No podría ocurrir ambas cosas al mismo tiempo, caeríamos en una contradicción. Es en la contradicción dónde se ve la verdad, y digo la verdad no mi verdad, de manera más sencilla. Aquí no habría mucha discusión. Si ando, no estoy tumbado, y a la inversa. En esas verdades en que el espacio y el tiempo acotan con claridad una opción de otra se muestra la verdad con claridad meridiana.

Pero luego hay otras verdades, como la del burro que vuela, esas que están cargadas de matices y resultan de diálogos interminables que siempre concluyen en mantener varias verdades al mismo tiempo. De tal forma que el diálogo termina manteniendo firmemente las posiciones individuales y afirmando: Esta es mi verdad, tan válida como la tuya. Se jugaría, pues, la verdad en el campo de la argumentación, en el que ser un maestro de la retórica conseguiría darle mayor legitimidad de verdad frente a los demás dialogantes.

Confrontemos ambos tipos de verdades: las verdades de matices y las verdades que surgen de las contradicciones. Si estoy de pie, no puedo decir al mismo tiempo que estoy tumbado. Pero si opino que el mundo se va a la mierda, otra persona puede decir que el mundo va viento en popa; y ahí nos encerraríamos en una discusión llena de matices.

Se podría, por tanto, hacer un catálogo de verdades seguras, y otro de verdades que suenan a verdades con muchos gradaciones. Hay por tanto, verdades que resultan necesarias, y otras que asoman contingentes ó accesorias. Las verdades necesarias, de una manera u otra, alcanzan cierta unanimidad, mientras que lo contingente puede suceder o no suceder, simplemente ser así o ser de otra manera, simplemente porque podría no ser.

Creo que lo contingente y lo necesario se ha superpuesto. Ó más aún, que estamos rodeados de demasiadas verdades contingentes y muy pocas verdades necesarias. El mundo está inmerso en un lío de verdades. Hay las verdades de la psicología y de la ciencia, que nos sentencian desde la genética y la neurobiología. Hay verdades religiosas que nos castigan con la culpa. Hay verdades socialistas, comunistas, anarquistas, que planifican un mundo futuro, cerrado, sin contemplar el azar. Hay verdades económicas que se volatilizan de día en día. Hay verdades ecológicas que se tiñen de extraño dogmatismo.

Es difícil discernir lo contingente de lo necesario. Es difícil vislumbrar la verdad necesaria de lo que son juegos dialécticos. Hay decenas de especialistas que afirman, escriben y opinan. Y el propio público, que escucha tantas opiniones contrapuestas que, inevitablemente, acaba afirmando la validez individual de su propio criterio.

¿Por qué nos interesan las verdades necesarias? ¿Por qué nos interesa encontrar verdades indiscutibles como esa de estoy de pie y no sentado en este preciso instante? ¿Por qué buscar la verdad?.

Hay cientos de esloganes que nos dicen que la verdad nos hará libres, o que encontraremos el paraíso, o que el mundo será más igualitario. Hay miles de verdades que asoman inmediatamente promesas de otras nuevas verdades. Pero no hablo de verdades que rápidamente se cargan de verdades accesorias, de planificaciones o de sueños. Hablo de verdades en este mismo instante. Hablo de proposiciones que no se puedan negar racionalmente.

Pero lo cierto es que en la actualidad, cuesta hasta imaginar esas verdades que no se puedan negar racionalmente, es de tal magnitud el volumen de información que manejamos hoy en día, que sentimos que las verdades necesarias rozan lo místico o lo ideológico. En cualquier caso, ¿por qué buscar las verdades necesarias?

Si hay un hecho intrínseco a la mentalidad mundial es el de los sueños. Llevamos siglos soñando otros mundos posibles, otros futuros, otros lugares, otras personas. En la actualidad nos embarcamos en hipotecas soñando un hogar futuro de una manera determinada. Consumimos un coche pensando ya dónde nos llevará, estudiamos para jueces y nos sentimos ya ejerciendo. Se hacen políticas pensando en futuros que aún no han llegado o no llegaran. Llevamos siglos en la tesitura de producir sueños. Sueños de consumo, sueños de conquista, sueños de amor, sueños de dios, sueños de vidas futuras. Incluso todos estos sueños, verdades contingentes, llegamos a imaginarlas como reales, luchamos porque se conviertan en reales. Hacemos de la imaginación un producto real. Y en todos estos siglos, los sueños han producido monstruos. Y no dejarán de hacerlo, porque los sueños están en otro tiempo y en otro lugar, pero no en el ahora.

Los sueños se alimentan de verdades accesorias, de grandezas, de mundos que aún no han llegado o no llegarán. No creo que la persona que acaban de despedir del trabajo en este mismo instante, o el niño que está a punto de morir en Gaza piense en verdades accesorias, sólo el aquí y el ahora. Las verdades necesarias, esas verdades de estoy de pie y no tumbado se ciñen a un lugar y un espacio, no más allá.

Hay hechos que están ocurriendo. El colapso económico es un hecho, el desastre ecológico es un hecho, el desastre bélico es un hecho. Podemos planificar, soñar y discutir acerca de mundos que no existen, que aún no están, y que quizás no lleguen a estarlo nunca. Y nuevamente nos olvidamos de las verdades necesarias.

Creo que debemos detenernos, parar, y recopilar esas verdades necesarias. Porque creo que debemos partir de unos mínimos unánimes y no excluyentes. La verdad necesaria no excluye, no se puede negar racionalmente. Ese es un buen punto de partida. O bien, podemos seguir soñando otros lugares para nosotros mismos, planificar otros mundos que no están, sino sólo en el pensar; e incluso podemos matarnos entre nosotros mismos por imponer lugares, mundos y sistemas que no están más que en nuestras cabezas. Cabezas que sueñan, e inmediatamente dicen: Hacer realidad.

Soñar, idear, fantasear con futuros que no han llegado es justo lo que llevamos haciendo desde cientos de años. Ahora hemos llegado a todo esto. Hambrunas, guerras, desastres ecológicos. Podremos coger a varios culpables de este camino. Los hay, claro, pero… ¿y los demás? Todos los demás que asisten al desastre, que acogen opiniones y opiniones sin certezas necesarias, que se alimentan de contingencias que les arrastran a callejones sin salida. Que siguen y siguen soñando.

Las verdades necesarias están ahí. Se pueden descubrir acudiendo a hemerotecas y descubriendo cómo muchos mecanismos han sido creados por grupos especializados con el objetivo de favorecer corrientes de opinión. Podríamos sondear a empresas que están despidiendo a trabajadores y descubriremos las estrategias que esconden sus balances de cuentas anuales. Podríamos descubrir en los bancos que nos cobran las hipotecas, los mecanismos que eligen para alcanzar nuestros ahorros. O podríamos ir más allá y descubrir que las guerras no surgen por azar, o que los recursos naturales no están agotándose simplemente porque llevamos mucho tiempo en la tierra, o por qué los mass-media publican una noticia y no otra y de la manera en qué lo hacen.

¿Interesa conocer estas verdades? Interesa, sí. Y lo es, simplemente, porque sólo un cambio de rumbo que debe surgir desde la propia individualidad podría provocar un cambio. Pero no sólo se trata de dejar de soñar, de dejar de imaginar lo que aún no existe y quizás no existirá. Hay otro inconveniente en la construcción del mundo, y es la exclusión del otro.

En cientos de años siempre se han abogado por medidas que han excluido a unos u a otros, olvidando que la exclusión del otro supone que ese otro siempre maneja la posibilidad de volverse contra ti. Un sistema en el que se excluye, se silencia, se aísla o incluso se mata al otro es ya una continuación de esto mismo que lleva ocurriendo desde hace cientos de años: Soñar algo y excluir a alguien. Pero en el momento en el que se use la exclusión, estaremos utilizando los mismos parámetros que hace siglos y que nos han llevado a una nueva crisis.

Después de todo este discurso, podría hablar de otros mundos posibles, de que determinadas medidas nos llevarían a buen puerto, o que ciertas ideologías traerán la igualdad universal, etcétera, etcétera. Pero no, no voy a ir más allá. No debemos ir más allá. No voy a caer en lo contingente prometiendo otro mundo posible, porque eso sería desembocar en sueños. Sueños que nos han llevado a todo esto.

Ahora estoy de pie. No tumbado. Eso es todo. No más.

La necesaria crisis

Hacía tiempo que desde muchos ámbitos se estaban oyendo voces críticas que ponían en cuestión el modelo económico y de progreso de las llamadas sociedades de consumo. El sistema finalmente ha colapsado desde dentro víctima de su propia codicia. Con este colapso, se abre por lo tanto un periodo de reflexión y de cambios profundos del que saldrá necesariamente otra conciencia social y otra forma de estar en el planeta.

por JOSE LUIS MANCHÓN - "El Faro Crítico"

Hace unos meses, cuando aún no se había producido el gran crack financiero y bursátil que llega hasta nuestros días, asistía con preocupación a un aluvión de noticias tanto nacionales como internacionales, que confirmaban que después del estallido de la burbuja inmobiliaria internacional, las grandes fortunas y, en general, el mundo especulativo, buscaban otro nuevo sector a exprimir después de que el ladrillo dejara de actuar, casi de un día para otro, como el mejor depósito de valor.

Terminaron apostando decididamente por el alza de precios, de lo único que podía dar rentabilidades suculentas a corto plazo: "Las materias primas", y en concreto, la alimentación, con los cereales como el ejemplo más representativo. Pero esta nueva aventura especulativa tenía efectos colaterales muy graves. La maquinaria capitalista, en su carrera enloquecida en busca del beneficio rápido, estaba demostrando una vez más que estaba dispuesta a depredar hasta el último recurso para conseguir su codicioso y nunca suficientemente cumplido, objetivo. Ya en Abril de 2008, un informe de la FAO alertaba de riesgos serios de hambrunas y disturbios por crisis alimentaría relacionada con alza del precio de los alimentos, en 37 países.

Finalmente ocurrió lo que acaba siempre ocurriendo cuando se intenta crecer ilimitadamente sustentándose sobre una base cada vez más precaria y limitada; que el castillo de naipes acaba por debilitarse y se cae sin control. Esta vez, la puntilla vino del todopoderoso sistema financiero que sostenía y sostiene aún, la actividad frenética de las cada vez más maltrechas economías sobre endeudadas de familias, empresas y países. El modelo de capitalismo liberal diseñado para su beneficio por los países ricos de este planeta, se corrompe vertiginosamente.

El impacto de este crack es de dimensiones tan enormes, que está todavía por ver como va a afectar a la economía real y durante cuanto tiempo. En este derrumbe asistimos con sorpresa al espectáculo de un modelo económico y social que se fagocita a si mismo lanzándose dentelladas como si fuera un tiburón furioso abierto en canal.

No todo es negativo. Es cierto que el llamado primer mundo está en crisis, pero que el 6% de la población mundial que explota actualmente el 59% de la riqueza total mundial desacelere su capacidad de consumo, no parece a priori tan nefasto. Y más, si constatamos que esta opulencia económica está asentada sobre la miseria y la sobreexplotación de una gran parte de la población y de los recursos mundiales. Una de las expectativas más interesantes que se abren con el frenazo del consumo mundial, es que esta desaceleración sirva como balón de oxígeno que permita repensar el modelo energético actual.

No es posible pensar que el capitalismo que hemos conocido en las últimas décadas y que ha impreso un ritmo vertiginoso a algunas economías, y ha sumido a otras en la decadencia más absoluta, pueda resucitar. La base energética de producción en la cual se sustentaba este crecimiento ha dejado de ser abundante y barata. Las estimaciones revelan que con los índices de producción actuales, las reservas de petróleo tienen unos 40 años de vida y las de gas natural unos 60 años. El modelo energético va a cambiar radicalmente, por necesidad, en el medio-corto plazo, y este cambio cuestiona directamente la vigencia del sistema económico actual.

Pero el transito no va a ser nada fácil. Los habitantes del primer mundo han interiorizado tanto las leyes del mercado liberal, que se han convertido en "Seres Económicos". Estas personas ansían por encima de todo la capacidad de gasto, ya que es esta, la que les permite afirmarse en su condición de consumidores. Son personas educadas en una representación personal y social del éxito que se basa en el "Tener" y no en el "Ser". Es difícil pensar desde el punto de vista de este "Ser económico" un mundo mejor y más justo para todos, que no esté en continuo crecimiento económico, sino más bien en lo contrario; donde los criterios de adquisición de bienes surjan de la necesidad y no de la adquisición por el placer de la adquisición; donde la energía sea cara, difícil de conseguir y un tesoro a mimar en su uso; donde el éxito individual no se sustente en signos externos de capacidad económica. Llega un mundo raro para estos seres, pero tendremos que confiar en el despertar a otras realidades que surgen de las grandes depresiones y que marcan siempre un antes y un después en la relación del hombre con el mundo.

El escenario no podría ser más complicado y algunas acciones lo están complicando aún más. Por una parte nuestros políticos, tanto de izquierdas como de derechas, que hicieron suya y defendieron la idea de que "Progreso era lo mismo que Progreso Económico" y que se jactaron innumerables veces de los índices de crecimiento anuales de sus países respectivos, mientras se deterioraba la economía real; este derrumbe les deja totalmente desarmados. Ante tal situación de desolador despiste, se han lanzado con premura a implementar medidas de rescate, con dinero público, ideológicamente impensables hasta hace unos meses, con el objetivo claro de apuntalar un castillo de naipes a punto del colapso. El riesgo asumido es enorme, teniendo en cuenta la casi inexistente y deficiente reglamentación de control que existe actualmente dirigida al sector financiero y, por otra parte, el desconocimiento absoluto de las dimensiones del un agujero financiero de dimensiones globales. Pero la presión desde todos los flancos para que las acciones vayan dirigidas en este sentido no es poca. Los lobbys empresariales están lanzando continuamente mensajes a la población desde los medios, donde utilizan descaradamente el recurso del "Miedo" a la perdida del empleo y ponen en bandeja al político, el instrumento necesario para legitimar la acción salvadora del plan de rescate, ante la opinión pública. Es una estafa en toda regla. El objetivo es que la especulación global vuelva a retomar la senda de las ganancias. Se da, además, un mensaje muy peligroso a los grandes actores económicos: "Que hagan lo que hagan, si lo hacen a la vez, nunca quebrarán, ya que son demasiado importantes como para dejarles caer".

La ciudadanía, al menos en Europa y Estados Unidos, viven estos acontecimientos en una continua disyunción, ya que se sienten engañados y traicionados cuando son informados de los rescates multimillonarios con dinero público al sector financiero, responsable último de la actual crisis, y por otra parte, tienen miedo a perder sus empleos, y sus ahorros, si estas acciones no se realizan con la garantía del estado. El estado, a su vez, se deslegitima una vez más respecto al ciudadano, y se lanza al vacío al asumir el riesgo de los bancos en un intento desesperado de crear un periodo de transición artificial del cual pretende salir reforzado en presencia y poder. Un gran y atractivo vuelco para una institución, que había sido percibida como un obstáculo para la buena marcha de los negocios y expulsada del panorama económico del mercado libre.

Ya se pueden prever algunas consecuencias de todo lo expuesto. Las clases medias serán las grandes damnificadas, por su nivel de endeudamiento y la falta de trabajo. Indudablemente se potenciarán los episodios de luchas de clases. La clase media se hará más pobre, y la clase rica, seguirá disfrutando de una posición económica esplendorosa, después de haber trasladado mediante los artificios financieros, un alto porcentaje de la capacidad de gasto a treinta años de la clase media a sus bolsillos, mediante los préstamos a largo plazo para adquirir viviendas. No debemos olvidar que muchos de estos empresarios e inversores ya han cobrado y son los grandes beneficiarios de una estafa de dimensiones globales. Mientras tanto los bancos intentan recuperar los préstamos derivados de estas operaciones con índices de morosidad nunca vistos.

Los conflictos geoestratégicos latentes relacionados con los recursos energéticos empezarán a activarse conforme la escasez vaya en aumento. Está por ver que instrumentos pueden llegar a movilizar las grandes economías mundiales para hacerse con estos recursos y seguir manteniendo durante algo más de tiempo su posición económica. Desgraciadamente hemos asistido recientemente a la guerra de Irak; una "guerra preventiva" que se diseñó con clara vocación geoestratégica relacionada precisamente, con que este país tiene dentro de sus fronteras reservas de petróleo probadas por el orden de los 112 mil millones de barriles.

Se corre también el riesgo de que se abandone la visión utópica, y la población se predisponga a la perdida galopante de derechos, con el objetivo de evitar males mayores como la perdida del empleo. ¿Que mejor arma podríamos poner en la mano del negociante sin escrúpulos? En este contexto tan turbio, es necesario que el mundo denominado alternativo, que lleva muchos años avisando sobre las consecuencias del suicidio colectivo que implicaba el capitalismo que se estaba practicando, adquiera presencia y visibilidad ante una población desconcertada. Es la única manera de que cuando la reflexión se dé, las respuestas que se encuentren a las cuestiones sobre ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Para que? ¿Quién se ha beneficiado? ¿Quién ha sido perjudicado? no tengan su origen en el FMI, el BCE ó la Reserva Federal Americana.

Se nos presenta una oportunidad única. Necesitamos utilizar esta crisis para dar un golpe de timón que rectifique un rumbo que no nos conviene. Tomar, en definitiva, otro camino que nos reconcilie con la naturaleza y que doblegue un sistema que no nos hace felices en nuestra opulencia y ansiedad de consumo nunca saciada y que es, además, sumamente injusta respecto a otros pueblos y generaciones venideras. Nada impide que siendo posible que otro modelo social más justo pueda ser, no sea, si se dan las condiciones mínimas para que emerja. Es necesario un cambio radical en la conciencia social, que borre del mapa a la especulación y el derroche de recursos y que permita una economía sustentada en criterios de necesidad, y no de maximización del beneficio. Necesitamos poner en marcha la "Lista Quijote".