martes, 5 de febrero de 2013

Capítulo duodécimo de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Díaz Arroyo - El Faro Crítico

            En “Vinagreras del Cajón” nunca se sorteaba, votaba, ni ad-judicaba nada. Todo iba de otra manera. Como quitar a una pegatina la parte de atrás, la que no pega, y escoger un sitio entre unos cuantos para que la pega, y no la parte delantera de la pegatina, sin ad-herirse luciera bien bella. Una explosión del lugar, ciertamente pegajoso y sangrante, pero del lugar, al fin, que espera ser escogido y bailado en la danza sin manoletinas entre el ladrillo de la pared y la pegatina que se ad-hiere atendiendo vagamente a la materia de la superficie de la pared mientras desea el ladrillo de fondo, simultáneamente, su firme y su débil sujección. Nadie huía de los charcos en días de lluvia. Nadie escupía u orinaba lejos de una planta. Y nadie, tampoco, se atrevía a alzar demasiado la cabeza cuando hacía mucho sol, porque, principalmente, no había nadie, ninguna gente.
            El día antes de que Trebor volviera a “Ciudad Sony de Madrid” pasó unas horas por allí. Nunca había estado antes, así que recordar algo del lugar resultó tan inesperado como encontrar algo realmente nuevo en ese pueblo respecto al resto, cuando el resto recordado era pura ausencia de recuerdo más allá de la selección individualmente interesada de fragmentos memorísticos de no hace más de seis meses, es decir, cuando recordar no era dar pinceladas que relucían en la oscuridad de lo ya pensado.
            Y es que el ambiente familiar que mecía las calles, con sus farolas y aceras, los edificios, parques y paradas de autobús, no parecía poder tapar los chorros sangrantes que florecían de los huecos pequeños entre tejidos. Y eso que no importaba el tamaño de los intersticios presentes porque la imbricación parcial de los elementos tisurales no dejaba de lado el re-conocimiento de cada tejido por separado y en conjunción disjunta de sus flujos no métricos, sólidos o líquidos, pero con referencia primera a un estar gaseoso no congelable en cortes longitudinales fijos. Efectivamente, las estructuras rígidas, puentes, carreteras y edificios, que componían el tejido óseo de “Vinagreras del Cajón” perfilaban filos cúbicos con aristas preparadas para el encaje como vía de articulación con otros elementos ciudadanos. Claro que había cierto movimiento que convertía la rigidez ósea en relativa, ciertas individualidades cambiantes, individuos o puntos, que animaban con poca gracia los pasillos-sobre-calles pero esto, no variando mucho la cuestión de la rigidez del esqueleto, no evitaba que los edificios, al menos, no fueran macizos o tuvieran pretensión de totalidad. En los edificios, siendo optimistas, habitaba alguien, y esto obligaba a una continua composición y re-composición de los estratos formantes, no laminares pero sí estratificados y por ello tan frágiles como una mesa aglomerada cuya superficie, porque la seguía habiendo, era finísima y no más ni menos que otra capa formante pero con un brillo particular, perteneciente a otro registro estético, imitación natural de lo que ella misma ya era en cuanto capa. Así, daba igual que hablásemos de un pórtico, puente, camino o de torre de oficinas, porque, en “Vinagreras del Cajón”, solía ocurrir, la luz iba hacia el hueco porque ya había hueco y no al revés. Esto se cumplía incluso en el alumbrado público pues las bombillas para lucir  necesitaban, al menos, un casquillo-soporte, un motor-señal, un motor-activador y un espacio protector y transparente que permitiese la expresión lumínica. Había entonces, al menos, cuatro tejidos necesarios para que el óseo fuese tal: conectivo, nervioso, muscular y epitelial, sin olvidar al tejido mesenquimático, diferenciante, diferenciado e invisible en ciudades adultas. El primero de ellos, aunque difícilmente presentable por la configuración y solapamiento de sus células, forzaba al encuentro intersticial del resto de la urdimbre justamente porque él mismo, conexión de-ambulante, laxa, densa y elástica a la vez, activaba los dos polos transversales de la bombilla facilitando su reposo en un lecho, ya tejido muscular, con cierta tensión propia de soporte. La activación conectora, que también vibraba mas con un tono cambiante en cada caso conectivo, aún sin responder por asimilación a cubiertas orgánicas planas sí se concentraba en ciertos lugares más que en otros, articulaciones tendinosas o plazas, en las que las plantas y seres vivos en general anidaban en el suelo-casquillo sin tocarlo a penas, como de puntillas afiladas ocupando una parada de autobús en día de lluvia, mas sin que el carácter húmedo de la lluvia, áun sin cubierta epitelial en la parada de autobús, empapara hasta la saturación la chispa motora-señal. Porque sin chispa, transmisión instantánea y pre-lumínica del deseo de espacio habitable, no había composición posible del edificio, el puente, el autobús, el paso-camino y la persona. Sin ella no había ciudad, así que como “Vinagreras del Cajón” era más bien un pueblo, Trebor pudo mantener durante un tiempo la ambigüedad en su estar allí que suponía el que, dentro de una separación meramente temporal, al principio pudiera estar allí de paseo hasta cierto encuentro y que, justamente tras él, pudiese, y entonces ya sí con-para-por ello explotara el pueblo como ciudad, embriagarse entre la sangría del intersticio.      
            De las veintitrés ocasiones en que se habían encontrado, en ocho, simplemente, no repararon el uno en el otro, en siete, Trebor, tan ido sin vuelta como solía ir pendiente de su reproductor musical, sólo percibió unos zapatos bonitos sin piernas o un charco a punto de ser pisado, y en otras siete, la última ya hacía unos meses, hubo algún tipo de llamamiento mutuo al paso pero, al girar la cabeza los dos, la multiplicidad de coronillas disolvió lo sagrado del encuentro convirtiéndolo en tentativo. Justo esto, el que en la última ocasión no hubiera multiplicidad alguna, facilitó que ese último cruce, el único en realidad, sucediera inmediatamente al poco de llegar Trebor al pueblo. Se topó con el último “uno” cardinal.

Un ladrón de cuerpos en descomposición
un cocinero de platos indigestos y apetecibles en una noche des-estrellada.
Un charco juerguista que sale de la tierra
hacia la escuela del alférez
para
cuidándose a ratos
contar hasta tres sin milagros
uno (silencio)
dos (tiempo)
tres (distancia).
¿A dónde ir si ya no hay
¿o es que sobran?
balcones y ventanas?
Abajo un rumbo de antaño
sin arriba
abajo una pared del tamaño del mundo.
Y un hueco con la forma de unos dientes aparece
boca que hace boca
una conversación de roedores.
La hora lejana llegó pronto      
insoluble
altiva sin trazo
inesperada
¿quién pretende salir ahora que ya no hay,
ahora que quedan ratas consumibles entre muchos?
El viento no elemental
mero agitador
lo hará.
Alumbra sacudidas rotativas que sitúan roedores
hocicudos y olientes
en cada rincón de una esfera planetaria limada en las aristas hasta la saciedad del roedor.
Siempre por fuera
roer por fuera
no hacer agujeros por dentro
y en el filo de un folio unidimensional
de una línea trazada con portaminas del 0,5
el borde de la caverna absolutamente silente donde ningún roedor esperaría llegar.
¿Cómo si ya no hay?

- Culpa para mí, disculpa.
- ...
- ¿Sabes si hay por aquí una cabina, un bar con teléfono o algo así...?
- ...
- Perdona pero...
- ¿Te importa aguardar un poco? Me estoy concentrando.
- Ah, perdona.
Trebor dio un paso atrás y se quedó observando como el chico, situado muy al borde externo de un puente no muy alto, miraba a una nube.
- Ya, dime, qué quieres.
- Perdona, no sabía que estabas... ¿mirando el cielo?
- Me moría.
- Eh... sí bueno eso nos pasa a todos.
- Aceleraba el tiempo de mi muerte, más y más rápido.
- Ya, pero es que si no sabes de manera absoluta cuándo te morirás, y eso creo que es difícil de saber... ¿te imaginas que viniera esa fecha en nuestra Tarjeta de Identificación como la de naci...?, bueno, pues no sé si es posible acelerar algo, aproximarte a ello si eso no está fijado ya de antemano a no ser...
- Vale, vale, pues estaba a punto de suicidarme sin más, ¿mejor?
- Suici... ¿por qué?
- ¿Y a ti qué coño te importa?
- Pero, ¿por qué?
- Oye, ¿te importa de verdad o qué pasa?
- Bueno, supongo, no sé... ¡sí!, sí me interesa.
- No, no, interés no, ¿te importa o no te importa? Es importante...
- Venga que sí, me importa, dime.
- ¿De verdad?
- ¡¡Que sí!!
- Pero, ¿por qué te importa?, ¿no será por mera curiosidad o por alguna mierda de esas de derechos humanos a la vida?
- También, bueno... me importa y ya está, será cuestión de educación o yo que sé, pero simplemente no puedo encontrarme a alguien vivo que se muere, un moribundo... y mira que hay... y no tener unas ganas enormes de entrar en contacto con ello.
- Así que es curiosidad...
- No sólo.
- Entonces es que me quieres convencer de que no lo haga.
- ¡Tampoco!
- ¿Te importo entonces?
- Eso trato de decir.
- ¡Me cachis!
- ¿¡Pero qué te pasa ahora!?
- Pues... que me lo acabas de jorobar. Me quería suicidar porque en este pueblo no le importaba a nadie y ahora tú...
- ...
- Bueno, será cuestión de mal tiempo, ya dejaré de importarte, ya te convertirás en pegatina como todo el mundo, aunque no sé si eso se podrá acelerar o ralentizar de algún modo...

            Y el chico acompañó a Trebor en busca de un teléfono. Que recorrieran varias calles en las que la dominancia, dominante y pasiva y pasivizante, era un espectro de límites poco diferenciables, y por ello único en su especie, en el que lo común era una re-posición sin más de aceras altas y escaparates semi-espejados alternados con paredes muy coloridas, tenía que ver profundamente con que, en su paseo, no encontraran a nadie por las calles y con que los colores los pusieran pegatinas pequeñas y llamativas que llenaban todo. Sobre-todo pintaban indiscriminadamente. Y como todavía Trebor y el muchacho trazaban un camino de vuelta tras el encuentro, no pudieron evitar extrañarse, aún el muchacho que ya conocía el pueblo, y tratar de despegar alguna. “Ten cuidado, están muy pegadas, y si no lo haces bien puedes romperla o... convertirte en una de ellas”, dijo el muchacho mientras Trebor se alegraba de no haberse cortado las uñas en varios días. “Todo empezó, ya estábamos, con el acatamiento de una norma del ayuntamiento, la mutua intromisión destinada de lo colectivo en lo privado y ahora... el pueblo está deshabitado” y ambos se acercaron a una gran pegatina, “éste debió ser un alto cargo...” se decía Trebor, que anunciaba un decreto municipal. Claro que sabían que, en la medida en que habiendo variadas formas de vivir bien había una muy clara de no hacerlo, la de pro-ponérselo, existían también plurales modos de leer aquello, con más o menos riesgo, pero una muy particular, la de leerlo sin atención, en la que el riesgo le exponenciaba a uno hasta la exposición más bastarda de todas, la de la desaparición fixista de sí.
El decreto decía:

INSTRUCCIONES A LA CIUDADANÍA PARA EL TRATAMIENTO DE UNA CRISIS PUNTUAL

PASO 1.
Comenzad de nuevo. Conciencia calmada, conciencia tranquila. Fíjate en un punto. Cualquiera vale. Ése en la pared de enfrente. Está bien. Un punto en la pared. No tiene dimensiones y tiene todas. Es un punto inextenso en un plano. Fíjate bien en el punto. Sólo en él. Conciencia calmada, conciencia tranquila. Ahora toca el punto. No te muevas. Sólo brazos y hombros. Fíjate en el punto. Y no te muevas. Desde tu sitio, toca el punto. Junta los dedos pulgar y anular. Deja un hueco pequeño entre ellos. El hueco de un punto. Sin moverte del sitio. Y tócalo con los dedos. No hace falta que te muevas. Es inextenso. No hace falta que lo sientas. Traspasa tus receptores sensitivos. Has tocado un punto. Ahora acércate los dedos a la boca. Los dedos con los que tocaste el punto. Acércalos a la nariz. Inspira fuerte. Acabas de oler un punto inextenso. No hace falta que te lamas los dedos. No. Tampoco que escuches su latido. No. Un punto no suena ni sabe a nada. Puedes pasar al siguiente paso.  

PASO 2.
Paciencia y persistencia. Fíjate en el punto. Puede ser el mismo de antes u otro. Fíjate en un punto. El de enfrente en la pared. Cualquiera vale. Paciencia y persistencia. Tómalo con los dedos como en el “paso 1”. Dedos pulgar y anular. Hueco del tamaño del punto entre ellos. Fija el punto. Y ahora apriétalo. Con los dedos. Aprieta fuerte el punto. Deforma su no forma. Conviértelo en plano o abombado. Redistribuye su inextensión. Aprieta. Paciencia y persistencia. Si dejas de apretar recupera su estado. Aprieta. Y no pruebes a mirarlo a través de los dedos sin apretar. Sólo se deforma cuando aprietas. Aunque no se perciba. Paciencia y persistencia. Ahora deja de apretar y relaja la mano sin moverla. Ni la mano ni el punto. Acércate a ellos. Con los labios en contacto con los dedos. Sopla. Sopla de nuevo hasta cinco veces. Paciencia y persistencia. Sopla el punto inextenso hasta que se hinche. Es un globo. Se hincha a nuestro antojo. Tiene superficie curva. Ahora aléjate un poco de la mano. No muevas la mano. Mueve únicamente la cabeza para alejarte de la mano. Los labios sin contacto con los dedos. Acabas de deformar un punto a tu antojo. Es tuyo. Es un punto. Es tuyo. Tu derecho. Sólo para ti hasta que tú quieras. Pasa al siguiente paso.   

PASO 3.
El tiempo es precioso. No sufras. Tampoco te lo plantees. Fíjate en un punto. Uno cualquiera en la pared de enfrente. Está ahí. Delante tuyo. Fíjate en él. Sólo en él. Es tuyo. Es uno. Está ahí. Ése de ahí es uno. Todo tuyo. Obsérvalo bien. El tiempo es precioso. Ahora cierra los ojos. Mantén los ojos cerrados. Céntrate en la imagen del punto de tu imaginación. No ves el punto de la pared. Ojos cerrados. En tu imaginación hay un punto. No importa cómo sea. Es un punto. Uno cualquiera. También es tuyo. Siéntelo. Es tuyo. Mantén los ojos cerrados. Mantén la imagen del punto en tu imaginación. El tiempo es precioso. Y siente tu cabeza. Nota la sensación que produce el punto imaginado en tu cabeza. Puede ser en cualquier parte de la cabeza. Por dentro o por fuera. Puedes notar frío-calor, presión, humedad o picor. Siéntelo. Cualquier pequeña sensación basta. Imagina el punto. Nota la sensación. Siente el punto. Es tu punto. Más tuyo que nunca. Siéntelo. Ahora abre los ojos. Ves el punto de la pared. Es otro punto. Es un punto. Fíjate bien en él. Lo ves incluso sin dedos que lo aprisionen. Es tuyo. Que no se escape. Siéntelo también. Nota alguna sensación en tu cabeza. Una sensación mientras miras el punto de la pared. Siente el punto. No te preocupes si la sensación cambia. Da igual cuál o dónde sea la sensación. Siéntelo. Es ahora. Ya no hay dos puntos. El punto no se dobla. Sólo hay uno. El sentido. Puedes continuar con el siguiente paso.

PASO 4.
Que todos sean felices. Comparte tu punto. Es tuyo. Lo sientes. Está en ti. No se dobla. Es único. Es tuyo. No lo trocees. No se dobla. Comparte tu punto. Y siéntelo. Fíjate en él. Siente el punto en tu cabeza. Es tuyo. Si hay punto tú lo sientes. Compártelo. No hace falta que preguntes cómo. Atención y concentración. Comparte el punto con armonía. Que todos sean felices. Imagina ahora un ser querido. Visualiza su imagen. Una imagen nítida de un ser querido. Siente la imagen. Hazlo mientras respiras profundo. Y retén el aire. Si el ser es querido la sensación será agradable. Regocíjate en esa sensación. Es tuya. Con un ser querido. Y ahora siente el punto. En tu cabeza o en cualquier lugar del cuerpo. Es una voltereta. El punto sentido también será agradable. Tan agradable como tu ser querido. Es de los dos. Agradable para los dos en ti. Es compartido. No vale cualquier sensación. Que todos sean felices. El punto es de todos.

            Una lectura detenida confirmó que aquellas palabras, sus letras, tenían cierto volumen y peso, el justo para permitir que sus sombras proyectadas sobre el papel interfirieran en una interpretación viva del texto, a favor de su anulación. Palabras hondas por pesadas, que empujan-perforan y permanecen, y voluminosas, que ocupan un espacio multi-dimensional excluyente en la repetición de la pegatina, tan preocupantes y repulsivas para Trebor que, sin atender para nada a su acompañante, tuvo que ir de inmediato hacia una cabina cercana mientras repetía “Tengo que hablar con Amadeo”. El joven recién conocido, ya en un quinto plano respecto a la cabina, marchó en solitario de vuelta al puente dando vueltas a si, una vez el poder re-productor de una fotocopiadora reducía el carácter de arraigo insolente de la pega de la pegatina, un abanico sería necesario para que los papeles que somos no se dispersaran sin más al azar, sino con alguna orientación, también pesada, sangrante, pero diferenciada del flujo caprichoso del aire en movimiento que es el viento. Otro asunto sería preguntarse quién alzaría el abanico, si acaso un papel puede hacer tal cosa, o, en definitiva, si hay diferentes modos de abanicar o incluso si el abanico, en cuanto impreso y coloreado, era también ya algún tipo de papel fotocopiado y de lo que se trataría entonces es de diferentes modos ordenados de girar y virar papeles.
            En torno a algo parecido, al menos en “Vinagreras del Cajón”, comenzó la revolución de las fotocopiadoras y el abanico. Porque de lo que se trataba, y no otra cosa fue lo que Trebor habló por teléfono con Amadeo, era de hacer pueblo la ciudad, de poblarla con algo más que esqueletos, leyendas y milagros. Faltaba el enlace propio del suicido de la memoria entretejida. Más que tener vida, des-virtualizar el punto o acumular puntos, suicidarse cada día para vivir.
El joven llegó al puente mientras Trebor continuaba hablando por teléfono. Algunas nubes de las que ocupaban parte del cielo se habían desplazado.

jueves, 17 de enero de 2013

Subversión, inversión de valores, transmutación

por Africa Vivar - El Faro Crítico

Sujeto.


Es necesario un sujeto capaz de hablar en nombre de la humanidad en su conjunto, de lo universal que hay en las individualidades. Su voz será el canto del gallo de un nuevo amanecer. El sujeto histórico capaz de iniciar el proceso revolucionario que nos trasmute haciendo un hecho la justicia.
Los anteriores fracasos pueden alertarnos de las dificultades, pero no son razón para que dejemos de intentarlo, una vez más, aquí y ahora, resolviendo nuestra ecuación concreta.
El discurso de los desposeídos, la voz del alma colectiva hablando como lo que es, un solo hombre.
Yo que soy siempre un otro, a mí que nada de lo humano me es ajeno, yo que al definirme defino a la humanidad requiero de vosotros – nosotros para una vez más decir no a la ignominia.
Nosotros multiplica las posibilidades del yo, dándole una vivencia que jamás obtendría en solitario, trasmutándolo en definitiva.
Lo que hagáis a cualquiera a mí me lo hacéis. Este sujeto implicado en cada uno de los otros es el que puede convertir el sujeto político en sujeto ético.
La dialéctica amigo enemigo propuesta por los neoconservadores supone una fractura interna, un dualismo que a la postre resulta un auto rechazo, un odio hacia si mismo en definitiva.

Vileza.

La situación actual nos envilece a todos, hemos pasado de un lugar - país en el que nadie estaba desprotegido a una situación en la que los políticos, al no comprometerse hasta la médula con la justicia y la transparencia, se han convertido en una peligrosa mafia, pues cuentan con los medios más poderosos.
El partido popular y el partido socialista nos han llevado a una segunda restauración en la que el PSOE sería la marca blanca. Han modificado juntos la Constitución en agosto de 2011, para anteponer el pago de la deuda de los bancos a cualquier otra necesidad de la ciudadanía. Tras unos años de  ridícula puesta en escena, cuando ha llegado una situación en la que verdaderamente podríamos haber observado diferencias de calado, lo único que hemos visto es complicidad.

Analfabetismo.

Sociedad y cultura son conceptos inseparables, el discurso ideológico es hoy más necesario que nunca, solo definiendo los principios podemos dar paso a estrategias capaces de vehicular soluciones concretas, dentro de las variables razonables que no afectan a los fundamentos.
La conquista de la cultura por los mercados debilita los vínculos colectivos, así pues el conocimiento es un arma y, en un momento tan crucial, la hipocresía y la indolencia de los partidos y las élites intelectuales, un crimen.
En la actualidad, dado el fabuloso incremento de posibilidades de formación, el analfabetismo político tiene mucho de negligencia voluntaria, de comodidad y de cobardía ante los retos de nuestro tiempo.
Hacer de la educación un negocio como se pretende, es poner en manos privadas la llave de nuestra emancipación como personas y como sociedad.
La racionalidad es el antídoto contra la mentira y la manipulación.

Mercados.

Según los neoliberales, el mercado es capaz de autorregularse y además es el garante del equilibrio institucional; la des-regularización y la bajada de impuestos  son sus objetivos, visión que les acerca al comportamiento de las mafias.
El partido popular lleva en su ADN la privatización, convirtiendo la crisis en una excusa perfecta para su objetivo: El saqueo de lo común.
Si los mercados reflejan valores ideológicos, la inversión de estos tendría una traducción inmediata en la bolsa, lo que significa que está en nuestras manos la reversibilidad de los juegos de poder.
Si tratamos la ley del valor a partir del dinero esta se convierte en ley de explotación, un  entramado del mercado que necesita de la política, para una explotación organizada de la sociedad.
Los números reflejan prioridades, las matemáticas son un lenguaje, así pues cuando oímos hablar de los presupuestos económicos, estamos escuchando argumentos ideológicos.


Historia reciente.

La República es una legítima demanda histórica frente a la Monarquía parlamentaria de imposición franquista. Nunca debimos aceptar el planteamiento de Monarquía y Democracia, como si pudieran sumarse, puesto que lo correcto sería decir Monarquía o Democracia, ya que son conceptos excluyentes y antagónicos. Tal vez dejar tantos asuntos, en el periodo de la Transición, malamente resueltos haya dado como resultado la esperpéntica situación actual.
Las estructuras participativas propias de una República Federal podrían resolver cuestiones enquistadas como las Nacionalidades, acabando con la monstruosidad del modelo de Estado actual, en el que la multiplicación de competencias comporta gasto e ineficacia.
El papel de la Iglesia católica como grupo de presión política es otro de los males que nos aquejan. La religión nunca debería saltar los límites de la creencia individual para irrumpir en la política y el poder. La ética cristiana que impregna Occidente no está cumplida, es más, las jerarquías católicas impiden su realización, una perversión demoníaca.
Como antes de la guerra civil española la Iglesia, la Monarquía y la derecha, es decir los enemigos de siempre, están alineados.
La clase política actual no tiene más fuerza que las que le otorgan nuestras dimisiones, nadie puede quedarse al margen.

Golpe de estado.

Con diez millones de votos, menos de un cuarto de la población, una mayoría otorgada por la ley D’Hont y a golpe de Decreto-Ley, la ultra derecha está acabando con todo lo que hemos tardado décadas en conseguir. Esta situación recuerda a la Alemania nazi, cuando los partidarios de Hitler subieron democráticamente al poder y una vez allí cambiaron las leyes de tal forma que fue imposible pararlos.
El gobierno actual está causando un daño irreparable, golpistas de nuevo cuño, a base de fraude electoral e ingeniería financiera están saqueando el país.

Derecho a la revolución.

Vivimos en un estado de excepción  en el que se dan situaciones de extrema gravedad. La modificación de la Constitución para facilitar el pago de una deuda a todas luces, impagable, nos ha colocado en el mismo precipicio por el que han caído países, como Grecia, Irlanda y Portugal.
El estado moderno plantado en medio de la sociedad, como una máquina fabulosa, chupa el tuétano de la ciudadanía hasta dejarla yerma y esta injusticia justifica una revolución creadora de su propia ley y su propio derecho.

Unidad.

Los actos aislados se revelan, a luz de los acontecimientos como insuficientes, solo un Frente común, hará que tengan una repercusión más amplia. Reunirnos en torno a cuatro ideas básicas, multiplicaría el efecto de la lucha, pues el enemigo es muy poderoso.
Tenemos obligación de intentar de nuevo la unión, aparcando privilegios, siglas, narcisismos y cuotas de poder. La contra al discurso capitalista solo puede recuperar su voz si vuelve a la esencia, destilando diferencias hasta que quede lo nuclear, una comunidad justa en la que necesariamente se va a dar cualquier oportunidad de vida propia.
La riqueza está en manos de un diez por ciento de la población, luego el noventa por ciento restante, somos el potencial sujeto revolucionario. Habrá que superar nuestros históricos errores. Sin justicia, igualdad y reparación de la afrenta no hay nada, cualquier debate sobre una sociedad utópica resulta una burla frente a la infamia, la vergüenza y el progresivo envilecimiento de todos.
Es necesaria una postura pragmática, no podemos permitirnos la disgregación. En esta situación sin esperanza hay que distinguir bien lo contingente, de lo necesario, dentro de una estructura de posibilidad.

Pongamonos en pie de pensamiento y cuidemos los unos de los otros.

Madrid, 6 de diciembre de 2012

martes, 15 de enero de 2013

Eros y alienación

por Antonio Fernández Balsells - El Faro Crítico


Todo ser tiende a ser plenamente aquello que es... Así rezaba la máxima de Empédocles cuando se refería al Bien Ontológico. Sin embargo, tal noción ha desaparecido del panorama conceptual de nuestro Occidente hiper-desarrollado e hiper-tecnificado. Todo el mundo tiene poco más o menos una noción de qué es el Bien: para unos la riqueza y el lujo, para otros la estabilidad económica, para muchos otros tiene que ver con la Amistad y el Amor. Ahora bien, el problema viene cuando nos desentedemos de ese algo que llamamos Bien, pasamos a escribirlo en minúsculas y dejamos que sean unos pocos pudientes los que definan qué es el Bien. Y ya no sólo que lo definan estos pocos, sino que además lo conviertan en obras civiles, infrastructuras y otras cosas varias, todas ellas en principio "pensadas" por el Bien del País, la Nación, cuando no de la Humanidad. Entonces es cuando surgen grandes proyectos, el capital se moviliza en vistas a cubrir las necesidades reales; entonces también es cuando muchos especulan y se hacen ricos a costa de esa obra pública. También es entonces cuando las grandes multinacionales crean nuevos puestos de trabajo, cuando todos y todas nos movemos en torno a la construcción de esas grandes obras de ingeniería... Pero ya desde el principio se produjo un pequeño desliz que ignoró algo esencial... Y es que el Bien Ontológico no tiene imagen. Esto ya lo sabían los monjes medievales, pero nosotros lo hemos olvidado...

Percibimos que nos aproximamos al Bien cuando las cosas se dan de un modo sencillo y espontáneo. Es una sensación frágil, pero que a su vez nos llena de energía creativa, porque sólo desde el Bien se puede crear. Aristóteles diría que más se piensa cuanto más se piensa, más se ama cuanto más se ama, y que en tales situaciones las potencias creativas se incrementan de un modo casi infinito. Siendo esto así, parece que los poderosos se han querido apropiar de nuestra creatividad. La han querido forzar en el sentido que ellos consideraban como el más útil -o el que, sencillamente, beneficiaba sus intereses especulativos-. Es ahí cuando surge la alienación. Allá donde había Amor se convierte en obligación, allá donde había Juego se convierte en monotonía, allá donde había misterio, enigma, magia... se convierte en estructura inerte para el engranaje. No hay lugar para Peter Pans. Y es con el temor y la amenaza que se ostiga esa investigación enfermiza por anodina, a la que tanto le cuesta darse de un modo espontáneo, tal y como se dan las cosas que lo hacen por Naturaleza.  
Qué diferencia entre aquellas acciones que se hacen por deseo de saber, a aquellas que se ven condicionadas por la hipocresía y el afán de justificar la razón de ser -subsistir- de uno mismo en este in-mundo mundo. Parece como si nos quisieran privar de la noción de Bien Ontológico, de un modo categórico a la inmensísima mayoría de la población. El Bien Ontológico mueve el interés y la atención de un modo autolegislado y soberano; más allá de cualquier mandato o imperativo institucional o mercantil. Es la verdadera fuente de Vida. Y los modelos en los que vivimos -como lo ignoran por completo- no saben que lo que sin Bien producen, siempre resultará infeliz; y lo que es peor: hará infelices. El Bien Ontológico se experimenta, se siente, se incrementa cuanto más se busca y conoce... Los poderosos parecen querérselo apropiar para sus propósitos, pues saben que reside en cada una de nuestras pequeñas Vidas. Pero es por sus ansias de control y de dominio, que cada vez lo pierden; que cada vez lo hacen perder, cuando no los echan a perder arruinando las Vidas plurales en la alienación más somera... Y es que, cuando nos piden mayor atención y motivación, mayor productividad... en el fondo, de nosotros lo que quieren es lo más sagrado: quieren nuestro Amor. Pero nuestro Amor no tiene ningún precio. Nadie lo puede sobornar. El Bien Ontológico sin imagen, no representable, siempre es el que rige: jamás lo podrá hacer un mortal. A Eros no se le obliga: Él es el que acontece o no, Él es el que "aparece o desaparece no dejando por ello nunca de ser", como decía Platón. De ahí que todo constructo teórico-abstracto humano sea contingente, pues el Bien Ontológico plural es lo posibilitante: y su expresión clara es la felicidad y el placer de aquellos que experimentan el Bien en lo que hacen, los que experimentan el Bien haciendo lo que hacen. 
Desde las altas esferas, pretenden arrasar con ese Bien que es plenitudo; convirtiéndolo en un ente cósico -véase una autovía o una nueva línea de alta velocidad- que se transforma en proyecto, que sólo sirve para el enriquecimiento de unos pocos. No dejemos que nos roben nuestro Amor intelectual; pues se lo quieren apoderar a toda costa. No dejemos que maten las Artes, la Filosofía, porque las están matando. Como si fuéramos rosas de un rosal, andan buscando el elixir de nuestra belleza, arrancándonos los pétalos: pero ésta estaba en la totalidad de cada una de las rosas vivientes y distintas, siendo plenamente como eran. La Belleza era lo posibilitante de cada una de ellas: su Bien pleno y feliz, tan enigmático como esencial, ese mismo que Occidente ha olvidado... También lo olvida todo aquél que sólo conceptualiza, instrumentaliza y pone a los seres en su totalidad al servicio de fines imaginarios (como las ontificaciones del Bien); pues lo que gobierna el todo es el Bien. Y es que nuestro Amor nunca se podrá ni vender, ni comercializar, ni instrumentalizar; porque aunque nos maten, se quedarán solamente con eso: pétalos sueltos esparcidos sobre la tierra húmeda. Y aunque suframos, y aunque veamos cómo generación tras generación se ve azotada por el mal, el despostismo chusquero y la razón instrumental; aunque veamos cómo triunfan una y otra vez en el mundo de los contrarios... nuestro Eros, así, ante tantas ansias de poder y de control, jamás cairá en sus garras.

Pues es el démon Eros quien rige las cosas de la Vida, no el hombre. Que nunca deje de haber lugar para Peter Pans. Que nunca deje de haber lugar para la Filosofía.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Capítulo undécimo de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Díaz Arroyo - El Faro Crítico


No encontrar la palabra oportuna dejó de ser una pega insalvable cuando Elisa y Pedro empezaron a dejar de querer desear la tercera palabra, la que no era simultaneidad ni simetría, y a dejar de agradarse y desagradarse, ya fuera en cariñosas masturbaciones mutuas, ya en su día a día en solitario. Y es que simultaneidad y simetría no tendrían por qué haber sido incompatibles, si, atendiendo a la primera letra de cada palabra y a que todavía faltaba una tercera, se hubieran fijado en que el recorrido parejamente sinuoso que permite el balanceo hiriente de la primera no se veía obstado por supuestas cuestiones de proporcional exactitud nanométrica llevadas por la segunda. La tercera, aún sin ser captada, ya estaría por allí, y sólo se dejaría entrever cuando Elisa y Pedro, justo después de leer en las instrucciones de la lavadora recién comprada que “ser más o menos es cuestión de cambiar de cifra en una ruleta mientras que estar caliento/frío es asunto de dar a un botón en cierto momento”, se enteraron de que iban a ser padres. Por supuesto que amigos y familia se lanzaron de inmediato a nombrar al asunto, al niño, se entiende, de acuerdo a motivaciones varias, todas empujadas por la emoción domeñadora asociada a los bautismos nominales. Había quien decía “pues si nacerá más o menos en las mismas fechas que su abuelo, tiene que llamarse como él, Pablo”, otros, “si es niño deberá llamarse como su padre y si es niña como su madre” o “pues a mí Silvia o Sergio siempre me han gustado, me recuerdan a dos buenos amigos que tuve en el colegio…”. Los padres escucharon un bueno rato atentamente sin hablar, y escucharon otro buen rato ya queriendo decir algo, casi lo que fuera, así que finalmente sólo tosieron muy fuerte y dijeron juntos, “¡Silencio!, ¡porfavor!, se llama Silencio, sea chico o chica, ese será su nombre”. Así, la última “s” permitió que el niño no sólo gozase del estupendo nombre de Silencio G. Trebuchet, sino que finalmente fuese ya sí deseado y por ello tenido.
            Lo que no se pudo evitar fue que ocurriera aquello que suele ocurrir en los sitios en los que lo que rige es la cobardía confiada, que todo el mundo se pusiera a nombrar sin sentido y a cambiar la manera de nombrar a las cosas por la suya propia que resultaba ser la de casi todos. Así que a Silencio le llamaron Benito, sus vecinos, amigos, profesores, todos menos sus padres y algún que otro amigo especialmente espabilado, al son de “Uy, que nombre más raro...”. Claro que justo por esto, el problema nominal ambiental no influyó demasiado en la educación de sus padres, y el niño creció mucho y sonriente, siempre sonriente, y amando las pinturas, el dibujo en general. Le encantaba pintar, podía estar horas y horas trazando formas y coloreando márgenes sin salirse ni una pizca de los bordes de los dibujos, o eligiendo qué color poner aquí o acá para que la composición fuese lo menos compuesta posible. Esto último le intrigaba singularmente, y fue lo que un buen día le empujó a salir solo y sin avisar a la calle.
            La ausencia de base acrílica verde turquesa para las puntas finales de las alas del ser alado en que Benito estaba trabajando, fue suficiente para que tirase la paleta de colores al suelo, escupiera encima suyo y pretendiera salir de la casa. Sin dudar del hecho de que, el que de sus dos padres sólo uno de ellos estuviera en casa, pudiese facilitar su llegada sin muchos problemas hasta la puerta de salida, fue mucho más definitivo que el padre que permanecía en el hogar, su madre, preocupada tanto como estaba por lo hogareño, no se percatara de que Benito en un saltito con carrerilla de no más de un metro alcanzase, a pesar de su tan propia torpeza, las llaves del llavero alzado en la pared. Pasó por el pasillo del portal necesariamente, no mucho tiempo eso sí porque los pasillos siempre le habían parecido lugares agobiantes y de paso, como condición de salir a la calle y, en primer lugar, ver el sol y el cielo y comprobar si su azul era similar al verde turquesa en que estaba pensando. Después sólo tenía que ir a una tienda de esas donde se conseguían cosas de un tipo a cambio de cosas de otro y conseguir la suya propia. Tal vez ahí comenzó el primer gran problema de Benito, que no fue ni tener que cruzar la calle con el semáforo en verde, eso estaba chupado para alguien tan bien educado como él, ni tener que resistirse a los fuertes colores y mayores aún olores que salían de la pastelería junto a la tienda de pinturas. Como a él le gustaba tanto la miel y allí, en el escaparate de la pastelería, sólo había dulces de chocolate y nata, todo fue un poquito más fácil, apenas una mirada por el rabillo del ojo y un poco de salivación extra antes de llegar a la tienda de pinturas.
- Buenos días señor Jaime.
- Muy buenas Benito, ¿vienes hoy sin tus padres?
- Quieo una pintura azul del colo del cielo.
- Ah, vale, vale, de esas tenemos muchas Benito, pero ya sabes que el cielo no siempre tiene el mismo color, que cambia en función del día y la hora y...
- ¿Y qué hora e ahora?
- Pues como las once y cuarto.
- Pues... quieo una pintura azul cielo de mates a las once y trece minutos.
- Eh... ya... mira a ver si te vale esta.
- ¡E etupenda!
- Me alegro, bueno, pues son siete euros cincuenta Benito.
- Muchas gracia señor Jaime.
- Espera, espera, Benito, tienes que pagarme.
Benito se detuvo y dio la vuelta, justo cuando ya se disponía a salir por la puerta, sujeto por la mano del tendero.
- No, no, lo siento Benito, esa témpera es muy cara y si no vienen tus padres contigo no te la puedo fiar, lo siento.
- La témpera...
            Y sin entender muy bien por qué el señor que siempre le daba pinturas en esta ocasión no sólo no lo hacía sino que además le pedía no sé que cosa que no tenía pinta de servir para casi nada, ni se comía ni tenía música ni, por la cara del señor Jaime, servía para jugar, se quedó en la calle mirando el cielo y diciéndose “Me guta más el azul del cielo a la once y trece minutos que a las once y dieciete”. Aunque lo peor, sin duda, era que no conocía otro lugar donde conseguir pinturas. “Puedo preguntar a papá”, pensó también, pero sin tiempo para responderse, una de sus vecinas le tocó por la espalda.
- Pero Benito, ¡qué haces aquí solo en la calle!
- Quieo una pintura color azul de las onc...
- Venga, venga, déjate de tonterías y ¡vamos!, que te llevo a casa.
- Quiero una pintura de...
- ¡Que te he dicho que aquí no puedes estar solo en la calle!
- ¡No!, ¿po qué?
- Porque, porque no.
- ¿Po qué?
- Porque... porque no, no puedes estar solo aquí, ¡he dicho!
- ¿Cómo?
- ¡Benito!, pues porque tú no eres... porque tienes... porque ya sabes que no eres como el resto de niños... con tu problema...tu enfermedad... pues no puedes...
- ¡No!, no estoy mal ni enfemo, solamente engo síndrome de down, y sí que algo solo a la calle uchas veces.
            Benito dio un manotazo al brazo de la señora y salió corriendo dirección a un parque cercano en el que no había columpios, ni toboganes, ni zonas de recreo con bancos al sol, sólo árboles con densísimas copas, muchos y muy pegados pegados entre sí, tanto que el sol apenas pasaba entre ellos y en muchos días de primavera y otoño, cuando la luz no era todavía muy violenta, hacía mucho frío en el suelo y apenas se podían encontrar turistas vecinales por allí. “Aquí podé mirar el cielo, a ver si ha cambiado el color y me guta más” se dijo Benito al alcanzar una zona abierta por y entre árboles. Una cancioncilla que venía de lejos acompañó aquella contemplación. Una canción sencilla, poco más que tarareada, que decía una y otra vez lo mismo pero con variaciones de intensidad y distancia, parecía en ocasiones que se acercaba y otras que se alejaba, y que, respetando la unicidad de la única voz que participaba en ella, rompía en múltiples filos disonantes de estados oxidados, afilados, romos, abruptos, esmerilados, algunos de los cuales ya pertenecían al propio temita, otros provocados por él en el escuchante y pertenecientes entonces también ya a él en la provocación acústica propiciada por la generación del filo, de la canción que no desgarra el aire antes de llegar al tímpano funcional del que oye atentamente. Benito empezó a escuchar la letra sin saber todavía de dónde venía, “Laralaralalara...nanananananá...laralaralalara...¡ya está aquí!, ¡ya llegó!, señoras y jóvenes, dejen de preguntarse y busquen, ya estoy aquí, ¿qué quieren?, ¿necesitan algo?, ¿y qué están dispuestos a dejar para conseguirlo?, ¿algo precioso?, ¿algo inservible?, ¡ya está aquí!, ¡ya llegó!, dejen de preguntarse y busquen...laralaralalara... nanananananá...”, y enseguida tras unos troncos apareció un carro de madera con solamente dos ruedas y un tipo empujando desde atrás. El carro estaba lleno de cosas y trastos viejos, difícilmente identificables desde la posición de Benito, tan viejos como a simple vista parecía quien empujaba.
- Hola, ¿qué tal?, ¿cómo te llamas?
- Me llamo Silencio peo to el mundo me llama Benito.
- Vaya, qué pena, me encanta tu nombre, el de verdad, ¡claro! A mí me dicen muchas veces que hago ruido, que molesto porque las calles no están hechas para gritar, no entienden bien eso del silencio y por eso también quieren silenciar mi nombre. Yo me llamo Ray pero todo el mundo me llama “Thom el del carro”. Fíjate tú que originalidad...
- A mí me guta Ray.
- Claro... porque a ti se te ve con carácter. Y dime, ¿necesitas algo? Tal vez esta sea tu oportunidad, puedes echar un vistazo a todas las cosas que tengo en el carro, y si te gusta alguna, la puedes coger. Sólo hay dos condiciones.
- Do.
- Sí, la primera es que lo que elijas sea algo que desees completamente, algo sin lo cual no podrías vivir ni continuar viviendo así de bien como se te nota que vives ahora, algo que vayas a disfrutar mucho tiempo pero sin preocuparte mucho por ello, ¿vale?
- Ale.
- Y la segunda es que tienes que dejar algo a cambio, lo que quieras. Aunque esa cosa para ti no tenga ya mucha gracia puede ser lo que otro amigo al otro lado de la ciudad necesite.
- Ale... yo quiero una témpera azul cielo.
- Lo tienes muy claro, eso está bien, a ver, a ver... tengo aquí varios azules que una señora me dejó hace una semana, tenían que estar por aquí... ¡sí!, aquí.... y mira, también tengo aquí una témpera de color rojo que me dejó ayer mismo un niño, acababa de pintar un elefante con mil colores saltantes, quedó estupendo, y como ya no lo necesitaba lo dejó por aquí y se llevó una caja con dos cuerpos uno frente a otro que no se tocaban, nunca lo hacían pero no podían dejar de estar frente a frente... mira es este el color, si lo necesitas también te lo puedes llevar.
- No, yo quieo el color azul.
- Fantástico, fantástico, me encanta tu determinación.
- Éte, es éste. Y eto para tí.
- Ah, qué bien...
            Ray tomó el frasquito de cristal que Benito acababa de sacarse del bolsillo trasero del pantalón. Lo miró unos segundos y, con dudas sobre lo apropiado de decir aquello que dijo, susurró “bueno Silencio... ¿y esto qué es?”. Sin poder dejar de sonreír, siempre le ocurría, Benito respondió concienzudamente “son mis lágrima, la lágrimas de alguien que casi nunca llora... sólo por cosas de verdad”. “Vaya... esto es un tesoro, seguro que alguien lo requerirá pronto...” y ambos se dieron un enorme abrazo antes de despedirse y que Benito volviera a escuchar alejarse alternantemente la voz cantarina de Ray, “Laralaralalara...nanananananá...laralaralalara...¡ya está aquí!, ¡ya llegó!, señoras y jóvenes, dejen de preguntarse y busquen, ya estoy aquí, ¿qué quieren?, ¿necesitan...”
            Ahora ya no era tan grave que, tan contento como iba de vuelta a casa, Benito no cayera en que su vecina todavía, muy alarmada y escandalizada, anduviera buscándole por el barrio y le abordara con las mismas recriminaciones y obligaciones de siempre mas incluso, en esta ocasión, con la especial violencia que añadía el haberse sentido ninguneada por un pobre anormal como Benito, pues esto, la obsesiva vehemencia en la tarea de la señora, fue lo que permitió que no se percatara de que los padres de Benito venían dando un paseo cerca de allí. Ambos llegaron sin decir demasiado y se pusieron junto a Benito, uno a cada lado, escuchando lo que la vecina repetía de continuo, “¡ya se lo he dicho mil veces!, que no puede andar solo por la calle, mil veces, ¡y no me ha hecho ni caso!”. Miraron a su hijo y sólo bosquejaron un “¿qué tal Silencio?, ¿todo bien?”. Benito les enseñó su pintura y contó lo bien que iba a quedar en las alas que estaba preparando, sin preocuparse demasiado de que su voz apenas se escuchase entre las incesantes quejas y explicaciones estúpidas de su vecina. Cuando terminó de contar a sus padres, los tres atendieron a la señora y solamente vocalizaron un “SSS...” muy fuerte con un dedo cruzando la línea intermedia que une los labios. Enseguida llegaron a casa y Benito pudo perfeccionar el dibujo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Pensar de otro modo: política, hermenéutica y postestructuralismo.

por Amanda Nuñez - El Faro Crítico


A pesar de lo que se considera normalmente, la cuestión política no sólo entraña un organizarse de otro modo sino radicalmente un pensar de otro modo. Ya Marx introduce su concepto de Fetiche para hacer notar que hay algo que siempre se nos interpone en un buen análisis de la economía política. Este fetiche al interponerse siempre en nuestras consideraciones termina por funcionar como una ley natural, termina por poseer carta de naturaleza, así dice Marx en el libro I de El Capital, capítulo I, epígrafe: “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”:

«Los trabajos privados [es decir, cualificados y “sujetos a una interdependencia multilateral”] […] son reducidos en todo momento a su medida de proporción social porque en las relaciones de intercambio entre sus productos, fortuitas, siempre fluctuantes, el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de los mismos se impone de modo irresistible como ley natural, tal como por ejemplo se impone la ley de la gravedad cuando a uno se le cae la casa encima.»[1]

Y es muy curiosa esta imagen pues Marx relaciona el imponerse de modo irresistible como ley natural a que a una se le caiga la casa encima…ahora podríamos decir, como que a una se le parta la tierra introduciendo la cuestión ecológica.

Pues bien, una fantasmagoría como la del fetiche que dice algo así como que todo se mueve y se soluciona en el nivel de la circulación y del intercambio, es decir al nivel abstracto y cuantitativo de la cantidad de trabajo socialmente necesario (“gelatina de trabajo” lo llega a llamar); algo que se nos interpone en los análisis y que posee hasta carta de naturaleza por socialmente aceptado, sin embargo tiene un secreto.

El secreto es que tal ley natural no está bien analizada y hemos caído en una ilusión trascendental como diría Kant, es decir, una ilusión como aquella que siempre vemos cuando metemos un objeto en el agua.

Cuando hacemos eso, cuando metemos un objeto en agua, siempre veremos que lo que hayamos metido se tuerce, pero no está torcido. Así pues se trata de una ley natural que depende de la óptica, pero aplicada a la cosa misma no resulta más que una ilusión. No podemos dejar de verlo así, es decir, no podemos dejar de ver la cosa torcida o la economía política sólo dependiente de la circulación, pero un análisis fino nos hace notar que no es la única dimensión que hay y que el carácter de fetiche no es esa ley por sí misma sino pensar que sólo hay esa dimensión, que sólo se da en nuestros ejemplos, la ley natural de la óptica o la circulación en la economía política.

De ese modo, lo que Marx llama “fetiche” no es que algo que no hay, sino que es un “fantasma” tal y como puede entenderse desde el psicoanálisis lacaniano. Es decir, se trata de una construcción de la imaginación que tiene una parte de ley pero que si se aplica universal y reduccionistamente, como si con ello bastara, se cae en una errancia y el problema, por ejemplo del comportamiento de los sólidos o de la economía política, queda mal planteado y no encontramos salida a él.

Así pues, en Marx se nos dice que si miramos las cuestiones desde la circulación de las mercancías se nos pierde algo por el camino y eso que se nos pierde es aquello en lo que nos iba todo. La pregunta entonces no es tanto cómo organizar de otro modo la circulación (la capitalista, el trueque, los emprendedores, el comercio justo etc. como en los debates que siempre escuchamos y lo que escuchamos desde economistas y políticos) sino que Marx apunta que esto remite al ámbito de la producción y sin ver esta cara nos quedamos en el mundo de la imaginación y no logramos pensar de otro modo. Gran libro El Capital para enseñarnos a pensar de otro modo.

Esta ponencia aunque desea expresar esta cuestión, sin embargo considera oportuno desplazarnos para salir de los tópicos acerca del marxismo tales como que la producción  no es más que las formas materiales bajo las cuales cae el trabajo, o la producción del objeto mercancía, o de lo que hace la riqueza de una nación (ilusoriamente o fetichistamente porque ya trata al trabajo homogéneamente y sólo en su circulación). Para pensar esta diferencia en Marx entre circulación y producción y más escuetamente el tema de nuestra ponencia, a saber, pensar de otro modo, tendremos que hacer más de una incursión.

Y la incursión por la que consideramos que se puede entrar en esta problemática tan compleja pero que tanto nos concierne tiene que ver con la diferencia entre “lo que no se puede decir” y “lo que no se puede decir”, esto es, dos modos del no poder decir. Esta cuestión no es baladí y de ella se han encargado tanto los intentos de Marx de alejar el fetiche de la mera circulación e introducir también el vector complementario y correctivo de la producción, en El Capital; como Heidegger en El origen de la obra de arte o La pregunta por la técnica (por citar sólo dos de sus obras) en las cuestiones del mundo y la tierra, o en la diferencia entre la técnica y la esencia de la técnica. El Antiedipo de Deleuze y Guattari también atiende a esto y enlaza a Marx con el psicoanálisis introduciendo lo simbólico y lo Real de Lacan y la diferencia entre represión (Verdrängung) y forculsión (Verwerfung) freudianas; o lo encontramos también en Verdad y Método de Gadamer con la cuestión de los monumenta y el recuerdo/olvido relacionados con la creatividad y con Nietzsche. Curioso que los tres llamados filósofos de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud sean lo que tratan y abren esta cuestión en nuestra contemporaneidad y que todos lo hagan no como una negación de la imaginación, sino como la falta de una dimensión, de la dimensión afirmativa por antonomasia como luego veremos.

Pero volvamos a nuestro tema, hay dos grados heterogéneos entre sí de un no poder, de un no poder decir: uno contingente y otro necesario. Por ejemplo, dentro de una estructura, una sociedad por ejemplo o una cultura, no se pueden decir determinadas cosas en determinados contextos. Ejemplos de ello tenemos miles y cotidianos, como el Decoro Barroco que prohibía introducir animales en los cuadros de una Iglesia o lo que solemos llamar decoro en general y que proviene de ese uso. Un arte decorativa tiene que estar relacionada con su contexto y esas reglas del decoro que mantenemos aplican que no se puede decir cualquier cosa en cualquier lugar. Así, en un restaurante caro no tiene decoro decir un insulto en alto, etc… se suele decir que “hay que conservar las formas”. Si algo así como una mala palabra en una cena se quiere decir, se reprime. Así, por ejemplo también cuando alguien cita la necesidad de una democracia en un supuesto estado democrático, se le llama al orden, a las “formas convenidas” rápidamente y se le dice que hace demagogia, populismo o que es un revolucionario. Pero todas esas fórmulas están concertadas, es decir, están dentro del campo de posibilidad en una estructura dada. Y ya sabemos por Freud que la represión no opera  más que como el retorno de lo reprimido, así la tensión en las cenas caras, en las cenas de navidad, en las iglesias o en los debates políticos. Pero habiendo esa represión siempre hay la posibilidad de decir esas cosas y ya incluso las respuestas a ellas están dadas: si se dice una mala palabra en una cena se es un maleducado, si se hace algo raro en una iglesia se es un hereje, si se dice democracia contra una supuesta democracia se es un revolucionario, un populista, etc. si se dice nosotras en lugar de nosotros como genérico se es una feminista.

Esta dimensión que, podríamos llamar, la circulación del discurso en sus valores y ámbitos sociales dentro de una estructura de posibilidad es importante, por supuesto; por ejemplo en el trabajo de las historiadoras es importante el datar y analizar determinadas cosas (y aquí debemos hacer un obligado homenaje a Eric Hobsbawm recientemente fallecido y especialista en estos análisis, quizá hasta visionario dentro de la historia de esto a lo que apuntamos en esta ponencia). Decíamos que debemos analizar y sobre todo contar determinadas cosas para que no haya olvido de ellas, que no queden reprimidas y así se pueda conjurar su repetición. Hay que poder hablar de esas cosas para que no retornen. Pero todo este campo está dentro de una estructura y tanto las cosas que se pueden o no se pueden decir ya están contempladas, ya se han dado.

Pero hay otro modo de no poder decir. El necesario, el imposible. Por ejemplo el famoso caso de los 30 tipos de blanco que tienen los esquimales para lo que nosotros llamamos simplemente “nieve”. Este caso está muy manido y parece poco interesante salvo si en ello nos va la vida: Pisar una nieve no es lo mismo que pisar otra, una se puede quebrar y otra no, etc. También podemos verlo en las derivas de las lenguas, por ejemplo en Griego moderno el antiguo “to Kalós” que significaba “bello” ahora dice “bueno”…lo cual se puede entender desde los transcendentales, pero el antiguo “bueno”, “To agathón”, ahora posee una connotación de “tonto” o se utiliza sólo en expresiones como “bienes de consumo”. Ello por no hablar de los “superágoras” que se encuentran en cualquier lugar o de la gran pérdida del vocablo Aletheia que gracias a Heidegger no hemos perdido del todo y cada vez parece que vamos ganando.

Hay muchos más casos y la filosofía los esgrime sin cesar, por ejemplo el “no dicho y no pensado” al que alude Heidegger en sus dos zonas, es decir, “lo no dicho” que quizá se podría decir en un texto y lo “no pensado”, es decir, aquello que es impensable y que, bajo otra estructura sí se puede pensar. Otro ejemplo es el “mundo” en el que se centra Gadamer y la importancia de los “monumenta” para intentar perder los menos códigos posibles o poder “recrearlos”; o incluso la petición de “queremos lo imposible” del Mayo del 68…es decir, queremos otro mundo, otra estructura.

Este caso de no poder decir que surge notablemente en los estudios antropológicos y que es causante de tanto problema intercultural es el que nos interesa aquí, el que nos permite salir de la imaginación y sus fantasmas o fetiches para poder acceder a algo real, a la cuestión del ser, a la cuestión de pensar de otro modo antes de que la globalización o mundialización haga indiferente este ámbito a favor de una convivencia y circulación e intercambio de mercancías (ya sean animales, cosas, palabras o humanos) homogénea…pacífica que es como se vende cuando encierra toda la violencia del mundo en una organización mundial de control, la más totalitaria de todas por ser abierta y deslocalizada.
***

Volvamos a la cuestión pues ante la aceleración y la velocidad de este sistema que se nos impone, pensar de otro modo ya requiere otro ritmo, pausado, tartamudeante, repetitivo.

Hemos localizado que hay un “no poder decir” contingente dentro de una estructura y un “no poder decir” necesario que es algo que dentro de una estructura o está perdido o todavía no se puede decir. Pero no es que todavía no se pueda decir aunque podamos vislumbrarlo sino que si se puede llegar a decir es porque algo ha ocurrido: un acontecimiento.

Contrariamente a lo que se supone que es un acontecimiento, llamativo, poderoso, espectacular (aunque los hay) el acontecimiento es discreto, un mero devenir…sin darnos cuenta algo ha pasado. Sin darnos cuenta ya no podemos nombrar los cuatro tiempos griegos que, sin embargo tienen huella en algunas lenguas: cronos, aión, aidíon y kairós; sin darnos cuenta podemos hablar de reiniciar, de robot; sin darnos cuenta el bueno era tonto y el guapo era bueno; sin darnos cuenta el espacio político, la plaza se nos ha convertido en mercado. Pero también sin darnos cuenta podemos aludir a otro modo de verdad, a la Aletheia; sin darnos cuenta hablamos de diferencia sin subsumirla en la identidad, sin darnos cuenta pedimos una democracia y desestimamos que el sistema en el que vivimos sea una democracia como dice el cántico, “lo llaman democracia y no lo es”.

Y es que no es el mismo ámbito aquel que se mueve dentro de una estructura que aquel que hace y deshace estructuras, el que puede mirar hacia dentro de la jauría y sin embargo tener la espalda hacia el afuera como señalan Deleuze y Guattari en el caso de los lobos en Mil Mesetas.

Probablemente ese ámbito de la producción que señala Marx y que es diferente del de la circulación en el que nos reconocemos, sea ese afuera, el que sí produce y produce fuera de una estructura o produce afueras de la estructura.

Y es este ámbito el que más nos interesa para poder pensar de otro modo en orden a poder organizarnos de otro modo, es decir que vivamos de otro modo y haya otra política.

Pero, si vemos bien, este ámbito no depende de la voluntad. No podemos tener voluntad sobre algo que no conocemos porque no está contemplado en una estructura. Pensar que ya está y que sólo hace falta descubrirlo sería una locura, tan loca como pensar que en lo bueno ya estaba lo tonto o que en la política sólo hay un mercado.

Esto queda explicado muy bien en la diferencia entre represión y forclusión en psicoanálisis. La represión (propia de la neurosis y un síntoma también de lo social) parte de algo que se sabe pero se olvida y pasa al inconsciente, por ello retorna en el lenguaje como en los el lapsus, los actos fallidos, las tensiones, el sufrimiento, etc. Su cura consiste en que, a pesar de los reparos que pone la imaginación donde en su ideal no cabe, no tiene decoro, emerja y se pueda integrar, es decir, que pueda situarse en lo simbólico donde quedó el hueco molesto.

Lo forcluído (propio de la psicosis, la esquizofrenia y también un síntoma de lo social) sin embargo nunca entró en lo simbólico y por ello no se ha olvidado ni pasa al inconsciente, sino que es olvido mismo y viene de fuera, del inconsciente: es el puro afuera. Forclusión es un término que viene del Derecho y que significa “cerrar el foro”,  o bien que se tuvo un derecho que ya no se tiene; se está excluido, desterrado antes de entrar es decir, lo forcluído no está en el foro. Si la represión es un acto de negación, entra en la posibilidad negar o no negar un contenido cuyo juicio de existencia ya está dado; sin embrago lo forcluído no introduce juicio de existencia porque no está, así pues, no se puede negar ni es un contenido porque no lo podemos decir de ninguna manera.

En términos heideggerianos, lo forcluído sería la lethe (el olvido que no es un olvido de esto o aquello), A-letheia sería producir un espacio para la posibilidad del esto o del aquello, es decir, una estructura; y sólo en el claro se podría negar o afirmar.

Por ello en psicoanálisis la Forclusión (Verwerfung) está asociada a la Bejahung (afirmación primordial) de la cual habla Freud, pues la cura consiste en que de eso que no tiene juicio de existencia, es decir de eso que es el afuera o lo real (o el ser podríamos decir) y que no tiene por ello contenido ni forma que guardar, se produzca un campo de sentido, una estructura simbólica o, en términos deleuzeanos mutatis mutandis, un plano de inmanencia que se define en ¿Qué es la filosofía? Como una imagen del pensamiento y una materia del ser a la vez.

Por tanto su acción es la pura afirmación y sólo se comprende como negativo en relación a la imaginación que ha imaginado, ha hecho un fantasma total donde un afuera sólo puede localizarse como una falta o carencia a imagen y semejanza de la carencia o hueco en lo simbólico producido por la represión neurótica. Así lo necesario para que se produzca una estructura es, sin embargo, visto desde la cara de la imaginación o la posibilidad como imposible.

Como dicen Deleuze y Guattari en su texto sobre Kafka: imposible decirlo, imposible no decirlo.

Un análisis entonces nos conduce a encontrar qué es lo reprimido por la imaginación, y un esquizoanálisis, sin embargo, analizaría en dirección a producir estructura a partir de una afirmación sin negación.
***
Dicho esto podemos retornar a Marx en el sentido de que su indicación hacia el ámbito de la producción no es ver como se producen las cosas en las fábricas, con el trabajo, etc. sino más bien qué pasa con la cosa cuando se ha convertido en mercancía y si podemos producir otra estructura, es decir, otras relaciones, donde la cosa no sea mercancía en circulación.

Esto no obedece al campo de las ideas o el idealismo, hacerse una idea de antemano y realizarla sería, por un lado, un acto de la imaginación que vería carente lo que hay y lo forzaría a adecuarse a esa Idea mientras que reprimiría muchas cosas por decoro…de ahí la presión final de todo idealismo. Tampoco pertenece al campo de la materia, si así fuera se realizaría la misma operación pero más terrible. Primero se tendría que proyectar sobre la materia lo que la materia es y luego imponer desde esa imagen de materia lo que la materia produce…por ello un materialismo no delirante no es esa cosa rara que nos han contado.

Se trata, sin embargo, de modos de producción, modos de pensar o pensar de otro modo, de relaciones. Y sólo puede hacerse a base de toparnos con lo real, con el afuera o con el ser desde nuestra estructura. De producir, crear, o recrear, o rememorar de una manera extraña no el contenido olvidado sino el afuera mismo.

Y a ese afuera se accede de diversas maneras porque ese afuera es íntimo, habitamos siempre con él y la muestra es que las estructuras cambian, que hemos perdido códigos, que tenemos otros y que hay por-venir y producción, que las cosas cambian y que hay cosas que cambian tan profundamente que no nos reconocemos ni a nosotras mismas. De hecho, Lacan llegó a llamar a este afuera: real, que aparece como puntuación sin texto, como alucinación o como déjà-vu. Imposible decirlo, imposible no decirlo.

¿Cómo podemos producirlo sin medio de la voluntad? Pues, creando, inventando, produciendo, repensando, rememorando, recreando, imitando, leyendo, estudiando, actuando, experimentando. En estos ámbitos donde la voluntad sólo está puesta en el llevar a cabo esa acción de encontrarse con el afuera y no en un contenido concreto que haya que realizar.

Así, a base de decir democracia y pedir democracia como ágora o espacio vacío que ha de ser cuidado una y otra vez y no abandonado tras un contrato social en el inicio de los tiempos, antes de los tiempos de lo civil, es ya una acción que tiene que ver con la producción más que con la circulación…

Y siento que esta ponencia no sea originalísima ni espectacular. Estoy diciendo algo que se repite desde muchos ámbitos y muchas disciplinas muchas veces, algo que desde el agujero de Tales de Mileto no hace más que aparecer, si no aparece en la huella del lenguaje ni en los forzamientos del lenguaje, es decir, en el poetizar o tartamudear o  analizar o extrañarse del lenguaje, aparece en lo real mismo: un agujero.

Y para que no llegue desde lo real el retorno de lo forcluído, peligro donde los haya pues podemos acabar con la tierra misma, sólo podemos decir desde estos foros y decirnos en estos foros que nos va la vida en construir nuevas estructuras que cuenten con el afuera como a un esquizofrénico le va la vida en poder hacer una afirmación. Y que no podemos eludir esta tarea que se hace mientras se dice porque lo único que dice esta ponencia es lo imposible. Que lo imposible es necesario y que es una tarea apremiante… y si no, la muerte.



[1] MARX: El Capital, Vol. I, Libro I. SXXI, México-Madrid, 1998. p. 92

lunes, 29 de octubre de 2012

Capítulo décimo de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Díaz Arroyo - El Faro Crítico


- ¡Guau!
- Vale, ¿y la escena del crimen?
- Mmm...
- ¿Ajá?
- Mmm... ¡guau!
- Venga...
- Comida en un plato y trigo en la pared.
- Eh... ¿y cuántos granos hay en la pared?
- No lo recuerdo bien... pero lo que hay en el plato es una lata de conservas … sí, sí, una lata grande metálica y brillante con una gran etiqueta que cubre casi toda la lata, no leo lo que pone pero sí, es una lata de esas que uno ve en la tienda junto a otras muchas iguales y piensa qué perfección todas idénticas y tan bien colocadas y... y hasta da pena coger una y fastidiar el conjunto pero de repente le suenan a uno las tripas y se dice, joder que tengo hambre y la coge y queda un hueco, imagínate una detrás de otra y otra y otra y de repente un hueco, un hueco vacío, ¡qué horrible!, es que incluso te planteas dejar de nuevo la lata en su sitio y que todo vuelva a su orden o coger otra cosa, no sé, una barra de pan o lo que sea aunque no apetezca mucho, pero ese hueco vacío... horrible de verdad, joder, si al menos el reponedor estuviera atento, ¡que para eso le pagan, que se mueva!, tío que hay un hueco vacío, vale que yo he provocado el hueco pero es que tengo hambre, venga, por lo menos ocúpate de que no esté mucho tiempo...
- Sí... pero te había preguntado por los granos de cereal y...
- No, es que no hay latas de cereales, esos se conservan ellos solitos al aire y al sol, igual puedes coger unos granos de trigo y machacarlos y empaquetar su harina pero eso tampoco es una lata, sí aunque la harina sea muy fina nunca se conserva tanto tiempo como lo que puede haber dentro de una lata, venga hombre, ¿has hecho alguna vez un rebozado con harina pasada?, es horrible...
- Ya...
- ...horrible, sabes que lo de dentro estará tierno y jugoso y te dan muchísimas ganas de hincar el diente, y sabes que la parte de fuera si todo ha ido bien debería estar crujiente y lo miras y está doradito y dices sí, estará crujiente y delicioso, crujiente por fuera y tierno por dentro, ¡guau!, qué ganas de probarlo, ¿verdad?, pero no, la harina estaba pasada y el primer bocado va al suelo, qué pena, ¡para las hormigas!
- Para las hormigas...
- … y eso si hay suerte, porque a mí me cuesta cada vez más encontrar hormigas en la ciudad, ¡y ardillas ni te cuento!, sí, las ardillas también se podrían comer los restos de la croqueta rebozada con harina pasada, pero son tan difíciles de encontrar...
- Bueno, quizá las ardillas sean más de granos de cereal, ¿no?
- Ah, claro, no me imagino a una ardilla abriendo una lata y menos aún comiendo rebozados pasados, bueno sí que lo hago, pero una ardilla de esas de la tele con chalequito y gorro de aventurero que pide pizzas para llevar a casa, esas sí,  pero el resto... no, no, ni de broma...
- ¿Y los granos de cereal sin ardilla...?
- ¿Sí?
- ¿...ni hormiga...?
- Eh...
- ¿...ni harina ni lata?
- Bueno...
- ¿...cómo eran en la escena del crimen?

- Los granos... estaban en la pared, ni en el suelo ni en el aire, y tenían formas extrañas, no se perciben muy bien y también brillan pero son especialmente brillantes, dolía mirarlos, ¡grrrrrrrr!, ¡guau!
            Encaminarse a una estrella en el camino no profetizado del cielo del mundo suponía mucho más esfuerzo para Blanquito que el meramente esperar a que pasaran ciclos de veintiocho días para salir al patio y ladrar a la luna. Ni siquiera los impedimentos de su dueño y mentor podían en ese caso detenerle, salía corriendo por toda la casa y ya fuera por alguna ventana, ya por el hueco de la puerta de atrás, ya por la principal, se escurría hasta la calle y ladraba toda la noche junto con sus compinches caninos. Él lo llamaba libertad, su dueño, sinrazón, y los vecinos, humanos también, efectos colaterales de vivir en un barrio residencial a las afueras de una gran ciudad, es decir, de ser también libres. Todos así o asá mas todos en igualdad de condiciones, no muy en el fondo, ladraban de continuo y perseguían libélulas por el jardín y moscas en verano cuando las moscas por el calor están rabiosas y pican, y esquivaban cuidadosamente, pero sin parar, estatuas de bronce situadas a propósito en el pasillo para evitar aceleraciones indeseadas que despertasen a los conducentes o rayasen el suelo no muy encerado de la casa. Y si, de nuevo, se confundía una estrella altiva con un esquive pasivo sólo era posible porque se tenía tal capacidad, tal estúpido poder compartido llevado al extremo, porque se contaba con un super-héroe cualquiera y su estupidez habitual.

            Un perro que corre, blanco, ¡corre un poco más!, sólo un poco y no solo, poco a poco, poco de más, ¡pero que un poco de poquito es muy poco!, sólo un poco pero un poco de más hasta allí con mi dedo. Mira mé, a mi miedo hasta allí, así de más y a mí y mira mi mí hasta allí como poco de tu blancor pulcro que delimita la figura sobre la pared jalbergada de enfrente de. Un perro que corre y mira, sefíjate en mi dedo y da vueltas poco a poco ya, ya sin sin de allí, y da otra vuelta más mientras vas, perro, pero mira despacio, sin lo que usas mientras vas, sin pausa, ¡corre un poco más con rigor conservando!, y si lloras porque tienes hambre o toses mira que las lágrimas sean transparentes, sin, sin, que dejen pasar bien lo que de, lo que vuelve del rebote, ¡atiende a los bordes!, porque del dendelfuera transparente del borde, del allí a donde apunta el dedo, corre tras el dedo pero no dejes de mirar al dedo, hace que ladres y que, bien fijado, un ladrido parezca un tosido y una lagrima el esputo de un perro que no tiene otro modo de regularse térmicamente, de regular el mundo, que babear. 
Es una mascota, es, escucha, espera, se es, se esconde, es un hado determinado como cualquier otro, es un animal que corre, está, es un perro que es, estruendo, que es blanco ante todo.

            Blanquito, el perro futurista de un super-héroe también entonces futurista, no poseía especial cualidad alguna. Tal vez lo único relevante, conseguido a través de varias y flexibles presentaciones diarias, fuese que conocía la doble identidad de su dueño. “Buaa, qué tontería...” le decía su amigo Rudolph, un pastor alemán castaño operado del corazón con el que solía jugar al pádel los domingos, “mi dueño tiene al menos cuatro identidades diferentes, y cuando llegan las elecciones generales o hay recortes, llegan a cinco, ahí parece que incluso le importa la política...”.
            A Blanquito le costó tanto entender que solucionar una cuestión no podía ser desarmar las piezas de la asunto, es decir, convertir la cuestión en artilugio descomponible hasta llegar a la sencillez de ciertas partes excrementales que uno no pudiera sino aceptar para huir de ellas de inmediato dando bandazos de goce, todo excepto mecerse en una vacua plenitud, para re-ordenar y ordenar el punto orgánico-funcional de partida del artilugio como condición para pasar a otra y a otra y a otra configuración reformable, y así a gusto del consumidor, que cuando se encontró con un auténtico problema, además de ser incapaz de concebirlo como tal, no pudo hacer mucho más que rascarse una oreja y esperar a que pasara pronto, volver al hado, pasar a otra idéntica cosa y no comenzar a complicarse la vida no de cualquier modo. Algo que también aprendió de su dueño y que tenía que ver con su condición de perro futurista fue una rígida tabla de valores que marcaba lo que estaba bien y lo que estaba mal. Lo que en su dueño facilitó la aparición inesperada de unos patitos indefensos cruzando una carretera, para el perro supuso un proceso lento y ciertamente tortuoso en el que se fraguó su condición de perro futurista. Eso del futuro, de ser un turista del futuro, no hacía sino que Blanquito tuviera que mirar siempre hacia delante en un viajar, ciertamente a ningún lugar pero siempre hacia delante, en el que exclusivamente atendía al presente, al dónde pisaba ya cuando pisaba, para ladrarle y corroborar lo inadecuado que era todo a su estricta y propia, bueno de su amo, criteriología. Así era futurista, pues la relación entre el manto presente que pisaba en cada paso e instauraba en cada paso cuando pasaba justamente como continua insatisfacción del paso con respecto a las claves de buen funcionamiento del manto con el paso sólo conocidas por unos pocos de ellos, provocaba en el movimiento de perenne inadecuación entre manto y universo la generación constante y única de la mirada hacia delante, hacia demasiado lejos desde aquí, al cielo estrellado o a la luna en días de luna llena y no a una estrella, es decir, alejando en exceso los aquís desde unos pocos hasta todos los demás que también nadeaban.

Cuando mires adelante en la tarde nublada:
Verás. Verás en blanco. Verás en blanco muro. Verás un muro en blanco. Verás un muro en blanco escrito. Verás en un muro blanco escrito. Verás en blanco, un muro escrito. Verás que unen el muro blanco escrito. Verás que unen el muro blanco descrito. Verás que unen el muro en blanco descrito y derruido. Verás que unen escritos del muro en blanco derruido. Verás los escritos del muro en blanco derruido que unen y desunen. Verás en un escrito del muro en blanco derruido que desune ya. Ya verás en un escrito del muro en blanco derruido que desune ya. Verás, ya desuna ya una, el escrito del muro en blanco derruido. Verás, ya es ya, el muro blanco descrito y derruido que desune en dos veces, la primera y la segunda. Verás el muro blanco derruido y descrito en dos veces, la primera y la segunda, meado por un cualquiera de la gente del agente, desde ya hasta ya hacia delante.

            Claro que había ciertas normas que probablemente compartía con cualquier otro perro, cosas muy generales como no mear en cualquier sitio o tampoco defecar ni babear en exceso. En realidad parecía como si esas normas generalísimas, las únicas compartidas por cada perro, es decir, las únicas instauradas por todo amo, tocaran siempre conductas materiales relacionadas con la administración del hogar, del hogar del amo, se entiende. “¡No ahí, no!”, le gritaba cuando era pequeño, “no, atrás, atrás, eso en la calle, tras el muro, donde no se ve” y acompañaba las palabras, por si no hubiese suficiente comprensión, con gestos manifiestamente atemorizantes. Mas una vez superada esa fase de iniciación ritual en la que está legitimado el proceso de ensayo y error conducente a la fundación de normatividades compartidas, terminada esa supuesta educación, lo que le quedaba era pasar el tiempo, no mucho más que continuar con su vida de perro de un super-héroe. Esto fue, en el fondo, lo que hizo que Blanquito fuese un poco más allá y un poco más acá y tuviera esa tendencia obsesiva bilateral a delimitar lo que estaba bien y lo que estaba mal, y a imponer-se-lo a los que estaban alrededor. El ánimo impositivo venía de familia, su madre, una perra enorme (la confundían muy a menudo con un perro y al menos tres gatos juntos), trabajó durante años en el Servicio Colectivo de Reposición de Flora y Fauna, distinguiendo, mediante mordiscos claro está, mofetas de gatos y separándolos, muy mordisqueados y muertos ya, entre piezas sólo necesarias en el encuadre de fondo de un paisaje urbano en cuanto materia susceptible de ser re-utilizada como bio-asfalto y piezas con algún tipo de interés de ambientación ambiental en su conformación habitual.
            Con todos estos precedentes el tipo de conversaciones entre Blanquito y sus amigos se reducía a un pulso chino entre perros, algo así como a una competición en la que las manos, o más bien, la flexibilidad de la articulación de los dedos anulares es clave, pero sin tener ninguno de ellos nada parecido a un dedo anular siendo además la mandíbula la parte más sensible y susceptible de sustituir al pulgar oponible. Blanquito, bien aleccionado, solía ganar y así no sólo consiguió hacer valer su estatuto de perro de super-héroe sino que se convirtió él mismo en cabecilla de una jauría fantástica. Allí estaban “Flash Relampageante”, el galgo más rápido de la zona, también “Estulticia Euro Zone” un pequeño y escurridizo Setter cuya principal habilidad era ser pequeño y escurridizo, y “Super Light Rescue Flow”, una perrita sin ningún carácter especial (ni olía, ni sabía, ni apenas se la veía). Que esto, como al resto, fuese lo que permitiera a “Super Light Nube” pertenecer al grupo fantástico y que eso mismo tuviera que ver con que Blanquito, en cuanto carente también de super-capacidad especial alguna, fuese considerado el padre y líder del grupo, atendía a que no tener cualidad especial alguna, en su caso, era tenerlas todas de golpe y enseñar con el ejemplo.
            Dos horas a la semana la jauría fantástica se reunía y planificaba las acciones de la semana siguiente, si esa semana tocaba ayudar a una ancianita a cruzar la calle, al invidente de la esquina a llegar hasta el centro comercial, o si tocaba proteger a los gatitos del vecindario de algún perro extranjero, vagabundo y más que probablemente maleante.
            Pero un buen día, tras una larga jornada de trabajo, el dueño de Blanquito le puso un plato de su comida favorita en el suelo y comenzó a acariciarle el lomo.
- Blanquito, estoy muy orgulloso de ti, has llegado a tu madurez como super-héroe...
- ¡Guau!
- Con tu propia liga de super-héroes... nunca pensé que llegarías tan lejos... ha llegado el momento de dar el paso definitivo, quiero que me ayudes con un caso vital, vital para todos.
El perro ladró de nuevo y siguió comiendo.
- Ya sabes que nosotros, tú y yo, somos distintos al resto, tenemos un poder, la capacidad de hacer cosas irrealizables para la mayoría, acompañado de un sentido único que nos permite conocer cuándo sí y cuándo no hacer aquello para el resto. Pero a pesar del irreductible bien que llevamos a cabo, a pesar de que la gente acepta nuestra ayuda lo temen y niegan en cuanto pueden... es como si hubiera algo en ellos que rechazase lo mejor, como si considerasen que nuestra magnificencia pone en peligro su autosuficiencia... es extraño pero hay que respetarlo, ¿y sabes cuál es la solución para tratar de seguir cumpliendo nuestro deber sin atentar contra lo distintivo de cada uno?
- Grrrrrr...
- Pues no generalizar, no tratar a todo el mundo por igual del todo, no utilizar las mismas maneras con todos sino personalizar nuestras actuaciones como si cada ayudado fuese único. Claro que eso supone un esfuerzo por nuestra parte, supone llamar a cada vecino por su nombre y aprenderse más o menos su situación familiar y laboral, pero en fin..., a ti, dentro de tus pequeñas cosas del barrio todo te parece tan fácil, ¿verdad Blanquito?, pero yo que cada mañana tengo que cuidar de la ciudad, ¡¿qué sería de ella sin mí!?, de que todo funcione como tiene que funcionar... mira, lo importante es que recuerdes, ante todo, que eres único, que tus capacidades te hacen único y soberano, de ahí viene también nuestro deber sagrado de dar servicio pero también nuestra libertad de exigir cierta flexibilidad en el esfuerzo... sí, claro que el mal puede surgir en cualquier momento de las veinticuatro horas del día, y ahí estaremos nosotros siempre disponibles, pero... ¡pero al menos que nos avisen al “mysterious-phone”!, nada de andar todo el día para arriba y para abajo, patrullando como si no tuviésemos casa..., ¡un poco de flexibilidad por favor!”.
            Algo indignado, el dueño de Blanquito limpió el plato de su mascota, se lavó las manos y tomó el traje de “High Force Euro Zone” recién planchado. “Sí, ¡ya es hora de mostrar nuestro descontento!, se dijo y marchó volando hasta el Ayuntamiento con Blanquito siguiéndole muy de cerca pero por tierra y con la lengua por fuera.
            Al llegar, una enorme multitud llenaba gran parte del espacio exterior al Ayuntamiento. “Hig Force Euro Zone” aterrizó como pudo entre un pegote ruidoso y muy colorido compuesto por miles y miles de puntos superlativos. Blanquito se quedó a unos metros de su amo olisqueando los pies de algunos otros super-héroes que cantaban al unísono consignas rítmicas por adición contigüa de pisotones, codazos y voces, a través del uso cabal de sus super-poderes más asombrosos, la capacidad de ultra-unidad libre, el que cada uno, estando choque con choque con otros, pudiera conservar la exclusiva unicidad para consigo mismo en la amalgama colorida que les rodeaba. Localizó a su amo y corrió hacia él, abriéndose paso entre pancartas que decían “Somos emprendedores, pero no gilipollas” o “Soy panadero de vocación, pero no hay pan para tanto chorizo”.
            Así, con todos tan apretados y tan juntos, Blanquito, para abrirse paso, tuvo que utilizar su  habilidad más especial, es decir, la más trivial, que consistía no en otra cosa que en dar lugar a espacios vacíos internos a la extensión másica que permitiesen el continuo movimiento inercial de los cuerpos pegados unos respecto a otros, que posibilitaran, en definitiva, el cántico y pisotón in-dis-crimado que no deja entretela vacía mientras se mueve. Utilizó, pues, sus dotes en la molestia dirigida, lamió por aquí, orinó en un pie por allá, y el movimiento generado, aún sin cambiar absolutamente nada, fue en aumento hasta que el oleaje le llevó a la pierna de su amo.
            Blanquito se restregó y alzó la voz con él, aulló al cielo o más allá sin complejos ni complejidades de ningún tipo, al menos hasta que la explosión del cercano centro comercial dispersó la congregación. Muchos salieron corriendo, como siempre, en cualquier dirección con tal de no estar parados allí ante lo que ocurría, pero la fuerte vocación salvífica de nuestro héroe y su mascota les hizo permanecer el tiempo justo como para comprobar que el fuego ascendía de planta a planta del edificio. “Pronto llegará a la tercera planta, a la de los animales de compañía...” dijo el propio Blanquito mientras corría hacia allí. Entre tosido y tosido y en poco más de un minuto ya se encontraba en las escaleras del primer al segundo piso. Lo que ocurrió después, la segunda planta a oscuras y sin fuego y la entrada a la tercera planta bloqueada por decenas de sacos de arena, sorprendió tanto en un primer momento a Blanquito que tardó en diferenciar la sombra de su NO-archi-enemigo “Negruras” justo detrás de una estantería de latas de conserva. “Sí, soy yo, ¿creías que iba a desaprovechar esta oportunidad de cogerte despistado y confiado?”, gritó Negruras mientras tiraba galletitas al suelo dirigidas a guiar a Blanquito, indefenso ante su inevitable atracción, hacia una trampa en la sección de cereales. Que Blanquito pudiese esquivar la trampa mortal porque el mismo Negruras fuese, atraído también irrefenablemente, tras las galletitas que él mismo había tirado, y que durante un buen rato corrieran violentamente uno tras otro como perro y gato atendía, mas no de manera definitiva, a que el uno fuese perro y el otro gato pero, sobretodo, a que Negruras fuera también una mascota futurista preparada para la vida moderna con atributos parcialmente opuestos, y por ello tan parcialmente parecidos, a los de Blanquito. Cierto que uno disfrutaba de la carne y el otro del pescado, que a uno le gustaba dormir y al otro correr y que uno disfrutaba meando de pie, no diremos quien, y el otro sentado, pero ambos pateaban olvidando mal, porque eso como otras tantas cosas se puede hacer de muchos modos, y esto les hacía quedar anclados entre sí por un presente pasante que les unía y hacía ser a uno optimista e ingenuo, y al otro sufriente y pesadumbroso. A ambos liberados en liberación, autónomos y emprendedores, es decir, Blanquitos a tiempo cerrado.