martes, 3 de diciembre de 2013

Reducción de la jornada laboral a 25 horas semanales - Asamblea Interbarrios de Economía - 15M

Nos hacemos eco de la propuesta consensuada por la "Asamblea Interbarrios de Economía - 15M" sobre la reducción de la jornada laboral a 25 horas semanales. 

El fin de las crisis, las desigualdades, las injusticias y, en general, de la degradación de las sociedades y el planeta pasa por el replanteamiento radical del modelo económico y del concepto mismo del trabajo.


El trabajo entendido como aportación a la comunidad debe garantizar la cobertura de las necesidades de las personas y sociedades y como una simple tarea que la sociedad en su conjunto reparte entre todas las personas, a cada cual según su capacidad.
Los objetivos de esta propuesta son la liberación de tiempo para la satisfacción de las necesidades humanas no cubiertas en el ámbito laboral; la desmercantilización del trabajo y la supresión de la esclavitud de la clase trabajadora; el reparto de la riqueza mediante la eliminación de la acumulación de las rentas del capital a costa de las rentas salariales; y el incremento en los niveles de empleo por medio del reparto del trabajo.

PROPUESTA

Reducción por ley de la jornada laboral hasta las 25 horas semanales, estableciéndose salarios a un nivel que garantice la capacidad adquisitiva suficiente de las personas.

Accede a la propuesta completa: http://wiki.tomalaplaza.net/wiki/index.php?title=Propuesta_de_reducción_de_la_jornada_laboral_a_25_horas_semanales



Presentación en el Retiro


Video 1/2

Video 2/2

Puedes todos los vídeos en el canal de youtube de Economía Sol.

martes, 5 de noviembre de 2013

LA LEY GENERAL DE LA ACUMULACION CAPITALISTA

Seminario sobre El Capital: Sesión del 4 de octubre de 2013
Ponencia de Andrés Martínez

Sección 7: El proceso de acumulación del capital

CAPITULO XXIII
LA LEY GENERAL DE LA ACUMULACION CAPITALISTA


[El texto que sigue es un resumen de los cuatro primeros parágrafos del capítulo reseñado. Las citas a Marx van entre comillas y acompañadas de su localización en la edición de ‘Siglo XXI’. Mis comentarios van entre corchetes.]

No tenemos nada nuestro, salvo el tiempo, del que gozan hasta los que no tienen morada


Baltasar Gracián (citado por G. Debord en La Sociedad del Espectáculo)


"Cuanto mayores sean la riqueza social, el capital en funciones, el volumen y vigor de su crecimiento y por tanto, también, la magnitud absoluta de la población obrera y la fuerza productiva de su trabajo, tanto mayor será la pluspoblación relativa o ejército industrial de reserva. La fuerza de trabajo disponible se desarrolla por las mismas causas que la fuerza expansiva del capital. La magnitud proporcional del ejército industrial de reserva, pues, se acrecienta a la par de las potencias de la riqueza. Pero cuanto mayor sea este ejército de reserva en proporción al ejército obrero activo, tanto mayor será la masa de la pluspoblación consolidada o las capas obreras cuya miseria está en razón inversa a la tortura de su trabajo. Cuanto mayores sean, finalmente, las capas de la clase obrera formadas por menesterosos enfermizos y el ejército industrial de reserva, tanto mayor será el pauperismo oficial. Esta es la ley general, absoluta, de la acumulación capitalista." (p. 803)

[Como ocurre con una obra de arte que provoca nuestro asentimiento: lo sabíamos pero no éramos capaces de formularlo con precisión semejante a la que demuestra Marx. ¿Cómo ha llegado a semejante afirmación? En este capítulo se siguen los pasos lógicos que conducen a esta tesis.]

[El procedimiento deductivo –de las leyes y categorías de análisis más abstractas a las más particulares- que sigue Marx en la exposición de El Capital llega en este capítulo a determinaciones de mayor detalle y a una articulación dinámica en las que intervienen los conceptos presentados en los capítulos anteriores. De esta forma estos conceptos expuestos previamente son conducidos a un punto que, creo, podrían ser calificados de ecología social: un plano teórico donde coinciden realmente la economía y la ecología en su la raíz etimológica de oikos ; o donde el , tan traído y llevado, concepto de sostenibilidad se revela común a ambas disciplinas –lo que permite problematizar la facilidad con que el termino ha sido adoptado en dos discursos aparentemente contrapuestos-.

Y de ecología de la especie humana bajo el modo de producción capitalista trata este capítulo. El capitalismo, como cualquier otra cosa que exista, no ha logrado desligarse de los imperativos de la naturaleza –sea con lo que sea que se quiera rellenar este concepto ómnibus-. Su funcionamiento cíclico no deja de ser un eco del modo en que la vida se reproduce y tiende, como esta en sus diversas formas, a proliferar hasta llegar a romper el equilibrio que le vincula a su entorno. En Marx esta cuestión se desarrolla con un enfoque claramente antropocéntrico, pero están claramente implicadas, a mi entender, cuestiones medioambientales. O si bien es cierto que Marx comparte el optimismo industrialista de su tiempo, también lo es que de su concepción del modo de producción capitalista no sería difícil derivar un discurso ecológico acerca de las consecuencias de su compulsiva tendencia al crecimiento. Dada la exposición de Marx, están implícitos, por tanto, cuáles deberían ser los límites a esta exitosa hasta el momento estrategia adaptiva de la especie humana llamada capitalismo.]

[En los capítulos anteriores Marx ha expuesto los procesos de reproducción simple y ampliada, conceptos que se refieren a la estructura orgánica del capital, esto es, la relación que guarda su parte variable, o destinada a cubrir el fondo de subsistencia de los trabajadores, con su parte constante, o aquella que se dedica a la adquisición y mantenimiento de los medios de producción. La proporción entre ambos expresa la velocidad, escala, dice Marx a la que el capital se acumula. O dicho de otra forma de cómo la lógica del capital tiende maquinalmente a mejorar su productividad para expandirse en extensión e intensidad, siendo siempre estas modalidades declinadas hacia el aspecto cuantitativo: obtener más plusvalor a mayor velocidad. En este capítulo se muestra la eficacia analítica de dichos conceptos al relacionarlos con las variables de población, empleo y salario. Marx los pone en movimiento para llegar en su desarrollo a la ley que da título al capítulo. Si en general la economía política clásica tiende a naturalizar, no problematizar o dar por supuestas, sus necesidades de acumulación y para ello de incremento continuo de la tasa de explotación y, por otro lado, considera los movimientos de población una variable independiente de la mentada evolución del modo de producción capitalista, Marx demuestra que el profundo impacto social y demográfico de la lógica del capital y de las fluctuaciones que le son inherentes son su efecto y su condición de posibilidad .]

1. Demanda creciente de fuerza de trabajo, con la acumulación, manteniéndose igual la composición del capital
Se considera en este epígrafe el caso bajo la combinación de factores más sencilla que es también la relación de fuerzas más favorable para los que únicamente son dueños de su capacidad de trabajo. Si la composición orgánica del capital permanece inalterada, su crecimiento será lineal, esto es, se efectuará según una razón constante, pues la productividad, que es lo mismo que la composición orgánica del capital, se mantiene igualmente constante. No es que en estas circunstancias el crecimiento no se produzca sino tan solo que no puede incrementar su ratio. Por tanto la única salida para lograr un incremento de sus beneficios es una ampliación extensiva de la producción. Dadas estas condiciones, en una coyuntura de demanda en crecimiento, puede darse la circunstancia de que la las necesidades de fuerza de trabajo del capital sobrepasen a la disponibilidad de este en el mercado produciéndose la consiguiente mejora de los salarios.
Sin embargo, en el caso que nos ocupa, se sigue dando el proceso de acumulación aunque sea al mismo ritmo o tendiendo a cierta disminución y con ello se mantiene el aumento del capital total al igual que su parte variable que correlativamente lo hace de forma proporcional. Esta parte variable del capital, como es sabido, es la que se destina a la contratación de mano de obra. Por lo que a cantidades mayores, en términos absolutos, de capital variable, mayor será la cantidad de mano de obra contratada. Si las necesidades de fuerza de trabajo sobrepasan a la población disponible el resultado será un aumento de los salarios.

Solo habría un límite a esta situación favorable para los trabajadores: el capital impone la línea roja de su propia reproducción y revalorización. Cuando los beneficios decayesen hasta el punto de anular la plusvalía se interrumpiría el ciclo de reproducción. Y mientras las condiciones favorables a la acumulación se cumplan el trabajo sigue subordinado a las necesidades de autovalorización del capital.

El estado de dependencia de los trabajadores no cambia pero la penalidad de su situación se ve mitigada pero bajo estas condiciones, las más propicias, repito, la cantidad absoluta de población sometida al régimen de producción capitalista, aumenta. En este caso, el capitalismo no intensifica su tasa de rendimiento pero prosigue su crecimiento en términos absolutos. Tenemos, por tanto que las mejoras en el fondo de supervivencia de los obreros son una función secundaria al proceso de valorización del capital. O dicho de otra forma, para que un capitalista esté dispuesto a reiniciar el ciclo productivo, la obtención de plusvalor o trabajo impago debe estar asegurada. Estas condiciones favorables son, en palabras de Marx, ‘cadenas de oro’ que el propio asalariado forja con sus propias manos.

En cuanto a la subida del salario se barajan dos posibles evoluciones de la situación enunciada, en ninguna de las cuales las oscilaciones de la demografía se muestran determinantes:
  1. Que se genere un crecimiento absoluto del capital aunque descienda la tasa de explotación, sin que esta situación perjudique la expansión de las relaciones de producción. Esto puede ser así puesto que el aumento absoluto o relativo de la masa de capital es lo que vuelve insuficiente la masa de mano de obra y no la disminución en su cantidad.
  2. Que la acumulación se frene debido a la reducción del plusvalor obtenido pero al hacerlo cesan las condiciones que han conducido a su ralentización y los salarios regresan a los niveles anteriores, es decir, inferiores. En este caso igualmente el factor dominante es el capital. Es su disminución la que hace vacante a parte de la oferta de trabajo.
Sobre la parte polémica que siempre hay en sus textos, Marx aporta como testimonio la conciencia que tienen los teóricos de la economía política, en concreto, Beller, Mandeville y Eden, de la necesidad de mantener en una situación de pobreza a la mayoría para asegurar un orden dado en el que los menos puedan seguir disfrutando de sus privilegios. Por otro lado, como se acaba de ver más arriba, arremete con el análisis que realiza la economía vulgar de la cuestión de las oscilaciones de los salarios como una simple cuestión de oferta y demanda entre dos variables independientes. (p. 771) Con esta explicación que naturaliza su compulsión al crecimiento ilimitado queda completamente en la sombra el hecho primario: que ‘la naturaleza de dicha acumulación [la capitalista, evidentemente] excluye toda mengua en el grado de explotación al que se haya sometido el trabajo o toda alza en el precio del trabajo que pueda amenazar la reproducción constante de la relación capitalista…”. Esta primera parte del capítulo termina recordando a Feuerbach para señalar la analogía que guarda la ceguera interesada de los teóricos liberales con la inversión de causa y efecto que se expresa en la forma de conciencia religiosa.
2. Disminución relativa de la parte variable del capital a medida que progresa la acumulación y, con ella, la concentración.
Si en el parágrafo 1 veíamos el caso de relación de fuerzas más favorable al proletariado, en este se atiende al funcionamiento normal del modo de producción capitalista.

Al avanzar la acumulación se revoluciona la composición orgánica de capital y con ella se eleva la productividad. Este concepto es definido como la cantidad de medios de producción que un obrero es capaz de mover con la misma tensión de trabajo en un mismo lapso de tiempo. La magnitud de los medios de producción comparada con la fuerza de trabajo expresa la productividad creciente del trabajo. Su aumento supone el descenso de la importancia relativa de la masa de trabajo con respecto a la masa de materiales transformados por ella. Al crecer el factor objetivo decrece el subjetivo. En paralelo con una productividad mayor no solo aumenta el volumen de medios de producción procesados sino que su valor decrece relativamente.

[La valorización del capital a través del trabajo implica un crecimiento ininterrumpido y a escala ampliada. Si no se cumple esta condición se destruyen puestos de trabajo. Si se cumple, se consumen cada vez más recursos naturales]

A continuación Marx subraya la importancia del radio de acción al que opera el modo de producción capitalista. El desarrollo de la fuerza social productiva del trabajo presupone la cooperación a gran escala. Solo así es posible organizar la división del trabajo, economizar medios de producción, dominar las fuerzas de la naturaleza y transformar el proceso productivo por medio de la aplicación de la ciencia.

Por supuesto todos los avances en la mejora de la fuerza social productiva lo son necesariamente en la producción del plusproducto. Esta intensificación supone una aceleración de los procesos industriales que contribuyen a incrementar la acumulación en tanto el plusvalor se transforma en pluscapital por lo que el ciclo se reproduce a escala tendencialmente ampliada.

[Aunque no sea mencionada explícitamente por Marx la relación entre el caso de crecimiento que se expone en la primera parte de este capítulo, el caso de la reproducción simple, y el que se expone, en esta, la segunda parte es análoga a la relación que existe entre progresión aritmética y proporción geométrica]

Si bien el aumento de la riqueza social supone la ampliación del número de capitalistas, este fenómeno es contrarrestado por efectos de la competencia que existe entre los diversos capitales lo que provoca la desaparición de los capitales particulares menos competitivos. Se da por tanto una tendencia a una distribución modificada de los capitales ya existentes, no limitada por la riqueza social, por la que los capitalistas mayores, aquellos que tienen mayores facilidades para obtener crédito y lograr una economía de escala en la que se pueda abaratar el acceso a las materias primas y la aplicación de avances tecnológicos, se imponen a los capitalistas menores. Por otro lado la evolución del modo de producción capitalista aumenta el volumen mínimo de inversión necesaria para incorporase a las condiciones básicas de negocio. De esta forma los pequeños capitales son asimilados por los grandes.

Tenemos entonces que la composición modificada de la estructura orgánica del capital fuerza la modificación en la composición de todo el capital antiguo.

La mejora de la productividad tiene otro efecto importante. La tecnología abrevia y acelera los procesos productivos hasta ahora dispersos en procesos combinados socialmente y ejecutados a mayor escala. Así, mientras que la producción se amplía en extensión e intensidad con el objeto de que el número de obreros necesarios para transformar la misma masa de medios de producción sea cada vez menor por lo que se produce un fenómeno de sobrepoblación relativa constante. O sea, a mayor eficacia productiva se reduce el número de obreros empleados para el mismo trabajo, se pierden puestos de trabajo. Aunque provisionalmente pueda incrementarse su cantidad absoluta, el capital suplementario formado por la acumulación creciente atrae cada vez menos obreros proporcionalmente. El capital antiguo reproducido a una nueva composición repele cada vez a más obreros de los que antes ocupaba.

3. Producción progresiva de una sobrepoblación relativa o ejército industrial de reserva
Cae por su propio peso: al cambio cualitativo o acumulación acompaña una modificación constante de la composición orgánica de capital, que es cualitativa, y esta dinámica fuerza el decrecimiento relativo de la demanda de fuerza de trabajo. Aumenta la magnitud absoluta del capital variable o factor subjetivo de la producción pero desciende su peso proporcional dentro del capital social. Su pérdida de importancia dentro de la estructura orgánica del capital social es una tendencia inherente al modo de producción capitalista.

[Guarda un notable parecido con la famosa ley maltusiana acerca de la relación entre crecimiento de la población y de los recursos.]

[Una formula como esta, que recuerda a las leyes físicas, en el campo de las ciencias humanas se convierte en un vaticinio acerca del futuro de la civilización capitalista y como tal debe ser tratado… ¿Se ha cumplido? Dado que el capitalismo se ha convertido en el modo de producción dominante en el planeta no estará de más recordar que la población mundial casi se ha cuadruplicado durante el siglo XX: de 1300 a 7000 millones… y el incremento continua. La aparición de los estados del bienestar podría constituir otra excepción a la regla enunciada por Marx.]

[El empleo no tiene por qué retraerse necesariamente. La fórmula de Marx admitiría combinaciones favorables para el trabajo: mientras los distintos sectores industriales existentes crezcan o sus crisis sean compensadas por la apertura de nuevos sectores en crecimiento se daría el caso de que el capital pudiese seguir valorizándose y pese a que el trabajo fuese perdiendo importancia relativa, el aumento en términos absolutos de puestos de trabajo fuese suficiente para ocupar a la población. Esto podría cumplirse en momentos de prosperidad lo que admitiría limitados en el tiempo y en el espacio el desarrollo de estados del bienestar. Posibilidad que por supuesto no tiene en cuenta la existencia de límites medioambientales ni la propensión del modo de producción capitalista a entrar cíclicamente en crisis.]

La dinámica más arriba descrita produce tendencialmente una población obrera relativamente excedentaria, i. e., excesiva para las necesidades de valorización del capital y por tanto sobrante del proceso productivo.

Esta ley es marca histórica particular del capitalismo: el propio trabajador crea las condiciones que le llevan a ser relativamente supernumerario. La sobrepoblación relativa es condición de existencia, consecuencia y palanca de la acumulación. Constituye un ejército de reserva a disposición del capital: crea una situación endémica de disponibilidad de material humano explotable en función de las variables necesidades de los diferentes ramos industriales e independiente de la evolución demográfica y a su vez favorece la acumulación ampliada, aumenta su fuerza expansiva. Fuerza expansiva que se ve además alimentada por los vectores del crédito y del perfeccionamiento de los procesos técnicos.

Para el capitalismo es imprescindible disponer de mano de obra de forma inmediata, dependiendo los flujos de población resultantes de las continuas reordenaciones dentro de los distintos sectores industriales. Aquí trae Marx a colación el carácter cíclico de la evolución del capital que mostraría una tendencia a entrar en crisis cada diez años. [Hecho no demostrado en capítulos anteriores y expuesto en este de forma sumaria: ¿Un factum evidente?]. Tal ciclo decenal estaría fundado sobre la formación constante y la absorción en mayor o menor medida del ejército de reserva. Las contracciones y expansiones de los distintos sectores industriales son a la vez causa y efecto reciprocos de los movimientos de población.

El de acumulación ampliada es el régimen del capitalismo maduro pues en etapas primitivas la composición orgánica del capital experimentaba pocos cambios y el aumento de inversiones iba asociado a un aumento en proporción lineal de los empleos. Sin embargo También se daba el caso de que un repunte de la producción se viese frenado por insuficiente mano de obra. Problema que frecuentemente fue atajado por medios violentos.

“Toda forma de movimiento de la industria moderna deriva, pues de la transformación constante de una pare de la población en brazo desocupados o semiocupados.”

En lo que se refiere a la economía vulgar la explicación que da del fenómeno de la desocupación sistémica se basa en las expansiones y contracciones del crédito. Marx objeta: se invierte causa y efecto; aunque reconoce la fina sensibilidad de los partidarios del liberalismo hacia la necesidad que el capital siente de un excedente de población para no ver frenada su propia revalorización. Malthus, Merivale y Martineau son los autores de la corriente liberal elegidos para realizar su crítica del cinismo con el que las clases favorecidas reconocen la importancia que tiene el ejército de mano de obra de reserva que independice al capital de los movimientos naturales de población.

El incremento del capital variable se convierte en índice de más trabajo pero no de más obreros ocupados. De aquí que a todo capital individual le interesa extraer más trabajo, aunque no sea al precio más conveniente, pues esto le forzaría a estar limitado por los movimientos naturales de población y esto es cada vez más vital conforme avanza el proceso de acumulación. Se invierte por tanto la explicación liberal que sitúa en las oscilaciones de la demografía la única causa del nivel de los salarios. Confunden así las leyes que rigen el movimiento general del salario con aquellas de distribuyen la población obrera entre las esferas particulares de la población.

“La sobrepoblación relativa, pues, es el trasfondo sobre el que se mueve la ley de la oferta y la demanda del trabajo. Comprime el campo de esta ley dentro de los límites que convienen de manera absoluta al ansia de explotación y al afán de poder del capital” (p. 795)

Y así el escándalo de los defensores del capital ante el hecho del asociacionismo obrero. Que los explotados se organicen para protegerse de su desvalimiento y alcanzar fuerza negociadora supone una intolerable distorsión de las sagradas leyes del mercado. Leyes tan naturales como sagradas que serán protegidas por medios violentos si se hace necesario.

4. Diversas formas de existencia de la sobrepoblación
Tenemos entonces que el modo de producción capitalista produce sistémicamente sobrepoblación relativa. Este contingente existe en una amplia variedad de matices que son segmentados en tres grupos por Marx:
  1. Sobrepoblación fluctuante: aquella que se encuentra en movimiento entre sectores industriales dependiendo de la coyuntura. Es el trabajador emigrante que sigue al capital emigrado. Esta categoría tiene la función de reponer la fuerza de trabajo de aquellos que han sido agotados por las condiciones de vida en el régimen fabril.
  2. Latente: esta clase de sobrepoblación obrera da cuenta del flujo continuo de trabajadores que provienen del medio rural. Se hace necesaria una situación de un exceso constante y latente de población que explique tal corriente.
  3. Población estancada: pertenece al ejército activo pero su ocupación es totalmente irregular. Son carne de industria domiciliaria. Marx llama la atención sobre un curioso fenómeno: a menor nivel de ingresos, mayor es la descendencia de una familia. Una ciega reacción defensiva. Como si se tratase de una especie animal acosada y en peligro de extinción.
Todos estos grupos conforman el mundo de la miseria urbana en cuyo segmento más pobre se distingue, el lumpenproletariado que oscila entre aquellos que son todavía aptos para el trabajo, huérfanos e hijos de indigentes y aquellos que de pura degradación son completamente inútiles. Son el peso muerto del ejército obrero activo y su única función está comprendida en la producción de pluspoblación.






domingo, 13 de octubre de 2013

SOBRE UN POSIBLE AUGE DEL FASCISMO EN NUESTRO PAÍS

por Batto – El Faro Crítico

El otro día, un amigo me preguntaba si creía posible un auge del fascismo en España.

Mi respuesta fue 'sí', por las siguientes razones:

1- Históricamente, en tiempos de crisis el auge de los sentimientos nacionalistas y la búsqueda de un enemigo externo hacia el que canalizar la rabia han sido una constante. No hay motivo para pensar que no sea así en la crisis actual.

2- El nacionalismo apela al discurso emocional, la pertenencia y el orgullo de ser 'algo' cuando se va tambaleando lo demás. El auge del nacionalismo catalán trata de ser canalizado por CIU en esta misma línea. El auge de los nacionalismos periféricos tendrá como respuesta el auge del nacionalismo centralizado, históricamente asociado al franquismo.

3- Es seguro un aumento de la conflictividad social, a medida que la desesperación aumente y la gente vea que las alternativas legales o pacíficas no obtienen respuesta. Ejemplo: l@s desahuciad@s tratan de parar desahucios por las vías legales, no pueden con muchos. Hacen la ILP, se la tumba. Ocupan edificios, quieren desalojarlos. Cada acción tiene su reacción.

4- Cuando el modelo político dominante está fuertemente deslegitimado, se empiezan a buscar alternativas radicales. Esto implica desde alternativas sumamente positivas hasta aberraciones inimaginables. Los extremismos, sobretodo entre la juventud, ofrecen 'alternativas' muy atractivas.

5- El discurso nacionalista y conservador, frente a las corrientes de izquierdas, es emocional. No apela a un análisis científico de la economía o a la deconstrucción de nuestros valores o al cambio de hábitos. Apela a 'lo que ha sido siempre', a las costumbres y tradiciones, a lo que se conoce, a lo que ni siquiera se ha puesto en cuestión. Enfoca el enemigo en lo que desconocido y “temible”, no en lo que nos es familiar.

6- El discurso nacionalista y conservador, frente a las corrientes de izquierda revolucionaria, es interclasista. Si se polariza el mapa político, las élites financieras siempre apoyarán antes a un movimiento fascista que a un movimiento libertario.

7- Los procesos sociales pueden ser mínimamente predecibles. No se puede saber qué pasará, pero sí una línea general de acontecimientos. Mirando a Italia y Grecia podemos ver premociones de nuestro futuro cercano. Escenarios como los puzzles políticos tras las elecciones italianas o griegas o un gobierno tecnócrata no elegido son opciones perfectamente factibles para España, con las consecuencias sociales y tensiones políticas que eso acarrea.

8- En Grecia el partido neo-nazi Amanecer Dorado tiene ya 18 diputados en el congreso. Este mismo partido ha venido a España a explicar su experiencia a grupos de extrema derecha.

9- En España, los votos de la extrema derecha suelen estar canalizados por el PP, pero este partido pierde legitimada a una velocidad abrumadora. Es cuestión de tiempo que est@s votantes también busquen alternativas.

10- España tiene un problema de construcción nacional aplastante, que hace que haya una polarización social y un conflicto visceral por cuestiones que, en otros países, suelen ser garantes de cohesión social: la bandera, las fiestas nacionales, los héroes históricos, los valores nacionales, etc.

11- En España, a la persona humilde pero conservadora le va a ser muy difícil identificarse con los movimientos de izquierdas. Si bien en movimientos como la PAH podemos encontrar de todo, la realidad es que en España discurso izquierdista y tradiciones y sentimientos nacionales han ido, históricamente, por rumbos opuestos. Si ya es difícil convencer de la necesidad de cambios políticos y económicos, realidades como la tauromaquia, la Iglesia católica, el aborto, el nacionalismo periférico, la inmigración, la bandera rojigualda o tricolor, etc., pueden crear un abismo de hostilidad entre dos personas con la misma voluntad de cambio social en lo referente a derechos laborales, sanidad, etc.

12- Cualquier persona católica, nacionalista, tradicionalista pero de clase obrera, desencantada con el PP, puede encontrar un discurso atractivo a mayor escala en UPD o, en muchos otros casos, en los diversos partidos neo-fascistas que se presentarán como la alternativa “ni de izquierdas ni de derechas”, sino “con lo mejor de ambas”.

13- Estos mismos partidos se están organizando en un frente único, llamado “la España en Marcha”, y poco a poco van asomándose por diferentes manifestaciones o eventos. (Recuérdese la reciente agresión a la librería catalana Blanquerna el día de la Diada en Madrid).

14- Si bien existen dos partidos fascistas que rechazan las actitudes xenófobas y el racismo (FE de las JONS y Falange Auténtica), pueden ser fácilmente arrollados por su homónimo más reaccionario: La Falange, con un discurso mucho más visceral y en colaboración con otros grupos de extrema derecha.

15- Los mass media llevan tiempo preparando el escenario para un auge del nacionalismo y campañas de fomento del odio. Basta ver las portadas de El Mundo, ABC o La Razón para ver esta tendencia con claridad.

16- Los eventos deportivos han conseguido canalizar de nuevo el “orgullo” de ser español. No deja de ser curioso que cuanto peor está el país, más banderas españolas se ven en los balcones.

17- La “lucha” por un Gibraltar español ha demostrado una eficacia pasmosa para desviar la discusión de una situación social insostenible a un debate de tinte puramente nacionalista y  patriotero

18- En España, además, existe una asombrosa tolerancia al fascismo: Se rechaza en buena parte de la población las banderas republicanas; no quiere hablarse de responsabilidades en la dictadura; se justifica el golpe de Estado; “Paracuellos” resuena en todas las tertulias y medios más que los cientos de miles de víctimas de la posguerra; el PP, partido que ha tenido varias mayorías absolutas, jamás ha condenado el franquismo; ex-ministros franquistas han sido enterrados con honores; se lleva a juicio a quien quiere investigar los crímenes del franquismo; y, para colmo, diversos dirigentes de las Nuevas Generaciones del PP han aparecido con banderas franquistas y levantando el brazo sin que a casi nadie parezca importarle demasiado.

Por todo esto, considero que es perfectamente posible un auge de los movimientos fascistas en España. Sin embargo, hay dos cosas que no debemos olvidar.

Primero, que la mayor deriva hacia tendencias neo-fascistas no vendrá de la calle, sino que ya se está realizando en todas las instituciones del capital internacional, que en plena crisis sistémica, ecológica y de los combustibles fósiles, deriva desde hace años hacia la militarización, control social y desmantelamiento de la poca democracia que había, incluso en los países que pretendía mostrar como “ejemplo” para el mundo.

Segundo, la toma de fuerza del fascismo depende, sobretodo, de nosotr@s. De momento, y por suerte, los movimientos sociales de este país son de tendencia izquierdista o libertaria, y están realizando una fascinante labor no sólo de lucha y resistencia, sino de dinamización social y canalización de la rabia hacia actividades constructivas y la consecución de alternativas populares. La PAH es, sin duda, el mejor ejemplo.

De nuestra habilidad para incluir diferentes sensibilidades, movilizarnos, construir alternativas reales (y no sólo proclamas y manifestaciones) y defendernos ideológica y físicamente ante los ataques, dependerá la fuerza que pueda tomar ese neo-fascismo.

El fascismo avanza si no se le combate.


¡SÍ SE PUEDE!

viernes, 20 de septiembre de 2013

Capítulo décimo-séptimo de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Díaz Arroyo - El Faro Crítico


Se esmeró tanto en no entristecerse tras la muerte de su padre que cuando esa tarde le vio paseando por el Retiro con sus mejores galas no le quedó otra que, desde la más que razonable duda de si era su padre o no, llorar (quedarse mudo) sin lugar todavía para la alegría. No pasaba nada por no conseguirlo pero aquello era el colmo. Su padre siempre dejaba las cosas a medias, nunca fue un gran educador para sus hijos, cambiaba continuamente de trabajo y de color de pelo, y se casó cuatro veces con dos mujeres diferentes, pero dejar su muerte a medias empezaba a ser demasiado. “No papá, no, así no se hacen las cosas”, se dijo observándole a lo lejos. Porque era él, seguro. De eso se terminó convenciendo a la vez que recuperaba la voz. Llevaba su capa azul, los pantalones de pana y las botas de Spreggo. Ropa perfecta de paseo para un día frío y no muy lluvioso. ¡Incluso medio-muerto tenía estilo! Aunque eso potenciaba lo feo que resultaba el que hubiera tenido tiempo para cambiarse la ropa con la que le enterraron por otra y no tiempo para avisar y decir algo de su nuevo estado a la familia. ¿No habría querido? Podía ser que la familia, al menos la cercana, la que estuvo en el funeral, hubieran hecho algo mal, algo que ofendiera, en vida, muerte o medio-muerte (muerte como medio para vivir), al buen caballero. ¿Molesto por algo? La ceremonia y el entierro fueron sencillos pero dignos, y el nicho que le habían reservado no estaba ni muy pegado al suelo (málditas humedades) ni muy alto (pobre el cuello de quien quisiera leer su lápida). Entonces es que, tal vez, había perdido la memoria y la posibilidad de re-conocer. Claro, muchas pelis malas de zombies y serie B subrayaban ese detalle. El tipo repulsivo en cuestión, el resucitado-a-medias-mejor-que-se hubiera-quedado-muerto, solía tener la capacidad sensomotriciz intacta, a veces algo sesgada (el tipo de estímulos sensibles percibidos eran sobretodo olores y sonidos, lo visual, dominante en la mayoría de mortales-que-mueren-incluso-vivos (o meramente vivos), quedaba relegada a un cuarto lugar en una escala de capacidades receptivas espontáneas, sensibilidades: sonido, olor-gusto, tacto, visión-movimiento (no visión de formas y/o colores sino de formas y colores en movimiento)), pero siempre relegando lo visual y los umbrales de discernibilidad del mínimo detalle reconocible a la posibilidad de cognición/reacción ante formas en movimiento (lo visual en lugar secundario porque se suprime por completo la percepción de la imagen estática (si no nos movemos no nos verá (da igual si lo dice un T. Rex o un zombie)) por lo cinético a secas) siendo esta reducción la misma que ocurría entre lo visual y lo sonoro y, ya dentro de lo sonoro, entre las diferentes intensidades de lo sonoro entre sí (el silencio no estimula, con silencio uno vaga, pero puede ser igual el chasquido de una rama en el suelo al pisarla que un grito en la lejanía, la función intensidad/distancia/reacción es lineal o al menos la progresión se mantiene constante respecto a la de un meramente vivo). Así que no tenía mucho sentido gritar a su padre desde la lejanía, mejor acercarse un poco y realizar muchos aspavientos. Otra cosa es cuál o cómo, una vez se consiguiera la reacción por el estímulo adecuado, sería la acción de respuesta. Ahí las pelis no eran muy halagüeñas, pues, y esto estaba claramente conectado con la atrofia de la distinción de diferencias estáticas, el resucitado-a-medias-mejor-que-se-hubiera-quedado-muerto solía carecer de “facultad moral” y de lingüisticidad. Ambas relacionadas o no, los pobres sólo podían vagar de aquí para allá sin decisión, voluntad ni enjuiciamiento más allá de su (¿espontáneo?, no, ¿magmático?, eso qué coño es, ¿autosuprimiente?, mejor) deambular. Conservaban a lo sumo cierto interés en (auto)conservarse, en no morirse del todo, vaya (aunque, de hecho, no pudieran apenas descansar y con ello acelerasen su putrefacción corporal). En cualquier caso, como aún mínima sí había algún tipo de economía de los recursos (y era lo único que había, independientemente de que fuera economía efectiva o no), en esas al final, casualmente, todo era comida, mi comida (ciertamente podría ser no “mi” cosa, sino “nuestra”, “suya” o cualquier expresión posesiva plural que se nos ocurra, pero comida-supervivencia-conservación-vaguedad y sólo eso sin más (a secas) como lo vinculante de la pluralidad en cuestión). Y eso les convertía a todos en idénticos (siempre todo el mundo se quejaba de que hubiera carne fría de primero). Habitantes de un no-lugar (limbo grueso) que barrían con extraordinaria frecuencia. De ahí a decir que eran pura masa informe (y deformable) y a establecer algún tipo de metáfora con estados de naturaleza pre-cívicos o situaciones socio-políticas globales indeseables (bla, blá, bla, blá, bla, blá, bla, blá) había un paso demasiado corto (como el de unos 4 bla y 4 blá) como para no detenerse en él un poco. “Si yo me situara frente a él, muy cerca y le gritase mientras doy saltos…” comenzó a decirse, “…me atendería… pero también me atendería la gente que hay alrededor, la kioskera y el niño que juega a la pelota… si quisiese seleccionarle, llamar su atención, sólo la suya, tendría que utilizar su nombre, pero eso no lo hay, no lo reconocería…”. La clave parecía que estaba en el nombre y en el recorte de la realidad, en cómo éste permitía el acceso a la memoria (extralingüística?!?), o en cómo la posibilidad de la posibilidad de la posibilidad de lenguajes que suponía el aislar e individuar un fragmento de lo que hay con intereses comunicacionales puros dejaba de lado la participación, el que tal vez entablar conversación con la kioskera trabajando, el niño jugando y el padre medio-muerto a la vez resultaba mucho mejor, incluso resucitaba del todo, si se pudiese, a alguno de los interesados.
Y eso asumiendo que realmente el padre, al volver, se hubiera convertido en un obseso por TODO lo reluciente. Pero sin embargo el padre no parecía muy desquiciado, loco o asocial. Llevaba un ratito de cuclillas dando de comer a unas palomas que le rodeaban en el suelo. Y cuando al niño se le escapó la pelota, se la pasó con la mano con toda naturalidad. La paloma siguió en el suelo. El niño de pie. Y la pelota jugaba. Otros también ayudaban a que el rozamiento fuera suave. Tres árboles, dos bancos y un lago. Y el camino que recorría el Retiro hasta el césped. Ése acolchaba los pies de quienes levantaban polvo. Agotados del día a día, dando paso al siguiente. Adiós. Es dolor y tú mi padre. Un poco de zoom y el parque entero mostrará que también eres mi madre y mi mejor amante. Un poco de campo y sólo se podrá preguntar: ¿podría ser que simplemente no fuera él? (pobre, en paz descanse, respetemos su memoria y olvidemos esto como si nunca hubiera pasado).
Súbitamente el hombre de la capa y los pantalones de pana y las botas de Spreggo se giró hacia él. Su hijo notó el giro pero no quiso mirar su rostro. Tanto porque sus botas relucían mucho como porque la cara de su padre era muy común, una más, sin nigún rasgo diferenciador claro (ni nariz grande, ni verruga, ni cicatriz en la mejilla o parche en el ojo). Prefería mirar a su pecho. Así sería más fácil identificarlo. Y era el suyo, seguro, el de su padre. Cada vez lo sabía mejor, cada vez lo veía más cerca y él estaba inmóvil. El caballero se detuvo a poco más de un metro de él y le dio un papel escrito con letras impresas de diferentes tamaños y estilos pegadas sobre el papel. El texto decía:

Por favor, échenme una mano. Denme una limosna para no morir del todo.
¿Por qué?  
Porque soy un cielo nublado de noche. Y un ganso y una esponja. Lo tomo todo como oo. A veces también respiro sin perfumar el aire de alrededor dedor a, ante todo dora, mis compañeros.
También soy un plano que palpita de calor. Tambor. Limo asperezas para que no haya sombra. Invento para-rayos. Y golpeo y percuto como iteración radial regular radicalmente rígida en la r. No en la rr.
Sospecho a men, demás, demasiado a men, a menudo. Y brinco sin mí sobre otros. Con los otros muy unidos para acolchar, flexibilizar, paralizar, encontrar, ses, es y gar: conformando una riña apetitiva de repetición en el recreo. Entretanto me voy. Me mé a mí. A ninguna A que no es sin B, sin C,  sin D...  A mi parte de mí que se va a escucharme no de cualquier modo.
De modo que cuando salto un poco más alto del público. Buscando bajezas en lo alto de la coronilla. Encima de la elongación vertebral (¿viste que nos saludaron esos de allí?) se forja el desencanto racial más propio. No me valen ni tu piel (ni siquiera tus pieles), ni tus huesos (ni siquiera tu no del todo huesuda figura), ni mi sudor (porque no sudo como los demás que de hecho, hechamente, no sudan sino hacen, rebootan). Por eso nos llevamos.
Y por eso a vec, muy acompañado, dudo de-todo-a-veces. Cuando no, afirmo. Cuando sí, desconfío. Mato santos o investigo su hijos secretos. Sus embriones enigmáticos y problemáticos (no les soporto porque soy estéril y de ahí nada sale: celos, porque sus hijos en realidad son míos). Aunque lo cierto, ciertamente, en efecto, efectivamente, en verdad, sí sí, es eso de que “es” y “eso” no casan con “de” y “que” en ninguno de los dos casos aislados.   
Soy vinagre que no vinagrea porque soy dulce. Cierro llagas y escueco en heridas (que estoy aquí!!) pero al gusto, ¡encanto! Al oído, ¡deleito! A la vista, ¡todo está ya!, todo está dicho (a callar, pueden seguir roneando por mi contacto). Si funciona y es fácil, soy genial. Si explota y duele, es que la vinagre falla (no funciona). Más oxidación a la intemperie sin exigencia.
Soy yo. Ni un substantivo. Menos que eso. Algo posterior y único entre todos. Tal vez en extinción. Yo ¿mismoo?. El final enganoso de una serie. La misma época. ¿Me ayudas? Es un momento.
Por favor, ayúdenme. Denme una limosna para no morir del todo.

Sin limosna alguna, puso el papel en el suelo, cerca de un charco, y dejó a su padre persiguiendo la pelota del niño (abandonado a su suerte, dejar morir a la muerte tiene estas cosas). La kioskera tan sólo miraba mientras colocaba unos diarios. Juan volvió pronto a casa y en el camino encontró varios medio-muertos más. Esta vez les miró fijamente a los ojos, y aún sin reconocer a ninguno de ellos, les recomendó no dejar las cosas a medias.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Kierkegaard TV

por Susan Martínez Sánchez - El Faro Crítico
La televisión un instrumento tan trivial y controvertido cuando se analiza desde el punto de vista de su utilización para la enseñanza, puede, sin embargo, darnos pista sobre el impacto que ciertas ideas han tenido en nuestra sociedad.

Filmes, series juveniles, telenovelas, animados e incluso programas educativos, con las simplificaciones propias del lenguaje de estos medios, convierten a menudo el camino estético en una personificación del mal en su forma más moderada (el mal actuar sin tener conciencia de ello) y su camino hacia la “rectificación de sus errores” lo lleva hacia la conciencia social como una ruta a la iluminación, a un estado superior de realización personal: la felicidad (eso que en los filmes del oeste donde el protagonista acaba llevándose la recompensa y a la chica en la parte trasera de la montura, cabalgando hacia la puesta de sol o del ejecutivo que rechaza la posibilidad de un ascenso profesional por motivos éticos o para “pasar más tiempo con su familia”).

Tomemos a Soren Kierkegaard y sus concepciones sobre el individuo. El existencialismo del cual ha sido apuntado como precursor salta desde la pantalla cada dos por tres.

Desde los filmes de domingo en la tarde, hasta las historias referidas en el formato correspondiente por los noticieros de todo el mundo nos mira ese paradigma del triunfo más elaborado.

Vamos a obviar mucho. Vamos a volvernos locos y desechar de plano la relevancia del hecho de que los medios, todos los medios, nuestros medios son instrumentos de la ingeniería social en manos del poder (incluso aquellos que abiertamente se oponen a la forma de gobierno imperante). Vamos a obviar que el convertir estas ideas en parte del conjunto común de toda la sociedad, ayuda a promover patrones de conducta en los individuos que son coherentes con los intereses de muchos sistemas de ejercicio del poder.

Mi asunto con Kierkengaard, sus ideas y la televisión, es que este trío ignora o no toda la riqueza de posibilidades de la existencia.

Sus estados de la vida, el estético y el ético y el religioso, en la medida en que la religión misma cede en relevancia dentro de la existencia del individuo moderno, desfilan ante nuestros ojos en las más variadas formas, de la misma manera en que lo hacen las transiciones entre unos y otros.

Caso particularmente recurrente es el del cambio que se opera en el individuo que pasa del estadio estético al ético, descrito por los medios como una forma de elevación del espíritu y el estatus.

En muchas ocasiones, estas representaciones blancas y negras de la doctrina existencialista de Kierkegaard no son conscientes de sí mismas, son concebidas en el desconocimiento de las ideas con las que coinciden. Esto es porque nociones de este tipo están profundamente envueltas en el imaginario colectivo de la llamada “cultura occidental” en la actualidad.

De acuerdo con este, el individuo, el “yo” es todo, centro y objeto de su estudio, estudio que no era otra cosa que el acto y voluntad de vivir poniendo la existencia en el foco, analizándose a lo largo de la sucesión de eventos y aprendiendo y enriqueciendo su doctrina a partir de su propia experiencia.

Acotamos al margen que no es extraño entonces que las ideas de Kierkegaard y su propia vida sean tan similares.

Este “yo” se conforma a partir de la serie de posibilidades a la que lo va confrontando el devenir de la existencia y cada decisión tomada redefine al individuo. De esta manera el “yo” decisor va construyéndose y conformándose mediante el acto de decidir. Por tanto, se desarrolla de manera independiente a todo conocimiento o “verdad” definida por otros entes.

De hecho para Kierkengaard, no son importantes los hechos asumidos o los “saltos de fe” que el individuo asumía en su autoconstrucción. La tal “verdad” es para él un concepto interno, influenciado por los eventos del exterior, pero no dictado por él.

Esta noción emana del segmento de Kierkengaard que es un hombre religioso y otorga solo a Dios la capacidad de entender a cabalidad un supuesto sistema a partir del cual la realidad se conforma y, por tanto, la capacidad de arribar a la noción de verdades absolutas.

Siendo así, toda verdad a la que podemos aspirar los mortales en este barrio es subjetiva o siquiera parcial. Eso precisamente la hace irrelevante a sus ojos, y todo lo que queda para él es el control que el individuo ejerce sobre su conciencia y sobre su capacidad para observarse a sí mismos, que lo ponen en condiciones de dictar el destino del “yo”.

Y he ahí precisamente otra noción idolatrada por los medios occidentales, repicada a rebato y consagrada como fórmula mágica para el éxito: la del hombre que toma consciencia del “yo”, que fija la mirada en lo que quiere hacer con él, en la lontananza en la que se espera a sí mismo ese nuevo individuo, él, mejor, más pleno, mejor conformado, más “feliz”.

Vamos a pasar por encima de todo eso, porque eso solo nos dice el por qué estas ideas (que seductoras son en muchos aspectos y para mucha gente), han pasado a formar parte medular del modo de pensamiento de las masas dentro de la “cultura occidental”.

El autor extrae sus conclusiones a partir de su propia experiencia, tal y como preconizan sus ideas. Si es así, supongamos que tiene la razón… ¿cómo podría realmente saberlo? La muestra estadística es infinitesimal como mínimo y muy probablemente atípica. Claro que en última instancia la “verdad” es “subjetiva” pero… ¿Qué es la mentira entonces?

Y la evidencia está en que lo que el concibe como un tránsito lineal de un estado de la vida a otro al que le concede como única flexibilidad el que ocurran o no, puede realizarse en dirección contraria. Quiero decir, todos encontraremos ejemplos en la vida real de personas en estado “ético social” que se pasan al estado “estético” (para ubicarnos, en el cine hay un curioso y controvertido ejemplo en la película “American Beauty”) y hasta de “religiosos” reconvertidos a lo más frígido de lo terrenal.

Luego está, por supuesto, ese ente que se zafa de las circunstancias, las trasciende en el proceso de armarse a si mismo, de modelarse más allá de las ideas de los otros, de las verdades de los otros.

Estos eventos que parecen tan ajenos y lejanos, influyen medularmente sobre este ensayo, no solo determinando el idioma en que está redactado, sino igual y más, la cultura a la que se adscribe quien emborrona cuartillas, todo lo que la nacionalidad aporta al individuo y lo conforma.

Resulta imposible para el individuo el desligarse de sus circunstancias entendiendo como tales todas las influencias externas que obran sobre él, las perciba o no (y mi idea es que Kierkengaard, al formular sus ideas no estaba en capacidad de percibir la extensión y profundidad de esta influencia).

Me parece una paradoja latente en los escritos del autor el que para que sea el individuo quien se conforma a si mismo, fuera de las ideas de otros pues para poder hacerlo debes vaciarte de toda influencia exterior. Debes trascender, salir y sacar de ti lo que has aprendido, leído, comido, bebido, extirpar todo lo que confluye y si es así, vaciado de una vez. ¿ qué queda del individuo original a quien se le encomendara la tarea constructiva?




jueves, 29 de agosto de 2013

Capítulo décimo-sexto de una serie de relatos autónomos y articulables entre sí

por Jose Luis Díaz Arroyo - El Faro Crítico

            Resultó ser que sí cuando el espectro apariencial del no, con la espesa distensión de su soledad, sugirió que tal vez la mejor solución para no romper la unidad, ante todo monetaria, del grupo, era la excéntrica y no pactada rebelión de unos pocos que confundían las “eses” con las “enes” cuando se encontraban en una misma oración las palabras “sí” y “no”. Había que comer y los medios importaban a medias. En particular únicamente valían si estaban medio llenos. Un vaso, un plato o una copa. Siempre rotos pero medio llenos. De ahí se podían seguir muchas líneas y no todas permitían hacer notar sin eliminar los diversos tipos de trazado. Trebor, por ejemplo, daba más importancia a que la cosa-medio fuese de vídrio y que estuviera rota en pedazos. El mismo suelo podía servir para quebrar así que no pudo evitar, al recoger los trozos rotos del vaso medio lleno que acababa de caer, fijarse en que la cara que aparecía en los billetes de siete Peseuros había cambiado. El billete también estaba en el suelo, bajo unas cáscaras de pipa, unos cristales, o tal vez envolviendo a las semillas de pipa que no se veían. En él había un señor con bigote frondoso pero bien perfilado. Su rostro era jovial y el bigote cobraba un gran volumen en escala de azules pero la imagen del caballero, probablemente algún personaje de otra época con muchos méritos que jamás aspiró a formar parte del fondo impreso de un papel tan manoseado, tenía un punto especialmente llamativo en la cara. Un lunar de color rojo. Trebor se miró el dedo y rápido lo metió en la boca para evitar que siguiera goteando sangre. El billete se quedó pálido en el suelo. Ya no tenía valor porque estaba entero.
            Y es que eran mucho más importantes los pedazos diseminados del vaso quebrado, principalmente pero no en exclusiva, porque antes de romperse estaba medio lleno. Eso valorizaba los trozos. Ahora cada pedazo conservaba al menos una muesca del contenido que antes daba sentido al recipiente entero aunque sólo llenara su mitad interna. ¿Y si lo que llenase el recipiente no fuera un líquido? Trebor probó a llenar una copa de balón con azucar mas, y ya con ella en lo alto y a punto de estamparla contra el suelo, la volvió a dejar sobre la mesa. “No, así seguro que no funciona, tiene que ser un fluido fino y sutil pero duro, no líquido mas fluyente y que pueda hacer dano a quien se atreva tocarlo, tal vez arena...”. La respuesta era sencilla porque, en cualquier caso, a Trebor le chiflaba la arena y la oscuridad midiente. Por eso, porque cuando sus lágrimas se secaban en la arena a Trebor no le importaba que ya fuera de noche, nunca temía seguir llorando ni que el reflejo de la luna en los ojos de la amada, aún empeorado por la ausencia de lágrima en ella, fuese necesario sólo porque el paisaje reflejado pudiera mostrar la profundidad de los cráteres abiertos en la cara visible lunar como tendentes al espejo sin imagen que suponía su cara oculta, es decir, no temía seguir llorando porque no había amada y sí luna invisible enfrentada a la arena. De día o de noche. Aunque él prefería la noche para ir a la playa. Casi siempre sentado sobre ella. Casi siempre mirando hacia el lado contrario al mar para forzar la escucha del quiasma de la brisa con la reserva de la vista en la ciudad. Por un lado, hacia delante, luces ruidosas sobre un fondo contaminado de oscuridad, por el otro, ya detrás, ruido luminoso, algunas piedras erosionadas que hablaban y una caída en horizontal.
            Antes de ir a una cala cercana en busca de arena llamó a su amigo Matías.
- ¿Mati...?, ¿dónde estás?, hay que hacerlo ya...
- Trebor, todavía son las seis de la tarde...
- ... ya, pero no podemos esperar más, tiene que ser ahora...
- ...así no te prometo nada...
- ... vale, no lo hagas pero ven para mi casa...
- ...
- ...¿cuánto crees que tardarás...?
- No sé, unos veinte minutos...
- Entonces no me da tiempo a ir a por arena gruesa...
- Arena gruesa... está bien pensado... venga, iré yo mismo, me pilla de paso, tú espérame en tu casa...
- Vale, iré preparando todo.
            Y por supuesto que lo primero que hizo Trebor tras colgar a Matías fue no sólo quitar las bombillas y bajar hasta el máximo todas las persianas de la casa sino, y esto ya le llevó bastante más tiempo, cubrir los cinco espejos del hogar con mantas bien gruesas. “Listo, a ver si llega...” se dijo confiado mientras expiraba profundo. Por fin se sentó con cierta tranquilidad en los tres últimos días. Quedaba esperar a su amigo. Tanto confiaba en Matías, en su pericia en cuestiones de luces, sombras y arena, porque durante bastante tiempo se había dedicado a la fotografía. Primero lo hizo como modelo al uso, después como modelo huidizo y por último como fotógrafo y visor de oscuridades. Y eso que aun cuando era un modelo al uso, sus usos eran muy poco usuales. Los primeros pinitos de Matías en el mundo de la fotografía habían sido como modelo figurativo para cartelitos de puerta en baños de bares góticos y siniestros. Le utilizaban, dada la ambigüedad sexual que introducía la gruesa capa de maquillaje junto a la indistinción forzada por la necesaria poca luz ambiental del estudio fotográfico, tanto para el cartelito del baño de chico como para el de chica. Además en esas condiciones, con poca luz ambiental constante y una potente frontal subitánea, se desvelaba su punto fuerte, su gran capacidad para desconstreñir la pupila en condiciones de poca luminosidad ambiental. De modo que sus ojos rojos naturales eran populares en bares y discotecas oscuras, y los fotógrafos para cartelitos de baños se peleaban por sus posados. También ayudaba en el encuadre su enorme lengua, conjuntada por supuesto con el rojo de su fondo de ojo. Todo natural, un auténtico portento. Pero comenzó a ocurrir que en sus posados, por mucho y mucho que se abriera obturador y aumentara tiempo de exposición, su cuerpo cada vez salía más vago en las fotos, con menos constraste respecto al fondo, fuese cual fuese. Los especialistas en el asunto, filósofos y ópticos principalmente, le recomendaron que se cuidara a sí mismo con otros para mejorar el tejido molecular posibiltante de sus entrelazamientos, es decir, que dejara de tomar el sol en soledad e hiciera ejercicio y, ya de paso, aprovecharara para explorar la mímesis sobre-en fondos fluyentes no desfondados con el claro fin de, gracias a esa capacidad recientemente adquirida de ser visto mas no ser visto del todo en el sobredistanciamiento respecto a un fondo, investigar y diferenciar bien el “sobre” del “en” y del “con”. Un nuevo estilo de vida entre sombras. Además fue a favor de ese giro que la fotografía barroca no estuviera en apogeo, la luna sí, para que tuviera que, ya sin empleo, casa ni calderilla, vagabundear de aquí para allá en círculos mas en sentido contrario a la salida del sol como condición de que cuando el sol saliera de nuevo cada vez, él mismo no se confundiera con su propia sombra. De este modo conoció a otras sombras marginales no excluidas del todo, sólo del mundo de la fotografía. Conoció a Trebor y comenzaron poco a poco, bajo puentes escondidos, a trazar líneas, márgenes, fronteras, bordes, aristas y junturas que no sirvieran ya sólo para gente hábil en la huida del aprieto como funambulistas, pero tampoco en las que entrara cualquiera sin más como si una línea divisoria discontinua fuese propia en exclusiva de una autopista, de peaje o no, como si lo natural fuese el que cada pedazo discontinuo mantuviera la misma continuidad interna del conjunto como parte permitiendo que uno cualquiera, tal vez el más cualquiera, yo mismo, dentro de ciertas normas (auto)impuestas compartidas, dispusiera de todo, faltaría más, en su coche al gusto. Ellos comenzaron a vivir en las calles.
            Y sin embargo que de lo que se tratase entonces fuera de, principalmente dado el terrible estado de lo político global que no cesaba de englobar, buscar de entre las dos aceras que bordeaban, constituían y delimitaban una calle en cuál de ellas se proyectaba más sombra para, en los días de sol muy a medio día, hallarse en el mejor lugar posible para hablar con tranquilidad y sin prisas, chocó con que lo que empezó siendo un ajuste de sus necesidades básicas orientado a un proyecto común de vidas claroscuras no englobantes ni con-tinentes, terminara siendo un continuo ajuste con sus más y menos respecto a algo externo. Algo falló y terminaron en un pueblo abandonado con otras sombras luminantes cuya expresión, una privilegiada desde luego pero no la única, de su opaca luminancia era el uso de moneda local para intercambios mercantiles internos y de austeridad y solidaridad para obtención de bienes externos, cuando tanto la imposibilidad de un algo externo y separado absoluto respecto a su grupo como el hecho nada desdeñable de que la relación con eso externo, fuese lo que fuese mas relativo en general, fuera de satisfacción solidaria del requerimiento de, por un lado, bienes materiales, aún de un modo mínimo tecnológicamente elaborados, y, para el otro, de un campo lúdico de ocio donde educar justamente en valores solo importaba desarrollo de mida, es decir, la posibilidad de que cualquier cosa se supeditara
 como un mal presagio o una señallidariamente masturbatorios a su prole y a ellos mismos, resultara tan evidente en el grupo que pudiera aparecer cuando el acabamiento del grupo ya concomía sus presentes.
            Trebor y algunos amigos tenían hambre, las cosechas y el clima, además de algunas plagas inesperadas, no favorecieron la recogida, pero eso, lejos de considerarse como un mal presagio o una señal y aviso de la posible destrucción de su población o de la necesidad de un giro a otro lugar, hizo que sin más la situación fuera de destrucción, la mostración de la destrucción en la que ya se estaba. Por eso, porque el hambre regía en la situación, apareció la posibilidad de hacer cualquier cosa por comida, es decir, la posibilidad de que cualquier cosa se supeditara a la consecución de subsistencia y conservación a secas. Por ello también, y aunque las conductas materiales se mantenían tal y como venían siendo en el grupo, daba muy igual en qué o cómo se estaba, pues sólo importaba el desarrollo de estrategias para la obtención de alimentos, incluido, una vez asentado el uso interesado de la separación entre verdad y falsedad, el timo.
            Y no otra cosa que un timo es lo que Trebor y Matías planeaban llevar a cabo. El timbre de la puerta sonó una vez.
- Has tardado en llegar...
- Disculpa, pero el acceso a la cala estaba lleno de gente, no conocía a nadie... había niños adultos y muchos viejos, hacían mucho ruido... oye, ¿y qué pasa aquí? no hay apenas luz...
- Cerré todas las ventanas y tapé los espejos.
- ¿Pero te crees que somos vampiros o qué?, tú sí que estás un poco blancucho, pero el moreno de mi piel descarta que pueda ser tan siquiera fotofóbico...
- Vale, vale, pensé que ayudaría...
- No, y Trebor... no sé por qué te ayudo en esto... va contra lo que somos...
- Sabes que no hay otra salida... será sólo esta vez, una pequeña cantidad... lo justo para no desestabilizar nada que no lo estuviera ya... lo justo para aguantar hasta que la época de recolección del albaricoque, ya sabes cómo tengo los árboles de cargados este año...
- Podrías proponer la cuestión en la asamblea, una ayuda especial...
- ¡No!, ya sabes que lo he hecho dos veces y nada... están demasiado centrados en mejorar las relaciones de intercambio con los grupos al otro lado de la montaña, establecer redes y... si lo pido de nuevo seguro que alguien propone que abandone el pueblo... Mati, sabes que si hubiera otra opción no te lo pediría... po favor, yo no puedo hacerlo solo...
 - ...
            Matías cogió una de las botellas vacías que Trebor tenía preparada encima de la mesa del cuarto de estar. No era muy grande, de poco más de un litro y alargada. Sacó de su mochila un saquito de esparto lleno de arena e introdujo la botella boca abajo dejando que se llenara más o menos hasta la mitad. Tomando por bueno ese más o menos, elevó la botella en el aire, ya fuera del saco, y miró a través suyo buscando las pocas espigas de luz que la ventana cercana dejaba pasar. Agitó un poco la figura, y tras asentir con la cabeza, la dejó caer en el suelo. La botella se hizo añicos y Trebor se abalanzó a por ellos. Matías le detuvo con el brazo y susurró “aún no...”.

Era opaco en el cielo, sin color, y dio un paso a un lado. Palpitaba de frío una rama. Vibraba un tallo y una hoja. Sus rasgos, que se esparcían severamente del centro a la periferia, sólo eran visibles a trasluz como enjambres de capilares. Cayó y se mecía en el aire en la caída. Zarandeaba el planeta entero, su atmósfera oleosa, en un viraje chirriante hasta el suelo. Pero el suelo no llegaba. El planeta empujaba a la espera.
                 
Atronador como dos nubes blancas que se chocan fue la venida. Uno penetraba en el otro con facilidad. El deseo acolchaba los bordes y permeabilizaba su ser. Sólo había uno y era de los dos. Eran los dos. Y el tiempo acompanaba. A la hora prevista ocurrió. De uno a otro. Las nubes oscurecieron el día. Permanecían negras. Y un relámpago abrió el cielo mientras llovía.

La tierra gritó agradeciendo la alegría. Desde antes se percibió. Por suerte el substrato húmedo olía tiempo atrás. Y un chorro de agua manaba de lo bajo y hacía pensar a la roca con su espuma. Las piedras ya pensaban. La bruma aclaraba el entorno. Esparcía flores de piedra por doquier. Una asumción. El sonido del brillo en el vizqueo de una mariposa nocturna.

El definitivo encuentro quedó registrado. Ese instrumento que sonó para llamar no molestó la escucha de su aleteo. Acudieron tanto peces como liebres. Cada uno escuchaba en su lugar. Mientras, un bùho saludaba a la noche y algunos àrboles negociaban con el sol las sombras del proximo dìa. Se detuvo el baile. La mùsica aumentó. Ya sòlo se escuchaba a la hoja en contacto con el suelo. Su reflejo en los ojos de un compañero. Un son vidrioso.

            El son duró dos minutos y medio a pesar de que, y ya que los posos valorizantes de arena negra necesitaban del reposo para posarse en los pedazos rotos y desperdigados por el suelo del cuarto de estar de Trebor, el reposo no se contara en minutos aunque de hecho siempre durase más o menos el tiempo medio que se tarda en leer un poema que lleva en leerse dos minutos y medio. Pero allí el único que leyó y duró en el quebradizo filo de los cristales fue Matías. Trebor, forzado, esperaba y lo hacía del mismo modo que quien aguarda y coteja el mayor o menor tamaño de los cristales o sus diversas formas una vez ya ha confirmado, antes de la aparente ruptura del vaso, no sólo que la habría sino que, que en efecto no la hubiese tras la caída, fuera tan sorprendente y milagroso como esperar que de una serie de lanzamientos de un objeto con cierta estructura interna amorfa y externa simétrica pero no regular contra el suelo, sin obstar que la fuerza inicial de lanzamiento, la trayectoria del desplazamiento hasta la superficie de colisión y la misma superficie de colisión se mantuvieran constantes en cada caso de la serie en sus valores relevantes para la cuestión, obtuviésemos de un millón de lanzamientos si quiera uno en el que los pedazos fueran todos idénticos entre sí o siquiera dos casos en los que se repetiría de manera idéntica el patrón de tamano y forma de los pedazos. Matías no iba por ahí por eso dedicó su oración al filo, a lo sagrado del carácter contradictorio de su corte y a la peligrosa lidia que suponía el hecho de que, puesto que el único modo en que cortaba lo que corta en ese caso fuese mediante el agarre y manipulación en, justamente, un filo pseudo-idéntico al que habría de cortar cuando cortase lo que corta, la sangre manchara y considerásemos que estaba mejor en venas y arterias que en ningún otro sitio. Era sin embargo Trebor quien consideraba que mucho mejor contenida allí y, de estar fuera, mejor que la mía estuviera junto a la de otro con el otro lo más tranquilito posible. Yo con él. Ambos contenidos en un filo asimétrico cortante que nos nivela y lleva a nuestra mutua injusticia. Y todo por la tele. También descontenido en ella. Lo interesante de los pedazos, incluso para Trebor, no podia ser pues sólo que cortasen o no, ni si quiera que hubiera que agarrar sí o sí a alguno de ellos en cualquier caso, aunque cupiesen casos extremos de lo más atractivos que barajó mientras buscaba la escoba y el recogedor de mano. Como por ejemplo que el que cortara cortase a un otro que fuese él mismo, que, por ejemplo, la mano derecha se cortase al tomar un pedazo de cristal del suelo y a la vez cortara a la mano izquierda del mismo cuerpo. Preciosa e idéntica estupidez. Sólo había que hacer cada vez mayor el cuerpo para incluir en él cada vez a un otro más distanciado. Al final todos y todo podrían pertenecer al mismo cuerpo, sangrar con la misma sangre, ser sesgados por el mismo filo. Incluso el delicado extremo del suicidio no se escaparía a la contención al olvidar la gracia de los pedazos rotos que no sólo cortan. Muertes. ¿O no era la misma muerte la propia en vida de una vida triste y diluida, muy ajetreada y sonriente, como la de un trozo de cristal cortante que no corta sino tras haber desgarrado en el agarre, que la de alguien que habiendo hecho ya uso del cristal encuentra un hueco privilegiado en su propio cuerpo ya muerto, ya sesgado, ya vacilante entre sangre, que descomponga lo que antes entonces sólo se unía por defecto de nacimiento, por nacimiento prematuro fuera de su tiempo?
            “Aquí tienes... espero que vaya bien” dijo Matías poco antes de marcharse. Trebor se quedó de nuevo solo, muy gustoso, con un saquito repleto de moneda de curso legal en la mano. No tardó más de dos minutos en salir de casa hacia el mercado. “Cierra pronto y ya no vuelve hasta la semana que viene...” pensó al apurar las últimas zancadas que le llevarían al puesto de Bruno.
- Llego por poco... quiero tomates y cebollas... cuatro de cada, y harina y... un poco de sal y aceite y...
- Vaya, ¿vas a hacer pan?, ¿o es que das una fiesta y no me has invitado?
- Sí y no...es que... hace mucho que no reponía la despensa y necesito un poco de todo... también si tienes puerros y pepinos... dos de cada si son grandes por favor.
- Claro... ah, pues Valentina tiene algo de queso y huevos, por si quieres también.
- Estupendo.
- ¿Algo más?
- No por ahora.
- Bueno pues dos y dos, ésto son tres... el total son siete filos...
            Trebor cogió su saquito y empezó a buscar los pedazos más bellos con los que pagar. “Este tiene aspecto de cara de dragón... el hocico y ahí los ojos... y este otro tiene cinco filos... debería valer mucho...” se decía mientras se mecía en la búsqueda de los filos que más gustasen a Bruno. Para poder llegar al final del monedero, al fondo donde ni la vista ni el tiempo de su situación le permitían acceder, tuvo que utilizar un dedo. Era el menique. Se abrió paso con cuidado hasta que tocó la tela del fondo. Era blanda y por su flexibilidad probablemente muy fina. El tejido, al toque, vibró pero Trebor no pretendió rasgarlo para comprobar qué había detrás. Más bien lo utilizó como pared elástica y tensa en la que el dedo rebotase para hacer atraer hacia él algunos pedazos rotos escondidos. Los que estaban más al fondo. Pero la vuelta era demasiado rápida y dirigida. El dedo pretendió volver por el idéntico camino que le había llevado hasta el fondo. Y eso era imposible pues algunos filos habían ocupado, con el paso de ida, lugares diferentes a los que tenían previamente. Así que Trebor se encontró el dedo menique magullado y, de nuevo, sangrando. Pero ya no dolía, ni daba asco, pena ni levantaba ninguna piedad especial. Sangraba, pequeño y frágil entre los demás, y Trebor lo miraba tratando de percibir el caudal de sangre en el punto inextenso que suponía la herida acompañado del deseo profundo de que cesara de sangrar de otra manera que no fuese esa. Difícl tarea. La boca, ocupada por un pedazo de tomate, y la otra mano, que sujetaba el saco lleno de moneda, favorecieron que no pudiera hacer demasiado y que el único modo de hacer algo ya sí realmente consecuente al respecto fuese arrojar la comida y los cristales no muy lejos, casi a la cara de Bruno que miraba la escena con asombro al ver que Trebor no utilizaba guantes para manipular el monedero.
- Mierda, no, no lo quiero, esto es una barbaridad.
- ¿Perdón?
-Que no, he dicho.
- Pero Trebor, ¿quieres algo diferente?
- Sí, toma tus tomates, cebollas, harina... me vuelvo.
 - ¿Qué?
- Me voy, voy de vuelta.
- Te vas, ¿pero a dónde?, ¿vuelves a la ciudad... a la cárcel?, ¿olvidas que te persiguen?
 - Sí, me voy no muy lejos, a aquí mismo...
            Trebor marchó y pronto llegó a casa de Matías. Esa noche acamparon a medio camino en el campo de albaricoques de Trebor. Todavía no había ninguno maduro y comieron pan duro humedecido con sal. También hablaron seriamente sobre los mejores modos de volver a ciudad Sony de Madrid sin abandonar el asentamiento y apenas durmieron. Por la manaña eran más de dos y siguieron labrando la tierra para que aquello siguiera como nunca fue. Aprovecharon que el día estaba nublado y se bañaron en el mar.


martes, 20 de agosto de 2013

MALESTAR MILITANTE

por Batto – El Faro Crítico

Ir a una concentración sin apenas asistencia. Estar con otras 2000 o 3000 personas en una plaza emblemática, siendo miradas con rareza por la gente que pasa a su alrededor; 2000 o 3000 personas que gritarán sus consignas y se retirarán a casa, o que harán un pulso y cortarán las calles haciéndose oír de un punto a otro del centro de su ciudad. Pero, sea como sea, 2000 o  3000 personas que sólo serán noticia si alguien acaba detenid@ o con la cabeza abierta.

Hacer un acto en tu barrio (un cine-fórum, una mesa redonda, una charla) a la que no van ni tus colegas no militantes, y en el que ves las mismas caras de siempre. Otra autocrítica y otro darle vueltas a la cabeza para ver cómo captar la atención de la gente. Otra resignación tras años que dice “no voy a maquillar mis discursos, la gente ya es mayorcita y sabe lo que se hace, si no vienen peor para ellos”. Preguntarte si esas palabras no tendrán, tristemente, más razón de la que quisiéramos.

Ver que, salvo en movimientos estudiantiles, la media de edad supera con creces la tuya. ¿Dónde está mi generación? ¿Dónde está la juventud de este país?

Discutir, discutir prácticamente con todo lo que te rodea.

Debates internos. Asambleas sin fuerza, las mismas caras en todas partes, grupos que se disuelven, ¿participar en un partido o no?, ¿ir a las manis de CCOO, no ir o ir en bloque crítico?, ¿qué hacer con IU?, ¿y con el Frente Cívico?, ¿y con el 25-S?, ¿tomar el congreso o no?, ¿qué pasa con el 15-M?, ¿dónde está el 15-M?, ¿son compañer@s de lucha realmente todos los grupos que marchan juntos en una manifestación? ¿Resistencia pasiva o activa?

Debates teóricos. ¿Participar en las instituciones o no? ¿Reforma o revolución? ¿Los autores clásicos o los nuevos movimientos? ¿Son incompatibles? ¿Partido o movimiento social? ¿Un cambio desde arriba o desde abajo? ¿Hace falta un líder o no? ¿Puede hacerse un cambio político y social sin la toma de las instituciones? o, al contrario, ¿puede hacerse un cambio político y social una vez has entrado en la lógica del poder? ¿Puede un proyecto revolucionario perdurar en el tiempo y resistir ataques con una metodología asamblearia? ¿Puede un proyecto revolucionario no pervertirse ni reproducir otra jerarquía si no usa la disciplina y mano dura necesaria para perpetuarse como estructura? ¿Hay algún ejemplo a seguir? ¿A dónde miramos: a las colectividades anarquistas, a la URSS, a Cuba, a Venezuela... a Finlandia? ¿O acaso el mayor miedo es que no haya ningún ejemplo real de cambio a gran escala? ¿Qué es socialismo y qué no? Y, más importante aún, ¿qué es capitalismo y qué no?

Debates históricos. El PCE y la CNT en la Guerra Civil. El Ejército Rojo y Kronstadt. Lenin y Luxemburgo. Stalin y Trotsky. Stalin y Tito. Mao y los rusos. Hungría. Molotov-Ribbentrop. El “socialismo real”. El muro.

Debates viscerales. La bandera, los toros, la iglesia, el nacionalismo. La ideología religiosa. La ideología secular. El fanatismo, el dogmatismo, el pragmatismo, el “noterminodetenerloclaro-ismo”. ¿Todo el mundo está tan convencido de lo que dice? ¿Soy el único que duda?

Debates absurdos. Contra la masa políticamente analfabeta, individualista, sin ganas de entender cualquier postura que no sea la suya. Contra gente completamente ajena a todas las sutilezas, dilemas, corrientes y debates de la izquierda, y que se cree capaz de tumbar tus argumentos diciendo “el comunismo es dictadura” o “la anarquía es imposible” o “entonces nadie trabajaría” o cualquier otra joya del intelecto. Contra gente que repite dogmas liberales y titulares de ABC como si fuesen leyes de la física (y ni las leyes de la física se pronuncian con tanta seguridad). Contra el progrerío que, en su afán de corrección política, no es más que la versión “light” del enemigo.

Debates, por suerte, sazonados entre conversaciones con compañer@s, con gente que sabe menos pero quiere aprender, o con gente que sabe más y tiene la paciencia que tú deberías.

Luchar por algo concreto, “pequeño” pero imprescindible: un desahucio, un ERE, una industria cancerígena en tu barrio, los CIES, un presidente mafioso. Luchar por algo abstracto, inabarcable pero imprescindible: la libertad, la justicia social, la emancipación de los pueblos.

Una contradicción. Y otra. Y otra. La inevitable incompatibilidad entre los hábitos de vida y consumo en que nos educaron y la conciencia que nos guía; la esquizofrenia al ver que todo, absolutamente todo, a tu alrededor está manchado de sangre o es insostenible. Y otra contradicción, y otra y otra. Pero la resolución de estas contradicciones es el motor del progreso. O eso dicen.

Una carga policial. La rabia, los nervios, la sobreexcitación y, en cierto modo, el orgullo de haber resistido. La cotidianeidad. Ya ves a gente de fiesta o de compras paseando tranquilamente entre antidisturbios armados con escopetas. El aumento de la represión y las detenciones. La gente que cree que es mentira, que no pasa. La gente que sabe que pasa y por eso no sale. La gente que sabe que pasa y, directamente, le da igual o lo aprueba.

Ver furgones de la UIP yendo a Moratalaz y preguntarte quién irá dentro... O si algún día irás tú.

La esperanza de que, a medida que la crisis profundice, los movimientos sociales y políticos se fortalecerán; esperanza que cada vez parece más ilusa. ¿Hará falta un estallido? Y el próximo estallido... ¿será con el espíritu de la Acampada Sol o habrá un cambio en las reglas del juego?

Predicar en el desierto. ¡Moveos, hostia! ¡Moveos! Da igual con qué palabras lo expliques, cuántas razones des, cuán jodida esté la gente. Evidentemente, much@s despiertan o se levantan (especialmente cuando les toca directamente), pero la inmensa mayoría... ¿dónde está?

L@s iluminad@s... L@s de fuera, aportándote las soluciones mágicas: “haced un partido”; “deberíais uniros todos los grupos de izquierda”; “lo que hace falta es que la gente se levante y tome el congreso”. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Jamás se nos habría ocurrido! ¡Si formamos un partido, exijo que vuestro brillante análisis político encabece nuestra lista!

Y l@s de dentro... teorías conspiratorias, fórmulas mágicas, poseedor@s de la verdad absoluta, místic@s... “Voy a hacer la revolución con mis 30 colegas y si las masas no se unen, en vez de analizar por qué, me dedicaré a patalear y a decir que Grecia y Turquía molan más.”

Ser ecologista, decrecentista, ver cómo se cierne el pico del petróleo y el fin de la sociedad industrial... tener datos más que sólidos, y que ni tus compañer@s de viaje de las izquierdas se crean lo que estás diciendo. La ideología industrial, desarrollista, que ha cortado nuestro cordón con la naturaleza y ha hecho a todo el mundo pensar que podíamos vivir sin ella.

¿Son posibles los cambios inmediatos que necesita el planeta en una estructura social que sólo puede hacer cambios a esa velocidad mediante el despotismo? ¿Cómo construir otra estructura horizontal desde abajo antes de que el planeta llegue a sus límites y quiebre el capitalismo global tal y como lo conocemos?

Un grupo de consumo, una red de huertos urbanos o ecológicos, otra cooperativa integral, un pueblo en transición... otra moneda social cambiando el mundo desde la base.

Un círculo que se estrecha. La crisis, o te toca, o va cercándote. La represión, lo mismo.

Y, al mismo tiempo, seguir porque sabes que no puedes hacer otra cosa. Porque cuando entiendes ciertas cosas, no hay marcha atrás. Y porque la dinámica del capital, su crisis y su agotamiento de recursos no va a desaparecer porque yo deje de pensar en ella.

Y, al mismo tiempo, tener la conciencia tranquila, un sentido de vida, otra escala de valores.

Frente a nosotr@s, la maquinaría de acumulación, explotación y división social más eficiente de la historia; el individualismo; los discursos reaccionarios y emocionales; la mayor bajeza, ignorancia y crueldad del género humano.

A nuestro lado, la Historia y su evidencia; el instinto de vida; toda la potencialidad constructiva del ser humano; el planeta y la razón de sus recursos limitados.

Y, mientras tanto, mover ficha, esperar, mover ficha, esperar, mover ficha... esperar... esperar... esperar... a que algo pase.